mayo 13, 2025

La chica de cabello alborotado

 Conocí a Alejandra en el 2009 en nuestros años estrepitosos de la academia donde ella se preparaba para Comunicación Social y yo para Literatura ¡Todo un espectáculo! Entre separatas, libros, apuntes y clases, la saludé sin saber que nuestra amistad sería una de las más importantes de mi vida.

Para ese entonces, ella era una chaparrita tierna, divertida e inocente que generaba una atracción a cualquiera. La veía leer los libros de la academia, casi siempre apurada tomando apuntes y el cabello alborotado que le asienta tan bien. Frecuentemente llegaba a clases con ropa de colores y sus infaltables All Star, unos lentes de montura gruesa y otra vez con el cabello alborotado que era casi una marca registrada.

Teníamos una amiga en común que siempre me repetía lo linda que era Alejandra, así que un día nos sentamos cerca y la saludé. Era simple, sencilla y coincidimos en escritores y música también, tenía bastante sensibilidad y tenía un hambre de cultura muy intensa, era exactamente el tipo de personas con las que me gusta rodearme así que he cuidado nuestra amistad como un tesoro que no quiero perder. Hasta el día de hoy.

Cuando acabó ese año de la academia, al final fuimos a parar a lugares distintos y a hacer planes muy distintos de los que teníamos. Alejandra terminó estudiando Diseño Gráfico con una beca por la que luchó el resto de la carrera y muchas veces tuvo que trabajar y estudiar al mismo tiempo también. Luego entró a una agencia de publicidad y hoy trabaja en Vanguardia, me parece que es una agencia respetable si es que la Corporación Lindley es uno de sus clientes más importantes.

El sábado fuimos al centro de la ciudad a una exposición de Julio Ramón Ribeyro. En el camino primero entramos a la Casa O'higgins a una exposición de fotografía por la Bienal de Fotografía de Lima y luego fuimos a la Casa de la Literatura donde nos dimos cuenta que la exposición no era ese día. Así que le hice un pequeño tour por el centro histórico y luego terminamos en El Cordano donde tomamos algo mientras conversamos un largo rato. Cuando nos invadió las ganas de fumar, fuimos a sentarnos en una banqueta en la Plaza de Armas, pero al final terminamos en el Pasaje José Olaya fumando unos Lucky Strike mentolados y viendo una exposición de fotografía periodística del Perú21, en verdad nos gustó. Después de más y más conversaciones, nos trasladamos al Centro Cívico a tomar unos helados mientras nos contamos más cosas.

Entre todo lo que conversamos este sábado (amores, amigos, secretos, vocaciones, libros, películas, música y recuerdos, muchos recuerdos) llegué a una conclusión: he visto crecer a Alejandra, en verdad ha sido todo un proceso nuestra relación que hoy por hoy es una de las que más disfruto. Recuerdo cuando la veía en el invierno de la academia, en el 2009, y no es la misma, hoy es una mujer más segura, más independiente, más sólida y más dueña de sí misma. Su cabello está más corto pero igual de alborotado, da la impresión de que ha crecido más de lo que parece y creo que entendimos muy bien por qué esa noche, es por las experiencias que ha pasado (no especificaré cuáles) y de las que ha tenido que reponerse.

Pienso que a veces soy muy quejumbroso, que a veces le echo la culpa a todo el mundo por cosas por las cuales debería seguir luchando y no estar criticando desde la comodidad de mi habitación recién remodelada con cuadros de fotografías de mi novia y cuadros de colectivos de diseño. A veces debería de aprender más de la chica de cabello alborotado. Todo deberíamos, en realidad.

No puedo estar más agradecido por su amistad.

Correr me salvó la vida

 Antes siempre fui un alumno deportista, no tengo por qué empecinarme a decir que solo era el fumador del colegio, también jugaba mis pichangas, algunos pocos partidos de básquet, con mi primo Alonso nos reuníamos a jugar fútbol entre otros primos y, de forma imprescindible, las bicicletas eran para el verano. Y ya cuando entré a estudiar finanzas a ESAN, me daba mis partidas de tennis con mi primo Nicolás, seguía jugando mucho fútbol con el primo Alonso y también continuaba siendo el fumador del grupo. Es que en verdad, ya lo he aceptado, no voy a dejar de fumar y en ese tiempo, el fumar solo era un vicio que se acercaba de a pocos, pero que, sin darme cuenta, me iba venciendo con mucha fuerza.

Pasaron dos años y las cosas habían cambiado radicalmente, me había vuelto un fumador empedernido y mis fines de semana estaban entregados a las fiestas, a los bares, a las reuniones y a las tertulias que terminaban de madrugada, todo esto acompañado de dos paquetes de cigarrillos que devoraba enteros y que, incluso, en la semana iba devorando de tres a cuatro paquetes más que me acompañaban mientras caminaba, mientras leía, escribía o conversaba, prácticamente todas las actividades de mi rutina eran acompañadas por tabaco y antes de incrustar las llaves en la cerradura de la puerta de mi casa, pisaba una colilla de Lucky Strike para cerrar el día.

