- Eres un verdadero imbécil Gonzalo – me había dicho Mónica esa tarde - ¿En qué momento me enamoré de ti? Yo pensando en ti todo el puto día como una idiota y tú, en cualquier otra. En algún momento pensé que habías cambiado ¡Qué ilusa! ¿Por qué no me dijiste la verdad desde un principio? ¿Qué tienes en la cabeza? ¡Puta madre Gonzalo!
- ¿Qué verdad? – pregunté.
- Que nunca te importó lo nuestro.
- Sabes que no es cierto lo que dices.
- Ya no ocultes nada Gonzalo ¡Ya pasó! ¿Me entiendes?
- Entiendo.
- Sigue con tus cosas, porque es obvio que es tu forma de vivir, pero no dejes que alguien se enamore de ti, que sienta algo más, porque no se siente bien quedar así. No engañes Gonzalo.
- Tienes razón. – Dije, y al instante me arrepentí.
- No tengo más que decir. Por mí, te puedes ir a la misma mierda. Y esta vez no es broma. Adiós.
-Adiós.
No tenía más que decir y era muy probable que tenga mucha razón. No me defendí en ningún momento porque iba a ser imposible explicarle algo tan complejo. Pero me moría de ganas de decirle que no quería que se vaya, que se quede conmigo, que siempre la amé en silencio. Lástima que nunca lo dije, tampoco me hubiera gustado, viendo que en algún momento llegue ese final tan tormentoso. Sabía que en algún momento se aburriría de mí y de mis pocas ganas de comprometerme con ella, de mis noches en Barranco, donde nunca faltaba una muchacha que estaba dispuesta a más de lo que uno pensaba, de las continuas y repetitivas salidas que tenía con mis amigos a tomar unas cervezas donde caiga y que no sepa de mí por un par de días.
Y se fue, ni siquiera luché una palabra más para retenerla, para atreverme a decir la verdad. Así como llegó, se fue y así como se fue, no pensé en seguirla y aguanté una vez más sus ganas tremendas de mandarme bien lejos. Otra vez solo, en silencio, pensando, también, en todo lo que nos pasó, en toda nuestra historia. Desde aquel primer beso en mi habitación, hasta la tarde en que no se tragó la gota que rebalsaba el vaso.
No sé qué es lo que pasó ¿Ella se aburrió de mis pocas ganas de estabilizarme? ¿O yo me aburrí de estar tan vigilado? Lo que sí es cierto es que ella no merecía alguien como yo, con mis hábitos, con mis diminutas virtudes, mis miedos, mis contradicciones, mis mentiras, cuando me desaparecía y mi oficio que sólo necesitaba de silencio, espacio y tranquilidad.
¿Quién es el bueno y el malo en el amor? ¿Cuál es la ética del amor? ¿Existe una? Porque, por una parte, ser el bueno es respetar a la otra persona sobre todo, incluso si no le haces caso a tu corazón. Por otro lado ¿Por qué ignorar al corazón? Sería una estupidez no hacerle caso a lo que más te puede llenar. Y eso creo que fue lo que nos mató de a pocos, sigilosamente fuimos viendo que teníamos diferentes perspectivas sobre la ética de nuestros sentimientos. Pero preferimos ignorarlo.
Yo, por mi parte, siempre le fui fiel a mis sentimientos a ella, nunca dejé de amarla, quizá hice cosas que no debí hacer nunca. Pero siempre volví a ella. Aunque siempre me sacaron de quicio sus celos, sus reproches, sus interminables preguntas que me hacía. Me decía que ella no se podía tragar lo que pensaba, que su forma de ser era decir lo que sentía, sin obstáculo alguno.
Discutíamos sin tregua, dejábamos de hablar por un tiempo prolongado y la relación caminaba por la cuerda floja. No era difícil de predecir este final: Ella exhausta de mis tonterías, mandándome al infierno con mi actitud frente a la relación. Y yo guardando, una vez más, el silencio que me atormenta hasta en estos momentos.
