enero 11, 2012

Alegrías, nunca más

5


Llegué a mi casa y ya todos estaban durmiendo, me sentía un poco incomodo aún, pero la verdad es que también me sentía un poco alegre, me volvía a imaginar a Diana y yo, en todo lo que podríamos ser, en lo que pasaríamos juntos, sin duda todo se estaba construyendo bien, pero no me sentía enamorado. En eso recordé la carta y la saqué de mi casaca. La dejé en mi cama y fui a servirme algo de agua, tenía sed. Me recosté en mi cama y empecé a leer.
Querido Gonzalo:
Acá en Alemania hace mucho frio y extraño todo de Lima, desde mi casa y mi cuarto, hasta mis amigos. Pero, sobre todo, te extraño a ti, a nuestro tiempo juntos, a mirarte a los ojos y escuchar tu voz.
Tal vez esta sea la primera vez que me cuesta tanto buscar las palabras correctas para decir aquello que está dentro de mí, y es que ya desde hace algún tiempo, no dejo de pensar en ti. En lo bien que la paso contigo y en las muchas cosas que me encantan de conversar y compartir tiempo contigo.
La verdad, no estoy muy segura de que esté haciendo las cosas de la manera correcta, pero jamás estuvo planeado, simplemente pasó ¿Todo es cuestión de química no?
Y es por eso que te quiero mucho, porque apareciste en mi vida de un momento a otro y me tomaste por sorpresa ¿Cómo no sentirse atraída hacía ti y a toda tu sensibilidad de persona?
Me gustaría tenerte acá, Gonza, repetir la noche que pasó en mi casa, en el cuarto de mi papá.
Es increíble todo este tiempo a tu lado, he aprendido demasiado y me he dado cuenta que por más que siempre he salido de noche, siempre he conocido gente, siempre he tenido amores fugaces, tú haz vivido más que yo, no sé si en intensidad, no sé si en tiempo, pero el haber tenido experiencias profundas me hizo sentir una envidia grande. No sé como estoy soportando esta ciudad sin tus palabras, sin tu forma tan única de ver las cosas. Tú me enseñaste un lado más artístico de la vida, el ser feliz con las pequeñas cosas que uno tiene, a valorar los sentimientos, desde una sonrisa, hasta el sufrir, porque ambos sentimientos enseñan a que uno se conozca a sí mismo. Me enseñaste a apreciar pinturas, a ver películas (buenas películas, las Italianas que te hacen llorar tanto), a leer novelas y a perderse, horas y horas, en una librería, a conversar horas en un café, en un parque o en un bar como Mezzaluna, donde me hablabas de tus viajes con tu papá.
En todo este tiempo, no creo haber sentido tanto respeto, admiración, tantas ganas de vivir un día en tu cuerpo y saber como sientes las cosas, cómo ves a las personas, meterme un momento en tus pensamientos y a cada cosa que pasa, actuar solo como tú sabes actuar.
Gonzalo, me pregunto si después de leer esto seguirá todo igual, si te incomodará mi presencia (que es lo que menos quiero) si volveremos a ser inseparables, si no se perderá nada de lo que ya hemos construido con esta tan fuerte amistad. Esto es solo un suspiro de una chica dispuesta a dar amor.
Yo sé que existe una Mónica de la que estás enamorado y también sé de tus deslices amorosos en Barranco, pero esto ya no importa, Gonzalo, porque yo estaría dispuesta a dejar mis cosas por tener algo contigo, no es que te lo pida, solo te digo algo que yo podría hacer.
Bueno, Gonza, solo quería decirte que te quiero y que te extraño como nunca. No sé en qué momento pasó, no sé si es ahora cuando recuerdo Lima, o es desde que te conocí en aquella fiesta. Pero de algo que estoy segura, es que me empiezo a enamorar.
Te quiero Gonzalo.
Diana
Leí y releí la carta de Diana, hasta que vi, desde mi ventana, amanecer la ciudad. Me hizo recordar la vez que dormimos juntos. Tuve ganas de fumar, de tomar un whisky y escuchar música y reir, sonreír porque realmente empecé a sentir que no estaba solo.
Claro, el problema de Mónica aún estaba ahí, pero eso ya tendrá una solución, por el momento Diana estaba en Lima y no podía estar para molestar su estadía.
De repente, me di cuenta que Diana solo había vuelto por mí, si no, no me hubiera dicho para salir, primero se hubiera dado una vuelta por la casa de Gustavo o Alexandra.
Me sentí aún mejor, sentía que alguien no me traicionaba.

