marzo 19, 2013

Alegrías, nunca más


13

-No vayas a esa fiesta, por favor. – me pidió Diana esa sábado por la tarde.
-Pero es un viejo amigo, no puedo hacerle eso. – dije un poco extrañado.
Diana nunca había sido una de esas personas que te dice lo que debes o no hacer, nunca iba a negarme amistades o peor aún, nunca me negaría estar con mis buenos amigos una noche.
-Tengo un raro presentimiento, por favor, créeme.
Pero todo estaba claro, no iba a hacerle caso, sobre todo porque esas fiestas, después de la locura, llegaban las conversaciones que mantenía con Jorge.
Me despedí con un beso en la mejilla de Diana, aquella tarde solo caminamos por Barranco, curioseando entre bares y cafés, entrando a tienditas extrañas y finalmente, caminando cerca al mar. Su compañía era fácil de sostener y divertida de llevar con las conversaciones que no dejaba de sorprenderme. Sabía mucho de cine y teatro, me recomendaba tanas películas que terminaba por olvidarlo todo y a veces debía de llamarla para recordar los títulos y los directores que tanto repetía con exaltación. Diana era así, una metralleta para conversar, se emocionaba con lo que decía y una señal importante de saberlo era cuando conversaba levantando la mirada con una sonrisa de niña y gesticulando más de la cuenta. Sabía todo lo que debía de saber como para opinar quiénes podrían ganar el premio de la academia.
Llegué a mi casa a las ocho de la noche, listo para ducharme y cambiarme para ir a la fiesta. No me demoraría demasiado, escoger ropa no es difícil para mí, así que me daba tiempo para avanzar y encontrarme con Jorge.
Cuando salí del colegio, no pensé en volver a verle la cara a nadie, y eso, hasta cierto punto, me alegraba. No porque no me caía nadie o por ser un inadaptado social, lo que pasa es que siempre fui un apátrida a dónde iba, estuve en siete colegios en toda mi vida colegial, lo suficiente como para no terminar de involucrar demasiada amistad con nadie, pero lo suficiente como para vivir el relajo que comprendía el colegio.
El mejor grado fue cuarto de secundaria, antes de eso yo era un adolescente que montaba una patineta, que escuchaba la música que estaba de moda y jugaba fútbol todas las tardes en el parque que estaba cerca de casa. Pero en cuarto de secundaria llegó un profesor nuevo de Literatura, un profesor diferente entre todos los demás. Traía el cabello más largo de lo que debía y llevaba tan bien el curso, que dejaba a todo el salón hipnotizado cuando contaba las novelas de los escritores de las vanguardias que íbamos estudiando. Fue él quien, un día después de clases, nos quedamos conversando y me recomendó que leyera Demian de Herman Hesse y fue el gran cambio. Cada vez que alguien me pregunta en qué momento empecé a leer y a estar en este mundo, siempre lo atribuyo a ese libro, a tal punto que podría marcar mi vida en un antes y un después de leer a Herman Hesse.
Con Demian, luego llegó Sobre las ruedas y, finalmente, El lobo estepario. Libros que me dejaban desvelados y que leía con intensidad. Luego yo solo descubrí a Julio Ramón Ribeyro que me acompañó con el descubrimiento del Rock & Roll clásico.
Y ha sido una buena costumbre el leer en clases que poco o nada me importaban como Química, Álgebra o Trigonometría, quizá Física y Aritmética también. Pero en el curso que definitivamente iba preparado para leer por dos horas, era Biología.
Despertar la Literatura en mí, fue por fin hallarme dentro de un grupo, aunque en ese momento me sentía más solo que de costumbre. Por fin sentí lo que debía hacer, a lo que debería dedicarme. En el momento inesperado, encontré mi vocación. El problema fue que no supe moverme bien, lo suficiente como para cometer errores en mis elecciones.
Digo que fue hallarme en un grupo, ya que en quinto de secundaria conocí a Jorge porque encontré versos que él escribía en la última hoja de su cuaderno y empezó el vínculo que nunca se ha roto, escuchamos Fito Páez y él leía a Neruda y yo a Ribeyro. A los pocos días fue Yngrid quien me presentó a Alfredo Bryce y a Soda Stereo. Me sentía cómodo en algo que debía hacer.
El tutor me dijo que no tenía nada que ver con mis notas, pero tenía que ver con mi coeficiente intelectual, el que esté en el primer salón de estudios, porque realmente en ese salón era cola de León, y, en cambio, en el segundo yo era cabeza de ratón. Bueno, no cabeza, quizá cuello y con suerte, quizá, cadera.
Cuarto de secundaria también fue empezar a fumar a escondidas con el uniforme y en las reuniones salir al patio para que nadie nos viera. En ese momento le dabamos rienda suelta a conversar de lo que leíamos, de las películas que habíamos visto y las nuevas canciones que debíamos escuchar.
Jorge me unió a sus amigos, Freddy, Renzo, Diego y Ruben, con los cuales conformamos un sexteto inseparable. Todos los días de clase, a todas las horas, nos sentábamos los seis juntos, en carpetas de dos en dos y esperábamos el despiste del profesor para bromear o reírnos más de la cuenta.
Era por eso que debía de asistir a esa reunión, porque vería al resto del grupo con el que teníamos una fecha exacta para reunirnos, el cumpleaños de Freddy, que abría su casa para hacer una fiesta a todo dar. Su mamá, que con el tiempo sería una consejera para el resto del grupo, nos dejaba divertirnos en su casa. Incluso nos dejaba dormir ahí y a la mañana siguiente nos despertaba con café y un desayuno que no solo eran buenos para el cuerpo y la resaca, era la tertulia matutina para reconstruir los hechos de la noche anterior.
Llegué a la casa de Jorge, donde deberíamos encontrarnos todos y a quemarropa me preguntó.
-¿Sabe Mónica que Diana ha vuelto?
-No. – respondí, nervioso.
-Deberías de tener cuidado, no sé cuál es tu afán por meterte en problemas, pero de verdad deberías de elegir entre una de las dos. No me digas nada, porque sería tonto de tu parte que me digas que con Diana solo son amigos. Te conozco hace cinco años y en verdad también me preocupó verte mal por Mónica, pero ya déjate de tonteras ¿Ok? Es hora de que tomes las riendas de lo que piensas hacer. Diana y Mónica son diferentes, pero no le puedes hacer esto a ambas, tienes que escoger.
Toda la conversación se sostuvo tras esa última frase, yo no les podía hacer eso y era obvio tener que escoger, pero mi cabeza ya andaba hecha todo un tumulto.