Yo guardaba mucho silencio y todavía no sé por qué seré así. Prefiero ignorar lo que me puede hacer daño y olvidarme de todo antes de que empiece mi propio calvario. Lucho conmigo mismo para engañar todo lo que me puede hacer daño.
Un final tormentoso más a mi lista de fracasos como persona, como pareja o simplemente demuestra una vez más como soy, cuales son mis debilidades y esos terrores que no me atrevo a superar. Ella se va y no me desespero para nada, se va con todo su odio, con todo su rencor hacia mí y yo no voy detrás de ella ¿Para que? Si ella fue la que termina con todo, me dejó en claro todo cuando me dijo: “Por mí, te puedes ir a la mierda.” Y desapareció sin más que dejarme con mis pensamientos, flotando, angustiándome, como ahora, que, como medio de salvación, llego a mi trabajo triste, sin ánimos de hacer nada, engaño a mi jefe, me siento en mi escritorio y escribo estas líneas, a ver si podrán aliviar mis síntomas de nostalgia y lo difícil que es olvidar una vez más.
"...Y mis mentiras son batallas inventadas para ganar mis propias guerras." - La Madera del Alma - Gianmarco
enero 17, 2011
diciembre 13, 2010
El Final Feliz
[ A Evert, que si no hubiera sido por su espera, nunca lo habría terminado. A Arturo y Rafael, personas inspiradoras. A Jorge, Alexandra, Aleha y Koki, amigos. Y todos los olvidados por mi ingrata memoria. ]
Hace poco más de doce años partí de esta pequeña (en aquel entonces pequeña) ciudad y me aventuré a viajar por el mundo. Todo empezó con una beca que gané, aun con mis pocas expectativas, y me proporcionó un pasaporte de estudiante directo a Europa, pasaporte que goce hasta haber conocido todos los rincones del viejo continente. Viviendo al paso en pensiones, hoteles baratos, departamentos compartidos o la casa de algún amigo.
Cada lugar dejó marcado algo de mí, alguna historia, alguna alegría, alguna tristeza, algún desamor o algún sueño, aunque siempre supe que no duraría mucho tiempo en cada lugar, siempre tuve la certeza de que ya no estaría ahí en cualquier momento, es quizá por lo cual ningún lugar perdió su encanto, su magia, porque nunca me atreví a quedarme mas de lo debido, solo el tiempo hace de una realidad fantástica, una repetición que al final termina por aburrirnos.
He vuelto después de tanto tiempo, veo que muchas cosas han cambiado, las calles que recorría no son las mismas, pero la gente sigue siendo la misma, no ha perdido esa peculiar familiaridad que siempre me gustó.
Mis primeros meses viví solo de ahorros que fui juntando de a pocos en todo mi recorrido. Encontré un departamento donde instale mi mundo, acomodé mi vida, mis libros, algunas pinturas, recuerdos, mi colección de monedas e incluso algunas fotos que todavía siguen guardadas en un baúl. Es un departamento cerca al mar, a una librería y a un café que empecé a frecuentar desde mi llegada.
Al poco tiempo me encontré con unos amigos de la universidad y otros tantos del colegio, amigos que hacía mucho que no veía, amigos con los que, por cuestiones del destino, me crucé más de una vez en mis viajes.
Fue raro encontrarme con aquellas personas después de tanto tiempo, conversamos sin parar, la reunión se prolongó hasta el amanecer y alguna que otra amiga ya se había ido.