enero 04, 2012

Alegrías, nunca más

4

A los diez años cumplí mi sueño en tres años. Mi vida había estado colmada de viajes por el trabajo de mi papá, había vivido por todo el país y mis sueño nunca había sido pasarme la vida recorriendo el mundo en un vehículo. Siempre había querido tener una vida de barrio, haber nacido en un lugar, conocer a los amigos, crecer con ellos, aprender a enamorar, hacerse adolescente y luego adulto. Frecuentar los mismos colegios, las mismas reuniones, quizá las mismas universidades y luego que nuestros hijos vivieran la misma vida que habíamos tenido los del barrio. Pero no fue así.
Así que después de once años de viajes imparables, por fin mis padres decidieron instalarse en Lima. Alquilaron un pequeño departamento en La Molina, en la urbanización Santa Patricia. Y sentaron, mis padres, los trajines que tanto nos habían caracterizados.
Al comienzo fue un poco difícil acomodarme a un círculo social de la capital, vivía encerrado en casa, sentado en un escritorio que tenía un ventanal que daba a la calle. Veía como los chicos y chicas de mi edad jugaban y se conocían desde siempre. Por suerte mi primo menor, Álvaro, hizo que lo acompañe al parque un día de vacaciones y fue así como conocí a todos los amigos y amigas del barrio. Fui presentado uno por uno, una por una como el chico nuevo de la cuadra.
-Se llama Gonzalo.- repetía alguien que ya me habían presentado y no lograba terminar de reconocer.- vive al frente de tu casa. Al lado de la casa de Mariana.
Y así conocí a todos. El tiempo hizo de nosotros tener una confianza única. Todas las noches, a las siete de la noche (como si fuera un código secreto o una reunión clandestina) nos reuníamos frente al parque para conversar y así fue como conocí a Romina.
La había visto de lejos algunas veces cuando jugábamos al fútbol, pero no fue, sino, hasta el colegio donde por fin pude conocerla. Me había sorprendido que tuviera mi edad y que cumpliera años casi el mismo día que yo. Era de piel blanca, muy blanca, de ojos oscuros, profundos pero de mirada tierna, los ojos le brillaban. Su cabello, como sus ojos, era negro y ondulado. La sonrisa le salía muy suelta, se podía saber que era una chica inocente, de familia conservadora y educada bajo el encanto de una tradición costumbrista. No me equivocaba.
Una noche, en una de las tantas reuniones que se celebraban en el barrio, terminé bailando con Romina. Las manos me sudaban y todos nos molestaban cuando, al ritmo de una canción romántica, nos dejaron solos en la pista de baile. Ella trataba de calmarme y me limpiaba, cada tanto, el sudor de la frente que tanto delataba mi nerviosismo. Se reía cuando, el supuesto nuevo galán del barrio, se avergonzaba al bailar con una chica.
No lo niego, extrañamente el ser el nuevo en el barrio, era un proceso el integrarse a la sociedad. Las madres te invitaban a comer para calificarte, las chicas (muy sueltas para mi educación conservadora) solían invitar a salir a los chicos y saludar con un beso en la mejilla, cosa que, en esas épocas, para mí era algo descabellado. Las lista interminable de preguntas que tenía que responder, el cabello peinado a un costado, los buenos modales y el comentar, con cierto conocimiento, los viajes por cada lugar que viví me dieron un crpedito especial entre los demás, las madres me decía que tenía cultura, cosa que no entendía a mis once años. Once, porque apenas llegué, celebré mis once años.
Romina, pues, era la chica de la que me tocó enamorarme, era increíble mi capacidad para enamorarme perdidamente en cuestión de segundos, como si cupido siempre estuviera a mi costado, me enamoraba de cualquiera que pasaba, inventaba finales felices y me volvía loco por volver a verla de nuevo. Pero con Romina, ese final feliz, fue un sueño que perduró años. Tenía dos motivos para ir al colegio y ninguno era estudiar, pero el principal era verla, con mucha suerte que me diga algo más que un simple “hola” y para mí el día estaba hecho.
Me pregunto por qué es tan especial estar enamorado y es tan doloroso ser enamorado. Mayormente, cuando estás enamorado, la vida la ves de colores, todo te parece especial, tu imagianción vuela, le sonríes a todo. Pero cuando estas de enamorado, algo se pierde y, poco a poco, según el tiempo y la costumbre, te decepcionas de todo lo hermoso que creías que iba a ser, cuando uno esta enamorado.
Entonces no pude más y llegó el día en que tuve que declararme a Romina por primera vez, unas amigas me dieron valor, otros se burlaron de mi torpeza pero a la hora de la hora, nada importaba, estaba yo contra ella sin importar el resto.
Obviamente, no duré más de cinco minutos frente a ella para salir despavorido y llegar a mi casa exaltado. Es noche no pude dormir pensando en la imagen que tenía de lo sucedido, ella en frente mio, capaz de escucharme y decirme que sí, efectivamente, quería ser mi enamorada. Claro, no lo dijo, pero sabía que lo diría y eso me bastaba.
A los pocos días me armé de valor para ir hasta su casa, buscarla y decirle, de una buena vez, que quería que sea mi enamorada. Lástima que no podía salir y me resigné a que el mundo no estaba hecho para los dos.
¡Qué nostalgia! Nos volvíamos a ver, nuestras madres eran muy amigas y a pesar de que me cambiaron de colegio, algunas tardes me sorprendía su presencia en mi casa. Podría decir, incluso, que entre tiempo la vi crecer.
Romina, siguió derecho, yo seguí finanzas, aunque ambos en realidad, teníamos algo en común que lo notamos con el tiempo: la literatura. Ella leía mucho, yo quizá un poco menos y algunas veces intercambiábamos de libros. Era interesante toparse con alguien que compartía los mismo gustos y, quizá, algunas opiniones diferentes con lo ya establecido.
Una noche, que extrañamente hice una reunión para mi cumpleaños, nos quedamos hasta tarde en mi casa, tomamos algo de whisky mientras conversábamos y en algún momento, sin que nadie que estuviera presente, lo notara, nos tomamos de la mano. Estuvimos así hasta que ella tuvo que irse, me llevó afuera de la casa y me tomó por la cintura.
-Te voy a dar mi regalo – me dijo.
Nos acercamos un poco, demasiado lento, tan lento que, cuando sentimos a prima bajar, nos apartamos el uno del otro dejando algo pendiente, que, dos años después, ocurriría sin pudor.
Tomé el auto de mi papá y llevé a Romina a su casa. Primero dejé a mi prima y luego a romina esperando que terminara lo que había empezado. Lamentablemente mi tía (su mamá) me estaba esperando en la puerta.
A los diecinueve años, un verano, nos mudamos cerca a su casa, vivíamos a la vuelta. Volví al barrio donde me había instalado hacía casi diez años atrás, pasaron cosas que nunca pensé que pasarían.

