Querida Cielo:
Ya de empezar a escribir esta carta y pronunciar tu nombre, el cuerpo se me estremece ¡Qué rara toda nuestra aventura por la vida! Y siempre supe que sería así, desde la primera vez que conversamos sabía que hubo una conexión intensa entre los dos.
Yo recuerdo la primera vez que te vi. Fue para un examen de Ingles para ESAN. Era el verano del 2008 (mal año para los dos ¿No?) y ya habíamos ingresado a la universidad. Te vi cuando te paraste de tu silla y fuiste la primera en entregar el examen y te fuiste toda menudita y sonriente a la calle. Después, con el tiempo, yo te conté eso y anotamos la fecha en tu agenda. Lo escribimos como “LA PRIMERA VEZ QUE TE VI” y nos echamos a reír.
Pero la primera vez que hablamos fue muy rara. Debo de confesar que yo no quería entablar nada contigo, porque me gustabas y yo tenía enamorada. Así que, cada vez que me topaba contigo, evitaba todo el trauma alejándome a prender un cigarrillo lejos de ti, también recuerdo que eran épocas de mucho tabaco, quizá tenía mucho que ver con la crisis de la vocación. Tú también la sufriste, amabas (amas) la música y cada movimiento, cada pensamiento, cada palabra me hacía dar cuenta de eso, de que solo respirabas música. Pero yo te estaba contando de nuestra primera conversación, Cielo, de aquel día que llegaste tarde a clases y te sentaste junto a mí. Fue imposible no hablar, fue imposible hacerme el indiferente. Tu mirada tan dulce, tu sonrisa amistosa y tu corazón de artista se sentía a miles de kilómetros a la redonda y eso fue un punto más a favor tuyo, teníamos mucho de qué conversar.
Y sí que lo hicimos, a tal punto de escapar de esa clase de “Pensamiento Crítico” y perdernos por la facultad. Me gustaba como me mirabas cada vez que echaba humo de mi boca, me mirabas raro y hacías un gesto de desaprobación, pero nunca (repito NUNCA) me quitaste un rubio de la boca o hiciste algo para que no lo hiciera. Y si te molestaba que lo hiciera, lo siento.
Todo cambió el último día del primer ciclo, esa tarde fue demasiado raro, bonita, intensa y brotaron cosas que, ahora que lo pienso, no debieron brotar, por lo menos no en ese momento, quizá después, cuando ya me sentía mejor conmigo mismo.
La escena es intacta: Tu y yo, tirados en el césped, escuchando “Fue amor” de Fito Páez y mirándonos de reojo. Tú abrazándome por la espalda y yo con el cabello largo que tanto te gusta.
¡Cómo cambiaron las cosas! Fuiste la primera en escapar de la universidad, nunca te vi el segundo ciclo, salvo la vez que te encontré en la secretaría haciendo no sé qué.
Y pasó mucho tiempo y nos escribimos un par de correos, los tuyos más contentos y los míos más tristes. Tu me contabas de tus viajes interminables (y envidiables) yo mi mala suerte con la literatura, esa época fue la del verano del 2009, yo andaba muy perdido y tú más encontrada contigo misma. Siempre, hasta el día de hoy, me alegra que te vaya tan bien en lo que quieres.
Llego el invierno y otra vez nos vimos las caras. Una llamada a mi celular un día que yo no entré a clases (no entré a clases pero fui a la biblioteca a estudiar) Te contesté y nos dimos cuenta que estábamos cerca, muy cerca. Así que los dos salimos en busca del otro. Los detalles tú los sabes y eso se repitió los 2 días después. Una tarde llegaste a la academia donde me preparaba para ser un perfecto don nadie, estabas con un saco que rozaba tus pantorrillas, estabas con unas botas de taco, el cabello suelto y caminamos por la ciudad. Todos los recuerdos siguen en mi cabeza.
Las confusiones entre los dos, las risas que me llevo, las enseñanzas que me diste y todo lo que vino con eso aún lo tengo muy en claro y sólo llego a una conclusión: Fuimos muy niños, jugamos con fuego y las consecuencias fueron más agradables, sino, no te escribiría esto.