En una conversación, alguien me dijo que postule a alguna universidad, que era muy probable que me den una plaza como profesor ya que mi título todavía tenía validez, así que, con el sabio consejo que me dieron, me presenté a toda universidad que pude, acompañado de un curriculum que dejaba mucho que desear (nunca trabajé en algo que defendiera mi vocación, cafés, bares, tiendas y en cosas que poco tenían que ver con mi profesión, salvo un pequeño trabajo como profesor de idiomas y alguna que otras traducciones de artículos para diarios)
Para mi sorpresa, una universidad me aceptó como profesor, supuestamente vio en mí lo que buscaban. La universidad era nueva y estaba evocada al compromiso social de los estudiantes. Empecé dictando cursos básicos y alguno que otro idioma, poco a poco pusieron a cargo de cursos que me gustaban más. Conocí colegas con los que me pasaba interminables horas conversando en el cafetín, de novelas, películas y lo molestoso que era corregir numerosos exámenes. Hasta ahora me siento bien como profesor, me siento cerca de los jóvenes y de toda su energía. Algunos alumnos me saludas con cierto cariño y respeto, con otros alumnos me siento identificado y me hacen recordar a mi fascinante época de estudiante.
En aquel café, una tarde de verano, conocí a una mujer de cabello ondulado, de ojos miel, de mirada suave y de gestos graciosos. Conversamos y hasta ahora no hemos dejado de hacerlo. Pasábamos mucho tiempo juntos, compartimos un año de amistad antes de formalizar la relación, luego ella dejó su departamento y se traslado a vivir conmigo cuando por fin me había dado cuenta que ella se había instalado en mi vida como yo en esta ciudad, en busca de seguridad, comodidad y extraña tranquilidad.
La universidad me pagaba congresos en diferentes países y ella me acompañaba. Ella también es profesora, pero de otras materias que poco o nada tienen que ver con lo mío, hasta ahora ella no deja de sorprenderme, siempre tiene tiempo para todo. No hemos perdido esa increíble conexión que nos unió el primer momento en que nos vimos y creo que es recíproco. Siempre me ve con curiosidad, disfruta de jugar con mi cabello y me mira de manera extraña cuando duermo.
Una noche llegamos de viaje y ella me abrazó cuando nos tiramos en la cama, exhaustos por el viaje “Estoy embarazada” me dijo al oído llena de felicidad. A los nueve meses nació una niña que se parecía demasiado a su madre. Se unió a la tribu de viajeros que disfrutaban de viajar y sonreírle a la rara tranquilidad que cada vez era más invulnerable.
No he podido ser más feliz al lado de ellas, siempre que vuelvo al departamento sonrió a penas clavo mi llave en la puerta, trato de sorprenderlas con algún regalo o lo que fuera.
Todas las mañanas me despierto antes que ellas y me pongo a escribir.
Hace poco más de doce años partí de esta pequeña (en aquel entonces pequeña) ciudad y me aventuré a viajar por el mundo. Todo empezó con una beca que gané, aun con mis pocas expectativas, y me proporcionó un pasaporte de estudiante directo a Europa, pasaporte que goce hasta haber conocido todos los rincones del viejo continente. Viviendo al paso en pensiones, hoteles baratos, departamentos compartidos o la casa de algún amigo.
Cada lugar dejó marcado algo de mí, alguna historia, alguna alegría, alguna tristeza, algún desamor o algún sueño, aunque siempre supe que no duraría mucho tiempo en cada lugar, siempre tuve la certeza de que ya no estaría ahí en cualquier momento, es quizá por lo cual ningún lugar perdió su encanto, su magia, porque nunca me atreví a quedarme mas de lo debido, solo el tiempo hace de una realidad fantástica, una repetición que al final termina por aburrirnos.
He vuelto después de tanto tiempo, veo que muchas cosas han cambiado, las calles que recorría no son las mismas, pero la gente sigue siendo la misma, no ha perdido esa peculiar familiaridad que siempre me gustó.
Mis primeros meses viví solo de ahorros que fui juntando de a pocos en todo mi recorrido. Encontré un departamento donde instale mi mundo, acomodé mi vida, mis libros, algunas pinturas, recuerdos, mi colección de monedas e incluso algunas fotos que todavía siguen guardadas en un baúl. Es un departamento cerca al mar, a una librería y a un café que empecé a frecuentar desde mi llegada.
