abril 16, 2013

Alegrías, nunca más


15

Bajé del avión y sentía cómo el sol radiaba en todo mi rostro y algunos rayos lograban filtrarse sobre mis lentes oscuros. Di un largo respiro y el aire estaba fresco, limpio. Sin duda, estaba en Arequipa, eso ni dudarlo.
Me demoré un poco en lo de mi equipaje, tomé un taxi que me llevara lo más pronto posible a Yanahuara, a la casa de mis abuelos y en el camino llamé a mi primo, Daniel, que haciendo las sumas y restas respectivas del caso, era el primo con el que tenía el vínculo más cercano y continuo en Arequipa.  Cuando lo conocí, él era muy tranquilo y yo lo suficientemente rebelde como para haber escapado de una universidad para vagar un verano entero antes de decidir lo que en realidad quería hacer con mi vida. Pero, Daniel era el tipo con más clase que había conocido en mi vida, pintaba increíble aunque nunca fue a una escuela de arte, leía, llegó a escribir para El Comercio haciendo algunos trabajos de periodismo y, sobre todo, sabía conversar y casi siempre coincidíamos en poco. Y este viaje, no iba a ser la excepción para no verlo.
Por lo general, nuestras noche eran simples, íbamos al Café y Vinos, un bar que quedaba en el segundo piso de Los Claustros de la Compañía,  donde los dueños eran muy buenos amigos de Daniel. Pedíamos una mesa y entre conversaciones que no tenían fin, desfilaban, por la mesa, interminables cafés irlandeses humeantes en la terraza del bar.
Aprendí, de él, a ser un poco más reservado, a comportarme a la altura de cada situación y nunca perder los papeles. Y, me parece, que él aprendió, de mí, a ser un poco más suelto, más atrevido y lo demostró la primera vez que fi a su casa tres años antes, cuando nos escapábamos a hurtadillas a medianoche para pegarnos una borrachera con sus amigos y amigas, algo que nunca se hubiera atrevido a hacerlo antes. Pero no nos percatamos de que hacer demasiada bulla tan cerca de la casa, despertaría a su mamá y que, al revisar nuestras habitaciones, estarían vacías y se darían cuenta de que nosotros éramos los que estábamos afuera de la casa, felices, tomando ron barato con Coca Cola. Obviamente, nos resondraron y nos mandaron a cada uno a su habitación. Pero al final, antes de cerrar mi puerta, escuché “¿Eso es lo que aprendes de Gonzalo?” y si alguna fama tenía que llevarme de esa casa, sin lugar a dudas, sería la de la mala influencia de Daniel. Al día siguiente, con toda la vergüenza de haber hecho del hijo ejemplar un malandrín, tomé el primer vuelo que me regresara a Lima.
Pero ya habían pasado tres años y, mal que mal, mis tías siempre me llamaban para fechas especiales o para, simplemente, saber cómo estaba. Eso sólo me hacía entender que tenían cierto aprecio por mí y siempre estuve agradecido por eso.
A los veinte minutos ya estaba en Yanahuara. La casa de mis abuelos era mágica, entre lo rústica y tradicional, siempre estuvo llena de misterios e historias, no en vano había pasado poco más de ochenta años sin derrumbarse. Siempre me gustó estar ahí, desde que era niño, nunca dejé de asombrarme con todo lo que podía encontrar para jugar en esa casa y mis miedo más grande a un sótano donde mis tíos se encargaron de introducirme un miedo letal contándome historias de calaveras y fantasmas.
Pagué el taxi, tomé mi maleta y bajé del carro. Entré por la puerta del callejón que quedaba en el ala derecha de la casa y que siempre estaba abierta a esas horas de la mañana, caminé veinte metros y di con el patio central, reconocí a mi primo menor jugando con unos cochecitos, pero era natural que no se acordara de mí, así que me vio con cara de susto y fue al comedor-cocina que quedaba en el jardín de la casa donde un árbol de tumbo daba la sombra necesaria. Lo seguí,  vi cómo se escondía detrás de la abuela que estaba en el comedor-cocina, la abuela le preguntó de qué se escondía y mi primo me señaló, la abuela me entregó una mirada que se formaba en sonrisa, con las pupilas dilatadas y me saludó como siempre saluda, extendiendo el “Hola” de esa forma tan arequipeña de hacer y abrazándome fuerte. A los poco segundos apareció el abuelo, curioso de saber quién había llegado y me saludó con su infaltable “¿Qué tal pues, Don Gonzalo?” también, de esa forma en como hablan en Arequipa, alargando unas vocales y acortando en otras o viceversa, lo necesario para que la primera impresión de cualquiera, diga que los arequipeños hablando cantando. Y sí, efectivamente, no haber vuelto a al lugar donde nací, es tener que reconocer esa manerita de hablar tan particular.
El sol de Arequipa irradia una energía fulminante en la ciudad y no es raro apreciar la belleza en cada detalle con tal luminosidad, el caso de mis abuelos, es su mítica casa, cuna de las travesuras de todos y cada uno de los nietos, donde siempre disfrutamos, todosla compañía y la generosidad de la abuela. Era una mujer que sonreía sin quererlo, un sombrero con el que relucíatoda su belleza y un delantal que le daba ese tono maternal. Concentraba, en su expresión, esa fuerza de una mujer luchadora y una bondad que siempre la caracterizó
Yo tenía la costumbre de sentarme en la mesa del comedor-cocina del jardín y verla preparar el almuerzo, porque era todo un espectáculo escuchar cómo tarareaba una canción y, entre tanto y tanto, te ofrecía todo lo que encontraba en su arsenal culinario.
El abuelo, en cambio, es una persona diferente, pero no por eso deja de ser espectacular. Sabe todo de todo y ama sostener una conversación interesante. Es arquitecto, pero siempre me gustó decir que es un artista plástico porque eso es lo que es a ciencia cierta, un hombre capaz de hacer magia con las manos, tiene una exposición de sus cuadros que recolectó un centro financiero en Arequipa, él fue quien hizo el escudo de Arequipa en el aeropuerto y otros trabajos que se exponen en la catedral o en cualquier otro centro histórico cultura. Siempre me presta libros que termina regalándomelos porque le gusta llegar a Lima y reconocer en mi librero, los libros que me regaló. Lo sé muy bien porque vi cómo se emocionó cuando halló el poemario de César Atahualpa Yupanqui  que le hizo a Arequipa, toda una joya milenaria en mi librero.
Almorcé con los abuelos, mintiendo de que en casa todo estaba bien, que todo seguía igual que siempre y no creo que no hice mal en mentir ¿Qué hubiera sido decirle la verdad? Era destrozarlos, decirles que hubo una separación, que todos nos sentíamos mal. No, los abuelos ya no estaban para escuchar esas noticias, pero no solo era por eso que no quería contárselos, era porque regresar a Arequipa, en cuestión de segundos me llenó de esperanza de que todo volvería a estar bien, un pequeño presentimiento me lo dijo, una intuición que había perdido al abandonar a mi familia por mis problemas personales, por ser muy egoísta.
Terminamos de almorzar y en la tarde me encontré con Daniel, fuimos a visitar a mis tías que me saludaron con mucho cariño y también tuve que mentir diciendo que todo estaba bastante bien. Por suerte solo era un saludo casual, con Daniel fuimos al mismo café-bar de siempre a conversar.
-Terminé con Mónica.- dije en un ataque de sinceridad.- No sé si hice bien, pero me parece que está destrozada.
-¿Y tú cómo te sientes?- dijo Daniel, dándole un sorbo largo al irlandés.
Recordé que terminé de un modo abrupto, antes de viajar fui a su casa y le dijo que tenía algo importante que decirle. Salimos a un parque y se lo dije sin anestesia, las cosas no funcionaban, no valía la pena continuar porque yo estaba hecho un desastre emocional y no era el momento para tener que cargar con una relación. Lloró mucho y me pidió que no lo haga, porque ella me quería y que podemos superar todo juntos. Pero, no, Mónica, no iba dar mi brazo a torcer. Me dolió también, y sin embargo, era lo mejor.
-La verdad no lo sé, estoy tan acostumbrado a todo de ella, pero no es justo que yo sea tan… tan desgraciado.
-Dime, Gonzalo ¿Por qué fueron enamorados?
-Supongo que es lo que debíamos de ser, no sé, sin serlo ya lo éramos.
-No, Gonzalo, no tenías derecho. No la amas, no lo quieres lo necesario como para respetarla como se debe. Y mira lo que has hecho, no solo ella terminó mal.
No era la primera vez que me lo decían, Jorge me dijo lo mismo y hasta alguna amiga de Mónica también. Cambiamos de tema, ambos sabíamos que esa conversación no era lo principal. Sin duda, Daniel era el único primo con el que congeniaba de esa manera.
No nos quedamos hasta tarde como creíamos que lo haríamos, solo dos tazas y nos despedimos. Mis abuelos tenían una regla estricta con la hora de llegar a casa, tomar el té y dormir.
Como cada visita que hacía a Arequipa, siempre voy al Club Internacional a nadar un par de horas a la piscina. Entonces, como dormí temprano, me desperté temprano. Desayuné algo ligero con los abuelos, me alisté y al rato ya estaba camino rumbo al Club.