Las cosas que han sucedido, desde ese invierno de la academia, solo son destellos de algo a lo cual siempre quisimos llegar, pero nunca lo logramos por nuestras propias limitaciones.
Hoy sigo siendo el que espera las llamadas, por más que te desaparezcas mucho tiempo.
Un fuerte abrazo.
Luis Omar Vásquez Trujillo
"...Y mis mentiras son batallas inventadas para ganar mis propias guerras." - La Madera del Alma - Gianmarco
febrero 26, 2011
enero 17, 2011
La catarsis, el monólogo y el olvido
- Eres un verdadero imbécil Gonzalo – me había dicho Mónica esa tarde - ¿En qué momento me enamoré de ti? Yo pensando en ti todo el puto día como una idiota y tú, en cualquier otra. En algún momento pensé que habías cambiado ¡Qué ilusa! ¿Por qué no me dijiste la verdad desde un principio? ¿Qué tienes en la cabeza? ¡Puta madre Gonzalo!
- ¿Qué verdad? – pregunté.
- Que nunca te importó lo nuestro.
- Sabes que no es cierto lo que dices.
- Ya no ocultes nada Gonzalo ¡Ya pasó! ¿Me entiendes?
- Entiendo.
- Sigue con tus cosas, porque es obvio que es tu forma de vivir, pero no dejes que alguien se enamore de ti, que sienta algo más, porque no se siente bien quedar así. No engañes Gonzalo.
- Tienes razón. – Dije, y al instante me arrepentí.
- No tengo más que decir. Por mí, te puedes ir a la misma mierda. Y esta vez no es broma. Adiós.
-Adiós.
No tenía más que decir y era muy probable que tenga mucha razón. No me defendí en ningún momento porque iba a ser imposible explicarle algo tan complejo. Pero me moría de ganas de decirle que no quería que se vaya, que se quede conmigo, que siempre la amé en silencio. Lástima que nunca lo dije, tampoco me hubiera gustado, viendo que en algún momento llegue ese final tan tormentoso. Sabía que en algún momento se aburriría de mí y de mis pocas ganas de comprometerme con ella, de mis noches en Barranco, donde nunca faltaba una muchacha que estaba dispuesta a más de lo que uno pensaba, de las continuas y repetitivas salidas que tenía con mis amigos a tomar unas cervezas donde caiga y que no sepa de mí por un par de días.
Y se fue, ni siquiera luché una palabra más para retenerla, para atreverme a decir la verdad. Así como llegó, se fue y así como se fue, no pensé en seguirla y aguanté una vez más sus ganas tremendas de mandarme bien lejos. Otra vez solo, en silencio, pensando, también, en todo lo que nos pasó, en toda nuestra historia. Desde aquel primer beso en mi habitación, hasta la tarde en que no se tragó la gota que rebalsaba el vaso.
No sé qué es lo que pasó ¿Ella se aburrió de mis pocas ganas de estabilizarme? ¿O yo me aburrí de estar tan vigilado? Lo que sí es cierto es que ella no merecía alguien como yo, con mis hábitos, con mis diminutas virtudes, mis miedos, mis contradicciones, mis mentiras, cuando me desaparecía y mi oficio que sólo necesitaba de silencio, espacio y tranquilidad.
¿Quién es el bueno y el malo en el amor? ¿Cuál es la ética del amor? ¿Existe una? Porque, por una parte, ser el bueno es respetar a la otra persona sobre todo, incluso si no le haces caso a tu corazón. Por otro lado ¿Por qué ignorar al corazón? Sería una estupidez no hacerle caso a lo que más te puede llenar. Y eso creo que fue lo que nos mató de a pocos, sigilosamente fuimos viendo que teníamos diferentes perspectivas sobre la ética de nuestros sentimientos. Pero preferimos ignorarlo.
