mayo 27, 2013

Alegrías, nunca más

17

Lucié y Diego se conocieron en un museo de París o Madrid, no me acuerdo bien la historia, para esas épocas ella tenía un novio catalán que la tenía hasta el tuétano con sus costumbres europeas, por eso, al conocer a Diego en aquel museo, le recordó lo bien que sentía encontrarse con un peruano y recordar que allá, a miles de kilómetros, cruzando el gran charco, estaba el país, la patria de uno. Mejor aún que Diego sea Arequipeño, eso le dio más gusto y entre palabrería, entre un café y otro, y más citas para despejarse, terminaron siendo enamorados.Esa era su historia de amor. Diego había partido a Francia a trabajar por un convenio en la universidad y como le fue tan bien, la empresa terminó contratándolo y dándole una beca para que terminara su carrera en la Universidad de La Rochelle, aunque su proyecto de vida no era quedarse en Francia, se quedó el tiempo suficiente para ahorrar y regresar a Arequipa junto a su mamá, darle todo lo que ella merecía y poner un bar que le dé una vida tranquila.Era, irremediablemente, un hijo ejemplar que no tenía papá y ese era muchas veces el problema, me contaba Lucié en su nueva casa, que es difícil que un hombre haya crecido sin un modelo masculino a seguir y por eso a veces era como un niño, entonces no me sorprendió ver una planta de marihuana en su jardín y un Play Station 3 en su sala.
Lucié era mi hermana por el primer matrimonio de mi papá, nos llevábamos muy bien, siempre sentí que era la única que me entendía porque era muy loca. Me acuerdo la primera vez que la vi, ella estaba con uniforme de colegio paseándose por las calles de Arequipa, se había escapado del colegio con unas amigas y cuando mi papá la vio desde el carro, la hizo entrar y empezó a llamarle la atención, yo la veía relajada y nos presentaron, me miró con ternura y me dio un beso en la mejilla diciendo que era igualito a nuestro papá. A penas vio la oportunidad de irse a Madrid, lo hizo sin pensarlo tanto y eso me encantaba de ella, era una chica convencida de sí que se tomaba la vida de golpe, sin pensarlo y cuando toda la familia se enteró que Lucié pensaba irse a Europa, ya era muy tarde reaccionar porque ya había tomado sus maletas y estaba sentada en un avión rumbo al viejo continente. Era así, dinamita para cualquiera que la veía y me encantó que no dejara de enviarme correos, fotos con sus amigos que conocía en el barrio de Lavapiés, Tirso de Molina o Malasaña y entendí que esa beca no tenía nada que ver con que ella quería ser una gran profesional.
Siempre me sorprendió esa velocidad en la que trascurría su vida, era una mujer segura, independiente y aventurera, no le tenía miedo a nada y por eso, hacía un par de años, cuando llamé para su cumpleaños y me decían que la línea estaba suspendida, le envié un correo pidiéndole su nuevo número por si lo había cambiado, a los minutos me llamó de un número extraño y me contó que estaba en Bueno Aires, viviendo la fiebre del mundial porque todos los argentinos estaban felices de que Maradona sea el director técnico y me dijo, entre su ebriedad y alegría que me amaba, que era el segundo hombre más importante en su vida, porque el primero era nuestro papá y el tercero su novio de turno y a eso le siguió nuestras carcajadas juntas ¡Cómo amaba a esa mujer! Pensaba cuando entramos a su casa inmensa, de cinco pisos y a mí me dio todo el segundo piso, las llaves de un Toyota Auris y las llaves de la casa.
Lucié se despidió, esa noche la pasaría en casa de su mama, entré mi nueva habitación, me senté en la cama y recibí una llamada de Mónica.
-¿En verdad haz terminado conmigo?
Ni si quiera tuve que responder esa pregunta, colgué de un tiro y me recosté, Mónica lograba eso sin esforzarse mucho, ponerme de un humor terrible si lo quería, arruinarme la paciencia en un dos por tres y ella lo sabía, lo sabíamuy bien porque mi debilidad era caer en su juego de una forma estúpida, detestaba sus ganas de controlar todo de mí, o peor aún, detestaba mi forma tan infantil de terminar siendo parte de su jueguito.