Al poco tiempo me encontré con unos amigos de la universidad y otros tantos del colegio, amigos que hacía mucho que no veía, amigos con los que, por cuestiones del destino, me crucé más de una vez en mis viajes.
Fue raro encontrarme con aquellas personas después de tanto tiempo, conversamos sin parar, la reunión se prolongó hasta el amanecer y alguna que otra amiga ya se había ido.
En una conversación, alguien me dijo que postule a alguna universidad, que era muy probable que me den una plaza como profesor ya que mi título todavía tenía validez, así que, con el sabio consejo que me dieron, me presenté a toda universidad que pude, acompañado de un curriculum que dejaba mucho que desear (nunca trabajé en algo que defendiera mi vocación, cafés, bares, tiendas y en cosas que poco tenían que ver con mi profesión, salvo un pequeño trabajo como profesor de idiomas y alguna que otras traducciones de artículos para diarios)
Para mi sorpresa, una universidad me aceptó como profesor, supuestamente vio en mí lo que buscaban. La universidad era nueva y estaba evocada al compromiso social de los estudiantes. Empecé dictando cursos básicos y alguno que otro idioma, poco a poco pusieron a cargo de cursos que me gustaban más. Conocí colegas con los que me pasaba interminables horas conversando en el cafetín, de novelas, películas y lo molestoso que era corregir numerosos exámenes. Hasta ahora me siento bien como profesor, me siento cerca de los jóvenes y de toda su energía. Algunos alumnos me saludas con cierto cariño y respeto, con otros alumnos me siento identificado y me hacen recordar a mi fascinante época de estudiante.
En aquel café, una tarde de verano, conocí a una mujer de cabello ondulado, de ojos miel, de mirada suave y de gestos graciosos. Conversamos y hasta ahora no hemos dejado de hacerlo. Pasábamos mucho tiempo juntos, compartimos un año de amistad antes de formalizar la relación, luego ella dejó su departamento y se traslado a vivir conmigo cuando por fin me había dado cuenta que ella se había instalado en mi vida como yo en esta ciudad, en busca de seguridad, comodidad y extraña tranquilidad.
La universidad me pagaba congresos en diferentes países y ella me acompañaba. Ella también es profesora, pero de otras materias que poco o nada tienen que ver con lo mío, hasta ahora ella no deja de sorprenderme, siempre tiene tiempo para todo. No hemos perdido esa increíble conexión que nos unió el primer momento en que nos vimos y creo que es recíproco. Siempre me ve con curiosidad, disfruta de jugar con mi cabello y me mira de manera extraña cuando duermo.
Una noche llegamos de viaje y ella me abrazó cuando nos tiramos en la cama, exhaustos por el viaje “Estoy embarazada” me dijo al oído llena de felicidad. A los nueve meses nació una niña que se parecía demasiado a su madre. Se unió a la tribu de viajeros que disfrutaban de viajar y sonreírle a la rara tranquilidad que cada vez era más invulnerable.
No he podido ser más feliz al lado de ellas, siempre que vuelvo al departamento sonrió a penas clavo mi llave en la puerta, trato de sorprenderlas con algún regalo o lo que fuera.
Todas las mañanas me despierto antes que ellas y me pongo a escribir.
mayo 27, 2010
Tantas veces Francisco
-Tengo miedo- Se apresuró a decirle momentos antes de besarlo.
-¿Por qué?- Francisco, serio, sin dejar de mirarla.
-Porque Diana es mi amiga, y entre tu y ella hubo algo.
-Diana no tiene nada que ver entre lo dos.
-Ni ella, ni nadie- Fernanda sonrió mientras se arreglaba el cabello.
Francisco se acercó, besó su frente con los ojos cerrados. Luego bajó su rostro, las miradas coincidieron y no supieron en que momento empezaron a besarse.
Hablaron toda la noche sobre lo que sucedía. Francisco estaba dispuesto a todo. Fernanda no solo tenía miedo a que Diana se entere lo sucedido, también tenía miedo a que Francisco esté jugando con ella.