Yo, por mi parte, siempre le fui fiel a mis sentimientos a ella, nunca dejé de amarla, quizá hice cosas que no debí hacer nunca. Pero siempre volví a ella. Aunque siempre me sacaron de quicio sus celos, sus reproches, sus interminables preguntas que me hacía. Me decía que ella no se podía tragar lo que pensaba, que su forma de ser era decir lo que sentía, sin obstáculo alguno.
Discutíamos sin tregua, dejábamos de hablar por un tiempo prolongado y la relación caminaba por la cuerda floja. No era difícil de predecir este final: Ella exhausta de mis tonterías, mandándome al infierno con mi actitud frente a la relación. Y yo guardando, una vez más, el silencio que me atormenta hasta en estos momentos.
Yo guardaba mucho silencio y todavía no sé por qué seré así. Prefiero ignorar lo que me puede hacer daño y olvidarme de todo antes de que empiece mi propio calvario. Lucho conmigo mismo para engañar todo lo que me puede hacer daño.
Un final tormentoso más a mi lista de fracasos como persona, como pareja o simplemente demuestra una vez más como soy, cuales son mis debilidades y esos terrores que no me atrevo a superar. Ella se va y no me desespero para nada, se va con todo su odio, con todo su rencor hacia mí y yo no voy detrás de ella ¿Para que? Si ella fue la que termina con todo, me dejó en claro todo cuando me dijo: “Por mí, te puedes ir a la mierda.” Y desapareció sin más que dejarme con mis pensamientos, flotando, angustiándome, como ahora, que, como medio de salvación, llego a mi trabajo triste, sin ánimos de hacer nada, engaño a mi jefe, me siento en mi escritorio y escribo estas líneas, a ver si podrán aliviar mis síntomas de nostalgia y lo difícil que es olvidar una vez más.
- ¿Qué verdad? – pregunté.
- Que nunca te importó lo nuestro.
- Sabes que no es cierto lo que dices.
- Ya no ocultes nada Gonzalo ¡Ya pasó! ¿Me entiendes?
- Entiendo.
- Sigue con tus cosas, porque es obvio que es tu forma de vivir, pero no dejes que alguien se enamore de ti, que sienta algo más, porque no se siente bien quedar así. No engañes Gonzalo.
- Tienes razón. – Dije, y al instante me arrepentí.
- No tengo más que decir. Por mí, te puedes ir a la misma mierda. Y esta vez no es broma. Adiós.
-Adiós.
No tenía más que decir y era muy probable que tenga mucha razón. No me defendí en ningún momento porque iba a ser imposible explicarle algo tan complejo. Pero me moría de ganas de decirle que no quería que se vaya, que se quede conmigo, que siempre la amé en silencio. Lástima que nunca lo dije, tampoco me hubiera gustado, viendo que en algún momento llegue ese final tan tormentoso. Sabía que en algún momento se aburriría de mí y de mis pocas ganas de comprometerme con ella, de mis noches en Barranco, donde nunca faltaba una muchacha que estaba dispuesta a más de lo que uno pensaba, de las continuas y repetitivas salidas que tenía con mis amigos a tomar unas cervezas donde caiga y que no sepa de mí por un par de días.
Y se fue, ni siquiera luché una palabra más para retenerla, para atreverme a decir la verdad. Así como llegó, se fue y así como se fue, no pensé en seguirla y aguanté una vez más sus ganas tremendas de mandarme bien lejos. Otra vez solo, en silencio, pensando, también, en todo lo que nos pasó, en toda nuestra historia. Desde aquel primer beso en mi habitación, hasta la tarde en que no se tragó la gota que rebalsaba el vaso.
No sé qué es lo que pasó ¿Ella se aburrió de mis pocas ganas de estabilizarme? ¿O yo me aburrí de estar tan vigilado? Lo que sí es cierto es que ella no merecía alguien como yo, con mis hábitos, con mis diminutas virtudes, mis miedos, mis contradicciones, mis mentiras, cuando me desaparecía y mi oficio que sólo necesitaba de silencio, espacio y tranquilidad.