A la media hora apareció el resto del grupo, de par en par, con lo que terminamos cambiando de conversación y poniéndonos al día. Es raro cómo trabajan las amistades largas y duraderas, sobre todo el hecho de reencontrarse después de varios años, donde vuelves a ver al grupo que te acompañó en la travesía del colegio. Lo divertido de la funcionalidad de las personas es que mientras pasan los minutos de las conversaciones, recuerdas que el que te caía mal, aún conserva esos pequeños detalles que detestabas de ese compañero. Recuerdas que, el más gracioso, aún conserva esa chispa que te entretenía con las ocurrencias en un momento aburrido de la clase. Esos pequeños fragmentos de la personalidad, que se asoman y te recuerdan las características de ellos, es lo que hace el vínculo más humano de la amistad, es un reflejo fugaz de un instante junto a ellos en el que te puedes reconocer.
A la hora llegamos a la casa de Freddy y la celebración estaba en todo su esplendor. La música a todo volumen, las parejas bailando, algunos conocidos esparcidos por un rincón u otro, la mesa llena de una variedad incalculable de tragos y nosotros éramos los reyes de la fiesta. Saludamos a la mamá de Freddy que, como si fuéramos hijos pródigos, nos recibía con alegría después de ausentarnos varios meses. Freddy era un buen amigo, diría yo que el más cuerdo entre los demás, su condición de hermano mayor irremediablemente lo volvió un tipo muy responsable a muy temprana edad. Siempre estuvo cerca al grupo, pero su presencia era la de una fantasma, era como si siempre estuviera, pero no estuviera. No ponía objeción a las ideas locas que poníamos para divertirnos, por el contrarío, se reía y daba rienda suelta a los disparates. Muy contrario a Diego, que era un poco más emotivo y romántico, lo he considerado mi hermano mayor desde que lo conocí por el simple hecho de que siempre me cuidó cuando desde que entré al colegio. Me llamaba para jugar fútbol junto a los demás y me presentaba a las faldas más simpáticas que se paseaban por los pasillos y los salones. Lo admiré desde que lo vi, su forma tan rígida de estudiar, su disciplina exasperante para atender la clase, tomar apuntes, repasar y hacer las tareas como si fuera algo tan simple y que a mí me daba flojera de tan solo pensarlo. En el fondo y en silencio, quizá lo envidiaba, pero fue un amigo tan generoso que ambos nos volvimos buenos amigos. Renzo y Rubén eran como el agua y el aceite a primera estancia, pero eran más amigos de lo que aparentaban no ser. Aún los recuerdo molestándose en el salón, Renzo fastidiándolo sin parar y Rubén teniendo una correa modesta riéndose, también, sin hacer ningún gesto de desagrado. Renzo era tan viril como el mismo lo podía decir, jugó de arquero para la división de menores de Club Universitario, desde ese momento hizo fibra su estructura muscular y yo lo sé muy bien porque una vez, entre bromas, un puñete me dejó sangrando. Renzo nunca iba a decir no si tenía que agarrase a trompadas con alguien, dentro de sus cabales, no estar en una pelea, era lo peor y exactamente por una pelea, fue que lo expulsaron de su anterior colegio y terminó entrando al nuestro. Rubén era más tranquilo, muy despreocupado, pero exageradamente inteligente, llevar el ser despistado e inteligente era una fórmula que la sabía llevar muy bien. Todos en el grupo predecíamos un futuro brillante, ya que acabaría la secundaria con quince años y sin dudarlo dos veces ingresó a ingeniería. La imagen que tengo grabada de Ruben, es la de él tosiendo gravemente tras sus primeros cigarrillos que compartía conmigo saliendo del instituto donde estudiábamos inglés.
Conversamos de todo, como era de esperar Freddy había cambiado de novia por cuarta vez, Diego se había ilusionado de una flaca que, por lo que nos contaban otros amigos, no era muy recomendable y, obviamente, Renzo seguía molestando a Rubén.
Toda la noche estuve cargada de risas, de recuerdos y de brindis consecutivos por los viejos tiempos, por el reencuentro, porque cada uno iba construyendo, a su modo, su propio futuro en lo que realmente le gustaba.
Y entonces apareció Claudia deslumbrado a toda la fiesta con su sonrisa coqueta. Todos me pasaban la voz “Ahí está, Gonzalo ¿No te acuerdas?” y sí, si algo debía de acordarme de Claudia, era de su forma agresiva de besar, destrozándome los labios inferiores de una forma tan sensual que terminaba revoloteándome los pantalones. Fue un par de años antes cuando Mónica estaba en Miami. Fue en una reunión de verano, de las que acostumbra a hacer Freddy para todos aquellos que, como yo, detesta las tardes en el sur. Esa noche bailamos, no hablamos y terminamos recostados en el sofá de la sala besándonos hasta quedar excitados por lo que queríamos que pase y no podía pasar.
Y ahí estaba ahora, sentada a mi costado, pidiéndome encendedor y preguntándome cómo me había estado yendo, que ya le habían contado que yo tenía enamorada y por favor, sírveme un poco más de whisky Gonzalito, que yo también estoy saliendo con un chico. Era como diez años mayor que ella, todos me contaban que se la veía llegando a su casa en una camioneta y que había estado muy desaparecida  ¿Entonces a qué había venido a la fiesta?
-Para verte pues, Gonzalo, no te hagas el loco, hermano. – Me decía Diego terminando su cerveza.
Y esa respuesta no estaba tan lejos de la realidad, quizá entre bromas Diego me estaba diciendo algo que había notado. Pero lo que no notaba, es que en verdad con Claudia, no iba a conversar más de cinco minutos. Así que nos dedicamos a llenar nuestros vasos con whisky o vodka, pero nadie recordó en qué momento ya estábamos tomando tequila y saltando en medio de la fiesta. En un momento nos miramos, sonrientes y nos quedamos algo pensativos ¿Qué podía decir en ese momento? Nada, porque ni siquiera se me ocurría decir nada cuando estábamos muy sobrios, porque Claudia siempre tuvo esa personalidad muy impactante, segura, es de esas personas que hacen temblar el piso y la actitud tan fuerte que todo el mundo voltea a verla cuando entraba a cualquier fiesta. Me abalancé a besarla con todo y ella también empezó a besarme. Todo el mundo estaba mirando esa escena que si bien seria  de lo más romántica, ninguno de los dos lo veía así.