Al despedirse, se besaron una vez más. Francisco estaba muy ilusionado. Fernanda quizá lo estaba o quizá lo ocultaba.
Francisco se fue con algunas dudas en la cabeza y un sabor a los miedos de ella después de los besos.
Después hablarían…
-¿Por qué?- Francisco, serio, sin dejar de mirarla.
-Porque Diana es mi amiga, y entre tu y ella hubo algo.
-Diana no tiene nada que ver entre lo dos.
-Ni ella, ni nadie- Fernanda sonrió mientras se arreglaba el cabello.
Francisco se acercó, besó su frente con los ojos cerrados. Luego bajó su rostro, las miradas coincidieron y no supieron en que momento empezaron a besarse.
Hablaron toda la noche sobre lo que sucedía. Francisco estaba dispuesto a todo. Fernanda no solo tenía miedo a que Diana se entere lo sucedido, también tenía miedo a que Francisco esté jugando con ella.
Al despedirse, se besaron una vez más. Francisco estaba muy ilusionado. Fernanda quizá lo estaba o quizá lo ocultaba.
Francisco se fue con algunas dudas en la cabeza y un sabor a los miedos de ella después de los besos.
Después hablarían…
abril 17, 2010
Las canciones de papá
Recuerdo que viajaba mucho con mi familia, hace mucho tiempo. Por el trabajo de mi papá, aprendimos a vivir moviéndonos de una ciudad a otra. Siempre conociendo a personas nuevas, viendo nuevas culturas y siendo cada vez mas unidos.
En cada viaje, mi papá compraba cassettes de algunos personajes que, por la portada, para mí no eran más que viejitos que cantaban canciones para otros viejitos.
Yo siempre me acomodaba en el asiento del copiloto, mi papá al volante y mi hermana junto a mi mama se sentaban en la parte posterior. A noventa kilómetros por hora, mirando los paisajes, las ciudades, los pequeños pueblos y el sol ocultarse aprendí a conversar conmigo mismo, a memorizar los sonidos y la voz de aquellos cantantes que escucho al escribir estas líneas.
Mi padre siempre me decía que prestara atención a esas canciones, pero por alguna razón me desconcentraba y seguía en lo mío. Preguntarme por qué viajábamos mucho, por qué no nos quedábamos tranquilos en un lugar y echarnos a crecer como cualquier familia. Pero por el contrario, cada vez viajábamos más y dejaba muchos amigos en cada lugar.
Quizá por eso tomo ciertas actitudes en mi vida que demuestras mis repetitivos cambios. El no demostrar mi estabilidad… siempre furtivo y versátil.
Entre muchos personajes había un cassette azul de un tal Alberto Cortez que papá escuchaba cada vez que íbamos a visitar al abuelo, cuando mi papá tomaba vacaciones y nos escapábamos lejos de casa.
Con papá nunca tuve una conversación seria sobre algún tema. La religión, sexo o la madurez. Siempre fue un hombre distante, misterioso para mí. Mis recuerdos con mi papá solo son en ese auto plomo cuando viajábamos y cada tanto, cuando le pedía que bajáramos a ver algo que me entretuvo, me miraba con mucha ternura, como quizá lo hacia mi abuelo con él.
Han pasado muchos años y me he topado con las mismas canciones que papá me hizo escuchar cuando era muy chico. Cuando viajábamos y los silencios eran eternos, distantes y hasta cierto punto egoístas. Yo miraba por la ventana sin entender una sola canción y él sonreía con cada canción, mirando el horizonte y la ruta. Hoy me doy cuenta que en esas canciones mi padre está ahí, presente, queriéndome decir algo. Aunque nunca se atrevió a hablarme sobre temas que yo tuve que descubrir con otros golpes y vergüenzas.