La recta de la calle Cuesta del Ángel bordea los dos parques que hay en Yanahuara, cruzando el colegio Champagnat, la pequeña Iglesia y, lógicamente, el famoso mirador de Yanahuara. El camino de la calle da a una bajada tosca que, después, mientras me voy perdiendo por esas callejuelas catetas, picanterías y las casas de sillar, da, de nuevo a otra bajada menos tosca esta vez que hace ver toda la imponencia de la casa de los Ricketts, esta es la última bajada para llegar a un paraíso de árboles esbeltos, viejos y frondosos casi toda la temporada, que dan la bienvenida al Club Internacional. La belleza de ese camino, podría resumir lo que es Arequipa, una ciudad elegante, criolla, mística y clásica. Pero con la personalidad de un paraíso abierto a cualquiera.
Entré al club y me dirigí a la piscina donde me esperaban unas horas de nadar y mucha vitalidad. Al abrir la puerta, una chica me miró y sonriendo dijo “Dale, pasa” entre coquetería y yo le pedí uqe, por favor, ella lo haga primero. Me agradeció sin perder la sonrisa y yo me contenté por esa simpatía que irradiaba.
Nadé dos horas, la piscina estaba casi vacía, lo cual, también, me daba la suficiente libertad para bucear de tanto en tanto y para cuando salí de la piscina, volví a ver a la chica de la puerta sentada en la tribuna central tomando una botella de agua. Me volvió a sonreír y me acerqué con un poco de miedo, me pareció reconocer que era mayor que yo.
-¿Y cómo te llamas?
-Galy ¿Y tú?
Y si algo sabía de ese viaje, es que Arequipa solo sería un punto de pasada, mi primer paradero a una aventura que la presentía, que sabía que me iba a llevar lo más lejos posible, y todo esto lo iba pensando una semana después, cuando me vi manejando la camioneta de Galy a ciento cincuenta kilómetros por hora, saliendo de Arequipa para darnos una escapada de fin de semana a Cuzco.
Tenía veintisiete años, una carrera de contabilidad que le daba el gusto de viajar continuamente y una forma tan adulta de ser que me sacaba de mis cabales, en definitiva, la vida que mis padres hubieran querido para mí y ella se reía exactamente de eso, de lo irónico que funcionaba mi vida en relación a la suya, porque ella estudió sin pensarlo tanto y terminó la carrera en un abrir y cerrar de ojos y ahora trabajaba, viviendo en aeropuertos y quizá pro eso trataba de escapar con un veinteañero primerizo que todo lo veía una escapada de las porquerías que le tocaba vivir.
Me parece saber por qué nos llevábamos tan bien, yo era el joven irresponsable y ella la mujer sensata por lo que yo recurría a ella para que, entre conversaciones, me devuelva los pies a la tierra y yo la divierta contándole mis historias.
Llegamos a un hotel cerca a la Plaza de Armas, dormimos juntos para recuperar horas de sueño y a las horas fuimos a almorzar a un restaurante. Existe un café bellísimo El Ayllu, la magia de tomar un café o alguna infusión en un lugar impecable, de esos que, cuando te sientas cerca a la ventana, ves un Cuzco rutinario, ese encanto de poder ver como Cuzco de desenvuelve por sí sola, su gente y los turistas transforman a la ciudad en una gama de tierra de viajeros donde no importa de dónde vengas, solo importa lo que deseas hacer.
No fuimos a Machu Picchu, ni museos, y menos a recorridos culturales ¿Para qué? Si ambos ya conocíamos ese Cuzco de portada de revista turística. Nosotros ya no queríamos conocer más, queríamos tener recuerdos impregnados en esa ciudad, nada más.
Por eso desde la primera noche, en el hotel nos alistamos para ir a alguna discoteca a bailar o a un bar a conversar, lo que fuera. Solo queríamos estar juntos, inmortalizar ese viaje como lo que era, la huida de dos locos, la huida de nuestros pasados. Todas las noches llegábamos al hotel ebrios al filo de la madrugada, muertos de risa a recostarnos en nuestra habitación matrimonial tres plazas y media, baño privado y servicio a la habitación las veinticuatro horas, cortesía de la empresa en que Galy trabajaba. Por su puesto, hacíamos el amor, sin dejar de reír, porque eso era nuestra relación, una locura de la que solo nos quedaba reírnos mientras duraba, antes de que el final, que tanto se acercaba, nos devolviera a la realidad de un solo golpe.
Nunca le pregunté si tenía enamorado o pareja, era la mejor forma de llevar las cosas. A veces ella se desaparecía por una hora o un poco más a hacer llamadas de trabajo y aunque dudaba, no la cuestionaba. Yo ya estaba soltero y en esos momentos llamaba a mi primo Daniel o al buen amigo Jorge, ambos eran versiones distintas de la consciencia de debería de tener y no tenía.
-¿Veintisiete años?- dijo Daniel, casi escandalizado.
-Lo sé, pero al estoy pasando bien.
-Bueno, ya ve como lo sobrellevas, pero solo ten en cuenta algo, A esa edad las mujeres buscando algo totalmente diferente a lo que tu buscas, créeme, ya no están para perder el tiempo.
Me quedé pensando unos segundos y di en que guardaba mucha lógica lo que me decía Daniel.
-Bueno – dije cambiando de tema- solo te llamaba para contarte que volveré a Arequipa en unos días, Lucié me dijo que puedo quedarme en la casa de ella y su enamorado. Te llamo en cuanto llegue.
-Disfrútalo mientras dure, maricón.- dijo y colgó. Yo solté una carcajada larga porque el vínculo entre mi primo y yo era un maltrato machista continuo donde el que se pica, obviamente, pierde.
Volví a pensar en lo que dijo, Galy no estaba para perder el tiempo y a pesar de eso, ella nunca me hizo sentir incómodo. Me sentía muy querido por ella y yo correspondía ese cariño. Se había comportado tan linda, ella, en cada momento, me despertaba con un beso en la mañana y saltaba a la ducha, cuando a mí me costaba despertarme, yo mismo me tenía que sobre exigir el despertarme para que no vea que era tan flojo, prendía la televisión y ponía hasta cinco alarmas consecutivas en el celular. Y luego ella llegaba, en toalla, con el cabello mojado a echarme gotitas en la cara “Ya levántate, dormilón” me decía muy cariñosa.
Organizaba el día como quería, yo iba a donde ella me decía que tenía que ir, simplemente me dejaba llevar por toda esa ola de energía.
Pero el último día fue diferente, a decir verdad, la última noche. No salimos a bailar o a perdernos entre los bares, saltando de uno a otro. Buscamos unos libros, almorzamos en el mismo hotel y caminamos juntos a esperar qué nos deparaba la tarde soleada de Cuzco. Para la noche llegamos abrazados con unas bolsas de compras y entramos a la habitación. Hicimos el amor más lento, más suave, una despedida perfecta. No dormimos en toda la noche y volvíamos a hacerlo una vez más y otra vez más, pero estas veces sin reír, como estábamos acostumbrados.
Antes de dormir la abracé, mientras me regalaba su espalda perfecta y fue que cometí el error más grande, hablar con mucha confianza a alguien que conocía apenas una semana.
-¿Está todo bien?- pregunté mientras mis manos rozaban su pecho desnudo.
-Sí, todo bien.
-Dime lo que desees, con confianza.
-Descansa, Gonzalo, mañana viajamos hasta Arequipa.
-Yo te diré lo que pienso.- Y empecé a irme de boca, como siempre yo, callaba cuando debía de decir y hablaba de más, mucho más, yéndome hasta el codo, cuando debería de estar bien callado. Lógico, solo tenía un paradero fijo el que siga hablando, arruinar todo. – A lo mejor tú buscas otra cosa, otro tipo de compromiso que yo no te puedo dar, tú sabes, a los veintisiete hasta yo tendría otro enfoque de lo que busco en una relación – para colmo, tenía que mentir y hacer algo de trabajo altruista poniéndome en su posición para hacerme el comprensible.- verás, eres una mujer increíble y tú mereces algo mejor que un chico que no sabe bien lo que hace escapando de todo lo que lo aturde. Te lo digo porque es posible que encuentres a alguien y yo no quiero ser un freno para ti. Solo quiero que sepas que también quiero que seas feliz- pensándolo bien, nunca fui tan buen actor como siempre creí que era.
Esperaba la compasión, como si por arte de magia Galy se abriera por completo y entienda que siendo más joven que ella, solo eso significaba una aventurilla. Pero siendo más lógico, Galy tenía veintisiete, era obvio que sabía lo que éramos y no iba a ponerse a discutir con un niño lo que ella ya tenía que saber a esa edad. No era un compromiso, naturalmente, yo lo sabía, pero a lo mejor no estaba seguro de que ella lo entendiera así, es por eso que lo hice, para cerciorarme de que todo esté bajo control. Pero el tiro salió por la culata por no saber que ella también entendía y ponerme a dar explicaciones que estaba tan acostumbrado a dar a chicas de mi edad que eran todo lo opuesto a esta mujer hecha y derecha que tenía en frente mío.
-Gonzalo, no hables más, solo duerme.- me calló y yo, entre sorprendido y sin entender, volví a mi almohada comprendiendo todo eso que debí de comprender antes de abrir la boca.
Como era de esperarse, el regreso a Arequipa fue un infierno de silencio que duró, cuento menos, doce horas. Galy no me miró a los ojos ni siquiera cuando paramos a comer.
Llegamos a Arequipa y estacioné la camioneta en la casa de Lucié, mi hermana por el primer matrimonio de mi papá, quise decir algo porque sentí que ya nada podía estar peor. Pero, lo pensé bien y entendí que era mejor solo despedirme como nos dijimos adiós en aquella piscina que nos conocimos, besándonos en la ducha de mujeres, diciéndome “llámame”.
Nunca más la volví a ver.