-Vamos a otro lado. – Le dije.
-No. – Me dijo cortante y se fue al baño.
Yo ya estaba con los tragos en la cabeza y la seguí sin pensar en nada. En el trayecto Jorge me detuvo.
-¿Qué haces, imbécil? – Lo hizo casi empujándome.
Me miró con una desaprobación increíble y yo no le hice caso. Esquivé la mirada y fui detrás de Claudia y cuando salió del baño le cerré el paso la tomé de la cintura y la devolví adentro.
-¿Qué haces? – Dijo algo molesta, casi gritando y volví a besarla, pero esta vez me volvió a apartar.
-¿Qué sucede? – Le dije algo confundido.
-Mira Gonzalo, está mal, yo tengo enamorado y tú tienes enamorada.
-¿Y qué? ¿Acaso no te gusto? – Lo dije casi gritando, al borde de la histeria. La verdad solo me amargaba por una sola cosa, porque Claudia me recordaba toda esa actitud de Romina.
-Sí, me gustas, pero no está bien.
Fue suficiente, salí tirando la puerta con todas mis fuerzas y me fui a servir una copa más. Lo encontré a Diego y me preguntó qué tal me había ido con Claudia.
-Jodido y ¿Sabes qué? Que se joda también ¿Cómo se llama esa chica? – le dije señalando a una chica que de lejos parecía simpática.
-¿Te la presento?
No recuerdo cómo se llamaba y mi cabeza estaba tan fuera de sitio con lo que había pasado que ella pensó que era un idiota cuando por quinta vez le decía “¿Y qué estudias?” y ella se cansó de decirme que estudiaba derecho.
Pero la saqué a bailar y ella aceptó, y de repente, en medio del fulgor que significaba bailar con esta chica, Claudia me miro con una rabia tremenda, todos en la fiesta lo notaron y cuando volví a mirar a Diego, me hizo la señal y gesticulaba diciendo “¿Ya viste?”
Pero Claudia no era solo una mirada de rabia, Claudia era de armas tomar y efectivamente, me tomo del brazo y me devolvió al baño y empezó a besarme y besarme el cuello también. Ambos terminamos lo que teníamos pendiente en ese baño y cuando salimos, ya casi todos habían desaparecido. Claudia no hizo ningún gesto de vergüenza, es más, ni siquiera miró a ninguno de mis amigos. Yo me sorprendí cuando vi a Santiago con todos los demás, sentado, brindando y conversando. No lo había visto llegar y me emocioné porque Santiago fue un buen amigo del colegio y quizá ¿Por qué no? En un momento el mejor que tenía. Así que lo saludé con mucha efusividad y de forma apurada porque debía de acompañar a Claudia a que tomara un taxi.
No hablamos en el camino, se despidió como me saludó, algo coqueta y desinteresada. No debíamos de intercambiar números, ambos conocíamos nuestra posición.
Volví a la casa de Freddy fumando tranquilo, Mónica me había llamado antes de todo y luego me llamó de otro número diciéndome que se le había perdido su celular y que ya hablaríamos después, lo cual me daba mucha tranquilidad.
Entré y volví a abrazar a Santiago, un vaso con whisky para mí apareció como por arte de magia en mi mano y empezamos a recordar todo de nuevo. Solo quedábamos el sexteto de siempre y Santiago.
-¿Alguien sabe algo de Alejandro? – Dijo Santiago y se me erizó el cuerpo. Volví a pensar en Mónica y Alejandro, otra vez las nauseas volvieron a mí.
Por suerte nadie respondió, y yo no quería opinar nada, ya bastante era que tener que cargar con esa traición como para querer compartirla. No, ni hablar, no iba a contar nada para luego ponerme triste y hacer el ridículo. Todo el grupo sabía algo, yo no me enamoraba tan fácil, yo no sufría por ninguna mujer y yo no rendía cuentas a nadie. Pero fue el mismo Santiago que soltó la frase que puso en duda todo el mito que había detrás de mí.
-¿Es cierto lo que dicen, Gonzalo? Por ahí escuché que se besó con tu enamorada.
-¿Qué hablas? Idiota ¿Quién te ha dicho eso?
-¡Cálmate! No pasa nada Santiago. Aparte ¿Cuál es el problema? Es solo una flaca, no debes de ponerte tan agresivo por una tontería.
Y no aguanté, me paré, lo tomé de las solapas y lo mandé al piso de un solo empujón. Me arrojé contra él y empecé a darle de a puños en la cara. Uno, dos, tres y sentía su cabeza dar un golpe seco contra el suelo, cuatro, cinco y estaba seguro que no iba a parar y veía como le había reventado la ceja en un tirón y me acordaba que Santiago era uno de mis mejores amigos en el colegio ¡Santiaguito! Con quien caminábamos juntos con un par de Coca Colas rumbo a nuestras casas, porque vivíamos relativamente cerca y porque yo lo escuchaba cómo me hablaba de esa chica que tanto le gustaba. Seis, siete y sentí a todo el mundo acercarse y separarme de Santiago.
Jorge me trataba de tranquilizar mientras me ponían hielo en el puño y Santiago era atendido en el baño. Cuando salió me miró a los ojos y me dijo:
-Vete a la mierda, Gonzalo, eres un pobre huevón.
Me paré, lo miré a los ojos y escupí al suelo, noté que también estaba sangrando en el labio por uno de los golpes que él también me mandó.
-No sabes de lo que hablas. – Dije, tomé mi casaca y me fui de la fiesta al filo de la madrugada. Pero lo que no podía negar era que, efectivamente, Santiago no se equivocaba y lo que se voceaba de mí por ahí era cierto, Alejandro había besado a mi enamorada.
Llegué a casa y entré al baño a enjuagarme la boca, aún sentía la sangre en mi paladar. Cuando me miré después de secarme la cara vi mi cuello lleno de marcas “¡Puta madre!” Dije y pensé en que Claudia lo había hecho, me había dejado esos chupetones a propósito para que mi enamorada lo viera y lo echara a perder todo, pero no me preocupaba por eso, no en ese momento, ya vería qué excusa le diría a Mónica, por el momento solo Santiago estaba en mi cabeza ¿Cómo pude reaccionar como un animal?
Me costó más trabajo que de costumbre quedarme dormido.
Cuando llegó el lunes, fui a la casa de Mónica y no iba a ocultar las marcas, hacerlo significaría aceptar que ocultaba algo, así que respondería en el caso de que se diera cuenta. Para mi mala suerte, sí, se dio cuenta y le dije que me había intoxicado, que iba a ir al médico a hacerme ver. Me creyó y camino a la universidad tomó un poco de su base y me empezó a maquillar las marcas que Claudia había dejado en mi cuello.
-Que no se note, Gonzalo, está horrible.- Me dijo y me dio un beso.
-Gracias. – Dije algo avergonzado.
-Mañana te vas de viaje ¿No? Creo que ya no nos veremos, espero que te vaya bien, te amo.- Dijo y volvió a besarme.