Cada canción era un mensaje que él quería decirme, cada palabra que nunca se le ocurrió lanzarla y dejarla sellada en mi memoria. Cada canción era una moraleja para que pueda aprender más de lo que él pensaba sobre mí, sobre la vida e incluso de él mismo.
Y ahora, en este momento. No veo la imagen donde sale mi papa tomándome de la mano y yo, aun con esa inocencia, mirar hacia arriba, porque para mí era muy alto, y ver toda esa ternura con la que mi papa me miraba. La imagen que yo veo es la de mi abuelo abrazando a mi papa, diciéndole que lo quiere y mirándolo de la misma forma con la que mi papa me veía a mí. Cuando era su “campeón”.
Mi papá solo quiso ser un buen padre. Como lo fue mi abuelo con él.
En cada viaje, mi papá compraba cassettes de algunos personajes que, por la portada, para mí no eran más que viejitos que cantaban canciones para otros viejitos.
Yo siempre me acomodaba en el asiento del copiloto, mi papá al volante y mi hermana junto a mi mama se sentaban en la parte posterior. A noventa kilómetros por hora, mirando los paisajes, las ciudades, los pequeños pueblos y el sol ocultarse aprendí a conversar conmigo mismo, a memorizar los sonidos y la voz de aquellos cantantes que escucho al escribir estas líneas.
Mi padre siempre me decía que prestara atención a esas canciones, pero por alguna razón me desconcentraba y seguía en lo mío. Preguntarme por qué viajábamos mucho, por qué no nos quedábamos tranquilos en un lugar y echarnos a crecer como cualquier familia. Pero por el contrario, cada vez viajábamos más y dejaba muchos amigos en cada lugar.
Quizá por eso tomo ciertas actitudes en mi vida que demuestras mis repetitivos cambios. El no demostrar mi estabilidad… siempre furtivo y versátil.
Entre muchos personajes había un cassette azul de un tal Alberto Cortez que papá escuchaba cada vez que íbamos a visitar al abuelo, cuando mi papá tomaba vacaciones y nos escapábamos lejos de casa.
Con papá nunca tuve una conversación seria sobre algún tema. La religión, sexo o la madurez. Siempre fue un hombre distante, misterioso para mí. Mis recuerdos con mi papá solo son en ese auto plomo cuando viajábamos y cada tanto, cuando le pedía que bajáramos a ver algo que me entretuvo, me miraba con mucha ternura, como quizá lo hacia mi abuelo con él.
Han pasado muchos años y me he topado con las mismas canciones que papá me hizo escuchar cuando era muy chico. Cuando viajábamos y los silencios eran eternos, distantes y hasta cierto punto egoístas. Yo miraba por la ventana sin entender una sola canción y él sonreía con cada canción, mirando el horizonte y la ruta. Hoy me doy cuenta que en esas canciones mi padre está ahí, presente, queriéndome decir algo. Aunque nunca se atrevió a hablarme sobre temas que yo tuve que descubrir con otros golpes y vergüenzas.
Cada canción era un mensaje que él quería decirme, cada palabra que nunca se le ocurrió lanzarla y dejarla sellada en mi memoria. Cada canción era una moraleja para que pueda aprender más de lo que él pensaba sobre mí, sobre la vida e incluso de él mismo.
Y ahora, en este momento. No veo la imagen donde sale mi papa tomándome de la mano y yo, aun con esa inocencia, mirar hacia arriba, porque para mí era muy alto, y ver toda esa ternura con la que mi papa me miraba. La imagen que yo veo es la de mi abuelo abrazando a mi papa, diciéndole que lo quiere y mirándolo de la misma forma con la que mi papa me veía a mí. Cuando era su “campeón”.
Mi papá solo quiso ser un buen padre. Como lo fue mi abuelo con él.
marzo 03, 2010
Gajes del oficio
Escribo solo, en mi esquina, frente a la pantalla sin hacer bulla, sin molestar a nadie. La única luz que esta prendida, en esta casa, es la de mi cuarto… pasan los minutos, los segundos y yo sigo escribiendo.