¿Quién es el bueno y el malo en el amor? ¿Cuál es la ética del amor? ¿Existe una? Porque, por una parte, ser el bueno es respetar a la otra persona sobre todo, incluso si no le haces caso a tu corazón. Por otro lado ¿Por qué ignorar al corazón? Sería una estupidez no hacerle caso a lo que más te puede llenar. Y eso creo que fue lo que nos mató de a pocos, sigilosamente fuimos viendo que teníamos diferentes perspectivas sobre la ética de nuestros sentimientos. Pero preferimos ignorarlo.
Yo, por mi parte, siempre le fui fiel a mis sentimientos a ella, nunca dejé de amarla, quizá hice cosas que no debí hacer nunca. Pero siempre volví a ella. Aunque siempre me sacaron de quicio sus celos, sus reproches, sus interminables preguntas que me hacía. Me decía que ella no se podía tragar lo que pensaba, que su forma de ser era decir lo que sentía, sin obstáculo alguno.
Discutíamos sin tregua, dejábamos de hablar por un tiempo prolongado y la relación caminaba por la cuerda floja. No era difícil de predecir este final: Ella exhausta de mis tonterías, mandándome al infierno con mi actitud frente a la relación. Y yo guardando, una vez más, el silencio que me atormenta hasta en estos momentos.
Yo guardaba mucho silencio y todavía no sé por qué seré así. Prefiero ignorar lo que me puede hacer daño y olvidarme de todo antes de que empiece mi propio calvario. Lucho conmigo mismo para engañar todo lo que me puede hacer daño.
Un final tormentoso más a mi lista de fracasos como persona, como pareja o simplemente demuestra una vez más como soy, cuales son mis debilidades y esos terrores que no me atrevo a superar. Ella se va y no me desespero para nada, se va con todo su odio, con todo su rencor hacia mí y yo no voy detrás de ella ¿Para que? Si ella fue la que termina con todo, me dejó en claro todo cuando me dijo: “Por mí, te puedes ir a la mierda.” Y desapareció sin más que dejarme con mis pensamientos, flotando, angustiándome, como ahora, que, como medio de salvación, llego a mi trabajo triste, sin ánimos de hacer nada, engaño a mi jefe, me siento en mi escritorio y escribo estas líneas, a ver si podrán aliviar mis síntomas de nostalgia y lo difícil que es olvidar una vez más.
diciembre 13, 2010
El Final Feliz
[ A Evert, que si no hubiera sido por su espera, nunca lo habría terminado. A Arturo y Rafael, personas inspiradoras. A Jorge, Alexandra, Aleha y Koki, amigos. Y todos los olvidados por mi ingrata memoria. ]
Hace poco más de doce años partí de esta pequeña (en aquel entonces pequeña) ciudad y me aventuré a viajar por el mundo. Todo empezó con una beca que gané, aun con mis pocas expectativas, y me proporcionó un pasaporte de estudiante directo a Europa, pasaporte que goce hasta haber conocido todos los rincones del viejo continente. Viviendo al paso en pensiones, hoteles baratos, departamentos compartidos o la casa de algún amigo.
Cada lugar dejó marcado algo de mí, alguna historia, alguna alegría, alguna tristeza, algún desamor o algún sueño, aunque siempre supe que no duraría mucho tiempo en cada lugar, siempre tuve la certeza de que ya no estaría ahí en cualquier momento, es quizá por lo cual ningún lugar perdió su encanto, su magia, porque nunca me atreví a quedarme mas de lo debido, solo el tiempo hace de una realidad fantástica, una repetición que al final termina por aburrirnos.
He vuelto después de tanto tiempo, veo que muchas cosas han cambiado, las calles que recorría no son las mismas, pero la gente sigue siendo la misma, no ha perdido esa peculiar familiaridad que siempre me gustó.
Mis primeros meses viví solo de ahorros que fui juntando de a pocos en todo mi recorrido. Encontré un departamento donde instale mi mundo, acomodé mi vida, mis libros, algunas pinturas, recuerdos, mi colección de monedas e incluso algunas fotos que todavía siguen guardadas en un baúl. Es un departamento cerca al mar, a una librería y a un café que empecé a frecuentar desde mi llegada.