¿Quería regresar conmigo? Sí, estoy seguro que ella era incapaz de darse cuenta que nuestra relación era enfermiza, casi tóxica, deteriorándonos el uno al otro, dando y devolviéndonos los golpes como una guerra de nunca acabar, donde el orgullo dictaba indiferencia, el que se ponía celoso perdía y el que daba el último golpe iba un punto arriba del otro. Éramos realmente terribles, incapaces de reconciliar nuestras barbaridades, pedirnos perdón y llevar una relación en paz ¡No! Nada que ver, incluso sacándonos celos éramos los mejores con tal de sacarnos algo de ventaja.
Traté de olvidarme del asunto, profundizar en Mónica era olvidar que estaba en Arequipa exactamente para dejar de lado eso en lo que pensaba, entonces tomé mi lap top, las llaves del auto y fui a tomar un café en el Mall a escribir. A noventa kilómetros por hora, en un par de cuadras, la ciudad solo es una fuga de mi existencia, lo sabes por la velocidad y porque todas las imágenes son fugaces. Siempre tuve esa extraña manía de pisar a fondo el acelerador cuando estaba harto de cualquier situación, sí, también tengo que aceptar que soy más emotivo de lo que creo.
Estacioné en el parqueo y entré en busca de un café, me sorprendió ver tremenda construcción y entre tienda y tienda, encontré el café y me senté a escribir un poco esa novela que podía decir lo que sentía, lo que debía contarse, contar un poco de Diana, pero sobre todo, contar lo que era Mónica en mi vida, claro, le cambiaría de nombre ¿Cómo la llamaría? ¿Alexandra? ¡Quién sabe! Esas cosas ya se me ocurrirían mientras tecleaba con más fuerza y velocidad. Y entonces.
-¿Gonzalo? ¿Eres tú?
Sí, reconocía bien esa voz, Renata, porque Arequipa solo significaba su nombre, un nombre impregnado en mi memoria y en mis labios. Di la vuelta y ahí estaba, reluciente como era de esperarse, con esa sonrisa tan hermosa, acercándose a saludarme con un saco negro y una bufanda que la hacían ver preciosa. La abracé con fuerza, había pasado un año sin verla y la invité a sentarse conmigo. Había ido con unas amigas a comprar algunas cosas y a pasear, pero ella se estaba aburriendo y me empezó a llamar la atención por no avisarle que había llegado a Arequipa, porque hace tiempo que no brindábamos como aquellos tiempos, cuando la conocí y recién teníamos catorce o quince años y cada vez que llegaba a Arequipa buscaba a mis amigos del colegio donde estudié cuando viví ahí. Exactamente fue uno de esos amigos que me la presentó y bailamos casi toda la noche y al año siguiente, cuando volví a Arequipa para las vacaciones de verano, la busqué solo y exclusivamente a ella para conversar y perdernos por las calles de Yanahuara. No sé qué había entre los dos que no queríamos separarnos en ningún momento. Ya teníamos dieciséis años y fumábamos a escondidas entre las callejuelas y nos besábamos a cada tanto, nos sentábamos en una banqueta y veíamos a los tunos cantarle a alguna novia que se casaba y nos íbamos al mirador, era de noche y la besaba una vez más, abrazados, perdiendo la paciencia de que solo estaría una semana y luego tendría que esperar un año más para verla. Tengo que aceptar que siempre me dolía dejar Arequipa, no solo porque siempre me puso sentimental alejarme de ese lugar donde quise vivir más de lo que pude, sino porque mi relación con Renata nunca podía concretarse hasta que ella vaya a Lima o yo me quede ahí para conversar como lo estábamos haciendo en ese café, y volvía a mirar ese saco y esa bufanda que le daban un aire a que el tiempo había pasado y ya no teníamos catorce o quince.
-¿Vamos por unas cervezas? – Me dijo y acepté, al rato pagaba la cuenta, tomaba la computadora e íbamos camino al estacionamiento mientras ella me ponía al día de lo que había pasado con nuestros amigos.
No sabíamos a dónde ir a tomar unas cervezas y como yo estaba en el carro, no podía tomar, así que no se nos ocurrió mejor idea que comprar dos six pack de Cusqueñas y tomarlas en el carro estacionados en la puerta de la casa de mi hermana al ritmo del único cd que estaba a la mano y que sonó durante toda la noche en medio de nuestra conversación.
Me contó de su anterior relación, que fue un desastre total, que los celos de él terminaron hartándola y rompieron con un montón de lágrimas de ella, que siempre la trató mal y para olvidar todo ella se fue a Santiago, en Chile, para un tiempo despejarse. Yo no le dije que estaba en Arequipa por los mismos motivos, solo le dije que también había terminado de una relación y me limité a no decir más.