Cuando me hice el examen médico para el seguro contra accidentes, me sacaron placas pulmonares y el doctor se escandalizó cuando le dije que tenía dieciocho años y fumaba como chino en quiebra. Me trató de convencer con diferentes métodos que dejara de fumar porque no solo iba a tener problemas respiratorios, me advirtió que podría generar problemas cardiacos, problemas gastrointestinales, cerebrales y lo que sí me dio un poco de miedo, problemas en los genitales. Pero un poco escéptico de tanta ciencia, le dije que podría reducir la dosis, pero que iba a ser muy difícil que logre dejar de fumar. El doctor, indignado por mi altanería, me recomendó, entonces, hacer algún deporte. Di una carcajada y me fui.

A los cuatro años de haber generado este hábito de fumador (y ocho años de mi primer cigarrillo) mi cuerpo empezó a cobrar la factura. Primero era un ataque de tos que llegaba en cualquier momento, luego era la falta de aire en las madrugadas y ese horrible dolor que sentía en el los pulmones cuando tomaba la primera bocanada de aire. Pasé un mes y no dije nada a nadie por miedo, pero apenas pude, fui corriendo a la clínica y el doctor me dijo que dejara de fumar, que en verdad me estaba haciendo mal y ese día me prometí dejar de fumar hasta tener un estado físico aceptable. Pero, como dejé de fumar y no hice deporte, mi cuerpo desarrolló otros dos problemas, subí de peso en un abrir y cerrar de ojos, y empecé a padecer de ataques de ansiedad que, inconscientemente, hacía que me devore las uñas y las cutículas con los dientes. Y lo peor de todo, cuando descubrí que ya podía fumar, volví a la nicotina sin pensarlo dos veces y sumé un problema más a la lista.

El séptimo año de fumador, fue el peor. Los problemas que tenía los esquivaba yéndome de fiesta todos los días y, entre las cervezas, whiskys y demás tragos que no paraban de servirme, siempre acompañaba mis noches con un desfiladero interminable de cigarrillos. Llegó el punto donde era normal despertar con la garganta destrozada, desde ese momento (y se mantiene hasta hoy) no he vuelto a toser de la misma forma, toso como si tuviera distemper canino y los dolores pulmonares se volvieron parte de mis mañanas que los calmaba respirando con fuerza hasta que el dolor cedía y podía empezar el día. Al final de ese año, el doctor me dijo que la cosa era simple, o dejaba de fumar o me iba a dar cáncer al pulmón. Y me recomendó, obviamente, hacer ejercicio.

No debo de quitarle mérito a mi papá, él desperdició cuatro años de su vida incitándome volver al deporte o por lo menos salir a caminar para tener algo de físico, porque la verdad, las veces que volví a hacer fútbol, hacía el ridículo y ni hablar del tennis.

Una mañana no aguanté más y me puse zapatillas de deporte, short, una camiseta y salí a correr a cualquier lado. Cuando llegué a un parque, vi a un flaquito calentando y me dio un poco de risa su calamitoso cuerpecito, mi muslo era hasta cuatro veces más grueso que el suyo, pero la verdad se vio cinco minutos después, cuando yo estaba con mareos y a punto de arrojar mi estómago por la boca. Sentía que mis piernas aún podían seguir corriendo, pero mis pulmones no daban ni un segundo más, la falta de entrada de oxígeno saboteó toda mi carrera del día y volví a casa amargo o, como decimos lo arequipeños, con la nevada encima. Sentía impotencia y estaba furioso de no poder andar más de cinco minutos corriendo, así que se lo conté a mi papá (deportista militar que hasta ahora conserva su musculatura) y me dijo que no parara, que tenía que seguir saliendo hasta coger ritmo. Pero al día siguiente vino lo peor, las pantorrillas me ardían y al tratar de caminar mi cuerpo temblaba tanto, que sentía que me iba a desplomar en cualquier momento, aun así, con todo el aburrimiento y la pereza del mundo, volví a correr mis cinco minutos.

Han pasado dos años y mentiría si digo que no he dejado de correr. Pero puedo asegurar que mis temporadas de hacer deporte son las mejores, no solo he desarrollado en mí un estado de salud aceptable y un estado físico un poco más fuerte, sino que mis hábitos diarios se han organizado en función al deporte. Mi horario de trabajo, mis horas de sueño e incluso no tuve que probar una sola dieta para bajar de peso. Además, ahora juego fútbol los lunes en la noche y no hago el ridículo, correteo toda la cancha durante una hora en diferente posiciones sin sentir morir e incluso, he hecho caminatas de cuatro horas cuesta arriba con una pendiente empinada que logré hacerla con mucho esfuerzo pero con una resistencia que solo he adquirido gracias al deporte.