Al poco tiempo me encontré con unos amigos de la universidad y otros tantos del colegio, amigos que hacía mucho que no veía, amigos con los que, por cuestiones del destino, me crucé más de una vez en mis viajes.
Fue raro encontrarme con aquellas personas después de tanto tiempo, conversamos sin parar, la reunión se prolongó hasta el amanecer y alguna que otra amiga ya se había ido.
En una conversación, alguien me dijo que postule a alguna universidad, que era muy probable que me den una plaza como profesor ya que mi título todavía tenía validez, así que, con el sabio consejo que me dieron, me presenté a toda universidad que pude, acompañado de un curriculum que dejaba mucho que desear (nunca trabajé en algo que defendiera mi vocación, cafés, bares, tiendas y en cosas que poco tenían que ver con mi profesión, salvo un pequeño trabajo como profesor de idiomas y alguna que otras traducciones de artículos para diarios)
Para mi sorpresa, una universidad me aceptó como profesor, supuestamente vio en mí lo que buscaban. La universidad era nueva y estaba evocada al compromiso social de los estudiantes. Empecé dictando cursos básicos y alguno que otro idioma, poco a poco pusieron a cargo de cursos que me gustaban más. Conocí colegas con los que me pasaba interminables horas conversando en el cafetín, de novelas, películas y lo molestoso que era corregir numerosos exámenes. Hasta ahora me siento bien como profesor, me siento cerca de los jóvenes y de toda su energía. Algunos alumnos me saludas con cierto cariño y respeto, con otros alumnos me siento identificado y me hacen recordar a mi fascinante época de estudiante.
En aquel café, una tarde de verano, conocí a una mujer de cabello ondulado, de ojos miel, de mirada suave y de gestos graciosos. Conversamos y hasta ahora no hemos dejado de hacerlo. Pasábamos mucho tiempo juntos, compartimos un año de amistad antes de formalizar la relación, luego ella dejó su departamento y se traslado a vivir conmigo cuando por fin me había dado cuenta que ella se había instalado en mi vida como yo en esta ciudad, en busca de seguridad, comodidad y extraña tranquilidad.
La universidad me pagaba congresos en diferentes países y ella me acompañaba. Ella también es profesora, pero de otras materias que poco o nada tienen que ver con lo mío, hasta ahora ella no deja de sorprenderme, siempre tiene tiempo para todo. No hemos perdido esa increíble conexión que nos unió el primer momento en que nos vimos y creo que es recíproco. Siempre me ve con curiosidad, disfruta de jugar con mi cabello y me mira de manera extraña cuando duermo.
Una noche llegamos de viaje y ella me abrazó cuando nos tiramos en la cama, exhaustos por el viaje “Estoy embarazada” me dijo al oído llena de felicidad. A los nueve meses nació una niña que se parecía demasiado a su madre. Se unió a la tribu de viajeros que disfrutaban de viajar y sonreírle a la rara tranquilidad que cada vez era más invulnerable.
No he podido ser más feliz al lado de ellas, siempre que vuelvo al departamento sonrió a penas clavo mi llave en la puerta, trato de sorprenderlas con algún regalo o lo que fuera.
Todas las mañanas me despierto antes que ellas y me pongo a escribir.
Hace poco más de doce años partí de esta pequeña (en aquel entonces pequeña) ciudad y me aventuré a viajar por el mundo. Todo empezó con una beca que gané, aun con mis pocas expectativas, y me proporcionó un pasaporte de estudiante directo a Europa, pasaporte que goce hasta haber conocido todos los rincones del viejo continente. Viviendo al paso en pensiones, hoteles baratos, departamentos compartidos o la casa de algún amigo.
Cada lugar dejó marcado algo de mí, alguna historia, alguna alegría, alguna tristeza, algún desamor o algún sueño, aunque siempre supe que no duraría mucho tiempo en cada lugar, siempre tuve la certeza de que ya no estaría ahí en cualquier momento, es quizá por lo cual ningún lugar perdió su encanto, su magia, porque nunca me atreví a quedarme mas de lo debido, solo el tiempo hace de una realidad fantástica, una repetición que al final termina por aburrirnos.