agosto 01, 2011

Alegrías, nunca más

3


-¿Vamos a dar una vuelta? Eres mi invitado y esto no puede terminar acá.- me dijo Diana.
-Vamos al parque, fumemos un par de cigarrillos y pongámonos al día.
-¡Perfecto! Voy pagando la cuenta.
-Yo voy al baño.- dije algo nervioso, mi celular estaba sonando y sabía que era Mónica.
Corrí chocándome con todos los que estaban en la pista de baile y cuando por fin llegué al baño contesté el teléfono antes de que cortara.
-¿Gonzalo?- escuché al otro lado del auricular.
-Mónica ¿Qué tal?
-Bien.- fingió - ¿Dónde estás?- siempre detesté esa pregunta, nunca me había gustado dar explicaciones a alguien sobre lo que hacía.
-En mi casa, ya me voy a dormir.
-Bueno ¿Nos vemos el martes?
-Nos vemos, un beso.
Volví y vi a Diana en la puerta, fui tras ella y salimos del lugar. Caminamos algunas cuadras, en silencio, y me ofreció algo de marihuana.
-¿Quieres? Solo un poco.
-Está bien, los dos de uno.
-Está bien.
Caminamos fumando un poco, me dijo que en Alemania consiguió un amigo que le invitaba, pero se mantuvo limpia ya que ese era el motivo por el cual la habían llevado ahí y no quería que la encuentren haciendo lo mismo en Alemania, quizá eso significaría que nunca más vuelva a Perú.
-Bien pensado.- dije dando la última bocanada extensa de la noche.
-¿Nos sentamos acá?- me preguntó.
-Yo creo que está bien.
-¿Dónde habías estado antes?
-Estaba tomando una cerveza con un amigo.
-¿Jorge?
-Sí, siempre me has hablado de él, pero nunca me lo ha presentado.
-Es que soy celoso.- dije serio.
-Definitivamente.- me dijo y ambos nos reímos.
-Te lo presento en tu estadía limeña, quizá algún día nos vamos a comprar libros y vamos los tres con Gustavo y Alexandra también ¿Te parece?
-Me parece una buena idea.- dijo y me abrazó. Yo le devolví el gesto y empecé a jugar con su cabello. Nos quedamos un rato acurrucados el uno con el otro y sentía su corazón latir. Se recostaba en mi pecho y me acariciaba.
-Gonzalo, te quiero.
-Yo también Diana.- dije y suspire.
-Tengo que decirte algo.- dijo apenada, como si me fuera a confesar alguna cosa.
-Dime.
-Me gustas, siempre lo supe y nunca te lo dije.- me lo dijo mirándome a los ojos pero cuando termino se volvió a recostar en mi pecho, como si tuviera vergüenza o miedo de una respuesta.
-A mí también me gustas mucho, creo que me gustas desde que te conocí.
Se quedó en mi pecho, recostada. Sentí que sollozaba un poco, acaricié su cabello, tuve ganas de llorar, pero no por ella, si no por mí y por todas las cosas que me tocaban.
-Pero tú no estás enamorado de mí.- me dijo y me quedé callado, no le quería mentir, no le quería decir que no, no estaba enamorado, que solo era un gusto, pero no un gusto cualquiera, no un gusto de aquellas chicas que conoces en Barranco y terminas besándolas camino al baño, no. Quería explicarle que ese gusto era diferente, era un gusto totalmente diferente, las puertas, el inicio de poder enamorarme.
-No.- dije sintiéndome mal.
No dijimos nada, ella se quedó donde estaba, tranquila. Sacó una carta de su bolso y me la entregó.
-Léela cuando llegues a tu casa ¿Sí?
-Sí, Diana.- ni bien terminé la frase ella empezó a besarme y yo le seguí. Ambos estábamos llorando, ella, quizá, porque yo no estaba enamorado y su amor no era correspondida. Yo, porque era muy débil y no podía soportar mi falta de valentía para afrontar todos los problemas.
-¿Qué harás mañana?- me preguntó.
-Dirás hoy más tarde. Estaré con la familia. La verdad no tengo muchos planes los domingos, prefiero descansar de todo lo que hago el sábado o lo que hago en la semana.
-¿Vamos a dar una vuelta?
-No tengo dinero, Diana, lo siento.
-¿Por qué eres tan inglés? El dinero no importa, Gonzalo, de eso me ocupo yo, tengo que cumplir mi rol de niña nacida en cuna de oro.- me dijo y me abrazó con mucha fuerza.- no quiero perderte.
-Yo tampoco Diana.
Nos quedamos abrazados y luego conversamos como si nada hubiera pasado. Estuvimos toda la noche riéndonos, caminando y cambiando de parque, dudando en entrar o no a otro lugar a tomar algunos tragos y prolongar la noche. También me propuso ir a su casa, sus papás, obviamente, estaban de viaje. Pero no, por más que sí quería, esa noche estaba bien como estaba. Los dos caminando por las calles, besándola en los árboles de cada parque, sin que nadie nos viera.
-¿No te gusta que te vean cuando estás besando?- me preguntó bien burlona.
-No.- dije avergonzado y nos reímos.
Antes de despedirme me preguntó de nuevo si no quería ir a su casa. Le dije que no, que ya nos volveríamos a ver, quizá el domingo haría un espacio para los buenos amigos, como tú, como Gustavo y Alexandra, como Jorge, también lo dije y ella se sorprendió cuando lo nombré. Todos tienen algo muy importante para mí le dije y me besó.
-Eres muy tierno.- me dijo después de jalarme el labio con sus dientes.- no lo puedes negar.
-Llámame para saber si llegaste bien.
-Adiós, Gonzalo, pórtate bien. Te quiero.
Y me fui caminando, pensando en que ella siempre me quiso, que quizá haríamos bonita pareja y me sentí bien de no mentirle, por lo menos a ella no podía mentirle, ella tenía que saber que no estaba enamorado, no de ella, pero sí de Mónica. Era extraño como podía sentirme enamorado de Mónica y que ella me haya engañado, pero no me sienta enamorado de Diana que siempre me quiso, quizá de una manera secreta y hasta expresada en su máximo límite esa noche en su casa. Pero no, solo era un gusto y no podía hacerle eso a Diana, ella no se merecía ser el clavo que me saque el otro clavo que tenía incrustado en el corazón. Si tendría que amarla, como la amaba a Mónica, tendría que ser natural y no de una forma tan grosera.
Prendí un cigarrillo y me perdí por las calles de La Molina, entre al barrio y vi mi casa. Era increíble cómo podía vivir dos vidas paralelas, una donde era un hijo “normal” y otra donde era, ya a esas alturas, un hombre que tenía sus propios problemas, sus propios desencuentros y sus desamores dispersos por la ciudad.