Se terminaron las cervezas y queríamos más, me negué porque no iba a manejar con seis cervezas en la cabeza, de hecho ya estaba sobre el límite de alcohol permitido en la sangre.
-¡Vamos! No va a pasar nada.- Dijo ella riéndose.
-No pues, va contra la ley.
-No seas maricón.- Dijo desafiándome y grave error por parte de ella, eso no me va a decir a mí. No, no, no ¡Vamos! Gonzalo no soporta que lo desafíen y encendí el motor con un rugido feroz, puse primera y solté el embrague de un tirón y las llantas salieron rechinando rumbo a el mismo lugar donde habíamos comprado las primeras.
Volvimos al mismo lugar, dentro del auto para seguir la conversación, esta vez más coquetos, más dispuestos. La verdad es que no había pensado en besarla, no quería que piense que solo la buscaba para eso, pero ya estábamos avanzados y siempre era la misma atracción que terminaba por traicionarnos y nos devolvía a donde pertenecían nuestros labios, junto a los del otro. Sí, la estaba besando y me preguntaba por qué, al besar a Mónica, no sentía que entraba al paraíso.
Nos quedamos hasta las cuatro de la mañana dentro de ese Toyota Auris, en la última hora nos recostamos cada uno en su asiento, mirándonos el uno al otro con esos ojos que se miran solo un par de enamorados, ella se quejaba y se preguntaba por qué las cosas estaba como estaban, por qué yo no estaba ahí, en Arequipa para poder estar juntos de una vez por todas e intentar ser la pareja que éramos frente a todos los amigos que teníamos.
Llamó a un taxi y se fue a su casa, antes de despedirnos quedamos en hacer algo juntos ese fin de semana y le dije que no se preocupara y que me llamara cuando llegue a su casa para saber si había llegado bien.
No sé cómo metí el carro a la cochera, solo recuerdo que me llamó y nos quedamos chateando un par de horas más hasta que veía cómo amanecía Arequipa y me quedé dormido con la lap top en mis faldas.
Al día siguiente me desperté y fui a la sala a ver las noticias, pero ya era demasiado tarde y solo encontraba programas de espectáculos. Lucié llegó y me dijo que almorzaríamos juntos con mi primo Daniel, en el Café y vinos, el mismo café-bar en las mañanas era un bistrot, sí, usó la palabra bistrot y me reí, pero luego me dijo que no me riera porque François, el dueño, era francés y que ya me vaya a la ducha que ya se nos hacía tarde.
Estaba muy alegre, llamé a Renata para decirle que en la noche podíamos ir a dar una vuelta y me dijo que estaría por el Mall, así que no había problema. Salí de la ducha, mientras me vestía seguía pensando en ella y lo bien que la habíamos pasado ocho horas atrás.
Salimos con el auto directo al centro, Lucié me contaba que junto a Diego habían puesto un bar, que les iba bastante bien y que le gustaba la vida que tenía, sin muchas preocupaciones y con mucho amor. Pero si de algo estaba segura, es que no se iba a casar, siempre le había tenido un pavor exorbitante a una boda, ni si quiera ella sabía por qué, pero yo sospechaba que era porque quizá le habría dolido tanto la separación de nuestro padre con su madre ¿Cómo habría vivido eso? Si yo ya estaba hasta el cuello luchando con la misma situación que ella vivió hace veintitantos años.
Me olvidé del asunto y estacionamos el auto en una playa, salimos y el sol seguía radiante, caminábamos abrazados, nadie podía confundirnos como enamorados, no solo porque no la abrazaba por la cintura, si no porque todo los que nos conoce, deduce al instante que somos hermanos porque dicen que somos idénticos, pero yo solo sé que tenemos el mismo faz. La besaba en la frente de tanto en tanto y ella se pegaba más a mí.