También me ayudó a darme ese tiempo y espacio que necesito para pensar en mis problemas personales, para ir descifrando las soluciones más salomónicas a mis desventuras diarias y a desfogar mi ira retenida porque mi hermana, Nataly, en un test psicológico me determinó que soy un violento o agresivo reprimido, pero supongo que es un nivel bajo ya que nunca he desatado mi locura, pero de todas formas, me ayuda a desfogar mis rabietas y mis malestares. A nivel macro, es la mejor solución contra el estrés.

El estado saludable predomina en mi vida de tal forma que me ha ayudado a practicar otros deportes, unos tranquilos y otros un poco más extremos, desde la natación que es un santo remedio contra el tabaco, hasta el surf que me ensanchó la espalda e hizo que desaparezca mi abultada barriga ya que la técnica del braceo genera un trabajo sistemático con los abdominales. Han sido largas temporadas y largas horas que he pasado en medio del mar conversando con amigos y buscando olas para deslizarme y sentirme parte de la naturaleza, vivir en armonía con el medio ambiente.

Para este año estoy planteando la rutina semanal perfecta que consiste en correr todas las mañanas como ya lo voy haciendo hace tiempo, jugar fútbol los lunes y correr tabla los sábados o domingos. Sin duda, va a ser toda una rutina que me contará trabajo, pero pienso hacerlo de todas formas. Con mi papá estamos planeando algo más fuerte, quizá el famoso Camino del Inca así que entrenaremos, primero, en San Jerónimo de Surco o en Rupac.

Ahora bien, el tabaquismo sigue siendo mi hábito por definición, pero ya no fumo las cantidades de antes y mi cuerpo es impermeable a sus efectos, incluso a los Marlboro rojo que sigo fumando en estos tiempos.

Hoy por hoy, cualquier persona que me dice que quiere bajar de peso, le cuento mi testimonio casi dogmático de conversión, de que el correr es un estilo de vida que hace que uno adquiera no solo una vida más saludable, sino una vida más ordenada y una energía que ayuda a mantenerte más activo en el día a día. Tampoco puedo decir que mi cuerpo luce como el de un modelo, eso nunca se logra solo corriendo, pero la estabilidad energética es suficiente para convertir este acto en una constante irreversible en la existencia de una persona. Tanta es mi devoción a correr en las mañanas que en Río de Janeiro caminaba algunas cuadras bordeando la UERJ por la Rua Francisco Xavier y la Rua Waldir Amaral para correr por la Rua Professor Eurico Rabelo, la calle aledaña al estadio Maracaná. En Sao Paulo daba vueltas corriendo la Santa Casa del barrio de Santa Cecilia (Hospital Santa Isabel). En Petrópolis corro en la laguna que está en frente del Palacio de Quitandinha. En Arequipa corro en la plaza de Yanahuara y algunas veces hago el trayecto por la Calle Cuesta del Ángel hasta el Club Internacional y en Lima, corro la Avenida Melgarejo. Todo, naturalmente, acompañado de mi iPod y toda la música que me pone a pensar en todo lo que haré en el día y en todo lo que, también, pienso escribir.

Sin duda, correr me salvó la vida.