Escribo porque me aburro de leer mucho, porque tal vez me inspiro un poco o porque es lo único que sé hacer en esta vida.
Escribo porque todo el mundo sabe que la ficción es la corrección de esta realidad que solo te da desencuentros y te cansa de lo mismo, porque después de hacerlo te sientes bien y vuelves a hacer las mismas perradas de siempre.
No escribo por venganza, aunque lo he pensado mucho y lo pienso hacer. Pero lamentablemente no soy vengativo, no guardo rencor… pero tengo molestia por ciertas personas. No escribo porque soy un sabio, un maestro de la literatura o porque Jorge escriba mejor que yo. Escribo porque es bueno conversar conmigo mismo, porque me engrío solo y porque en vez de mentir, solo dices una verdad a medias y al revés.
Escribo para gritar alguna protesta, para desahogarme. Y muchas veces escribo porque me emborracho demasiado y ¿Quién no sabe que se escribe mejor en ese estado?
Escribo una vez cada dos semanas, pocas veces lo publico en mi blog. Escribo desde una tontera que me paso algún día cualquiera, hasta las noches descontroladas de algunos domingos en la madrugada dentro de un taxi.
No me arrepiento de lo que escribo, porque me siento más cerca a mí, cerca de mis pensamientos, de mis ideas, de mi forma de ver la vida y lo que opino de ella. También me rio de lo mal que escribo algunas veces, de las pocas palabras “cultas” que sé. Y aparte… ¿Quién carajos me entendería si escribiera con pura palabra compleja?
Escribo, sobre todo, porque me apasiono rápidamente, porque algunas personas sienten admiración por este discreto (supuesto) talento que los dioses paganos me dieron. Escribo porque hablando la cago completamente, porque escribiendo tengo más tiempo de pensar cada palabra.
Nunca he escrito comprometiendo a otras personas, nunca he escrito para hacer añicos a alguien… pero lo he intentado y me he arrepentido. Escribo para distraer mi locura, para engañar mis problemas y esquivar las cosas de serio rigor.
Escribo porque ya estoy manchado, deje la ternura a un lado, deje la inocencia de escribir hace mucho. Y ahora (diría un amigo) escribo mis porquerías.
Escribo porque me siento un dios sobre un papel, porque puedo hacer daño cuando alguien se siente identificado con lo que escribo. Escribo de noche, escribo hasta ver la madrugada, hasta sentir los ojos pesados, el cansancio en la cabeza y la risa de haber creado un todo, en la nada.
Escribo porque tengo mucha libertad, no le doy explicaciones a nadie de lo que hago y mejor aun “no le rindo cuentas a nadie”. Escribo porque me gusta contar. Porque alguien se fue y me dejo con las ganas de seguir contado cosas a la gente.
Escribo porque el tiempo nunca se acaba, porque todo pasa a un ritmo de letargo, entonces busco finales alternativos y los exagero, les quito escenas, les agrego más personajes y algunos otros los omito. Escribo después de unos cuantos cigarrillos en el parque, después de pensar cada instante de lo ocurrido.
También escribo para no olvidarme de las cosas buenas, porque tengo mala memoria y el olvido hace trampa para llevarse mis recuerdos a su baúl. Escribo en cualquier lugar, incluso en el baño.
No escribo las cosas que el profesor diga que copiemos, creo que la tinta se gasta innecesariamente, prefiero escribir cosas de mi propio interés, cosas que me hagan reír, llorar, ponerme triste o melancólico…
“Escribo solo para matar las tardes,
por no ponerme a deshacer maletas,
por no arrastrarme por las estaciones.”
Diría Joaquín Sabina.
Escribo porque de esa manera te fijaste en mí, porque de esa manera recuerdas que aún estoy aquí, dispuesto a todo por ti. Escribo porque sé muy bien que me miras, que me sonríes desde lejos, porque me miras con dulzura y coquetería. Escribo porque todavía mueres por besarme.