Llegamos a los Claustros de la Compañía, al segundo piso donde quedaba el café-bar-restaurante, a veces solo restaurante o a veces solo café-bar, dependiendo de la hora y los clientes. Daniel ya estaba ahí, se alegró de vernos tan contentos y cariñosos. Pedimos todos lo mismo, pollo al romero con ensalada española y de entrada algo que tenía prosciutto y albahaca. El almuerzo se prolongo muchas horas hasta que ellos se ponían a brindar con unos pisco sour y yo me moría de envidia porque yo era el chofer de ese día. Nos reímos todo el tiempo, contando las anécdotas que ya habíamos olvidado y recordando a todos los primos, tíos y familiares que teníamos en común, brindando de nuevo y yo solo con vaso de agua porque, me repetían a cada rato, tú eres el chofer pues Gonzalo y la risa general hasta de Françoise, el dueño del café-bar-restaurante, que era muy amigo de Daniel.
Salimos de ahí cuando ya era las seis o siete, me despedí de Daniel, en unas noches volaba a New York, a visitar a la familia de su papá que, irónicamente, también se había separado de su mamá ¿Coincidencia de que nosotros tres, tengamos básicamente el mismo problema en diferentes etapas? A lo mejor, no sé, no soy de los que cree en el destino o en los signos del zodiaco, y en esas épocas tampoco creía que había un Dios, esa palabra que se me hacía tan lejana o tan grande para mí, como si solo fuera un eco de lo que dicen los demás a lo lejos y yo, junto a mis problemas, estuviera en otra órbita, otro mundo donde Dios no era una solución a todo.
Llegamos a la casa y Diego estaba con un amigo suyo en la sala, jugando Play Station, Lucié se sorprendió porque se suponía que Diego estaba en Cuzco y no iba a llegar tan pronto, pero la sorpresa fue grata porque Diego era un tipo genial y mejor aún su amigo de dreads hasta la cintura, lástima que solo me quedé un rato porque Renata me esperaba en el Mall. Me sorprendió enterarme que el carro era de Diego, pensé que era de Lucié, pero Diego me dijo que no me preocupara, que él había tenido un par de accidentes y que ya no le gustaba movilizarse en el auto, que solo lo tenía por si había una emergencia, que normalmente se movía en taxi, Lucié me decía que sí, que no me haga problemas, pero que tampoco haga tonterías. Entonces volví al carro y fui en busca de Renata.
Me estaba esperando en el Mall y me dijo que podíamos ir a visitar a los Renzos, unos amigos que tenían el mismo nombre y que eran como hermanos, siempre juntos de arriba para abajo, desde el colegio ¿Cuál “Desde el colegio”? dirían ellos, desde la cuna. Los sacamos de sus casas y nos fuimos a la plaza de Yanahuara, frente al mirador a fumar y conversar un poco, lo suficiente para que me inviten a una fiesta en el bar que había puesto una amiga en común. No sabría decir si realmente disfrutaban de mi compañía, yo podría jurar y re jurar que sí, porque cuando estaba en Arequipa salía con ellos junto a otros amigos y a veces se unía Renata, también. Me dejaban saludos por mi cumpleaños en mi correo y a veces me preguntaban cuando iría para salir a celebrar. Sí, no habría por qué dudar, tenía buenos amigos y me gustaba que sepan que entre Renata y yo había algo, que no era raro que la abrace por la cintura cuando estábamos los cuatro conversando y ella me tome de la mano.
Nos despedimos y fui a dejar a Renata y en el camino me pregunté que estaría haciendo mi primo mayor, ese loco de la familia, por parte de mi mamá que se atrevió a estudiar filosofía, le di unas llamadas y me dijo que estaba en su bar, en Santa Catalina, que vaya porque había un concierto. Busqué un estacionamiento y ubiqué el lugar muy rápido. Entré y me encontré con mi primo y sus amigos. El bar se llamaba “La Nona Loca” Y era como esos bares que hay en el centro de Lima, donde hay conciertos, una barra y mesas. Entré y me pasaron la voz, tocaba el vocalista de No Recomendable al que luego me lo presentaron y se animó a tomar un par de tragos con nosotros y se reían de mí porque tiritaba de frio a pesar de que traía una polera debajo de la casaca y una bufanda.
-Tomate otro trago, hermano, para que te calientes.- Me decía mi primo y yo le hacía caso.
Si hay algo que uno debe de saber por cultura etílica, es que nunca, repito: nunca, se toma en altura, la misma cantidad que tomas en Lima, no sé si es ciencia exacta, pero las copas te pasan de vueltas en menos del tiempo que vas calculando  y yo no sé en qué momento estaba colorado, con los ojos adormecidos, sonriendo porque estaba un poco mal, todos se reían y yo los acompañaba ¿Qué otra cosa podía hacer?