noviembre 02, 2013

Alegrías, nunca más

24

Estoy manejando el carro de mi papá a noventa kilómetros por hora en la Costa Verde, el sol irradia con mucha fuerza porque el verano está tardando mucho en irse. Es un domingo de fines de mayo, estoy yendo a correr tabla con unos amigos que me están esperando para entrar al mar y quedarnos ahí hasta la tarde, cuando el sol ya se vaya despidiendo. Han pasado dos años y a veces me cuesta comprender todo lo que pasó en ese tiempo, qué sucedió conmigo mismo. Me resisto a convencerme que todo fue real, que me ardió la piel, que el dolor no me es ajeno bajo ninguna circunstancia, así haya sido un problema minúsculo ahora que pienso en ello. Algunas veces pensándolo bien me río con bastante facilidad porque en todos los casos fue suficientemente bueno que pasara por ese infierno ya que el problema nunca fue el problema que yo creía que era, era yo mismo y desde esa perspectiva se entendía mejor todo.
Al fin y al cabo el querer cambiar fue una decisión muy difícil, una lucha furiosa conmigo mismo, con mis malos hábitos porque uno se acostumbra a vivir de un modo agreste y cuando quieres dar los primeros pasos la frase “No vas a sobrevivir” te invade ya que eres lo suficientemente consciente de que existe un gran margen de error en tu siguiente movimiento. Pero llega el momento en donde tú mismo te impones una pisca de respeto. Tampoco se trata de dejar de ser lo que uno es, porque en el fondo sé que busco instintivamente los lugares a los que pertenezco y los amigos llegan para recorrer tugurios, ir a la zona negra donde dejo de ser el plebeyo y soy un príncipe donde me esperan las puertas abiertas de las noches que se alargan. Es el llamado de la naturaleza, el sello que uno lleva impreso.
Después de esa reunión con Diana, Gustavo y Ximena, celebramos el año nuevo en San Bartolo en la casa de Diana y esa misma noche planeamos un viaje al sur del país, donde yo conocía un poco de diversión y a la primera semana de enero nos enrumbamos a Cuzco, luego a Puno y finalmente Arequipa, una luna de miel que fue el último recuerdo que tengo con Diana. Existen miles de fotos, pero después de que me robaron la lap top, nunca más supe de esas imágenes que captamos juntos. Yo supongo que Diana las tiene, pero con el tiempo dejamos de vernos cada vez más, cada vez más y llegó el momento en que desaparecimos. Es una duda qué sucedió con nosotros para alejarnos definitivamente. Lo último que supe es que se fue a estudiar a Argentina y no he vuelto a saber nada de ella. Gustavo se fue a vivir a Estados Unidos y Ximena aún sigue en Lima, a ella algunas veces la veo. Recuerdo que después de año nuevo nos fuimos a Ancón y subimos al velero del papá de Gustavo y Diana me prometió que nunca nos alejaríamos ¿Dónde quedaban ahora esas palabras?
Mónica apareció algunas veces, pero nunca más fue lo mismo. A veces la veía con pena, me imaginaba lo difícil que era para ella haber crecido sola, con un padre que la dejó y ahora tenía una familia conformada aparte, una madre que se sacrificaba para darle todo lo que ella necesitaba y la pobre de Mónica hundida en su necesidad de tapar sus vacios emocionales. No dejaba de quererme, de necesitarme y cada  vez que nos veíamos volvía a ilusionarse como si yo siga siendo el mismo de antes. Todo terminó con una pelea como para no perder la costumbre y dejamos de vernos hasta ahora ¿Será feliz? A estas alturas espero que sí y si es así, si logró superar todo, quisiera verla y escuchar que todo anda en orden, que tiene proyectos e ideas para seguir adelante. Me gustaría darle un abrazo y felicitarla porque eso es lo primordial que necesita para seguir adelante, tener un norte fijo, eso que me costó mucho encontrar en mí. Sí, suena perfecto, sonrío, unos cigarrillos como empezó nuestra amistad y escuchar esas viejas canciones recordando que sí hubo un momento en los que éramos buenos amigos, sobre todo.
Alejandro en una fiesta lloró para pedirme perdón por todo y lo abracé para decirle que todo estaba bien ¿Para qué necesitábamos más problemas? Y zanjamos el tema con unas cervezas en la casa de un amigo. Hasta ahora nos vemos, salimos a los mismos bares, nos reímos con la misma frecuencia y él está enamorado de una chica que todavía no se atreve a presentar públicamente. Tiempo al tiempo, le dije la semana pasada mientras caminábamos a jugar billar como cuando éramos estudiantes de secundaria.
Acabo de estacionar el carro y llego una hora retrasado. Mis amigos me saludan ya con los trajes térmicos puestos y me piden que me apure. Me estoy cambiando y cuando termino de ponerme el traje, me pongo de cuclillas mirando el mar, está perfecto.
-¡Date prisa, Gonzalo! – Me grita el gordo.- Nosotros vamos entrando.
-Sí, ya voy.- digo sonriendo.
Me pongo a pensar en mi novela que ya va acabando, me falta solo un par de capítulos ¿Cómo resolvería una frase final que impacte totalmente al que se atreva a leerla? Pienso en algo singular, que diga explícitamente que esto ha sido real, que no es un juego. Un diálogo final estaría perfecto, algo que diga “Comprendí, entonces, que para escribir, es mejor haber vivido en carne propia la historia.” Algo por el estilo.
Por otro lado a Violeta le veo más seguido, a veces paso a saludarla, salimos a tomar un café, a hablar de nuestras cosas. El año pasado se graduó como psicóloga y mi familia fue la familia que la acompañó en el evento. Fuimos a cenar y ella brindó muy emocionada con unas lágrimas derramándose por las mejillas y yo fui a abrazarla.
-Gracias, Violeta, gracias por devolverme donde estoy. Gracias por darme esta amistad real. Pero sobre todo me diste el valor para tener fe en mí mismo, me has ayudado a crecer un poco y no hablo del aspecto físico.- se río.- hablo de que ya no tengo miedo.
Y la cena se prolongó en mi casa donde celebramos con amigas de su universidad.
En casa la felicidad duró muy poco. Al comienzo todo era un paraíso, mamá y papá hablaban todos los días con mucho cariño. Yo llegaba contento de clases, donde hice nuevos amigos con los que conseguí una fuerte disciplina para estudiar, y ni bien introducía la llave a la cerradura, mi corazón latía intensamente porque iba a ver a mis padres juntos, abrazados en su cama mirando televisión riéndose. Mi hermana llegaba unas horas después y cenábamos juntos en la mesa. Pero, no sé, supongo que todo era muy perfecto para ser real y poco a poco papá de nuevo empezó a distanciarse, a desaparecer los fines de semana y cuando menos creía, las discusiones volvieron a despertarme en las mañanas hasta que las cosas no dieron para más. Papá se fue de nuevo de la casa en definitiva.
¿Y yo? No, yo ya no soy el mismo.