julio 22, 2011

Alegrías, nunca más

2


A Diana la conocí una noche que estuve con amigos en un evento fuera de Lima.Entre risas, bebidas y todo, un grupo de chicas se acercaron y fue la primera vez que la vi a Diana, no estaba tan vestida para la ocasión, el cabello estaba muy revuelto y todas estaban algo subidas de copas.
Alexis tomó a una por sorpresa y la sacó a la pista. Algunos amigos se animaron a seguirlos y yo me quedé en mi lugar. Yo ya estaba con Mónica y no pensaba hacer nada que afectara la relación. Pero la avalancha de preguntas de las chicas que quedaron en mi lugar hizo que tenga que socializar.
-¿Cómo te llamas? – me preguntó una rubia.
-Gonzalo, Gonzalo del Solar.- dije con algo de miedo.
Todas recitaron su nombre, una por una y me dio risa. No voy a negarlo, estaba con unas copas por encima y mi capacidad de conversación podía mejorar en cualquier momento.
Conversamos un poco, todas estaban muy alegres, pedimos algunas cervezas, algo de whisky y Diana se paró y me jaló entre la multitud.
-¿Me acompañas a pedir un vodka? – a la propuesta le siguió una risa general.
-Claro.
Caminamos, llegamos a la barra, pidió su vodka y lo tomó ahí mismo, me jaló cuando creí que volveríamos con los demás “¿Bailas?” y asentí con la cabeza.
Cumplimos con todas las reglas para conocernos. Nos preguntamos nombres, edades, cómo habíamos llegado ahí y qué haríamos más tarde. Se sorprendió cuando, al preguntarme por lo que hacía, le dije que era escritor.
-¿Y qué escribes? – soltó la pregunta burlándose.
-Podría escribir acerca de esta noche.
-Espero que algún día puedas escribir esto.
No sé cuánto tiempo estuvimos en ese lugar, regresamos con el grupo, era una conversación general donde no se hablaba de nada interesante pero se podía reír con toda naturalidad. Todos estábamos iguales e ebrios, todos estábamos igual de alegres y Alexis se iba aprovechando de la alegría y la ebriedad.
-¿Vamos afuera? – Diana de nuevo me preguntaba.
Caminamos y me contó algunas cosas de su vida, habló de una forma muy peculiar de las relaciones y al final, a las cinco de la mañana (hora perfecta) me dijo que no quería que todo terminara ese día, que le parecía interesante las conversaciones que tuvimos y que si algún día me animaba volver a salir, que vaya a la casa de playa que tenía por ahí.
Como era de esperarse, después de unas semanas, fui.
Nos habíamos vuelto muy amigos, fumábamos juntos, iba a su casa en Lima a tomar unas cervezas y conversar. Me presentó a Gustavo y a Alexandra con los que escuchábamos música horas y horas, tirados en su sala, un poco mareados y sin parar de reírnos por la marihuana.
Sin darme cuenta, le enseñé el mundito que yo conocía, aquel rincón de mi vida que pocos podía entrar. Ella se dejó conocer por completo y en cuestión de semanas nos volvimos inseparables.
Mónica no se podía enterar de esto, sus celos podían hacer que esto terminara de la peor forma. Así que, como si fuera un vicio prohibido, oculté la amistad que tuve con Diana por un tiempo. Sin embargo, una de las primeras cosas en enterarse Diana fue la existencia de Mónica. Cosa que, con su mentalidad tan open-mind de la que se jactaba, no le interesaba.
Fueron incontables las veces que fui a su casa, todas las formas en la que disfrutamos de la compañías de Alexandra y Gustavo, horas interminables de las cuales no dejaba de sorprenderme y todo se derrumbó una noche.
Mónica y yo tuvimos una etapa de transición, a Mónica no le importaba su vida, por más que había dejado la universidad, seguía interesada en perderse algunas noches, a no dedicar tiempo a pensar qué quería hacer con su vida, a qué se quería dedicar y a mí no me gustaba eso. Le expliqué que no me cuadraba la idea, no era la primera vez que hablaba con ella acerca de su vida, siempre terminaba llorando y prometiéndome que ordenaría las cosas, pero nunca hacía nada.Yo le expliqué que no estaba mal que se divierta, pero que algunas cosas tenían prioridad.
Fueron noches tristes, días en los que su ausencia me perseguía y Diana me acobijó muchas noches en su casa. Sus padres siempre estaban de viaje, así que me podía quedar hasta tarde y en casa daba excusas sobre mis horas de llegada. Lo único que importaba era que yo necesitaba de alguien y ese alguien estaba ayudándome de una forma muy generosa.
Fue una noche que mi tío me prestó la camioneta un par de días, para que le de unas vueltas mientras su estadía fuera del país, la única condición de ese préstamo era que le ponga algo de gasolina cada vez que la use y que lo vaya a recoger al aeropuerto para su llegada. Esa misma noche, llamé a Diana.