En un momento ya éramos cuatro en la barra, sentados y mi primo al otro lado, sirviendo más tragos para los invitados especiales de la noche. Y en otro momento ya estábamos cerrando el bar y entrábamos a un taxi con un rumbo al que no conocía, me olvidé del Auris, me olvidé de llamar a mi hermana y ya estábamos entrando a un burdel, compramos más cervezas y solo recuerdo espasmos, es como si todo hubiera sido un sueño, yo hablaba mucho, el espectáculo de las diferentes chicas estaba a mi costado y se nos acercaban otras tantas a conversar con nosotros y yo seguía hablando, de libros, películas y de la novela que pensaba escribir, una novela muy personal. Mi primo me dijo que estaba loco, que no se puede escribir con tanta realidad, que eso es peligroso, que terminaría comprometiendo a muchas personas y alejando a otras personas de mí. Debí haber estado muy ebrio para contarlo todo sin ningún prejuicio en mi cabeza, generalmente el alcohol ocasionaba ese irremediable efecto colateral, hablar de todo sin un solo pelo en la lengua ¿Era la mejor parte de mí que estaba tan acostumbrado a las medias verdades? No sé qué tanto tiempo estuvimos ahí, cuando salí, ya había salido el sol y empecé a vomitar en un poste, mi primo se reía y me pedía tranquilidad, que me iba a dejar en mi casa y entonces recordé que no tenía el carro, que estaba en el centro de la ciudad. Me di por muerto entonces recién me tranquilicé, porque las cosas no podían estar peor, ya que mi hermana tampoco sabía mi paradero.
Llegué a la casa en condiciones deplorables, subir la escalera fue un infierno y volví a vomitar en el baño del segundo piso, sentía todo ese desastre que dura el infierno que es vomitar, las arcadas en el estómago, los ojos llorosos, ese sabor amargo que se queda en el paladar y solo volví a mi habitación y me acosté con lo que tenía puesto, jurando, como tantas veces lo hice, que no volvería a tomar hasta perder el control.
A la mañana siguiente me desperté con un dolor de cabeza endemoniado, el mundo me seguía dando vueltas y mi ropa apestaba a la perdición de la noche anterior. Tenía un sentimiento de culpa terrible y ni si quiera quería ver a mi hermana y menos a Diego, me iban a matar y justo la noche anterior Lucié me dijo que no haga tonterías, como si presagiara lo que iba a venir, todo estaba bonito, por lo menos para ellos había sido responsable, aunque no sabían que había estado con Renata tomando en el Auris, que lo había manejado un poco mareado y como loco, haciendo rechinar las llantas, peor aún que de pura amargura reventaba el tacómetro acelerando hasta noventa kilómetros por hora en una callecita. Pero justo cuando Lucié me advirtió, hice tremenda estupidez.
Tenía sed, hambre y ganas de bañarme, pero en ese estado no podía mover ni un dedo, el simple hecho de mover la cabeza para acomodarme en la almohada, me daba dolor de cabeza y nauseas, como si quisiera vomitar de nuevo. Entonces entró Lucié a mi habitación y yo ya creí que me iba a botar de su casa como un perro, mi corazón latía a mil por hora porque todos sabemos cómo es Lucié cuando realmente se amarga. Pero no, para mi sorpresa se acercó y besó mi frente, me dijo buenos días y qué quería desayunar. Lo que sea, dije sin pensarlo y luego agregó que mi primo la había llamado, le dijo que habíamos estado tomando y que el carro lo iba a dejar en una playa para no ocasionar ningún problema y luego volvió a besarme diciéndome que le gustaba que fuera tan responsable, que era lo mejor que podía hacer. Sí, era mi día de suerte.
Levantarme me costó tres horas más y de desayuno me dieron un almuerzo entero por la hora y porque sospechaban que con esa resaca estaría dispuesto a comerme un elefante entero sin titubear. Me acabé una Coca-Cola de tres litros entera y ya me sentía mejor. Diego apareció y me dijo que había traído el auto, me agradeció por haberlo cuidado tan bien y me felicitó porque era un chico responsable, me entregó las llaves de nuevo y yo asentí con la cabeza diciendo gracias, que no se preocupara. Pero de algo estaba seguro, no iba a volver a tocar ese carro.
Toda la tarde me la pasé tirado en el quinto piso, donde tenían una suerte de terraza con vista a toda Arequipa y, por supuesto, al volcán Misti, estaba escuchando música, acabándome las gaseosas y botellas de agua que encontraba en el refrigerador hasta que Mónica apareció de nuevo.