Lima, primavera de 2013

noviembre 01, 2013

Alegrías, nunca más

23

-¿Aló? ¿Gonzalo? – Me despertó la llamada de Diana esa mañana- ¿Podemos vernos?
Y a las tres horas Diana apareció en su automóvil.
Faltaban dos días para año nuevo y me sentía más tranquilo. Lo primero que había hecho después de hablar con Violeta fue llamar a mamá y contarle todo, bueno, no todo, solo lo que ella necesitaba saber sobre lo que sucedió y al enterarse pegó un grito al cielo y llegó a Lima en el primer vuelo. Por lo menos mis desbarates lograron que mis padres se volvieran a hablar y definitivamente quedaba castigado a partir de nuevo año, debía de ir buscando trabajo y solucionar los problemas  porque con el dinero que iba a ganar con el sudor de mi frente, iba a devolver el dinero despilfarrado. Me parecía lo más correcto, así que alisté un currículo que dejaba mucho que desear y recorría todo Lima haciendo entrevistas de trabajo, entregando mi hoja de experiencia laboral y reventaba con correos electrónicos a toda empresa sin importarme exactamente en qué podría aportar con mis capacidades tan limitadas. También empecé a hacer ejercicio en las mañanas y, como consecuencia principal, iba dejando de fumar, aunque realmente lo atribuyo a que mis padres dejaron de darme dinero. Pero lo bueno fue que devolví el tiempo necesario a escribir esa novela que contaba explícitamente todo lo que me iba sucediendo desde que me enteré lo de Mónica con Alejandro, iba cuatro capítulos y aún corregía varias partes, que era la parte más tediosa y a todo ese trabajo, sumé el volver a leer los libros que me habían vencido y los que había dejado a media lectura.
Para navidad no quise salir de mi habitación, iba a ser demasiado para mí que ya me reconocía como todo un llorón, celebrar en esas condiciones personales tan paupérrimas. Y sin embargo, salí a saludar a la familia que, en un mal tino, decidió celebrar en mi casa. Naturalmente, recibí regalos, aunque yo sentía no merecer ninguno. Luego siguieron los días y seguía con la rutina que tanto me costaba cambiar, pero tenía que tragarme mis malos hábitos, ponerle cara a mis desbandes y ser responsable y exactamente eso era lo que más me molestaba porque nunca me sentí responsable por nada y, la verdad, todavía no quería tener una responsabilidad, pero ya no podía quejarme. Solo quedaba seguir.
-¿Cómo has estado? – me preguntó Diana encendiendo el motor.
-Mal- dije en mi ráfaga de sinceridad y ella soltó una carcajada divertida.
-¿Y ahora, Gonzalito? ¿Qué es lo que debo de saber?
Salíamos de La Molina y al ritmo de Fito Páez como para ponerme lo suficientemente nostálgico y empezar a narrar la travesía de ese año que no me trato tan bien. Pero ¡Qué va! Ya estaba más tranquilo, hay gente que la pasa peor, Diana, le decía, no sé por qué me toca ser tan débil, cuando yo era ese muchacho tan seguro de sí mismo. Me sacaron del círculo de comodidad que era mi reino sin horizontes, hasta que me du cuenta que el dolor invade sin tocar la puerta, arrinconándome sin dejarme un lugar por donde escapar ¿Escapar? Sí, aunque sonaba bastante tocada esa palabra, mis noches no eran un escape de nada, era ensimismarme porque cuando despertaba sobrio, me daba cuenta que seguía en el mismo lugar donde empezaba.
-¡Vaya, Gonzalo! Vas a tener que profundizar en ciertos temas, pero no por ahora. Ya lo estás escribiendo en esa novela ¿No?- y ambos nos reímos un poco.
Llegamos a su casa y me senté en el sofá donde meses atrás ella aspiraba cocaína.
-¿Qué deseas hacer?- Ya era de tarde.
-¿Vamos a comer? – me dolió responder porque seguía siendo un desempleado que no traía ni un centavo en el bolsillo.
Entre vergüenzas, tuve que decirle que no traía nada de dinero y, como era de esperarme, ella me dijo que no preocupara, que todo corría a la cuenta de la casa. Entonces fuimos a almorzar a un restaurante en Miraflores, cerca a su casa y nos pasamos la tarde caminando por el malecón mientras ella me contaba qué tantas cosas habían sucedido y otra vez volvía a extender sus brazos emocionándose de las cosas nuevas que había visto desde su regreso a Lima. Ella era así, una chica con roce social que intentaba ser chabacana, pero su educación le brotaba de los poros y al fin y al cabo no era como quería ser, por más que lo intentaba y eso me daba más ternura de ella.
-Mañana hay un evento en una nueva tienda que van a abrir ¿Me acompañas?