abril 02, 2013

Alegrías, nunca más

14


Pero ¿Qué es lo que había pasado, exactamente, entre Mónica y Alejandro? Yo solo había escuchado rumores. Pero fue Mónica quién me dijo la verdad.
Una mañana me desperté sudando frio, asustado y temblando. Debieron de haber sido las cinco o seis de la mañana y sentí que había tenido el sueño más real.
Estaba caminando de la mano con Mónica ¿En Barranco? ¿Acaso Miraflores? ¿Por La Molina? Las calles se confundían unas con otras y de momentos todo estaba salpicado por espasmos, risas ligeras que se confundían con rumores que no lograba identificar. Me preguntaba si todo estaba rondando en el ambiente o todo sucedía dentro de mi cabeza. Estaba realmente confundido.
Mónica, a mi costado, caminaba cabizbaja, en silencio mientras yo miraba a un lado y otro, buscando el origen de las vibraciones que sucumbían mi cabeza. Nunca la había notado tan triste.
Entonces me mira fijo y está llorando ¿Por qué? No entendía nada y me abraza con fuerza, el barullo general sigue incomodándome como un vértigo continuo que debo soportar. Quiero decirle algo a Mónica, que todo va a estar bien, que yo la voy a cuidar porque la noto muy débil. Quiero abrazarla y acogerla en mi pecho hasta que se calme. Pero no puedo, no puedo articular nada. Existe un divorcio entre mi cuerpo y mi mente, una autonomía indiferente y solo soy un espectador en primera persona de aquel cuerpo que, empiezo a entender, no me pertenece.
-Lo extraño- Ha dicho Mónica.
-Olvídate de él, ya debe de estar con otra- Digo riendo y me desespero, porque, en definitiva, yo no diría eso, ni en el peor de lo casos.
¿Qué clase de desgraciado sería capaz de decir esto que acabo de pronunciar contra mi voluntad? Y ahora me acerco a Mónica y ella me mira. Estamos muy de cerca y percibo la mirada crítica que se mezcla con el tono tosco del entorno, sobre exigido.
Y la estoy besando, y ella me besa con fuerza, entre sus lágrimas que no dejan de caer, su legua se sumerge en mi boca que la recibe y también la acaricio con mi propia lengua. La tomo de la cintura para seguir besándola con más fuerza y la llevo a la pared y ella se deja llevar. Sí, Mónica, pienso, yo voy a estar a tu lado y velar por tu seguridad. Porque eres mi enamorada y yo me voy a encargar de ti. No llores, por favor.
Un gato negro pasa y nos separamos. No vuelve a mirarme y veo una ventana en la que puedo lograr reconocerme. Me toma un par de segundos salir de la perplejidad de la escena que veo. Soy Alejandro, sonriendo, sonriendo sin parar. Y entiendo que esa sonrisa que veo en el reflejo es la misma sonrisa que esbozaría Alejandro al saber que había cobrado su vil venganza.
Me desperté sudando frio y no volví a conciliar el sueño. Era tan temprano que sabía que no podría llamar a Mónica porque lo único que debía de hacer en ese caso era sacarme la duda de una vez por todas. Porque todo parece lógico, Alejandro solo sería capaz de una sola cosa cuando vio a María Fernanda besándome en la banqueta de Barranco. Cobrar venganza.
Y sería fácil de adivinar su blanco, la estocada letal. Mónica era mi único punto débil, y no asumo la debilidad en parte mía, sino que, estoy seguro, Alejandro entendería la debilidad como Mónica y su facilidad para caer rendida en lo labio de cualquier otro.
No me extrañaba que Alejandro en algún momento haría eso, hasta lo sentía lo más natural por todo lo que fue haciendo a lo largo de nuestra amistad. Las cosas que le contó a Eliana cuando rompimos y las mentiras que inventó a Rosa para que nuestra relación acabara.
Lo conocí en el colegio, era el más majadero del salón, nunca estaba tranquilo y nos hicimos buenos amigos por esa facilidad que tengo de atraer a las malas amistades. Aunque nuestra amistad iba a ser inevitable, la tutora apresuró el vínculo sentándolo a mi costado y en la última fila. Desde entonces, éramos los francotiradores desde esa posición, planeábamos cada desmadre que de tan solo pensar en las consecuencias nos doblábamos de la risa. Ya era la primera semana a mi costado y ya teníamos los nuevos apodos a cada profesor. Siempre éramos así, llegábamos bien peinaditos al colegio en primero de secundaria y a los tres minutos de habernos marcado la asistencia en la agenda (si es que no llegábamos tarde) la camisa afuera, el cabello revuelto, colorados de la risa y con las pupilas dilatas, extasiados de haber hecho dibujos terribles en las carpetas, en los baños de mujeres o varones, no teníamos límites.
Destrozamos mochilas de compañeros, hicimos resbalar a un profesor, robamos dulces de Doña Emilia la encargada del quiosco, le pegamos chicle al cabello de una amiga, jugábamos a quién escupía más lejos y con mayor acierto. Él era el campeón, era capaz de mandar un gargajo en el ojo a tres metros, lo digo porque lo demostró cuando el sobón de Orlando quería acusarnos por haberle metido su mochila en el inodoro y tirar de la cadena. Alejandro lo miró y blanco exacto.
Ya en cuarto de secundaria nos escapábamos a fumar a Miraflores, a escondidas porque nuestras caras aparentaban menor edad a la que en realidad teníamos. A veces él llamaba a algunas amigas que nos acompañaban y entre bromas y bromas armábamos parejitas de fin de semana. Así éramos, muy unidos, se encargó de presentarme a todas sus amigas para elegir con quien saldría y con quién no. Y, en el salón, donde a pesar de que no nos sentaron juntos, ni atrás. Sacamos a Orlando a patadas y lo mandamos a primera filar para sentarnos juntos pegado a la ventana hablando de chicas.
Semanas antes de acabar el colegio, ya nos tranquilizamos y yo estuve con enamorada, que por cierto él se encargó de presentármela y para hacer parejitas, como de costumbre, él se buscó a una chica para ser un cuarteto con el que andaríamos juntos todo el verano antes de entrar a la universidad.