-Hola ¿Cómo estás? – Le dije emocionado – tengo una sorpresa que te va a sacar lágrimas de alegría.
-A ver Gonzalito ¿Con qué me vas a sorprender?
-Tengo camioneta por una semana.
Escuché un grito excitado y bullicioso al otro lado del auricular y mi risa se prolongó muchos minutos, me estaba olvidando de todo el dolor que me causaba Mónica, que por cierto, me rompía la cabeza qué pudo haber estado haciendo esa noche.
Tomé algunos libros que me prestó Diana para devolvérselos, también una polera que olvidó una tarde en mi casa y algo de dinero que me había prestado en la última salida que tuvimos.
Subí a la camioneta, saqué las cosas de mis primos y de mis tíos, algunos discos de cantantes antiguos, peines, papel higiénico y algunas otras tonteras. Cambié aquellos discos por unas revistas, el papel higiénico por sus libros y eché un poco de mi perfume para ponerle un toque personal.
Subí y salí de La Molina por la avenida principal, iba pensando en Mónica, quizá estaba empezando a aceptar que me estaba enamorando o ya estaba enamorado, cualquiera de las dos cosas me hacía reconocer que Mónica ya estaba marcado algo totalmente diferente en mi vida. Sí, la amo, pero también me hacía daño amarla y torturarme pensando y dudando de ella, todo se puso peor cuando en el camino iba reconociendo las calles que recorrimos juntos, los lugares donde nos besamos de noche, las risas imparables en cualquier lugar, una lágrima salió y decidí cambiar de ruta. No podía llegar así a la casa de Diana, arruinaría toda la noche.
Estacioné la camioneta en la puerta de su casa y la llamé.
-Diana, estoy afuera.
-Voy a abrir el garaje para que te cuadres, entra un rato mientras me cambio.
Abrió la puerta y me estacioné. Bajé con los libros.
-¿Ya estás lista? – dije a penas me abrió la puerta. Me sorprendió verla en toalla.
-Me cambio y nos vamos.
-¿Y a dónde vamos? – dije mientras me acomodaba en su sala.
-No sé, ya veremos que encontramos.- logré escuchar mientras entraba a su cuarto.
Prendí la radio y seguía pensando en Mónica. Era imposible no acordarme de ella en cualquier momento. Le pregunté a Diana si podía abrir una cerveza mientras le esperaba y ella aceptó. Mientras la abría, me topé con su anuario, parecía que siempre fue la excelencia.
Cuando salió, le entregué los libros y fuimos a la camioneta, puso algo de música y vio un poco triste.
-¿Todo bien?
-Estoy un poco cansado – mentí.
-Si deseas nos quedamos.
-No te preocupes, esta noche tenemos camioneta.
Primero fuimos a Mezzaluna, un bar en la calle Las Pizzas. Pedimos unas cervezas y le dije que no iba a tomar mucho porque estaba con la camioneta y me dijo que no importaba, que ya luego encontraríamos alguna solución y esquivó el tema.
-¿Y Gustavo y Alexandra?
-Están fuera de Lima.
Tomamos y conversamos acerca de algo que iba escribiendo, extrañamente ella logró que le cuente algunas cosas que iba escribiendo, casi a nadie contaba lo que estaba escribiendo, pero esa noche le conté algunas cosas que tenía pensado escribir. Me escuchaba con mucha atención, no sé si me entendía, a veces yo paraba para cerciorar que me estuviera entendiendo y asentía con la cabeza.
Un tipo entró al bar con su guitarra, transitó todas las mesas para cantar algo, pero nadie la hacía caso. Se topó con la nuestra y le pedimos una canción y él nos pidió si teníamos alguna en especial.
-Ninguna.- dijo Diana.
-¿Qué canciones tiene en su repertorio? – dije y empezó a nombrar un sinfín de títulos que no conocíamos y que se me hacían conocidos porque las escuché, tal vez, por mi papá.
-Escoja una que crea que es buena para el momento.- dijo Diana.
-Para los enamorados.- Dijo el señor y se puso a tocar una canción. Me volví a Diana y cuando notó que la estaba observando se sonrojó, bajó la mirada y dio un trago a su cerveza.
La canción, como era de esperarse, me emocionó y pensé más de la cuenta en Mónica, sentí la turbación en el cuerpo, me estremecí y estuve a punto, de nuevo, de llorar. Falseé el dolor con unos sorbos largos para que no me echara a llorar.
El hombre se fue y le dimos algunas monedas.
-¿Te sientes bien?- me dijo Diana sin mirarme.
-Sí, todo en orden.- volví a mentir y me sentí terrible, creía que estaba malogrando la noche, que le estaba estropeando la diversión y le dije que mejor tomamos una ronda más con una sonrisa y alegría fingida.
Estuvimos horas y horas en Mezzaluna, ahora ella hablaba y quería que Diana desaparezca de ahí y que Mónica llegara y terminar la noche con ella. Me estaba portando como un traicionero.