marzo 12, 2013

Alegrías, nunca más


12

Sería muy tonto negarlo, pero Mónica me conoció en el mejor momento de mi vida.
La había conocido entre amigos de la universidad, entre cursos y cursos, entre cigarrillos que desfilaban, uno por uno, conversando en su facultad o en la mía ¿Fue Francesca la quién me la presentó? Ya no lo recuerdo, lo cierto es que nos llevábamos muy bien.
Algunas veces iba a mi casa a visitarme y salíamos a caminar, me gustaba cómo se sentaba a escuchar mis historias, cómo era tan simple soltar carcajadas tan sueltos, tan naturales.
Pero también debo de decir que algunas veces me sacaba de quicio sus raros caprichos y su detestable manerita de comportarse en ciertos momentos, de ser tan hueca, tan superficial… tan, realmente, estúpida.
Eran buenas épocas, siempre interesado en renovar mis lecturas, escuchar buena música y todo el tiempo estaba acompañado. Tenía enamorada, también, pero no estábamos en la misma órbita. Y el problema de Ximena, era el mismo de Mónica, pero exagerado. La superficialidad en su máxima expresión, la forma tan hueca de ser que, extrañamente, nunca terminó de gustarme. Sospecho que solo fue el cabello rubio de Ximena, la piel clara, lo fácil que fue engancharnos. Ximena.
Pero Mónica estaba ahí, tan dispuesta en cada momento.
Una noche me pidió estudiar juntos o a lo mejor yo se lo pedí, que es lo menos probable. No sé cómo, pero nos fuimos olvidando de los cursos, empezamos a hablar y terminamos besándonos en mi cama. La conciencia jugó conmigo a los pocos días cuando me di cuenta que eso nunca debió pasar, no solo porque su mejor amiga y yo estábamos en las mismas, si no porque Mónica era una buena amiga, y después de ese beso, ella no dejaría que las cosas vuelvan a ser como antes.  Porque todo el mundo me decía “Gonzalo, Mónica está muy interesada en ti, no le hagas ilusiones.” Y mi error más grande fue abrir la escotilla, alimentar esa ilusión casi enfermiza con un beso apasionado, recostados en la cama y leyéndole algunos versos de Neruda, cuando en lo último que pensaba era en empezar con algo que no tenía ni pies ni cabeza, ya suficiente tenía con Ximena y la amiga de Mónica.
-Gonzalo ¿Qué es lo que somos? – Me dijo una noche Mónica.
Pensé en lo que Jorge siempre me decía, cuando una mujer pregunta cuál es su posición en lo que va sucediendo, es la última oportunidad para formalizar todo o acabar con todo, son dos caminos antagónicos. Lo raro es que yo acabé con todo y rompiendo la teoría, las cosas siguieron igual.
Y en verdad, en aquel momento, hablar de sentimientos conmigo, era como hacerlo contra la pared.
Llegó el verano, ella viajó a Miami y ni siquiera me inmuté, estaba tan ocupado en asistir al trabajo, en gastar mi sueldo con amigos, comprar libros y salir todas las noches que pueda de las vacaciones.
Los días soleados de Lima avanzaban, terminé con Ximena, vi a Natalia, mi ex, nos besamos en el bar. Salí con Mariagrazia a jugar billar, a conversar perdiéndonos por las calles de La Molina, la besé en la puerta de su casa. Grecia, una amiga de un par de años, apareció al estar buscando compañía tras terminar con su enamorado, salimos a comer en parejas, la besé saliendo del restaurant. No faltaron las fiestas en casa, las discotecas lejos del sur, donde la gente se aglomeraba a divertirse bajo el sol, algo que realmente no terminaba por convencerme.
Es por eso que, para cuando Mónica había regresado de Miami, noté que no había extrañado nada de ella, estaba tan ocupado cumpliendo con una agenda social que cuando volvimos a salir, fue una cita más que tachar en dicha agenda.
Las clases volvieron y ¡Vaya coincidencia! Debía de llevar un curso más con Mónica.
Pero lo mejor llegaba en ese momento, nos volvimos más amigos que de costumbre, empezamos a ir a las mismas fiestas y/o reuniones y más que ser la parejita que no se compromete del grupo, pasábamos desapercibidos como dos buenos amigos. No es que ella haya ocultado a todo el mundo que no éramos nada, por el contrario, Mónica era la mujer que marca terreno de forma prepotente, antes de que otra acechadora se acerque a olfatearme con raras intenciones que pusiera en peligro su posición frente a mí, porque si bien no teníamos el título de enamorados, tampoco ella iba a dejar que ninguna extraña crea o sienta que solo éramos amigos.
Yo también me había acostumbrado a responder lo mismo de siempre, decía que efectivamente, no éramos solo amigos, pero tampoco sosteníamos una relación, estábamos en ese momento previo, en la tierra de nadie. Lo que no esperaba, es que los beneficios que yo tenía a favor de mi independencia, ella también los tenía, y no sospechaba que ella me iba hacer pagar una por una de las cosas que yo hacía.
“¿Quién los entiende?” Nos decían las amigas en tono burlón y, no se equivocaban, ¿Quién nos iba a entender? Cuando estábamos solo todo era genial, yo la quería, yo la adoraba y pasar tiempo con ella era lo mejor que me podía pasar. Me encantaba ver televisión juntos, comer mirando una película, quedarnos dormidos en el sofá y en la noche compartir los cigarros al ritmo de Joaquín Sabina, Fito Páez, Andrés Calamaro o Charly García. Éramos dueños de nuestro propio mundito que ambos llegamos a conocer. Pensándolo bien, Mónica era la mejor amiga, la mejor compañera que había encontrado y yo lo echaba a perder todo con mi mala actitud, con mi fascinación por estar solo, por no tener alguien que me aceche a cada rato, preguntándome qué es lo que estaba haciendo fuera de mi casa a tales horas de la noche, que me digan con quienes debería de juntarme o con quienes no. Pues si bien una relación no necesariamente debe ser una lista de reproches y cuentas por rendir al momento que se deba de pedir, con Mónica, con lo bien que me conocía, iba a terminar siendo eso.
¡Qué mala actitud que tenía! Y yo era capaz de dormir como un bebé con la consciencia tranquila, tragándome todas las porquerías que ocultaba bien.
Un año lectivo universitario pasó de forma tan rápida, que me sorprendió cuando me di cuenta que estaba al borde de reprobar un par de cursos, y de hecho, los reprobé.
Llegó un verano más y en una fiesta fuera de Lima, a esas de las que sería incapaz de asistir, conocería a Diana, la mujer y el gran encuentro en esos momentos. Y Mónica encontraría a mi verdugo, mi mejor amigos y la fugaz relación que tuvieron, sería la que desataría, en mí, las múltiples sensaciones que me destrozarían por completo.