He vuelto después de tanto tiempo, veo que muchas cosas han cambiado, las calles que recorría no son las mismas, pero la gente sigue siendo la misma, no ha perdido esa peculiar familiaridad que siempre me gustó.
Mis primeros meses viví solo de ahorros que fui juntando de a pocos en todo mi recorrido. Encontré un departamento donde instale mi mundo, acomodé mi vida, mis libros, algunas pinturas, recuerdos, mi colección de monedas e incluso algunas fotos que todavía siguen guardadas en un baúl. Es un departamento cerca al mar, a una librería y a un café que empecé a frecuentar desde mi llegada.
Al poco tiempo me encontré con unos amigos de la universidad y otros tantos del colegio, amigos que hacía mucho que no veía, amigos con los que, por cuestiones del destino, me crucé más de una vez en mis viajes.
Fue raro encontrarme con aquellas personas después de tanto tiempo, conversamos sin parar, la reunión se prolongó hasta el amanecer y alguna que otra amiga ya se había ido.
En una conversación, alguien me dijo que postule a alguna universidad, que era muy probable que me den una plaza como profesor ya que mi título todavía tenía validez, así que, con el sabio consejo que me dieron, me presenté a toda universidad que pude, acompañado de un curriculum que dejaba mucho que desear (nunca trabajé en algo que defendiera mi vocación, cafés, bares, tiendas y en cosas que poco tenían que ver con mi profesión, salvo un pequeño trabajo como profesor de idiomas y alguna que otras traducciones de artículos para diarios)
Para mi sorpresa, una universidad me aceptó como profesor, supuestamente vio en mí lo que buscaban. La universidad era nueva y estaba evocada al compromiso social de los estudiantes. Empecé dictando cursos básicos y alguno que otro idioma, poco a poco pusieron a cargo de cursos que me gustaban más. Conocí colegas con los que me pasaba interminables horas conversando en el cafetín, de novelas, películas y lo molestoso que era corregir numerosos exámenes. Hasta ahora me siento bien como profesor, me siento cerca de los jóvenes y de toda su energía. Algunos alumnos me saludas con cierto cariño y respeto, con otros alumnos me siento identificado y me hacen recordar a mi fascinante época de estudiante.
En aquel café, una tarde de verano, conocí a una mujer de cabello ondulado, de ojos miel, de mirada suave y de gestos graciosos. Conversamos y hasta ahora no hemos dejado de hacerlo. Pasábamos mucho tiempo juntos, compartimos un año de amistad antes de formalizar la relación, luego ella dejó su departamento y se traslado a vivir conmigo cuando por fin me había dado cuenta que ella se había instalado en mi vida como yo en esta ciudad, en busca de seguridad, comodidad y extraña tranquilidad.
La universidad me pagaba congresos en diferentes países y ella me acompañaba. Ella también es profesora, pero de otras materias que poco o nada tienen que ver con lo mío, hasta ahora ella no deja de sorprenderme, siempre tiene tiempo para todo. No hemos perdido esa increíble conexión que nos unió el primer momento en que nos vimos y creo que es recíproco. Siempre me ve con curiosidad, disfruta de jugar con mi cabello y me mira de manera extraña cuando duermo.
Una noche llegamos de viaje y ella me abrazó cuando nos tiramos en la cama, exhaustos por el viaje “Estoy embarazada” me dijo al oído llena de felicidad. A los nueve meses nació una niña que se parecía demasiado a su madre. Se unió a la tribu de viajeros que disfrutaban de viajar y sonreírle a la rara tranquilidad que cada vez era más invulnerable.
No he podido ser más feliz al lado de ellas, siempre que vuelvo al departamento sonrió a penas clavo mi llave en la puerta, trato de sorprenderlas con algún regalo o lo que fuera.
Todas las mañanas me despierto antes que ellas y me pongo a escribir.
mayo 27, 2010
Tantas veces Francisco
-Tengo miedo- Se apresuró a decirle momentos antes de besarlo.
-¿Por qué?- Francisco, serio, sin dejar de mirarla.