Fue el mejor verano de mi vida, desde el año nuevo hasta el inicio de clases, estaba al lado de mi novia de arriba abajo, Alejandro era un poco más informal, pero con Mili nos acompañaban a Miraflores a tomar un café, a caminar por el malecón, ir al cine o matar el rato a los videojuegos. Y cuando dejábamos a las chicas a sus casas, íbamos al billar que frecuentábamos desde que estábamos en cuarto de secundaria. Pedíamos unas cervezas y jugábamos tranquilos, sin las ganas de alocarnos como cuando estábamos en el colegio, donde ya se nos hubiera ocurrido ir a buscar a Andrea que vivía cerca al billar y que la saque a su prima también para hacer parejitas como en los buenos tiempos. No, ya no, ahora solo disfrutábamos del calor nocturno del verano limeño,  que nos dejaba caminar fumando con sandalias, bermudas y polos con cuello abierto.
Pensándolo bien, creo que Alejandro era mi extensión de personalidad, yo sabía que él era capaz de hacer más locuras, no por mandado, puede que por llamar la atención, pero porque simplemente era un desvergonzado. Y mi mente se llenaba de cada idea realmente macabra que contársela a Alejandro para que ponga en marcha todo, era sentirme tranquilo de expresar todo lo que ideaba mi cabeza degenerada. Entonces éramos la pareja perfecta, el autor intelectual y el criminal.
No faltaron las chicas a las que, ambos, les robamos besos a la volada y en vez de amargarnos el uno con el otro, nos reímos porque nos sentíamos lo suficientemente hermanos como para hacernos problemas. Incluso en una fiesta en mi casa, mientras abordaba a una chica en mi habitación, pensé en que a Alejandro, quizá, le faltaba preservativos, abrí mi cajón, saqué un preservativo y fui a la otra habitación donde lo encontré desnudando a una chica. Me miró y me dijo que no lo jodiera, carajo, que si necesitaba hablar con él, lo podríamos hacer en otro momento. La desconocida ni se inmutó y yo no pedí perdón, le tiré el preservativo a Alejandro y le dije “Por si las moscas.” Cerré la puerta y escuché un gracias a lo lejos y yo volví a lo mio en con esa chica en mi habitación. A la mañana siguiente despertamos en mi sala, viendo televisión fumando marihuana con las desconocidas que, por cierto, nunca más volvimos a saber de ellas.
Pero si algo debo de haberme dado cuenta y dejar pasar por alto, es que en el fondo, siempre sentí un poco de envidia de su parte. Era en las épocas en que tenía una familia muy funcional, se sentía un buen clima hogareño, tenía una novia que era amada por mis padres, estaba en una universidad importante, hasta había sacado licencia de conducir y algunas veces me daban el carro. En su casa también me quería su mamá, su papá un par de veces nos dio el Tercel blanco que lo bautizamos como “El parrandero” lo íbamos a correr al sur y yo batía mis records de velocidad, algo a lo que él no se atrevía.
Las chicas se acercaban con un poco más de confianza porque se me hacía fácil pintar un mundo de colores en cinco minutos y de hecho, la tarde que conocimos a un grupo de amigas de Alejandro, yo me pasé toda la tarde y noche rodeado de esas tres chicas que me escuchaban, hipnotizadas, de lo que hablaba.  En una borrachera de perros que nos dimos en su casa, después de regresar del burdel, me miró un poco amargo y me dijo que yo tenía algo que él no podía, yo sabía enamorar y que el solo sabía coquetear.  Y era cierto.
Mónica me mandó un mensaje de buenos días y la llamé al instante.
-Buenos días, amor ¿Cómo estás?
-Lo sé todo, no me vengas con estupideces y dime lo que pasó con Alejandro.
Me costó dos horas seguidas de un bombardeo de patrañas que inventé para que ella lo aceptara. Me estaba jugándolas todas, a lo mejor me equivocaba, pero mi instinto me decía que no estaba errando y era el mismo instinto el que Alejandro tenía para sospechar cuando muchas veces, yo era más desenfrenado que él.
Después de esa guerra de mentiras y artificios para que Mónica diga la verdad, por fin lo confesó.
Colgué el teléfono y lo tiré contra la pared y vi como estallaba mientras unas lágrimas volvían a salir una vez más. Me tiré en mi cama y empecé a llorar con todas mis fuerzas, no tenía noción ni del tiempo, ni del espacio, solo lloraba porque era lo que se suponía que debía de hacer, no solo por Mónica, me preguntaba si yo también era el culpable de que papá se haya ido de la casa, si yo alejé a mi mamá, si yo era el culpable de que mi hermana se sienta tan mal por la separación. Pero lloraba, sobre todo porque me daba cuenta que mi hermana tenía a su enamorado, mi mamá a su hermana, ambas sabían a quién recurrir, pero ahora yo realmente estaba solo, perdido y sin saber qué hacer. Lloraba porque por primera vez sentía lo que es la soledad, porque a Jorge no le iba a contar todo, no ahora, suficiente con los problemas que él tenía que cargar.
No sé cuánto tiempo lloré, me amargué y cuánto tiempo me quedé dormido. Pero cuando me desperté solo atiné a una idea. Esto, todo esto,  debo de escribirlo, no para vengarme de nada ¿Acaso me vengaría contando mis porquerías y mis vergüenzas? Si no porque es un ajuste de cuentas conmigo mismo, porque me lo debo, porque ya era hora de sacarme esa máscara de tipo duro que me asienta tan bien y que no lo soy. Porque debería de entender que Mónica nunca me hizo sufrir por amor, o cualquier cosa parecida, si no porque me dio una punzada letal en el orgullo y después de las lagrimas que solté con tanta fuerza, con tanta gana, respiraba más hondo y más tranquilo, sentía una serenidad recorrer por mi cuerpo, desde el estómago hasta filtrarse por todo mi cuerpo y llegar a la cabeza.
Encendí mi computadora y empecé a escribir que nunca se me cruzó por la cabeza haber lidiado con el engaño y con toda la impotencia. Iba a contar desde la conversación que tuve con Jorge en ese bar y el regreso de Diana. Iba a contarlo sin alguna barrera, sin algún límite.
Y escribí, sin parar, hasta que dio la noche. 