octubre 09, 2012

Alegrías, nunca más


11

Y ahí estaba,  al lado de Mónica, conversando, fumando, compartiendo la almohada. Ella se sentía mal por lo que había hecho ¿Ella se sentía mal por lo que había hecho? Yo no decía mucho, quizá lo suficiente para que entienda que todo estaba mal en mí.
Podía ver cómo lloraba, rogándome que la perdone y yo no decía nada, ya todo era en vano, conocía todas sus respuestas de memoria; no sé cómo pasó, solo pasó, me dejé llevar, tú también hiciste lo mismo. Pura mierda.
-No termines conmigo por favor, Gonzalo, podemos superarlo todo.
La podía ver de cerca ¿Era ella la Mónica que conocí? Obviamente se parecía mucho, pero no, era cualquier otra menos esa chica tan divertida que conocí en mis primeros ciclos de la universidad. Definitivamente estaba en frente de otra mujer.
-Me voy de viaje terminando este ciclo en la universidad.- Dije con una fuerza que desconocí. No había planeado nada, pero ahí estaba con mi actitud decisiva, fuerte, sin titubear de lo que iba diciendo.
-No te vayas, Gonzalo, quiero estar contigo.
Era exactamente eso lo que odiaba de Mónica, incapaz de analizar la situación, primero pensaba en ella misma, no preguntaba el por qué de las cosas que decía o de las decisiones que tomaba, solo filtraba las ideas para discernir si estas la incomodaban o no, después protestaba y luchaba para refutarlas. En este caso del viaje, estaba seguro que ella iba a mover viento y marea para que no se de.
Siempre detesté su falta de memoria para algunas cosas y su excelente memoria para otras. Sus reproches que me juzgaban con furia y que yo era incapaz de detenerlas ¿Con que moral? Porque tampoco dejaba de tener razón, todos sus celos fueron bien justificados en la teoría y en la práctica. Porque nunca me falto una chica con quien coquetear, y que esta no tenía que enterarse que tan soltero no estaba.
-Siempre haces lo que quieres – Siguió – sin consultarme. Por lo menos podrías contármelo por delicadeza ¿Por qué Gonzalo? ¿Por qué te crees tan autosuficiente? Crees que todo lo puedes solo, pero ¿Acaso no te das cuenta que también estoy yo?
A su favor, Mónica no era así cuando la conocí. Me escuchaba y hasta cierto punto me comprendía, paciente y precisa con los consejos. Esta versión de Mónica, en definitiva, era algo distorsionada.
-Toda la vida es lo mismo contigo ¿Cuándo me vas a contar algo? Todo el mundo se entera de todo lo que piensas hacer, menos yo. Siempre prefieres a tus amigos, pero acá, a la que deberías de dar algo de importancia, nada ¡Qué idiota eres! Todo son tus amigos, primero ellos y solo ellos, esos amigos que siempre te llaman a fiestas y te presentan amigas, mujeres fáciles seguro, para la diversión ¿O me equivoco? No te hagas el desinteresado mientras te hablo, porque sé muy bien que me estás escuchando y sabes que tengo razón, pero, obviamente, te conviene hacerte el loco.
Es muy probable que no se equivocaba en nada, esa facilidad para la conversación, la fluidez de palabras para que, en el momento que menos uno cree, ya te había dado la vuelta entera. Y pensar que al comienzo ella estaba llorando para que le disculpe.
¿Por qué no me preguntaba por qué me iba de viaje? A lo mejor necesito tiempo, Mónica, espacio para mí, para pensar en todo lo que ha estado sucediendo de pronto, dedicar un momento para reflexionar sobre esas cosas que dejé de hacer contigo, aquellos pequeños hábitos indispensables. Solo ir a Arequipa era la solución, alejarme del caos por unos meses, en esas vacaciones de invierno.
Sus gritos estaban dispersos por todo lado. Yo solo la miraba, extrañando lo era y ya no es, lo que fuimos y ya no éramos ¡Mónica! Por favor, detente, ya no tengo fuerzas para responder ¿Acaso no te das cuenta que ya no puedo mas? Siempre estás diciéndome algo, nunca que te quedas callada, nunca me das ese momento de silencio que necesito para tranquilizarme, ocupas todo como si fueras dueña de mí. No me dejas respirar en ningún momento, colmas todo con tus gritos, lágrimas, reproches, con todo lo que exiges y yo ya estoy harto de dar.
-Gonzalo ¿Por qué las cosas ya no son como antes? ¿Por qué te siento cada vez más lejos de mí, como si siempre intentaras huir? – Y ahí estaba haciéndose la víctima.
En las pocas conversaciones que tuve con papá, siempre capté una idea “Personas como tú y yo, Gonzalo, somos demasiados libres, amamos eso, nuestra disponibilidad para nosotros mismos. Es por eso que siempre huiremos de las personas que nos amarren y siempre volveremos a los que nos den toda la libertad de la que requerimos para respirar tranquilos.” No lo comprendía y ahora me daba cuenta que el viejo tenía razón. Quizá es por eso que siempre estaba huyendo de Mónica, quizá por eso buscaba liberarme de ella. Es por eso, quizá, que papá se fue de la casa ¿Necesitaba respirar? ¿De qué estaba harto?
-Háblame, Gonzalo, dime algo por favor. No te quedes mudo, quiero saber qué es lo que piensas.
Pienso que nunca debí de acercarme a ti. No te preocupes, Mónica, haciendo las sumas y restas respectivas del asunto, yo tengo la culpa de todo, nunca debí de besarte si es que no sentía nada. No debí besarte si es que yo estaba con enamorada y te lo ocultaba en cada momento. No te culpo del horror que estoy sintiendo, a lo mejor mi lado mas insensato lo hace, pero pongámonos derechos y siendo sinceros, esta es mi culpa. Y sí, estoy llorando y me preguntas por qué lloro, me estás pidiendo que te hable, pero no puedo. Perdóname Mónica, nunca debí ser tan desgraciado e infeliz contigo. Te imagino llorando, preocupada, rompiéndote la cabeza, pensando en las cosas que estaría haciendo. Lo siento, Mónica, no sé porque qué siempre fui tan débil con las mujeres, yo no quería hacerte daño, pero ya ves, estas cosas así suceden y yo solo quiero desaparecer de tu vida, no haber tenido que hacerte tan infeliz.
Te quiero, es momento de enfrentarlo, te quiero, pero no te amo, creo que nunca te amé, solo me dejé engañar. Solo debimos ser amigos y ¡No! Por favor, no me abraces que me voy a derrumbar y voy a llorar hasta que me duela la cabeza. Ya basta, Mónica, esto es demasiado para mí. A lo mejor yo no tengo el valor que tu tuviste para enfrentarlo, a lo mejor yo no soy tan fuerte como crees que soy. Solo estoy llorando, porque no soy capaz de hacerle frente a muchas cosas y esto es una guerra personal conmigo mismo. Por favor Mónica, si me amas, déjame alejarme de todo.
No te he dicho nada, pero me conoces tan bien, que sé que me entiendes.