-Porque Diana es mi amiga, y entre tu y ella hubo algo.
-Diana no tiene nada que ver entre lo dos.
-Ni ella, ni nadie- Fernanda sonrió mientras se arreglaba el cabello.
Francisco se acercó, besó su frente con los ojos cerrados. Luego bajó su rostro, las miradas coincidieron y no supieron en que momento empezaron a besarse.
Hablaron toda la noche sobre lo que sucedía. Francisco estaba dispuesto a todo. Fernanda no solo tenía miedo a que Diana se entere lo sucedido, también tenía miedo a que Francisco esté jugando con ella.
Al despedirse, se besaron una vez más. Francisco estaba muy ilusionado. Fernanda quizá lo estaba o quizá lo ocultaba.
Francisco se fue con algunas dudas en la cabeza y un sabor a los miedos de ella después de los besos.
Después hablarían…
-¿Por qué?- Francisco, serio, sin dejar de mirarla.
-Porque Diana es mi amiga, y entre tu y ella hubo algo.
-Diana no tiene nada que ver entre lo dos.
-Ni ella, ni nadie- Fernanda sonrió mientras se arreglaba el cabello.
Francisco se acercó, besó su frente con los ojos cerrados. Luego bajó su rostro, las miradas coincidieron y no supieron en que momento empezaron a besarse.
Hablaron toda la noche sobre lo que sucedía. Francisco estaba dispuesto a todo. Fernanda no solo tenía miedo a que Diana se entere lo sucedido, también tenía miedo a que Francisco esté jugando con ella.
Al despedirse, se besaron una vez más. Francisco estaba muy ilusionado. Fernanda quizá lo estaba o quizá lo ocultaba.
Francisco se fue con algunas dudas en la cabeza y un sabor a los miedos de ella después de los besos.
Después hablarían…
abril 17, 2010
Las canciones de papá
Recuerdo que viajaba mucho con mi familia, hace mucho tiempo. Por el trabajo de mi papá, aprendimos a vivir moviéndonos de una ciudad a otra. Siempre conociendo a personas nuevas, viendo nuevas culturas y siendo cada vez mas unidos.
En cada viaje, mi papá compraba cassettes de algunos personajes que, por la portada, para mí no eran más que viejitos que cantaban canciones para otros viejitos.
Yo siempre me acomodaba en el asiento del copiloto, mi papá al volante y mi hermana junto a mi mama se sentaban en la parte posterior. A noventa kilómetros por hora, mirando los paisajes, las ciudades, los pequeños pueblos y el sol ocultarse aprendí a conversar conmigo mismo, a memorizar los sonidos y la voz de aquellos cantantes que escucho al escribir estas líneas.
Mi padre siempre me decía que prestara atención a esas canciones, pero por alguna razón me desconcentraba y seguía en lo mío. Preguntarme por qué viajábamos mucho, por qué no nos quedábamos tranquilos en un lugar y echarnos a crecer como cualquier familia. Pero por el contrario, cada vez viajábamos más y dejaba muchos amigos en cada lugar.
Quizá por eso tomo ciertas actitudes en mi vida que demuestras mis repetitivos cambios. El no demostrar mi estabilidad… siempre furtivo y versátil.
Entre muchos personajes había un cassette azul de un tal Alberto Cortez que papá escuchaba cada vez que íbamos a visitar al abuelo, cuando mi papá tomaba vacaciones y nos escapábamos lejos de casa.
Con papá nunca tuve una conversación seria sobre algún tema. La religión, sexo o la madurez. Siempre fue un hombre distante, misterioso para mí. Mis recuerdos con mi papá solo son en ese auto plomo cuando viajábamos y cada tanto, cuando le pedía que bajáramos a ver algo que me entretuvo, me miraba con mucha ternura, como quizá lo hacia mi abuelo con él.