-No sé si pueda, ya te expliqué mi condición.
Al final me convenció y me convenció de pasar la noche en su casa. Llamé a mamá y le dije la última mentira del año, que había sido aceptado en un centro de llamadas telefónicas en turno noche y que empezaba con las pruebas esa misma noche y luego ya verían si me contratarían. Contra todo pronóstico me creyó y fuimos camino a su casa a descansar aunque tan cansado no estaba. Ni bien llegamos, ella sacó una bolsa de marihuana y me ofreció un poco, cogí la bolsa y la tiré en algún lugar de la casa y le dije que dejara eso para otra ocasión, fui a la nevera y saqué unas cervezas para seguir conversando. Y mientras se acumulaban las botellas vacías y nos poníamos cada vez más alegres, pasó lo inevitable, nos besamos y llegamos a su habitación casi desnudos. Hicimos el amor y nos quedamos dormidos abrazados uno del otro hasta la mañana siguiente que nos despertamos sonriendo ¿Estaba bien todo eso? Por lo menos no lo creía mal y fuimos a la cocina a comer algo.
-¿Vamos a la playa? – me dijo.
Cuando menos lo creía, yo estaba al volante corriendo la panamericana sur, camino a San Bartolo como una pareja feliz que me costaba creer porque no pensé que volvería a saber de ella ya que precisamente esa era nuestra relación, un dejar de vernos un buen tiempo para volver a ser enamorados un buen puñado de días o semanas y nada más. Pasando el primer peaje, ya estaba hablando con mucha fluidez, no me recordaba hablando tanto acerca de mí, de mi infancia en Arequipa, de lo que era crecer en Huaraz a tres kilómetros de la ciudad, de mi familia y hasta le conté el pasaje de Violeta en mi vida, algo que no se lo había dicho hasta ese momento. No era raro que haya repetido algunas historias, pero yo era así, volvía a contar lo mismo y cada vez con más alegría y a Diana no parecía incomodarle, al contrario, ella me sonreía y me decía que ya le había contado esa anécdota.
Llegamos a San Bartolo y estacionamos el carro en su casa, ni si quiera entramos, fuimos a caminar descalzos en la arena mientras veíamos extrañados que la playa no se poblaba todavía, entonces nos tiramos en la arena y nos quedamos dormidos un par de horas. Me desperté antes que ella y empecé a observarla, Diana era realmente bella, sus cabello rubio y las pecas que se dejaban ver en su escote hacía que sea una escena de lo más sensual que podía ver. Comprendía que lo más importante de nuestra relación era la honestidad, la valentía que ambos teníamos de mostrarnos tal cual éramos, yo un simple chico casi clase mediero que invertía sus días en escribir, visitar bares para conversar con amigos y escuchar música todo el tiempo posible y ella era una réplica imperfecta de mí por una simple razón, era víctima de sus costumbres ¿Cómo ella podía sentir cierta admiración por mí? Yo que había detestado todo lo que encontraba en frente mío cuando me miraba en el espejo. Pero ahí estaba, empezó a leer ni bien me conoció, a ver mis películas favoritas y a frecuentar mis bares porque quería tener un poco de mí, una gota de la esencia que hacía que me moviera de tal manera. Por otro lado, bajo las perspectiva de sus amiguitas que nunca me simpatizaron por más que me sonreían en las fiestas, yo era un arribista que la conquistaba solo para tener ese roce que yo nunca iba a tener, un caza fortunas para gozar su dinero como fuera mío y a pesar de que en verdad ella era totalmente generosa conmigo, nunca se me vino a la cabeza esa idea, pero era lo más lógico que piensen eso ¿Cómo explicar su generosidad al regalarme libros, llevarme a sus reuniones y darme la potestad de manejar su automóvil? Era totalmente irónico cómo funcionaban los prejuicios de la gente que habla por hablar. Diana me decía que era envidia y yo prefería ignorar todas esas cosas porque era mi ángel, la que daba todo por rescatarme de donde estaba. Yo no era más que una buena definición de una doble vida.
Al poco tiempo ella se despertó y me miró raro cuando me sorprendió observándola con tanto detenimiento.
-¿Vamos a comer? – sí, ella iba a pagar todo y me sentía el caza fortunas que sus amigas tanto hablaban de mí. Después de todo ¿Podía reclamar algo de dignidad?