-Este sábado esta malogrado.- me dijo.
-A mí me parece bien estar conversando contigo.
-Sí, pero mejor vamos a mi casa, de paso que seguimos conversando y ya no tienes la preocupación de pagar un garaje.
-Bueno, pero he tomado, no puedo manejar así.
-Acá tengo la solución.- dijo y sacó un una bolsita con alguna sustancia color blanca, muy blanca.
Supe que era y en esos momentos me dio igual. Me tomó del brazo y fuimos al baño. Me dio otra bolsita a mí y un cilindro de metal.
-¿Sabes cómo hacerlo?
-Sí.- dije, pero dudé, solo lo había visto en la televisión cómo inhalaban la cocaína y en una fiesta, en Arequipa, vi a un amigo aspirar en el baño.
-Bueno, jala fuerte, y espera un ratito, es rápido, no te preocupes.- y entró al baño de mujeres.
Entré al baño y puse cerrojo aunque el baño era para más de una persona, puse el cerrojo para no tener ningún problema. Tenía miedo, pero ya no tenía nada más que perder. Saqué mi brevete y peiné una línea, me miré a la cara antes de hacerlo. Era una línea medianamente larga, pero algo delgada. Cogí el cilíndrico y lo pegué a mi nariz, me agaché lentamente, aún con algo de miedo y aspiré con toda mi fuerza aquel trazo que había formado y sentí como se adormecía la cara, sentí como algo entraba y no supe explicarlo. Ya no me sentía mareado, pero me sentía muy excitado. Alguien tocó la puerta, di un salto y guardé todo en cuestión de segundos. El corazón me latía fuerte, en un momento pensé que era la policía, pero cuando abrí la puerta era un señor. Me miró raro e hizo una seña de negación. Diana ya estaba afuera y me limpió la nariz, no me había dado cuenta que estaba llena de polvo.
-¿Qué tal?- me dijo riéndose. Y ya me había olvidado de Mónica.
-Interesante.
Subimos a la camioneta y manejé hasta su casa que no quedaba muy lejos. Paramos en una licorería para comprar unas cuentas cervezas, cuando le pregunté si podíamos comprar un whisky me dijo que no, en su casa tenía algunos tragos.
Se había olvidado el control de la puerta del garaje y tuvo que bajar y abrir desde adentro. Cuando revisé mi celular, Mónica me había escrito un mensaje preguntándome dónde estaba.
Entramos a su casa y abrimos unas cervezas. Me empezó a contar cómo había iniciado su vida con las drogas, me dio opiniones totalmente distorsionadas sobre el consumo y legalidad de estas. Pero ya no podía escucharla bien, empecé a hacer unos gestos raros y ella se reía.
-No pienses, estas callado, luego llega la bajada, ten cuidado.
Tomamos algunas cervezas y ella inhalo unas rayas más. Yo ya no quería.
No sé cómo empezamos a hablar de nuestra vida sexual, no sé cómo ambos empezamos a hablar de una forma tan natural un tema que no hablaría tan ordinaria con una chica, menos con Diana. Me contó de su primera vez y yo le conté lo traumático que fue mi primera vez.
-Es una historia rara, un poca tonta.- dije prendiendo un cigarro.
-Bueno, luego yo te cuento la mía.
-Está bien, pero primero cambia esa canción.- le dije sin saber qué es lo que estaba sonando en la radio.
-Cuéntame.
-Bueno, esto es un poco raro. Yo tenía catorce años, era verano, ese año entraba a cuarto de secundaria y tenía enamorada. Como siempre, yo me juntaba con los amigos de mi primo y, obviamente, eran mayores que yo. Fabio era uno de los amigos de mi primo, él solía hacer reuniones, hasta ahora incluso, donde todo, siempre, termina en cosas increíbles y yo no pensé que esa noche iba a ser mi primera vez. Era una reunión y mi primo me dio un par de preservativos, a pesar de ser cuatro años menor que él, me dijo que tenga cuidado, que uno nunca sabe. Yo, que no lo había pensado, le hice caso por hacerle caso y guardé los preservativos. Como te dije, yo tenía enamorada, una muy simpática por cierto, y no se me cruzaba por la cabeza serle infiel, pero también no podía negar que solo se limitaba a darme un beso. Y eso, a los catorce años, edad donde te hormiguea el pantalón, era demasiado difícil conformarse con esos besos. Bueno, llegó la noche y cuando llegué me presentaron a Ann, la hermana de Miguel, una chica muy desarrollada para sus catorce años. Yo ya la había visto años atrás, cuando Miguel nos invitaba a su piscina, incluso hablamos, pero sospecho que ella no se acordaba o se hacía la que no se acordaba, lo cierto es que nos presentaron. Y nada, ella me retuvo toda la fiesta, se juntaba mucho a mí, conversaba y bailábamos cada tanto. En un momento me dijo que estaba cansada y yo pensé que ya se iba, pero me dijo que la acompañe a su cuarto. A mí me incomodó, pero tampoco voy a negar que la tentación era grande, era consciente de lo que podía o no pasar. Entonces subimos y me dijo que mejor vayamos al cuarto de sus papás y yo le seguí. Entramos y se sentó en la cama y me dijo que no tenga miedo, que también me recueste a su costado. En eso, nos miramos y empezamos a besarnos y una cosa llevó a la otra. Para mí, que no voy a negar que fue increíble, también me tuvo un poco incómodo un par de días, mi primera vez fue siendo infiel y con la hermana de mi amigo.