-Gonzalo ¿Qué tal?
-Bien, todo bien.- No sé con qué voz lo dije, a lo mejor dije todo normal, pero Mónica tenía una capacidad admirable de deducir todo por y empezó la guerra de nuevo.
-¿Es en serio que has salido anoche? Seguro te la has pegado con tus amigos de Arequipa y has conocido a un montón de chicas y has hecho de las tuyas ¿Crees que no te conozco? ¿Crees que me vas a engañar? Eres un idiota, Gonzalo, ya sé por qué querías terminar conmigo, porque quieres estar libre para darte la vida de soltero que tanto te gusta…
No sé en qué terminó todo, sólo colgué el teléfono y subí el volumen al iPod para seguir escuchando el álbum Radiolina de Manu Chao. Al rato otra vez el celular y ya estaba a punto de gritar porque pensé que era Mónica, pero era Renata, haciéndome recordar que en la noche era la fiesta en el bar Qochamama, que quedaba en San Francisco, apunté la dirección y le dije que llegaría tarde, porque estaría en el bar de mi hermana un rato conversando con ella y su enamorado.
Vi el cómo el sol se dormía por un lado, apagándose y dándole un color morado al volcán, un espectáculo inigualable que iba saboreando con un cigarro en los labios. Me pregunté cómo hubiera sido mi vida si me hubiera quedado a vivir en Arequipa, es decir, si nunca hubiera viajado demasiado con mi familia ¿Habría conocido a Renata? ¿Habría despertado mi vocación a las letras? ¿Habrían ocurrido los mismos problemas de ahora? Daba vueltas en mi cabeza.
Cuando el frio empezó a golpear, volví a mi habitación a vestirme para ir al Qochamama, me pareció gracioso el nombre, habría que ir para saber cómo era ese bar del que tanto me hablaron la última vez que estuve con Renata y los Renzos, pero primero daría una pasada por el bar de mi hermana que tenía un nombre seductor “Deja  Vu” donde podías tomar unas cervezas, unos tragos preparados, fumar de una narguila o hookah, como quieran llamarlo, y también fumar unos cigarrillos traídos de la India que tenían un sabor bastante agradable, todo eso al ritmo de canciones perfectas para conversar, el bar estaba perfecto. Sólo me pedí un par de cervezas mientras fumaba mis infaltables Marlboro rojo y seguía conversando con el tipo de dreads hasta la cintura, que me contaba que viajaba tirando dedo desde hace tres años por todo Sudamérica y que había conocido a Diego en Camaná, la muy concurrida playa Arequipeña.
Entonces sonó mi celular y era un Renzo, me dijo que ya vaya, que todos estaban esperándome, así que cogí mi casaca, recogí mis cigarrillos y le dije a Lucié que estaría ahí, a un par de cuadras con unos amigos. Me dijo que todo estaba bien, que no se preocupaba porque sabía que yo era un chico responsable. Me fui dando una carcajada irónica.
Llegué al famoso Qochamama, la verdad es que era un encanto de bar, era parecido al Mochileros de Barranco, o por lo menos tenía ese aire, muy diferente al Café y Vinos, que más se parecía a la Posada del Ángel, también en Barranco. Fue genial encontrarme con todos mis amigos que me conoces desde los seis años ¡Cómo había pasado el tiempo! Se repetía la frase cada vez que chocábamos las copas y Renata me besaba una vez más. Era una escena de película, lo que realmente cualquiera podría ansiar toda su vida, una chica a la que quieres mucho, delante de tus amigos divirtiéndote, pero todo era una burbuja temporal, en unos días ya no estaría en Arequipa y despedirme de ella sería arrancarme el corazón en silencio.
En un momento Renata y yo salimos a tomar aire, una excusa típica para estar solos, abrazarnos y decirnos lo mucho que nos queremos. Me preguntó qué es lo que pasaba, no entendía por qué siempre volvíamos a lo mismo sabiendo que al final era peor para nosotros porque despedirnos nos costaba mucho y ella se ponía muy triste y yo sentía morir, peor aún si eso iba a suceder al día siguiente. Solo me quedé en silencio, no iba a mentirle, la abracé y dije que no me gustaba que las cosas fueran así, hizo un puchero y la besé en la frente, le dije que la quería, lo dije de corazón porque en verdad eso sentía, me dijo que también me quería y me palmeó el trasero y nos reímos juntos, nos volvimos a besar.