Comimos unos piqueos de langostinos con unas cervezas mientras ella me hablaba del evento que tenía en la noche y yo me iba desanimando, pero ya estaba comprometido a ir con ella. Terminamos y nos levantamos de la mesa después de que ella pase su interminable tarjeta de crédito y yo buscaba donde esconder la cara de la ridícula escena.
Volví al volante y nos enrumbamos a Miraflores a alistarnos para dicho evento que era elegante.
-¿Y de dónde voy a sacar un terno? Yo no pienso volver a mi casa.
-Bueno, mi familia no es tan alta. Tengo una idea.
Llegamos a su casa y sacó un traje Hugo Boss, unos zapatos Pierre Cardin y una corbata Armani, me probé ese disfraz y lucía bien. Un poco de perfume Polo Ralph Lauren en el cuello y estaba listo para lucir como un verdadero galán. Toda la parafernalia era de su papá que no llegaba todavía de un viaje de negocios. Me sentía un estafador de primera clase, por lo menos eso último sonaba genial, primera clase. Diana hizo un par de llamadas para confirmar su asistencia y que iba con una pareja. Luego llamó a Gustavo para decirle que yo me había animado a ir y, por último, Ximena se alegró con esa noticia.
-¿No te falta un buen reloj? – me dijo y ya tenía un Bvlgari en mi muñeca.
Subimos al auto y fuimos a dicho evento donde Gustavo vestía un traje con zapatillas, la camisa afuera y el cabello revuelto con sus infaltables gafas de piloto. Ximena estaba más decente y después de saludarnos, llegaron los de sociales a tomar fotos por todo lado. Tanto flash me iba a dejar ciego y visitamos la tienda que era de ropa, los mozos no paraban de servir tragos que fue un gran error con mi debilidad por las elixir del olvido. Al quinto whisky tuve que sentarme y todavía no había salido el anfitrión a presentar la tienda. Bajo ninguna circunstancia pertenecía a ese mundo y Gustavo me repetía la misma pregunta “¿Estás bien? Después de esto nos vamos a otro lado.” Eso último era lo que me tenía más animado, ir a otro lado, que en el idioma de Gustavo era una fiesta.
Diana siempre me presentaba como su enamorado y las señoras me veían extrañadas porque todos creían que Dianita iba a ser pareja de Gustavo. Pero la diplomacia reinaba en ese mundo y me trataban como uno de ellos. Lo más difícil era esquivar sus preguntas ¿Qué hacía por la vida? ¿Cómo conocí a Diana? ¿Trabajaba? ¿Dónde vivía?
-Sí, Gonzalo, lo mejor es irse a estudiar fuera de Perú, sea lo que sea te da un peso mayor el saber que has estudiado fuera.- una risita fingida, yo también daba una sonrisa fingida y un sorbo más al whisky con hielo.
-On the rocks.- me decía Ximena y otra vez mi falsa sonrisa.
Personalmente, fui un fiasco, aunque Diana me daba ánimos en el auto diciéndome que estuve bien para ser mi primer evento social ¿Saldría en sociales de las revistas más glamorosas del país? Eso me lo iba a decir Gustavo una semana después cuando le llegaron las revistas a su casa.
Íbamos detrás del auto de Gustavo cuando Diana soltó esa pregunta que hasta ahora me cuestiono cada vez que recuerdo esa escena.
-¿Qué somos, Gonzalo?
Y tras mi respuesta imprecisa, forzada, que en el fondo solo hacía florecer mi duda sobre esa relación onírica de la que no me atrevía a creer que era real, su silencio sentenció el inicio del final, un final que tardó en llegar, pero finalmente llegó varios meses después.
La fiesta fue igual que el evento, no sé si mi incomodidad era porque nunca me gustó el bullicio ficticio que te brinda la diplomacia o era que las palabras de Violeta repercutían en un momento tan real que ella había descrito, lo cierto es que ya estaba asqueado y le pedí a Gustavo que me lleve a casa tratando de producir una excusa creíble que ni yo podía convencerme porque hasta mentir me empezó a saber asqueroso en mi paladar. Así es la conciencia, una vez que toma tu cuerpo, se te cuelga en cada momento, en cada expresión sensorial que haces, no te deja tranquilo nunca y es el juez que va determinando cada momento, cada decisión que tomas al tratar de hacer algo. En definitiva, la conciencia echaba a perder esa versión tétrica de mí mismo y me volvía más auténtico aunque algunas veces me niegue a aceptarlo.
Entré a casa y me daba con una sorpresa, papá estaba conversando con mamá, muy cariñosos escuchando un disco de Marty Balin, que era dueño del repertorio de su historia de amor. Mi papá me miró con esos ojos mansos, enrojecidos de tanto llorar y me dijo que me amaba mucho y nos abrazamos con mucha fuerza después de tanto tiempo. Mamá se sumó y nos quedamos así un buen rato.