septiembre 17, 2012

Alegrías, nunca más

10

Fue tan ficticia mi relación con Romina, que, como tratar de llenar un vacío con más vacíos, nos hartamos el uno del otro.

Una noche más que caminábamos de la mano rumbo a un hotel, ella y yo, en silencio, sin mirarnos. Ya era obvio que nos empezábamos a enfermar con tanta hipocresía. Solo esperábamos entrar en un cuarto de hotel, acostarnos e irnos sin hablar mucho, mintiendo al teléfono con nuestras parejas.

No iba a negarlo, ella sabía complacerme, me había hecho cosas que nunca imaginé que ella, sobre todo ella, la muchacha tierna, de mirada inocente sería capaz de hacer en la cama.

Y sin embargo, ambos nos asqueamos de nuestras propias mentiras. Jorge no se equivocaba, nunca se equivocó, Romina nunca iba a terminar con Fernando para estar conmigo y yo solo iba a pagar deudas pendientes del pasado. Eso era todo, tan simple, tan vano, tan trivial. El problema es que alargamos la relación y nos empezamos a compenetrar esperando encontrar algo que ya no éramos.

Llegamos al hotel, pagué la habitación sin saber que iba a ser la última. Dentro del cuarto nos desvestimos mientras no paraba de besarla. Volvimos a hacer el amor con toda esa furia que nos caracterizaba y cuando terminamos, jadeando rápido y profundo, ella me miró y tembló de frio. La abracé y besé su frente. Siempre fui tan romántico a la hora del sexo, podía ser capaz de decir “Te amo” a una prostituta bien pagada con la misma intensidad que podía decírselo a Mónica.

Prendí un cigarro recostando en la cama, entre la oscuridad y el humo, distinguía la silueta de su cuerpo. No podía negarlo, tenía un cuerpo increíble, los muslos firmes y los senos bien formados. La ropa interior siempre le asentó tan sensual.

Vi como se acercaba a mí, modelando por la habitación, caminando como en una pasarela, me quitó el cigarro de los labios y me regaló un beso, sin coquetería, sin cariño… sin amor. Volvió a terminar de vestirse con una mueca en la cara y yo eliminaba las cenizas de mi cigarro mientras lanzaba una bocanada que volvía a formar un ambiente vampírico.

Salimos del hotel a hurtadillas, ella me había contado que en ese mismo hotel, ella se acostaba con Fernando. Yo le dije que también algunas veces estuve con Mónica ahí.

-¿Cómo puedes estar tan tranquilo?- Dijo algo furiosa al verme caminando sin remordimiento alguno, con mucha serenidad. Me di cuenta que era el final, el mejor sexo de mi vida se iba por un ataque de “buena conciencia” por parte de ella.

No la detuve, no la convencí de nada ¿Quién podría aguantar sumergirse en tantas mentiras? Ella no vivía tranquila con la doble vida que llevaba, siendo la linda Rominita, la enamorada que encajaba perfectamente con Fernando, y luego siendo Romina, la complaciente amante que complacía su capricho, porque siempre fui eso para ella, un capricho que ella se animaba a tener ¿Empezó a sentir algo por mí? Nunca lo sabré, pero sospecho que sí ¿Cómo no iba a sentir algo? Nos involucramos demasiado el uno con el otro, tanto que nuestro amor furtivo se salió de control y ahí estaban las consecuencias, dilatadas a su máxima expresión. Pero con ella cortando de forma radical. No lo había dicho, pero eso ya lo entendía.

Al despedirnos no la besé, solo me alejé y le dije “Adiós, cuídate” a la distancia, como si volviera a verla en cualquier otro momento que nos den ganas de encontrar un abrazo ajeno. Ella no respondió, solo se entró a su casa, apurada, como quien tiene ganas de desahogar la impotencia de su debilidad. Creo que encontramos nuestros propios defectos en el otro y fue momento de hartarnos.

Nunca más volvimos a hablar, la veía por las calles, eso era inevitable, éramos vecinos. Incluso nunca más hablé con su mamá, mi querida tía. A su hermano lo veía montando skate por el barrio, me miraba y reconocía cierto odio hacia mi, ese odio que antes era admiración ¿Qué le habría contado? Compadrito, si supieras que tu hermana no es tan buena como crees y yo no soy tan admirable como creías, no me odiarías tanto y no querrías tanto a tu hermana.

En las cartas que ella me escribía, que empecé a releerlas, ella hablaba de que esperaba que nunca dejáramos de ser amigos ¡Frágil promesa! Y ahí estábamos, cruzándonos de vez en cuando, ella de la mano, esta vez con Fernando, seguro que siéndole infiel con otro y poniendo su careta de buena enamorada.