marzo 19, 2013

Alegrías, nunca más


13

-No vayas a esa fiesta, por favor. – me pidió Diana esa sábado por la tarde.
-Pero es un viejo amigo, no puedo hacerle eso. – dije un poco extrañado.
Diana nunca había sido una de esas personas que te dice lo que debes o no hacer, nunca iba a negarme amistades o peor aún, nunca me negaría estar con mis buenos amigos una noche.
-Tengo un raro presentimiento, por favor, créeme.
Pero todo estaba claro, no iba a hacerle caso, sobre todo porque esas fiestas, después de la locura, llegaban las conversaciones que mantenía con Jorge.
Me despedí con un beso en la mejilla de Diana, aquella tarde solo caminamos por Barranco, curioseando entre bares y cafés, entrando a tienditas extrañas y finalmente, caminando cerca al mar. Su compañía era fácil de sostener y divertida de llevar con las conversaciones que no dejaba de sorprenderme. Sabía mucho de cine y teatro, me recomendaba tanas películas que terminaba por olvidarlo todo y a veces debía de llamarla para recordar los títulos y los directores que tanto repetía con exaltación. Diana era así, una metralleta para conversar, se emocionaba con lo que decía y una señal importante de saberlo era cuando conversaba levantando la mirada con una sonrisa de niña y gesticulando más de la cuenta. Sabía todo lo que debía de saber como para opinar quiénes podrían ganar el premio de la academia.
Llegué a mi casa a las ocho de la noche, listo para ducharme y cambiarme para ir a la fiesta. No me demoraría demasiado, escoger ropa no es difícil para mí, así que me daba tiempo para avanzar y encontrarme con Jorge.
Cuando salí del colegio, no pensé en volver a verle la cara a nadie, y eso, hasta cierto punto, me alegraba. No porque no me caía nadie o por ser un inadaptado social, lo que pasa es que siempre fui un apátrida a dónde iba, estuve en siete colegios en toda mi vida colegial, lo suficiente como para no terminar de involucrar demasiada amistad con nadie, pero lo suficiente como para vivir el relajo que comprendía el colegio.
El mejor grado fue cuarto de secundaria, antes de eso yo era un adolescente que montaba una patineta, que escuchaba la música que estaba de moda y jugaba fútbol todas las tardes en el parque que estaba cerca de casa. Pero en cuarto de secundaria llegó un profesor nuevo de Literatura, un profesor diferente entre todos los demás. Traía el cabello más largo de lo que debía y llevaba tan bien el curso, que dejaba a todo el salón hipnotizado cuando contaba las novelas de los escritores de las vanguardias que íbamos estudiando. Fue él quien, un día después de clases, nos quedamos conversando y me recomendó que leyera Demian de Herman Hesse y fue el gran cambio. Cada vez que alguien me pregunta en qué momento empecé a leer y a estar en este mundo, siempre lo atribuyo a ese libro, a tal punto que podría marcar mi vida en un antes y un después de leer a Herman Hesse.
Con Demian, luego llegó Sobre las ruedas y, finalmente, El lobo estepario. Libros que me dejaban desvelados y que leía con intensidad. Luego yo solo descubrí a Julio Ramón Ribeyro que me acompañó con el descubrimiento del Rock & Roll clásico.
Y ha sido una buena costumbre el leer en clases que poco o nada me importaban como Química, Álgebra o Trigonometría, quizá Física y Aritmética también. Pero en el curso que definitivamente iba preparado para leer por dos horas, era Biología.
Despertar la Literatura en mí, fue por fin hallarme dentro de un grupo, aunque en ese momento me sentía más solo que de costumbre. Por fin sentí lo que debía hacer, a lo que debería dedicarme. En el momento inesperado, encontré mi vocación. El problema fue que no supe moverme bien, lo suficiente como para cometer errores en mis elecciones.
Digo que fue hallarme en un grupo, ya que en quinto de secundaria conocí a Jorge porque encontré versos que él escribía en la última hoja de su cuaderno y empezó el vínculo que nunca se ha roto, escuchamos Fito Páez y él leía a Neruda y yo a Ribeyro. A los pocos días fue Yngrid quien me presentó a Alfredo Bryce y a Soda Stereo. Me sentía cómodo en algo que debía hacer.
El tutor me dijo que no tenía nada que ver con mis notas, pero tenía que ver con mi coeficiente intelectual, el que esté en el primer salón de estudios, porque realmente en ese salón era cola de León, y, en cambio, en el segundo yo era cabeza de ratón. Bueno, no cabeza, quizá cuello y con suerte, quizá, cadera.
Cuarto de secundaria también fue empezar a fumar a escondidas con el uniforme y en las reuniones salir al patio para que nadie nos viera. En ese momento le dabamos rienda suelta a conversar de lo que leíamos, de las películas que habíamos visto y las nuevas canciones que debíamos escuchar.
Jorge me unió a sus amigos, Freddy, Renzo, Diego y Ruben, con los cuales conformamos un sexteto inseparable. Todos los días de clase, a todas las horas, nos sentábamos los seis juntos, en carpetas de dos en dos y esperábamos el despiste del profesor para bromear o reírnos más de la cuenta.
Era por eso que debía de asistir a esa reunión, porque vería al resto del grupo con el que teníamos una fecha exacta para reunirnos, el cumpleaños de Freddy, que abría su casa para hacer una fiesta a todo dar. Su mamá, que con el tiempo sería una consejera para el resto del grupo, nos dejaba divertirnos en su casa. Incluso nos dejaba dormir ahí y a la mañana siguiente nos despertaba con café y un desayuno que no solo eran buenos para el cuerpo y la resaca, era la tertulia matutina para reconstruir los hechos de la noche anterior.
Llegué a la casa de Jorge, donde deberíamos encontrarnos todos y a quemarropa me preguntó.
-¿Sabe Mónica que Diana ha vuelto?
-No. – respondí, nervioso.
-Deberías de tener cuidado, no sé cuál es tu afán por meterte en problemas, pero de verdad deberías de elegir entre una de las dos. No me digas nada, porque sería tonto de tu parte que me digas que con Diana solo son amigos. Te conozco hace cinco años y en verdad también me preocupó verte mal por Mónica, pero ya déjate de tonteras ¿Ok? Es hora de que tomes las riendas de lo que piensas hacer. Diana y Mónica son diferentes, pero no le puedes hacer esto a ambas, tienes que escoger.
Toda la conversación se sostuvo tras esa última frase, yo no les podía hacer eso y era obvio tener que escoger, pero mi cabeza ya andaba hecha todo un tumulto.
A la media hora apareció el resto del grupo, de par en par, con lo que terminamos cambiando de conversación y poniéndonos al día. Es raro cómo trabajan las amistades largas y duraderas, sobre todo el hecho de reencontrarse después de varios años, donde vuelves a ver al grupo que te acompañó en la travesía del colegio. Lo divertido de la funcionalidad de las personas es que mientras pasan los minutos de las conversaciones, recuerdas que el que te caía mal, aún conserva esos pequeños detalles que detestabas de ese compañero. Recuerdas que, el más gracioso, aún conserva esa chispa que te entretenía con las ocurrencias en un momento aburrido de la clase. Esos pequeños fragmentos de la personalidad, que se asoman y te recuerdan las características de ellos, es lo que hace el vínculo más humano de la amistad, es un reflejo fugaz de un instante junto a ellos en el que te puedes reconocer.
A la hora llegamos a la casa de Freddy y la celebración estaba en todo su esplendor. La música a todo volumen, las parejas bailando, algunos conocidos esparcidos por un rincón u otro, la mesa llena de una variedad incalculable de tragos y nosotros éramos los reyes de la fiesta. Saludamos a la mamá de Freddy que, como si fuéramos hijos pródigos, nos recibía con alegría después de ausentarnos varios meses. Freddy era un buen amigo, diría yo que el más cuerdo entre los demás, su condición de hermano mayor irremediablemente lo volvió un tipo muy responsable a muy temprana edad. Siempre estuvo cerca al grupo, pero su presencia era la de una fantasma, era como si siempre estuviera, pero no estuviera. No ponía objeción a las ideas locas que poníamos para divertirnos, por el contrarío, se reía y daba rienda suelta a los disparates. Muy contrario a Diego, que era un poco más emotivo y romántico, lo he considerado mi hermano mayor desde que lo conocí por el simple hecho de que siempre me cuidó cuando desde que entré al colegio. Me llamaba para jugar fútbol junto a los demás y me presentaba a las faldas más simpáticas que se paseaban por los pasillos y los salones. Lo admiré desde que lo vi, su forma tan rígida de estudiar, su disciplina exasperante para atender la clase, tomar apuntes, repasar y hacer las tareas como si fuera algo tan simple y que a mí me daba flojera de tan solo pensarlo. En el fondo y en silencio, quizá lo envidiaba, pero fue un amigo tan generoso que ambos nos volvimos buenos amigos. Renzo y Rubén eran como el agua y el aceite a primera estancia, pero eran más amigos de lo que aparentaban no ser. Aún los recuerdo molestándose en el salón, Renzo fastidiándolo sin parar y Rubén teniendo una correa modesta riéndose, también, sin hacer ningún gesto de desagrado. Renzo era tan viril como el mismo lo podía decir, jugó de arquero para la división de menores de Club Universitario, desde ese momento hizo fibra su estructura muscular y yo lo sé muy bien porque una vez, entre bromas, un puñete me dejó sangrando. Renzo nunca iba a decir no si tenía que agarrase a trompadas con alguien, dentro de sus cabales, no estar en una pelea, era lo peor y exactamente por una pelea, fue que lo expulsaron de su anterior colegio y terminó entrando al nuestro. Rubén era más tranquilo, muy despreocupado, pero exageradamente inteligente, llevar el ser despistado e inteligente era una fórmula que la sabía llevar muy bien. Todos en el grupo predecíamos un futuro brillante, ya que acabaría la secundaria con quince años y sin dudarlo dos veces ingresó a ingeniería. La imagen que tengo grabada de Ruben, es la de él tosiendo gravemente tras sus primeros cigarrillos que compartía conmigo saliendo del instituto donde estudiábamos inglés.