-¿Sabes dónde está tu hermana? – me preguntó papá sacando el celular de su bolsillo para llamarla.

octubre 23, 2013

Alegrías, nunca más

22

Un chorro de agua fría en la cabeza fueron las palabras de Violeta y analizar palabra por palabra era descifrar las imperfecciones de mi filosofía estúpida de vida. Pero la verdad era que la vanidad me golpeaba creyéndome un dolor totalmente diferente, único y exclusivo, cuando en realidad mi sufrimiento no era tan diferente, ni ajeno a los demás. Solo quería lucrar a favor mío con mi consternación, para aprovechar mi condición y exhibir mi otro yo más cobarde, salvaje y enfermizo ¿Qué demonios había estado haciendo? ¿A dónde iba a llegar con todo? Recordé, entonces esos tiempo donde todo funcionaba de mejor manera, esos recuerdos que debemos de sacar de vez en cuando para encontrarle sentido a nuestro andar.
Jorge ¿Dónde estaría? Nos reuníamos con buenos amigos alrededor de una mesa después de algún evento cultural a conversar y disfrutar ese momento donde nos sentíamos cómodos porque esa era nuestro estado más natural. ¿Qué estaría haciendo Diana? A ella le debía la vida porque intentaba ayudarme con todo lo que estaba dentro de sus posibilidades ¿Por qué la alejaba? ¿Qué culpa tenía ella? Si nunca la hubiera conocido, hubiera estado más solo de lo que ya me sentía y gracias a sus conversaciones, a que me sacara de mi habitación, poco a poco iba recobrando la fe en mí mismo. ¿Dónde estaba mamá? ¿Dónde había quedado mi hermana? Eran las mujeres con las que mejor comunicación yo tenía, a las que sorprendía en las mañanas con un saludo efusivo, dándoles una nalgada y abrazándolas por la espalda y repetirles lo mucho que las quiero, ellas se reían y hasta me empujaban porque les resultaba muy hostigoso, pero en el fondo sabían que despertaba con buen humor, con una energía fulminante que nadie podía parar, con las pupilas vivas y curiosas en saber qué de deparará cada día. ¿Qué habrá sido de papá? Desde que se había ido simplemente le corté la comunicación ¿Era justo? ¿Acaso tenía que olvidarme que él me hubiera perdonado todo? Me ayudó cuando tuve mi primer quinceañero y estaba castigado, nos escapamos a comprar un terno, una camisa y una corbata, me enseñó a hacer el nudo de corbata con paciencia y se le venían las lágrimas a los ojos.  Recuerdo el día que me enseñó a manejar, lo alegre que yo regresaba a casa saltando a decirle a mamá que había movido el carro. Los fines de semana en Huaraz íbamos donde un amigo suyo a montar caballo y en el trayecto él me hablaba y a mi corta edad no lo entendía bien, pero padre e hijo, en caballos perdiéndonos en la naturaleza, estaban más juntos que nadie ¿Por qué era tan cruel de golpear a mi padre con mi indiferencia? Yo también debería de darle la mano. Finalmente, Mónica ¿Qué podía hacer con ella? Había sido mi compañera, la mujer que debí aceptar desde el primer momento que me gustaba mucho ¿Por qué me esforzaba tanto en negarlo? Como si, entre amigos, enamorarse fuera un pecado y el más hombre no tiene pareja. La quise tanto y fui tan idiota con ella ¿Por qué me costaba tanto quererla bien, como un verdadero hombre debe de querer a una mujer? ¿Por qué le fallé todas las veces que le prometía cambiar? Y ella que fue tan paciente conmigo, me perdonó una y otra vez sin perder la confianza en mí. Y todavía recordaba los momentos más alegres de nuestra relación, los cigarros que compartíamos en un parque mientras escuchábamos música, las conversaciones hasta la madrugada por teléfono, los días que ella me podía acompañar hasta el fin del mundo si yo se lo proponía y las fiestas a las que íbamos juntos, alegres compartiendo cervezas y bailando de tanto en tanto. Nuestra conexión era tan perfecta porque ambos no podíamos para de reírnos en todos los casos ¿Y ese fin de semana que me dejaron solo en casa? Fue nuestra luna de miel, ella vino a dormir a casa y pedíamos comida, veíamos películas, dormíamos juntos y abrazados y nos despertábamos tarde a ver televisión para luego repetir el proceso.
¿Por qué me empeñaba en desperdiciar todo eso? ¿Acaso tenía que seguir esperando un milagro, otra charla de Violeta para entender lo tonto que es actuar como estoy actuando? ¿O, por defecto, decidía de una buena vez terminar con esta secuencia de fracasos, frustraciones cuando yo quiera, como yo quiera y el día que yo quiera?
Me quedé el resto de la mañana y gran parte de la tarde mirando el techo de mi habitación y tratando de entender el sentido de la existencia, mientras en cada momento sonreía y soltaba unas carcajadas, porque recordaba a esas personas y lo bueno que era compartir tiempo con ellas.
A las seis de la tarde pegué un salto de mi cama y salí disparado de mi casa. Fui hasta la avenida principal y tomé un taxi que me llevara, urgente, donde se encontraba Violeta, me abrió la misma monja y me miró muy amarga porque me parece que estaba incomodando, pero al notar mi desesperación entendió mi pedido y llamó a Violeta que ni bien se asomó salté a abrazarla con fuerzas y ella sin entender bien qué hacía yo, un tipo el cual recordaba haciendo esfuerzos sobrehumanos, la estaba abrazando con tanta efusividad.
-Gracias, Violeta, muchas gracias- repetía por quinta vez y aunque otra vez me querían vencer las lágrimas, no les di paso aunque sentía que esta vez era alegría.
-Ya, Gonzalo- acariciaba mi espalda- todo va a estar mejor.-

Nos quedamos un buen momento abrazados en la puerta y me invitó a pasar, ellas estaban rezando y me invitaron a acompañarlas a hacerlo. Me extrañé, pero Violeta me había hecho un favor y ya que ella me estaba pidiendo algo, iba a retribuirle.