Yo los miraba, me convencía de que era fácil ser tan mierda sin que nadie se de cuenta y Mónica se encargó de confirmarlo, aunque yo terminé por darme cuenta.

junio 26, 2012

Alegrías, nunca más

9

Era martes, “No soy indispensable en la universidad.” Pensé y volví a dormir.

A pesar de que aquel fin de semana fue, sin lugar a duda, completamente alegre, yo no estaba bien. Todas las mañanas despertaba con las punzadas en el pecho, con la imagen de Mónica y Diego.

Se me dio por conseguir unas pastillas para dormir que me las robaba de mi tío que era médico. Una era suficiente para tumbarme por completo, en mi cuerpo, las drogas tenían una ventaja de surgir un efecto instantáneo.

Dormí por dos horas más y ya era la una de la tarde. Me levanté y vi mi cuarto en completo desorden, botellas de Coca Cola por doquier, cajetillas y filtros de cigarros regados por el suelo, junto a ropa interior y zapatillas. Ese no podía ser mi cuarto, iba pensando, siempre había tenido la neurosis por el orden y ahora no podía ni tender mi cama. Eso me desalentaba aún más, hacía que recuerde que estaba hecho un desastre emocional, y que ese desastre me iba venciendo, ahogándome, dejándome sin fuerza para poder hacer algo. Ya no leía, ya no escribía ¿Acaso salía de mi habitación? Realmente me sentía abatido. Todos los golpes se habían acumulado en un solo momento para darme el tiro de gracia. Y llegaron de pronto sin darme oportunidad alguna de defenderme. La huida de papá, la tristeza de mi hermana y de mama, la traición de Mónica. Todo esto me arremetía una y otra vez y no me dejaba pensar en nada.

Ya era suficiente, si no tenía los cojones para conseguir un revolver y acabar con todos los problemas, por lo menos tenía que poner un poco de orden en el caos y empezar por corte de cabello y buscar una chica que me haga olvidar la imagen de Mónica encamándose con otro.

Cogí el celular y busqué nombre tras nombre, descartando y eligiendo quien podía servir para lo que buscaba. Entonces di con el nombre de ella, aquel ángel nocturno. María Fernanda. No lo dudé, marqué su número sin vacilar, ningún otro nombre me importó y mientras iba escuchando las timbradas en el auricular iba pensando en ella.

María Fernanda me salvó sin que ella lo supiera, fue una noche que me encontraba pensativo, esa misma tarde había salido con Natalia, una ex enamorada, y me mando a la misma mierda diciéndome que todo había acabado por mi culpa, por andarme besuqueando a Brenda en esa discoteca. Que yo era una mierda y merecía estar solos porque nunca iba a cambiar. Que no la vuelva a buscar porque ella estaba tranquila y no quería estar llorando, preocupada por mí que estaba haciendo quién sabe qué con quién sabe quién. Y sus palabras retumbaron con fuerza dentro de mí. Iba acordándome no solo de Natalia, si no de todas las chicas con las que estuve y no supe valorar. Iba pensando si mi destino iba a ser estar solo para siempre por no saber valorar lo sentimientos de los que me querían. Y entre toda la duda existencial que se iba desarrollando en mi cabeza, apareció Alejandro con todas sus ganas de salir de fiesta, yo me estaba tratando de poner alguna excusa, pero era imposible ganarle a Alejandro.

-Anímate, huevón, vamos a Barranco, esta noche tengo una fiesta.

-¡A la mierda!- Dije y me duché, me cambié y en menos de quince minutos íbamos rumbo a la casa deuna amiga de Alejandro que esa noche quería acompañarnos.

-¡¿Aló?!

-Mafer, soy Gonzalo.

-¡Ingrato! Hasta que apareciste.- Me dijo sorprendida por la llamada.

Quedamos en salir esa tarde, comer juntos y en la noche ella tenía que entrar a clases, lo cual era perfecto porque esa misma noche tenía que ver a Mónica porque quería hablar conmigo.

Y así conocí a Mafer, llegamos a su casa y nos recibió todavía en toalla. No la saludé, entré sin que me invitara a pasar, prendí el equipo de sonido y me puse a leer el periódico. “Ni creas que voy a decir perdón, niña, que ni siquiera tengo ganas de estar acá.” Pensaba mientras ella me miraba sorprendida y yo le devolvía la mirada altanera.

-¿Sabes algo Gonzalo? Ella es diferente, es mi amiga, me escucha, me comprende y me gusta demasiado.- Iba diciendo Alejandro y mientras iba sonriendo, volvía a mi periódico.

-¿Así estoy bien para esta noche?- Salió Mafer con una minifalda que dejaba mucho para la imaginación. Creo que exclamamos “Perfecto” al mismo tiempo, obviamente, Alejandro con más fervor, yo con desinterés mientras quería seguir leyendo el periódico.

-¿Aló?- Contesté mi celular.

-Gonzalo, soy Mónica ¿Esta noche nos vamos a ver de todas maneras?

-Sí, claro.

-Bueno, entonces nos vemos. No estés tan amargo conmigo, por favor.

-No te preocupes.

-Un beso, te amo.

Colgué y sentí una fuerza eléctrica por todo el cuerpo. Me quedaba poco tiempo para pasar por la universidad de Mafer. Así que me cambié rápido y fui caminando.

Cuando esa noche llegamos a Barranco, Mafer me preguntaba por qué andaba tan callado y yo no le decía nada. Alejandro le iba diciendo algunas cosas, nada certero e incluso creo que se formaba un ambiente de incomodidad.

Pedimos cervezas, nos sentamos y poco a poco me fui soltando, se me iba pasando esa mezcla de tristeza y enojo que desencadena ráfagas de desinterés por todo.

Empezamos a bailar y cuando entramos en calor Mafer me abrió el cierre de la casaca, la sacó y nos empezamos a reír ¿Había cierta coquetería? Pues todo indicaba que sí, pero para ese momento yo ya no pensaba en lo que Alejandro me había dicho algunas horas antes, de que le gustaba y que era diferente a las demás. Yo solo tenía una chica con la que bailaba demasiado, me reía y de cada tanto en tanto nos acercábamos más de la cuenta.

A las tres de la mañana salimos de ahí. Caminamos por algunas calles de Barranco, llegamos al boulevard, bajamos hasta la pequeña iglesia que esta por ahí, cruzamos Pedro de Osma y dimos al Puente de los Suspiros y en vez de cruzarlo, bajamos por el costado y nos sentamos en una banqueta que estaba ahí.