Diana me miraba sorprendida y le pregunté qué es lo qué pasaba.
-¡Increíble! – me dijo aún atónita por la historia, sonriendo.- ¿Y luego qué pasó?
-Nada, me vestí y la besé, la dejé dormida y volví a la fiesta donde no podía ocultar una felicidad grande, pero también me sentía avergonzado cuando Miguel me acercaba para brindar juntos. Esa misma noche conocí a una chica que luego sería mi enamorada, luego me enteraría que era la mejor amiga de Ann.
-Eres un pendejo.
-No lo creo, solo fue algo que pasó. Fue mi primera vez y eso no se olvida.
-Estoy segura que eres un pendejo.
-No, creo que simplemente pasó.
-No ¿También me vas a decir lo mismo de todas las demás de las que me contabas?
-Bueno, sí, simplemente pasó.
-Sigo creyendo que eres un pendejo.
-¡Basta con eso! No lo soy.- dije sin parar de reírme.
-Lo sé porque no me vas a detener.- y en un instante se acercó y me besó.
Nos miramos y empezamos a reírnos.
-¿Me lo vas a negar?
Y nos revolcamos en la alfombra, las cervezas quedaron derramadas y nos paramos. Un beso intenso nos seguía envolviendo, me iba despeinando el cabello y yo acariciaba su espalda. Se detuvo y me tomó de la mano, cogió un whisky con la otra y fuimos a la habitación de sus papás. “Como mi primera vez”, pensé. Y nos recostamos. Se dejó desnudar y ella me desnudó a mí. Nos besamos y volvimos a besar. Ya dentro de las sábanas empezamos a hacer el amor, me arañaba la espalda y besé toda su humanidad. Suspirábamos con fuerza y ella no dejaba de gritar.
Cuando terminó nos quedamos dormidos bajo las sábanas, desnudos y muy cerca, acaricié su cuerpo, tan delgado, tan claro, tan suave, lleno de pecas. Fui al baño y de regreso me serví un poco de whisky.
Me puse la ropa interior y un polo, me acerqué al balcón que había en el cuarto y me puse a tomar pensando en Mónica, pensando en lo que había pasado y pensando qué pasaría después. Fumé un cigarrillo mientras veía Lima amanecer, uno de los espectáculos de los que siempre disfruté.
Terminé y me acerqué a ella, se veía muy diferente mientras dormía o quizá yo, desde ese momento, la estaba empezando a ver de una forma diferente. La empecé a acariciar y en ese momento podría decirle que la quería, pero no, Mónica aún estaba en mi cabeza y no podía hacerle esto a Diana, que, creo, me quería mucho y me había recibido en su casa, todas las veces, como un amigo de años.
Se despertó y me miró echado, mirando el techo con los brazos en la nuca.
-¿Es Mónica no? Siempre es ella la que te tiene así.- me dijo, no sé si amarga o triste.
-Sí, terminamos.
-Lo sabía, lo sospeché, tú nunca estás cansado.
-Sí ¿Qué hora es?
-No sé, pero ya está amaneciendo.
-¿Lo vemos juntos?
-Primero ven.
Volvimos a hacer el amor, con un poco más de calma y con más tranquilidad, lento y totalmente diferente. Luego vimos el amanecer.
A las nueve de la mañana, mal dormido, con sueño, de bajada, como ella lo había dicho, me cambié, comimos algo en su cocina, conversamos como si nada hubiera pasado e incluso nos reímos mientras mirábamos televisión con cierta rareza, parecíamos amantes (creo que lo éramos en ese momento) que se escondían de todo. Es demasiado interesante el descubrir emociones nuevas, como cuando tiene un comportamiento con alguna persona después de haber hecho (o sentir que han hecho) algo prohibido. No es amistad, no es amor, es un término medio donde hay una confianza grande, hay un cariño grande, pero no hay etiquetas sociales.
Tomé mis cosas, ordené lo que pude en la casa mientras escuchábamos algo de música, telefoneamos a Gustavo y Alexandra para ir a la casa de playa de Diana y al final nos despedimos. Bajó hasta el garaje conmigo y me dio un beso antes de que suba a la camioneta. Me dolía un poco la cabeza como para poder defenderme.
Salí y de frente me fui a las vías grandes, ya no me sentía triste por Mónica, es más, creo que estaba dispuesto a llamarla, pero no lo hice, no sabía lo que podía pasar con Diana.