Conversamos de todo, como era de esperar Freddy había cambiado de novia por cuarta vez, Diego se había ilusionado de una flaca que, por lo que nos contaban otros amigos, no era muy recomendable y, obviamente, Renzo seguía molestando a Rubén.
Toda la noche estuve cargada de risas, de recuerdos y de brindis consecutivos por los viejos tiempos, por el reencuentro, porque cada uno iba construyendo, a su modo, su propio futuro en lo que realmente le gustaba.
Y entonces apareció Claudia deslumbrado a toda la fiesta con su sonrisa coqueta. Todos me pasaban la voz “Ahí está, Gonzalo ¿No te acuerdas?” y sí, si algo debía de acordarme de Claudia, era de su forma agresiva de besar, destrozándome los labios inferiores de una forma tan sensual que terminaba revoloteándome los pantalones. Fue un par de años antes cuando Mónica estaba en Miami. Fue en una reunión de verano, de las que acostumbra a hacer Freddy para todos aquellos que, como yo, detesta las tardes en el sur. Esa noche bailamos, no hablamos y terminamos recostados en el sofá de la sala besándonos hasta quedar excitados por lo que queríamos que pase y no podía pasar.
Y ahí estaba ahora, sentada a mi costado, pidiéndome encendedor y preguntándome cómo me había estado yendo, que ya le habían contado que yo tenía enamorada y por favor, sírveme un poco más de whisky Gonzalito, que yo también estoy saliendo con un chico. Era como diez años mayor que ella, todos me contaban que se la veía llegando a su casa en una camioneta y que había estado muy desaparecida  ¿Entonces a qué había venido a la fiesta?
-Para verte pues, Gonzalo, no te hagas el loco, hermano. – Me decía Diego terminando su cerveza.
Y esa respuesta no estaba tan lejos de la realidad, quizá entre bromas Diego me estaba diciendo algo que había notado. Pero lo que no notaba, es que en verdad con Claudia, no iba a conversar más de cinco minutos. Así que nos dedicamos a llenar nuestros vasos con whisky o vodka, pero nadie recordó en qué momento ya estábamos tomando tequila y saltando en medio de la fiesta. En un momento nos miramos, sonrientes y nos quedamos algo pensativos ¿Qué podía decir en ese momento? Nada, porque ni siquiera se me ocurría decir nada cuando estábamos muy sobrios, porque Claudia siempre tuvo esa personalidad muy impactante, segura, es de esas personas que hacen temblar el piso y la actitud tan fuerte que todo el mundo voltea a verla cuando entraba a cualquier fiesta. Me abalancé a besarla con todo y ella también empezó a besarme. Todo el mundo estaba mirando esa escena que si bien seria  de lo más romántica, ninguno de los dos lo veía así.
-Vamos a otro lado. – Le dije.
-No. – Me dijo cortante y se fue al baño.
Yo ya estaba con los tragos en la cabeza y la seguí sin pensar en nada. En el trayecto Jorge me detuvo.
-¿Qué haces, imbécil? – Lo hizo casi empujándome.
Me miró con una desaprobación increíble y yo no le hice caso. Esquivé la mirada y fui detrás de Claudia y cuando salió del baño le cerré el paso la tomé de la cintura y la devolví adentro.
-¿Qué haces? – Dijo algo molesta, casi gritando y volví a besarla, pero esta vez me volvió a apartar.
-¿Qué sucede? – Le dije algo confundido.
-Mira Gonzalo, está mal, yo tengo enamorado y tú tienes enamorada.
-¿Y qué? ¿Acaso no te gusto? – Lo dije casi gritando, al borde de la histeria. La verdad solo me amargaba por una sola cosa, porque Claudia me recordaba toda esa actitud de Romina.
-Sí, me gustas, pero no está bien.
Fue suficiente, salí tirando la puerta con todas mis fuerzas y me fui a servir una copa más. Lo encontré a Diego y me preguntó qué tal me había ido con Claudia.
-Jodido y ¿Sabes qué? Que se joda también ¿Cómo se llama esa chica? – le dije señalando a una chica que de lejos parecía simpática.
-¿Te la presento?
No recuerdo cómo se llamaba y mi cabeza estaba tan fuera de sitio con lo que había pasado que ella pensó que era un idiota cuando por quinta vez le decía “¿Y qué estudias?” y ella se cansó de decirme que estudiaba derecho.
Pero la saqué a bailar y ella aceptó, y de repente, en medio del fulgor que significaba bailar con esta chica, Claudia me miro con una rabia tremenda, todos en la fiesta lo notaron y cuando volví a mirar a Diego, me hizo la señal y gesticulaba diciendo “¿Ya viste?”
Pero Claudia no era solo una mirada de rabia, Claudia era de armas tomar y efectivamente, me tomo del brazo y me devolvió al baño y empezó a besarme y besarme el cuello también. Ambos terminamos lo que teníamos pendiente en ese baño y cuando salimos, ya casi todos habían desaparecido. Claudia no hizo ningún gesto de vergüenza, es más, ni siquiera miró a ninguno de mis amigos. Yo me sorprendí cuando vi a Santiago con todos los demás, sentado, brindando y conversando. No lo había visto llegar y me emocioné porque Santiago fue un buen amigo del colegio y quizá ¿Por qué no? En un momento el mejor que tenía. Así que lo saludé con mucha efusividad y de forma apurada porque debía de acompañar a Claudia a que tomara un taxi.
No hablamos en el camino, se despidió como me saludó, algo coqueta y desinteresada. No debíamos de intercambiar números, ambos conocíamos nuestra posición.
Volví a la casa de Freddy fumando tranquilo, Mónica me había llamado antes de todo y luego me llamó de otro número diciéndome que se le había perdido su celular y que ya hablaríamos después, lo cual me daba mucha tranquilidad.
Entré y volví a abrazar a Santiago, un vaso con whisky para mí apareció como por arte de magia en mi mano y empezamos a recordar todo de nuevo. Solo quedábamos el sexteto de siempre y Santiago.
-¿Alguien sabe algo de Alejandro? – Dijo Santiago y se me erizó el cuerpo. Volví a pensar en Mónica y Alejandro, otra vez las nauseas volvieron a mí.
Por suerte nadie respondió, y yo no quería opinar nada, ya bastante era que tener que cargar con esa traición como para querer compartirla. No, ni hablar, no iba a contar nada para luego ponerme triste y hacer el ridículo. Todo el grupo sabía algo, yo no me enamoraba tan fácil, yo no sufría por ninguna mujer y yo no rendía cuentas a nadie. Pero fue el mismo Santiago que soltó la frase que puso en duda todo el mito que había detrás de mí.
-¿Es cierto lo que dicen, Gonzalo? Por ahí escuché que se besó con tu enamorada.
-¿Qué hablas? Idiota ¿Quién te ha dicho eso?
-¡Cálmate! No pasa nada Santiago. Aparte ¿Cuál es el problema? Es solo una flaca, no debes de ponerte tan agresivo por una tontería.
Y no aguanté, me paré, lo tomé de las solapas y lo mandé al piso de un solo empujón. Me arrojé contra él y empecé a darle de a puños en la cara. Uno, dos, tres y sentía su cabeza dar un golpe seco contra el suelo, cuatro, cinco y estaba seguro que no iba a parar y veía como le había reventado la ceja en un tirón y me acordaba que Santiago era uno de mis mejores amigos en el colegio ¡Santiaguito! Con quien caminábamos juntos con un par de Coca Colas rumbo a nuestras casas, porque vivíamos relativamente cerca y porque yo lo escuchaba cómo me hablaba de esa chica que tanto le gustaba. Seis, siete y sentí a todo el mundo acercarse y separarme de Santiago.
Jorge me trataba de tranquilizar mientras me ponían hielo en el puño y Santiago era atendido en el baño. Cuando salió me miró a los ojos y me dijo:
-Vete a la mierda, Gonzalo, eres un pobre huevón.
Me paré, lo miré a los ojos y escupí al suelo, noté que también estaba sangrando en el labio por uno de los golpes que él también me mandó.
-No sabes de lo que hablas. – Dije, tomé mi casaca y me fui de la fiesta al filo de la madrugada. Pero lo que no podía negar era que, efectivamente, Santiago no se equivocaba y lo que se voceaba de mí por ahí era cierto, Alejandro había besado a mi enamorada.
Llegué a casa y entré al baño a enjuagarme la boca, aún sentía la sangre en mi paladar. Cuando me miré después de secarme la cara vi mi cuello lleno de marcas “¡Puta madre!” Dije y pensé en que Claudia lo había hecho, me había dejado esos chupetones a propósito para que mi enamorada lo viera y lo echara a perder todo, pero no me preocupaba por eso, no en ese momento, ya vería qué excusa le diría a Mónica, por el momento solo Santiago estaba en mi cabeza ¿Cómo pude reaccionar como un animal?
Me costó más trabajo que de costumbre quedarme dormido.
Cuando llegó el lunes, fui a la casa de Mónica y no iba a ocultar las marcas, hacerlo significaría aceptar que ocultaba algo, así que respondería en el caso de que se diera cuenta. Para mi mala suerte, sí, se dio cuenta y le dije que me había intoxicado, que iba a ir al médico a hacerme ver. Me creyó y camino a la universidad tomó un poco de su base y me empezó a maquillar las marcas que Claudia había dejado en mi cuello.
-Que no se note, Gonzalo, está horrible.- Me dijo y me dio un beso.
-Gracias. – Dije algo avergonzado.
-Mañana te vas de viaje ¿No? Creo que ya no nos veremos, espero que te vaya bien, te amo.- Dijo y volvió a besarme.