Regresamos al bar y la diversión estaba en su máximo esplendor, todos bailaban y seguíamos brindado por lo que sea, ya nada importaba. De esa noche hay varias fotos, de algunos abrazados, de las chicas bailando y uno que otro que terminaron ebrios. Pero hay una foto que guardo hasta ahora, la de ella y yo besándonos en medio de la multitud, el resto sigue en lo suyo, pero nosotros dos somos la escena principal de esa foto.
La fiesta duró hasta las tres de la mañana y luego un Renzo nos invitó a su casa a hacer el After-Party, solo un grupo pequeño iría a esa terraza donde vimos el amanecer de Arequipa y yo ya sabía que en unas horas regresaba a Lima, que tendría que pasar un año para volver a ver a Renata otra vez, a menos que ella vaya a Lima. La dejé en su casa y el mismo taxi me devolvió a la casa de mi hermana, cuando llegué no pude dormir, me la pasé pensando en Renata.
A la mañana siguiente hice mi maleta en una hora y Diego me llevó al aeropuerto en el Toyota Auris, me reí en el camino porque recordaba todo lo fuera de lugar que fue tener ese carro a mis disposición y él se creía que me reía de sus bromas, Lucié se despidió de mí en su casa, tenía que almorzar con su mamá, así que no tenía mucho tiempo y cuando llegué al Aeropuerto, Renata me estaba esperando para despedirse. Diego nos dejó solo y me prometió cuidar de Lucié, porque le dije que la quería demasiado y quería que haya alguien que me de la seguridad. Renata se sorprendió al escuchar eso de mí y cuando se fue me preguntó si ese no era el carro que yo tenía y nos reímos porque nos acordamos de la primera noche que nos encontramos en el café del Mall y nos fuimos a tomar unas cervezas a ese carro.
No paramos de decirnos que nos íbamos a extrañar, que nos queríamos mucho y, naturalmente, no dejábamos de besarnos a cada tanto. Compré un par de revistas para el camino y un periódico para informarme qué había estado sucediendo mientras yo iba tocando fondo de las formas más deplorables. Renata me entregó una carta y me dijo que tenía que irse. Ella lloraba y yo trataba de explicarle que no era el fin del mundo, que las cosas se iban a dar como se tengan que dar, pero igual no podíamos perder el vínculo, ella aceptaba lo que le decía con la cabeza y llorando un poco menos, limpiándose las lágrimas con mi casaca.
Subí al avión y partí casi al instante, vi a Renata hacerme adiós desde el aeropuerto y me puse triste, porque recordaba esa frase de Joaquín Sabina que decía que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver y creo que entendía mucho de esa frase o por lo menos lo entendía a mi manera, la manera que me hacía romperme la cabeza, incapaz de alejar la imagen de ella fumando conmigo una noche, cuando teníamos quince o catorce, besándonos en el mirador de Yanahuara, con las luces dicroicas en el piso iluminando nuestros rostros, haciendo una escena perfecta de un cuento de hadas.
Leí y releí su carta en todo el viaje que duraba un poco más de una hora. Entré a esa Lima de cielo gris, ensimismada, con un frio diferente, con un aire diferente por respirar. La aerolínea tuvo problemas para que bajemos del avión porque todas las mangas estaban ocupadas y mientras solucionaban eso, cogí el periódico y leí una noticia sobre un caso de violación de unos niños del orfanato de Huaraz, en el norte del país, una noticia que me iba a devolver al pasado, a reencontrarme con un fantasma que iba a devolverme algo que yo mismo había perdido.










mayo 19, 2013

Alegrías, nunca más

16


He pensado mucho en el día en que papá se fue de casa, demasiado diría yo o peor aún, seguido. Incluso algunas veces he tenido pesadillas con ese día tan trascendental, es como si todo se hubiera dividido en un antes y después de su partida, no solo como un hecho catatónico en mi vida, en la de mi hermana o mi mamá, que nos dejó sin piso, suspendidos, sin tener el tiempo necesario para entender qué pasaba, sino como un remezón en nuestras personalidades que cambiarían por completo. Tampoco se me hizo raro que papá se vaya de la casa, es como si presagiara el destino de mi familia, pero como uno nunca sabe cuándo exactamente sucederán estas cosas, me sorprendió la velocidad en cómo se dio todo.