julio 17, 2011

Alegrías, nunca más

1


Nunca se me cruzó por la cabeza el tener que haber lidiado con el engaño, el estar triste, decepcionado y con toda la impotencia de una persona. Jorge, mientras le daba un sorbo largo a su cerveza, me veía cabizbajo y con ganas de morir.
-Tranquilo, una puta así no te merece – me dijo.
-Lo que ella tiene de puta, a mí me sobra de pendejo.
-Sí, pero tú querías cambiar ¿No? Ya estabas cambiando.
-Eso ya no tiene importancia ahora, no puedo engañarme más, dudo que vuelva a confiar en ella.
Mi cabeza volvió a mirar la cerveza, el brazo se extendía para eliminar el exceso de cenizas ¿Quién me manda a enamorarme? Pensé.
Toda la noche conversamos sobre Mónica y acerca de lo que iba angustiándome. Por suerte Jorge también tenía su propio desamor como para acompañarme y en él veía reflejada mis tristezas y desengaños.
Conversamos lento, tratando de cambiar de tema, pero siempre volvíamos a lo mismo. No sé cuántas horas nos quedamos ahí, buscando resolver nuestras penas con tontas esperanzas, con cosas que podrían hacernos sentir mejor, engañándonos.
-Me voy – dije aún con algo de dolor.
Tomé mis cosas, Jorge me ofreció lo último que quedaba de cerveza y fui rumbo a mi casa.
Recorrí las calles un par de horas en toda la noche, no tenía un rumbo fijo, pero lo que tenía era esa intranquilidad, ese desazón que me consumía de apoco. Sentía ese vacío en el pecho, ese ahogo que ataca antes de llorar, pero no podía (quería) llorar. Y sobre todo, sentí ese asco profundo por ella, esa es la palabra: asco de ella, del malestar que todo esto me estaba causando y los destellos de pena que me estaba generando. Pero aún no lloraba, no lo concebía, no quería aceptarlo por completo y el vacío, el ahogo, el desazón, el dolor me iban haciendo daño.
A lo lejos distinguí a un amigo que no veía hace tiempo, un amigo que, obviamente, también había tenido un encuentro con Mónica.
-¡Gonzalo! – ya era muy tarde para esquivarlo.
-Hola Alberto ¿Cómo estás?
-Bien, bastante bien, esperando a unas amigas. – “¡Qué bueno!” pensé “Justo lo que ahora me haría falta, alguna compañía.”
-Que bien, que bien.
-¿Qué sabes de Mónica?
-Nada, no sé nada de ella hace mucho. – mentí, la había visto esa tarde para querer terminar todo de una buena vez. También sabía que ya no podía confiar en ella.
-¿Sabes que entre ella y yo hubo algo? – Lo tenía que decir y me hizo recordar que ella se iba besando con cualquiera, acostándose con alguien con quien también jugaba. Veía a Alberto reírse y golpearse el pecho estando orgulloso de una gran conquista “¿De qué andas orgulloso? Imbécil” pensé “Tú no eres nada especial para ella, fuiste uno más de su lista, una lista grande por cierto. Fuiste uno más, como tantos otros que, en algún momento, creyeron lo mismo que tú.”
-Lo sé – fingí una normalidad.
-Bueno, Gonzalo, me tengo que ir con estas chicas a dar una vuelta. – Cuando me fijé y vi bien a las chicas, logré reconocer a una de ellas, logré recordar algo que ella una noche me entregó. Todas eran iguales de fáciles que Mónica, salvo que ellas podían aceptarlo.
Volví a lo mío, caminar mientras las imágenes se cruzaban por mi cabeza. Ella teniendo sexo con otro, gimiendo de placer, gritando y él muy feliz deslizándose en la fricción de los cuerpos. Otro con el que, también, volvió a jugar.
Ya estaba harto de este día. Estaba harto de pensar y volver a pensar en lo mismo: Mónica y Diego, ambos encamándose y ella negándomelo, para que después, como por arte de magia, me entere que me mentía y se haga la víctima de todo esto. Sólo quería dormir para olvidarme y no volver a recordar esto, obviar el proceso de tristeza por el que estaba pasando.
-¿Aló? – contesté antes de que el teléfono dejara de sonar, no me había dado cuenta de que estaba sonando.
-Gonzalito ¿Qué tal? – La voz me sonó conocida – soy yo, Diana.
-¡Qué sorpresa! ¿Cómo has estado?
-Bien, llegué de viaje en la mañana ¿Estás ocupado?
-No, estoy camino a casa.
-¿Tan temprano? No puede ser ¿Vamos a dar una vuelta? – no me sonó a un pedido, me sonó a una obligación, pero no tenía nada que perder esa noche.
No encontramos después de un rato y fuimos a un bar que quedaba por una universidad cerca de mi casa. Un lugar tranquilo, rojizo, con una pequeña terraza en el segundo piso y el ambiente universitario de lunes a viernes, pero los sábados era algo más general.
Pidió dos cervezas, le expliqué mi situación financiera, no tenía mucho dinero para gastar en la noche.
-¡Ay, Gonzalo! Yo te invito, tú serás el invitado especial.
Subimos a la terraza después de golpearme con la multitud, un poco de cerveza me cayó en la casaca y nos instalamos mirando el cielo sin estrellas de Lima.
-¿Hoy llegaste? – traté de forzar la conversación.
-Claro pues ¿Ya no te lo dije?
-Cierto.
-¿Estás bien? – siempre había odiado esa pregunta, pero cuando vi sus ojos y recordé lo que Diana significó en su momento, decidí contarle mi historia con Mónica, toda la tormenta hecha vida.
Fue una confesión que duró algunas horas, no me interrumpió en ningún momento, no recuerdo en qué momento aparecieron más botellas y las colillas iban arrimándose, de a pocos, en el cenicero. No sé en qué momento se me quebró la voz, tampoco sé en qué momento empecé a aguantarme las ganas de llorar, pero su silencio hizo que le cuente todos los detalles que sucedieron y las cosas que se me cruzaban por la cabeza.
-¡Increíble! – Me miró y sonrió con algo de pena - ¡Qué intenso!
-Así es pues, cada uno tiene su historia.
-¿No pensaste que, si ella era tan fácil, no sería tan fácil siempre?
-No.
-¿Te puedo decir algo?
-Dime
-Es una puta.- dijo y me miró con algo de vergüenza.
Me volví a ella, noté su rostro rojo, di un sorbo a mi cerveza y nos empezamos a reír como locos. Me abrazó muy fuerte y me dijo el oído que me había extrañado todo este tiempo fuera del país.
-Yo también, Diana, yo también te he extrañado después de todo. Me sentí realmente solo.
Noté algo raro cuando nos separamos.
-Pero así es, Gonzalo, todo se paga y a ti te las cobraron con intereses.- de repente ya no estaba alegre, había cambiado de expresión.
Recordé que alguna vez tuvimos algo casual, algo que para ella significó mucho. Quizá eso pasó entre Mónica y Diego, para él quizá sí significó algo intenso, porque él estaba totalmente enamorado de Mónica, pero ella lo hizo de una forma muy casual.
-Lo siento si te hice sentir mal.- dije y ya no quería estar ahí.