Alejandro sacó una bolsa pequeñísima donde guardaba algo de marihuana.

-¿Armamos un porrito?- Dijo con una cara de pícaro que ni él terminaba de convencerse.

-Como quieras.- Dije y Mafer me preguntó si Alejandro no se ponía jodido cuando fumaba. Le contesté que nunca había fumado con él y si tenía miedo, que no se preocupara, que yo no iba a fumar para que no se incomodara y de paso yo lo podía cuidar.

Así que empezó a fumar, tranquilo bajo el puente. Todo estaba tranquilo, poca gente pasaba por ahí. Alejandro se paró y dijo que ya volvía, que iría a caminar un rato.

-¿Todo bien?- Le pregunté y el asintió con la cabeza.

Me quedé solo con Mafer, envueltos en un silencio absoluto que ninguno de los dos era capaz de romper. Y en verdad, a pesar de que sí, me había divertido, aún guardaba mis ráfagas de amargura y me daba todo por igual y si en ese momento ella no iba a hablar, que no me joda porque yo tampoco iba a romper el hielo y si no le gustaba que se vaya sola a su casa que suficiente viaje era para mí ir desde Barranco hasta La Molina y no me convencía la idea de ir a dejar a la amiguita de Alejandro solo por hacernos lo caballeros.

-Así que por fin conocí a Gonzalo.- Me dijo Mafer.- Alejandro me ha contado mucho de ti.

-Espero que no sea nada malo.

-Yo creo que ya era hora de conocernos.

-Perdón.- Dije y busqué su mirada.

-¿Perdón por qué?

Y me fui contra ella en busca de sus labios. Fue raro sentir sus labios tan fríos, tan secos. A decir verdad nunca había sentido unos besos tan frígidos como los sentí esa noche de Mafer. Todo fue lento y duró demasiado. No la abracé, ni tomé de su mano como se supone que debía hacerlo. Solo cuando volví para mi sitio, vi que Alejandro había notado toda la escena. Me quedé un poco nervioso, pero me hice el relajado, a pesar de saber que lo que estaba haciendo era una traición, una puñalada por la espalda a un amigo. ¿Amigo? Por favor Gonzalo, no te mientas, sabes que aquel tipo nunca podrá ser tu amigo, pensé. Tú, mejor que nadie, sabes que ese tipo es un hipócrita, que cuando terminaste con Eliana, con Lorena y con todas tus enamoradas, él les contaba de las aventuras que hiciste o ibas haciendo, para luego volver a ti como si nunca hubiera hecho nada ¿Eso es amigo? No jodas, Gonzalo, bien que sabes que ese tipo solo te sirve para conocer chicas o ir a fiestas. Y sin más remordimiento la volví a besar para asegurarme de que Alejandro vea bien la escena y que no haya duda de que lo que estaba viendo, era la verdad pura.

Como era de esperarse, Alejandro y sus celos, su amargura, hicieron un espectáculo. Cuando María Fernanda quería acercarse a él, respondía con un “Vete a la mierda” y me miraba como si me quisiera matar.

Aquella noche fui a dejarla a su casa, la besé en cada esquina y ella me recordó que la llamara, que sería bueno salir a conversar, que no había nadie en su casa y que la busque un día de esos. Nunca le dije que sí o que no y cuando estuve de nuevo con Alejandro, él trataba de no hablar, pero sabía que en el juego del silencio solo había un vencedor y me miró.

-Supongo que ya no piensas en Natalia.

Asentí con la cabeza, di la última bocanada, eran las seis de la mañana y amanecimos en la avenida Arequipa, sentados en una banqueta. Esperamos que venga un bus que nos devuelva a La Molina.

-¡Hola! – Me dijo María Fernanda, abrazándome con fuerza.

La saludé y fuimos en busca de un lugar para almorzar. Íbamos conversando, poniéndonos al día de los últimos sucesos. Como era de esperarse, ninguno hablo de Alejandro, pero ambos sabíamos que era un tema pendiente.

-¿Acá esta bien?- Me preguntó.

-Perfecto.- Dije y abrí la puerta para que ella entrara.

Pedimos la carta y mientras escogíamos qué comer, ella preguntó por él.

-No he sabido de él hace mucho tiempo.- Dije.

-¿Estuvo bien lo que hiciste con él?

-Ya es tarde para hablar de esto, Mafer.

-Mejor para ti ¿No? Evitas todo el problema.

-Mafer, por favor, contrólate.

-No, Gonzalo, tú debiste de controlarte y no hacer todo lo que hiciste ¿Crees que no sabía que aquella noche en Barranco tú tenía enamorada, novia, agarre, no sé, pero esa tal Mónica era algo tuyo? ¿Incluso crees que no sabía que meses después, en el cumpleaños de Alejandro, también seguías con ella? Por favor Gonzalo, no te mientas, me utilizaste.

-Yo no te utilicé, Mafer, fue de ambos ¿Vas a venir con que crees en el amor a primera vista?

-Gonzalo, nosotros nos besamos hasta hace dos meses y nunca me dijiste que querías ser mi enamorado, ni nada ¿Para qué salíamos entonces? ¿También tengo que ser como Mónica para ti? ¿Por qué fuiste tan malo con Alejandro? ¿Eso hace un amigo?

-¡Basta!- Grité – Tú no sabes nada de Alejandro, no sabes nada de Mónica, no sabes nada de mí, la verdad no sé qué hago acá con una niña como tú. Me largo, pierdo el tiempo tratando de ponerte una cara bonita, cuando tu también sabías que Alejandro estaba muerto por ti.

-Gonzalo ¡Vete a la mierda!

-Mafer, por si no sabes, Alejandro también hizo lo mismo después de lo de nosotros.

Abrí la puerta y la tire con fuerza. Di a la calle principal y fui rumbo a mi casa.

¿Qué podía pensar? Mafer no se equivocaba en nada, esa vez que Alejandro nos invitó a su cumpleaños, nos bastó diez minutos para empezar a besarnos en la barra y que Alejandro vuelva a la misma estupidez. Y por si fuera poco, fueron tres meses más que iba a su casa a buscarla, que salíamos y terminábamos en su habitación.

Sonó mi celular y vi que era Mónica. Contesté y dijo que si podríamos vernos ahora mismo. No lo dudé y acepté.