marzo 12, 2013

Alegrías, nunca más


12

Sería muy tonto negarlo, pero Mónica me conoció en el mejor momento de mi vida.
La había conocido entre amigos de la universidad, entre cursos y cursos, entre cigarrillos que desfilaban, uno por uno, conversando en su facultad o en la mía ¿Fue Francesca la quién me la presentó? Ya no lo recuerdo, lo cierto es que nos llevábamos muy bien.
Algunas veces iba a mi casa a visitarme y salíamos a caminar, me gustaba cómo se sentaba a escuchar mis historias, cómo era tan simple soltar carcajadas tan sueltos, tan naturales.
Pero también debo de decir que algunas veces me sacaba de quicio sus raros caprichos y su detestable manerita de comportarse en ciertos momentos, de ser tan hueca, tan superficial… tan, realmente, estúpida.
Eran buenas épocas, siempre interesado en renovar mis lecturas, escuchar buena música y todo el tiempo estaba acompañado. Tenía enamorada, también, pero no estábamos en la misma órbita. Y el problema de Ximena, era el mismo de Mónica, pero exagerado. La superficialidad en su máxima expresión, la forma tan hueca de ser que, extrañamente, nunca terminó de gustarme. Sospecho que solo fue el cabello rubio de Ximena, la piel clara, lo fácil que fue engancharnos. Ximena.
Pero Mónica estaba ahí, tan dispuesta en cada momento.
Una noche me pidió estudiar juntos o a lo mejor yo se lo pedí, que es lo menos probable. No sé cómo, pero nos fuimos olvidando de los cursos, empezamos a hablar y terminamos besándonos en mi cama. La conciencia jugó conmigo a los pocos días cuando me di cuenta que eso nunca debió pasar, no solo porque su mejor amiga y yo estábamos en las mismas, si no porque Mónica era una buena amiga, y después de ese beso, ella no dejaría que las cosas vuelvan a ser como antes.  Porque todo el mundo me decía “Gonzalo, Mónica está muy interesada en ti, no le hagas ilusiones.” Y mi error más grande fue abrir la escotilla, alimentar esa ilusión casi enfermiza con un beso apasionado, recostados en la cama y leyéndole algunos versos de Neruda, cuando en lo último que pensaba era en empezar con algo que no tenía ni pies ni cabeza, ya suficiente tenía con Ximena y la amiga de Mónica.
-Gonzalo ¿Qué es lo que somos? – Me dijo una noche Mónica.
Pensé en lo que Jorge siempre me decía, cuando una mujer pregunta cuál es su posición en lo que va sucediendo, es la última oportunidad para formalizar todo o acabar con todo, son dos caminos antagónicos. Lo raro es que yo acabé con todo y rompiendo la teoría, las cosas siguieron igual.
Y en verdad, en aquel momento, hablar de sentimientos conmigo, era como hacerlo contra la pared.
Llegó el verano, ella viajó a Miami y ni siquiera me inmuté, estaba tan ocupado en asistir al trabajo, en gastar mi sueldo con amigos, comprar libros y salir todas las noches que pueda de las vacaciones.
Los días soleados de Lima avanzaban, terminé con Ximena, vi a Natalia, mi ex, nos besamos en el bar. Salí con Mariagrazia a jugar billar, a conversar perdiéndonos por las calles de La Molina, la besé en la puerta de su casa. Grecia, una amiga de un par de años, apareció al estar buscando compañía tras terminar con su enamorado, salimos a comer en parejas, la besé saliendo del restaurant. No faltaron las fiestas en casa, las discotecas lejos del sur, donde la gente se aglomeraba a divertirse bajo el sol, algo que realmente no terminaba por convencerme.
Es por eso que, para cuando Mónica había regresado de Miami, noté que no había extrañado nada de ella, estaba tan ocupado cumpliendo con una agenda social que cuando volvimos a salir, fue una cita más que tachar en dicha agenda.
Las clases volvieron y ¡Vaya coincidencia! Debía de llevar un curso más con Mónica.
Pero lo mejor llegaba en ese momento, nos volvimos más amigos que de costumbre, empezamos a ir a las mismas fiestas y/o reuniones y más que ser la parejita que no se compromete del grupo, pasábamos desapercibidos como dos buenos amigos. No es que ella haya ocultado a todo el mundo que no éramos nada, por el contrario, Mónica era la mujer que marca terreno de forma prepotente, antes de que otra acechadora se acerque a olfatearme con raras intenciones que pusiera en peligro su posición frente a mí, porque si bien no teníamos el título de enamorados, tampoco ella iba a dejar que ninguna extraña crea o sienta que solo éramos amigos.
Yo también me había acostumbrado a responder lo mismo de siempre, decía que efectivamente, no éramos solo amigos, pero tampoco sosteníamos una relación, estábamos en ese momento previo, en la tierra de nadie. Lo que no esperaba, es que los beneficios que yo tenía a favor de mi independencia, ella también los tenía, y no sospechaba que ella me iba hacer pagar una por una de las cosas que yo hacía.
“¿Quién los entiende?” Nos decían las amigas en tono burlón y, no se equivocaban, ¿Quién nos iba a entender? Cuando estábamos solo todo era genial, yo la quería, yo la adoraba y pasar tiempo con ella era lo mejor que me podía pasar. Me encantaba ver televisión juntos, comer mirando una película, quedarnos dormidos en el sofá y en la noche compartir los cigarros al ritmo de Joaquín Sabina, Fito Páez, Andrés Calamaro o Charly García. Éramos dueños de nuestro propio mundito que ambos llegamos a conocer. Pensándolo bien, Mónica era la mejor amiga, la mejor compañera que había encontrado y yo lo echaba a perder todo con mi mala actitud, con mi fascinación por estar solo, por no tener alguien que me aceche a cada rato, preguntándome qué es lo que estaba haciendo fuera de mi casa a tales horas de la noche, que me digan con quienes debería de juntarme o con quienes no. Pues si bien una relación no necesariamente debe ser una lista de reproches y cuentas por rendir al momento que se deba de pedir, con Mónica, con lo bien que me conocía, iba a terminar siendo eso.
¡Qué mala actitud que tenía! Y yo era capaz de dormir como un bebé con la consciencia tranquila, tragándome todas las porquerías que ocultaba bien.
Un año lectivo universitario pasó de forma tan rápida, que me sorprendió cuando me di cuenta que estaba al borde de reprobar un par de cursos, y de hecho, los reprobé.
Llegó un verano más y en una fiesta fuera de Lima, a esas de las que sería incapaz de asistir, conocería a Diana, la mujer y el gran encuentro en esos momentos. Y Mónica encontraría a mi verdugo, mi mejor amigos y la fugaz relación que tuvieron, sería la que desataría, en mí, las múltiples sensaciones que me destrozarían por completo.