Han pasado muchos años y me he topado con las mismas canciones que papá me hizo escuchar cuando era muy chico. Cuando viajábamos y los silencios eran eternos, distantes y hasta cierto punto egoístas. Yo miraba por la ventana sin entender una sola canción y él sonreía con cada canción, mirando el horizonte y la ruta. Hoy me doy cuenta que en esas canciones mi padre está ahí, presente, queriéndome decir algo. Aunque nunca se atrevió a hablarme sobre temas que yo tuve que descubrir con otros golpes y vergüenzas.
Cada canción era un mensaje que él quería decirme, cada palabra que nunca se le ocurrió lanzarla y dejarla sellada en mi memoria. Cada canción era una moraleja para que pueda aprender más de lo que él pensaba sobre mí, sobre la vida e incluso de él mismo.
Y ahora, en este momento. No veo la imagen donde sale mi papa tomándome de la mano y yo, aun con esa inocencia, mirar hacia arriba, porque para mí era muy alto, y ver toda esa ternura con la que mi papa me miraba. La imagen que yo veo es la de mi abuelo abrazando a mi papa, diciéndole que lo quiere y mirándolo de la misma forma con la que mi papa me veía a mí. Cuando era su “campeón”.
Mi papá solo quiso ser un buen padre. Como lo fue mi abuelo con él.
En cada viaje, mi papá compraba cassettes de algunos personajes que, por la portada, para mí no eran más que viejitos que cantaban canciones para otros viejitos.
Yo siempre me acomodaba en el asiento del copiloto, mi papá al volante y mi hermana junto a mi mama se sentaban en la parte posterior. A noventa kilómetros por hora, mirando los paisajes, las ciudades, los pequeños pueblos y el sol ocultarse aprendí a conversar conmigo mismo, a memorizar los sonidos y la voz de aquellos cantantes que escucho al escribir estas líneas.
Mi padre siempre me decía que prestara atención a esas canciones, pero por alguna razón me desconcentraba y seguía en lo mío. Preguntarme por qué viajábamos mucho, por qué no nos quedábamos tranquilos en un lugar y echarnos a crecer como cualquier familia. Pero por el contrario, cada vez viajábamos más y dejaba muchos amigos en cada lugar.
Quizá por eso tomo ciertas actitudes en mi vida que demuestras mis repetitivos cambios. El no demostrar mi estabilidad… siempre furtivo y versátil.
Entre muchos personajes había un cassette azul de un tal Alberto Cortez que papá escuchaba cada vez que íbamos a visitar al abuelo, cuando mi papá tomaba vacaciones y nos escapábamos lejos de casa.
Con papá nunca tuve una conversación seria sobre algún tema. La religión, sexo o la madurez. Siempre fue un hombre distante, misterioso para mí. Mis recuerdos con mi papá solo son en ese auto plomo cuando viajábamos y cada tanto, cuando le pedía que bajáramos a ver algo que me entretuvo, me miraba con mucha ternura, como quizá lo hacia mi abuelo con él.
Han pasado muchos años y me he topado con las mismas canciones que papá me hizo escuchar cuando era muy chico. Cuando viajábamos y los silencios eran eternos, distantes y hasta cierto punto egoístas. Yo miraba por la ventana sin entender una sola canción y él sonreía con cada canción, mirando el horizonte y la ruta. Hoy me doy cuenta que en esas canciones mi padre está ahí, presente, queriéndome decir algo. Aunque nunca se atrevió a hablarme sobre temas que yo tuve que descubrir con otros golpes y vergüenzas.
Cada canción era un mensaje que él quería decirme, cada palabra que nunca se le ocurrió lanzarla y dejarla sellada en mi memoria. Cada canción era una moraleja para que pueda aprender más de lo que él pensaba sobre mí, sobre la vida e incluso de él mismo.
Y ahora, en este momento. No veo la imagen donde sale mi papa tomándome de la mano y yo, aun con esa inocencia, mirar hacia arriba, porque para mí era muy alto, y ver toda esa ternura con la que mi papa me miraba. La imagen que yo veo es la de mi abuelo abrazando a mi papa, diciéndole que lo quiere y mirándolo de la misma forma con la que mi papa me veía a mí. Cuando era su “campeón”.
Mi papá solo quiso ser un buen padre. Como lo fue mi abuelo con él.
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