Escribo porque me aburro de leer mucho, porque tal vez me inspiro un poco o porque es lo único que sé hacer en esta vida.
Escribo porque todo el mundo sabe que la ficción es la corrección de esta realidad que solo te da desencuentros y te cansa de lo mismo, porque después de hacerlo te sientes bien y vuelves a hacer las mismas perradas de siempre.
No escribo por venganza, aunque lo he pensado mucho y lo pienso hacer. Pero lamentablemente no soy vengativo, no guardo rencor… pero tengo molestia por ciertas personas. No escribo porque soy un sabio, un maestro de la literatura o porque Jorge escriba mejor que yo. Escribo porque es bueno conversar conmigo mismo, porque me engrío solo y porque en vez de mentir, solo dices una verdad a medias y al revés.
Escribo para gritar alguna protesta, para desahogarme. Y muchas veces escribo porque me emborracho demasiado y ¿Quién no sabe que se escribe mejor en ese estado?
Escribo una vez cada dos semanas, pocas veces lo publico en mi blog. Escribo desde una tontera que me paso algún día cualquiera, hasta las noches descontroladas de algunos domingos en la madrugada dentro de un taxi.
No me arrepiento de lo que escribo, porque me siento más cerca a mí, cerca de mis pensamientos, de mis ideas, de mi forma de ver la vida y lo que opino de ella. También me rio de lo mal que escribo algunas veces, de las pocas palabras “cultas” que sé. Y aparte… ¿Quién carajos me entendería si escribiera con pura palabra compleja?
Escribo, sobre todo, porque me apasiono rápidamente, porque algunas personas sienten admiración por este discreto (supuesto) talento que los dioses paganos me dieron. Escribo porque hablando la cago completamente, porque escribiendo tengo más tiempo de pensar cada palabra.
Nunca he escrito comprometiendo a otras personas, nunca he escrito para hacer añicos a alguien… pero lo he intentado y me he arrepentido. Escribo para distraer mi locura, para engañar mis problemas y esquivar las cosas de serio rigor.
Escribo porque ya estoy manchado, deje la ternura a un lado, deje la inocencia de escribir hace mucho. Y ahora (diría un amigo) escribo mis porquerías.
Escribo porque me siento un dios sobre un papel, porque puedo hacer daño cuando alguien se siente identificado con lo que escribo. Escribo de noche, escribo hasta ver la madrugada, hasta sentir los ojos pesados, el cansancio en la cabeza y la risa de haber creado un todo, en la nada.
Escribo porque tengo mucha libertad, no le doy explicaciones a nadie de lo que hago y mejor aun “no le rindo cuentas a nadie”. Escribo porque me gusta contar. Porque alguien se fue y me dejo con las ganas de seguir contado cosas a la gente.
Escribo porque el tiempo nunca se acaba, porque todo pasa a un ritmo de letargo, entonces busco finales alternativos y los exagero, les quito escenas, les agrego más personajes y algunos otros los omito. Escribo después de unos cuantos cigarrillos en el parque, después de pensar cada instante de lo ocurrido.
También escribo para no olvidarme de las cosas buenas, porque tengo mala memoria y el olvido hace trampa para llevarse mis recuerdos a su baúl. Escribo en cualquier lugar, incluso en el baño.
No escribo las cosas que el profesor diga que copiemos, creo que la tinta se gasta innecesariamente, prefiero escribir cosas de mi propio interés, cosas que me hagan reír, llorar, ponerme triste o melancólico…
“Escribo solo para matar las tardes,
por no ponerme a deshacer maletas,
por no arrastrarme por las estaciones.”
Diría Joaquín Sabina.
Escribo porque de esa manera te fijaste en mí, porque de esa manera recuerdas que aún estoy aquí, dispuesto a todo por ti. Escribo porque sé muy bien que me miras, que me sonríes desde lejos, porque me miras con dulzura y coquetería. Escribo porque todavía mueres por besarme.
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