octubre 09, 2012

Alegrías, nunca más


11

Y ahí estaba,  al lado de Mónica, conversando, fumando, compartiendo la almohada. Ella se sentía mal por lo que había hecho ¿Ella se sentía mal por lo que había hecho? Yo no decía mucho, quizá lo suficiente para que entienda que todo estaba mal en mí.
Podía ver cómo lloraba, rogándome que la perdone y yo no decía nada, ya todo era en vano, conocía todas sus respuestas de memoria; no sé cómo pasó, solo pasó, me dejé llevar, tú también hiciste lo mismo. Pura mierda.
-No termines conmigo por favor, Gonzalo, podemos superarlo todo.
La podía ver de cerca ¿Era ella la Mónica que conocí? Obviamente se parecía mucho, pero no, era cualquier otra menos esa chica tan divertida que conocí en mis primeros ciclos de la universidad. Definitivamente estaba en frente de otra mujer.
-Me voy de viaje terminando este ciclo en la universidad.- Dije con una fuerza que desconocí. No había planeado nada, pero ahí estaba con mi actitud decisiva, fuerte, sin titubear de lo que iba diciendo.
-No te vayas, Gonzalo, quiero estar contigo.
Era exactamente eso lo que odiaba de Mónica, incapaz de analizar la situación, primero pensaba en ella misma, no preguntaba el por qué de las cosas que decía o de las decisiones que tomaba, solo filtraba las ideas para discernir si estas la incomodaban o no, después protestaba y luchaba para refutarlas. En este caso del viaje, estaba seguro que ella iba a mover viento y marea para que no se de.
Siempre detesté su falta de memoria para algunas cosas y su excelente memoria para otras. Sus reproches que me juzgaban con furia y que yo era incapaz de detenerlas ¿Con que moral? Porque tampoco dejaba de tener razón, todos sus celos fueron bien justificados en la teoría y en la práctica. Porque nunca me falto una chica con quien coquetear, y que esta no tenía que enterarse que tan soltero no estaba.
-Siempre haces lo que quieres – Siguió – sin consultarme. Por lo menos podrías contármelo por delicadeza ¿Por qué Gonzalo? ¿Por qué te crees tan autosuficiente? Crees que todo lo puedes solo, pero ¿Acaso no te das cuenta que también estoy yo?
A su favor, Mónica no era así cuando la conocí. Me escuchaba y hasta cierto punto me comprendía, paciente y precisa con los consejos. Esta versión de Mónica, en definitiva, era algo distorsionada.
-Toda la vida es lo mismo contigo ¿Cuándo me vas a contar algo? Todo el mundo se entera de todo lo que piensas hacer, menos yo. Siempre prefieres a tus amigos, pero acá, a la que deberías de dar algo de importancia, nada ¡Qué idiota eres! Todo son tus amigos, primero ellos y solo ellos, esos amigos que siempre te llaman a fiestas y te presentan amigas, mujeres fáciles seguro, para la diversión ¿O me equivoco? No te hagas el desinteresado mientras te hablo, porque sé muy bien que me estás escuchando y sabes que tengo razón, pero, obviamente, te conviene hacerte el loco.
Es muy probable que no se equivocaba en nada, esa facilidad para la conversación, la fluidez de palabras para que, en el momento que menos uno cree, ya te había dado la vuelta entera. Y pensar que al comienzo ella estaba llorando para que le disculpe.
¿Por qué no me preguntaba por qué me iba de viaje? A lo mejor necesito tiempo, Mónica, espacio para mí, para pensar en todo lo que ha estado sucediendo de pronto, dedicar un momento para reflexionar sobre esas cosas que dejé de hacer contigo, aquellos pequeños hábitos indispensables. Solo ir a Arequipa era la solución, alejarme del caos por unos meses, en esas vacaciones de invierno.
Sus gritos estaban dispersos por todo lado. Yo solo la miraba, extrañando lo era y ya no es, lo que fuimos y ya no éramos ¡Mónica! Por favor, detente, ya no tengo fuerzas para responder ¿Acaso no te das cuenta que ya no puedo mas? Siempre estás diciéndome algo, nunca que te quedas callada, nunca me das ese momento de silencio que necesito para tranquilizarme, ocupas todo como si fueras dueña de mí. No me dejas respirar en ningún momento, colmas todo con tus gritos, lágrimas, reproches, con todo lo que exiges y yo ya estoy harto de dar.
-Gonzalo ¿Por qué las cosas ya no son como antes? ¿Por qué te siento cada vez más lejos de mí, como si siempre intentaras huir? – Y ahí estaba haciéndose la víctima.
En las pocas conversaciones que tuve con papá, siempre capté una idea “Personas como tú y yo, Gonzalo, somos demasiados libres, amamos eso, nuestra disponibilidad para nosotros mismos. Es por eso que siempre huiremos de las personas que nos amarren y siempre volveremos a los que nos den toda la libertad de la que requerimos para respirar tranquilos.” No lo comprendía y ahora me daba cuenta que el viejo tenía razón. Quizá es por eso que siempre estaba huyendo de Mónica, quizá por eso buscaba liberarme de ella. Es por eso, quizá, que papá se fue de la casa ¿Necesitaba respirar? ¿De qué estaba harto?
-Háblame, Gonzalo, dime algo por favor. No te quedes mudo, quiero saber qué es lo que piensas.
Pienso que nunca debí de acercarme a ti. No te preocupes, Mónica, haciendo las sumas y restas respectivas del asunto, yo tengo la culpa de todo, nunca debí de besarte si es que no sentía nada. No debí besarte si es que yo estaba con enamorada y te lo ocultaba en cada momento. No te culpo del horror que estoy sintiendo, a lo mejor mi lado mas insensato lo hace, pero pongámonos derechos y siendo sinceros, esta es mi culpa. Y sí, estoy llorando y me preguntas por qué lloro, me estás pidiendo que te hable, pero no puedo. Perdóname Mónica, nunca debí ser tan desgraciado e infeliz contigo. Te imagino llorando, preocupada, rompiéndote la cabeza, pensando en las cosas que estaría haciendo. Lo siento, Mónica, no sé porque qué siempre fui tan débil con las mujeres, yo no quería hacerte daño, pero ya ves, estas cosas así suceden y yo solo quiero desaparecer de tu vida, no haber tenido que hacerte tan infeliz.
Te quiero, es momento de enfrentarlo, te quiero, pero no te amo, creo que nunca te amé, solo me dejé engañar. Solo debimos ser amigos y ¡No! Por favor, no me abraces que me voy a derrumbar y voy a llorar hasta que me duela la cabeza. Ya basta, Mónica, esto es demasiado para mí. A lo mejor yo no tengo el valor que tu tuviste para enfrentarlo, a lo mejor yo no soy tan fuerte como crees que soy. Solo estoy llorando, porque no soy capaz de hacerle frente a muchas cosas y esto es una guerra personal conmigo mismo. Por favor Mónica, si me amas, déjame alejarme de todo.
No te he dicho nada, pero me conoces tan bien, que sé que me entiendes.