Fue esa navidad la que me hizo entender todo lo mal que estaban las cosas en casa. Yo solo tenía un motivo profundo para ser indiferente en mi hogar, había decidido que no quería que me afecte nada. Y ahí llegó el día en que te das cuenta que ya no puedes seguir viviendo de espaldas con la realidad.
Amanecí en la casa de Jorge, después de haber estado en una fiesta. Fue la llamada de Romina el primer empujón.
-Hola ¿Gonzalo?-Escuché al otro lado del auricular.
-Romina ¿Qué pasó?
-¿Cómo está tu papá?- Me dijo algo preocupada. Cosa que me extrañó.
-Supongo que bien, en la casa.
-¿No te enteraste no?
-¿Qué pasó?-Dije algo alarmado
Me contó que había tenido un accidente, la noticia me cayó como bomba y no sabía si las nauseas que empecé a sentir eran producto del alcohol o de la gravedad de las cosas cómo imaginaba.
Colgué algo desesperado y miré a Jorge.
-¿Todo bien?-Me preguntó y sospecho que ya sabía por mis reacciones que no se trataba de algo bueno.
-Es papá, acaba de tener un accidente.
Salimos de su casa y el sol nos dio el primer impacto entendiendo que ya empezaba el verano. Era un veinticuatro de diciembre normal, la gente salía de sus casas, tomaba taxis y se movilizaba porque iba a esperar navidad esa noche y yo trataba de buscar alguna lógica absoluta a lo que estaba pasando ¿Qué accidente pudo haber tenido? A lo mejor ninguno tan grave como me estaba imaginando, quizá solo algo leve, muy probable que, por su afición al orden, se haya cortado, caído o quién sabe, ya me enteraría cuando llegue a casa.
Me convencí de eso y se lo conté a Jorge, él me dio la razón y seguimos con el camino a encontrar un taxi que me devolviera, lo más pronto posible a mi casa a ayudar con todos los preparativos navideños una cena exquisita, un árbol lleno de regalos, puras mentiras como si fuéramos realmente una familia funcional. A pesar de mi trato indiferente y limitado con la familia, siempre fui un fiel creyente en el núcleo de la sociedad, me fascina esa idea de una mesa familiar enorme con tíos, tías, abuelos, abuelas, primos, primas, hermanos y hermanas, todos reunidos en una suerte de carnaval, la bulla de los niños, las conversaciones entre los adultos y la música de fondo, todos sonriendo para las fotos familiares.
Cuando bajé del taxi, antes de entrar a casa, contesté la llamada de mi tío.
-¿Gonzalo?- Era la segunda vez que sentía ese tono al hablarme, ese tono tristón que amortiza una mala noticia.- Estoy con tu papá, tuvo un accidente, chocó un auto de la policía, pero todo está bien, está conmigo en el hospital y le están haciendo exámenes.- Sentí un escalofrío en la espalda, mi mente se nubló por un momento y solo aceptaba todo lo que escuchaba. Trataba de asimilar todo lo que entendía, mi papá había chocado, estaba en el hospital y por suerte todo estaba bien ¿Qué había pasado?  La respuesta me dejaría peor de lo que creí.
Entré a casa, estaba cansado y como no había nadie, me recosté en mi cama. Me quedé pensando un largo rato en el vínculo que tenía con mi papá, en nuestra distancia y en el momento en que nunca supe que se había roto un lazo.
Cuando era niño y me preguntaban qué era lo que quería hacer de grande, siempre respondía que iba a ser exactamente como mi papá, la vocación militar. Siempre lo admiraba, no miento, de pequeño siempre esperaba a que el llegara para contarle cómo me había ido en el colegio, para mirar juntos televisión, lo que sea con tal de estar junto a mi superhéroe ¡Cómo habían cambiado las cosas! ¿En qué momento se rompió ese lazo? ¿En qué momento me empecé a decepcionar? Me quedé dormido sin respuesta alguna.
Después de algunas horas me desperté y mamá recién había llegado, me sorprendí cuando la vi tranquila haciendo llamadas y tomando apuntes, todo giraba en torno al accidente, lo que el seguro cubriría o no y cómo se encontraba mi papá en la clínica. Después de un rato, ella entró a mi habitación y empezamos a conversar, le pregunté qué había sucedido y se echó a llorar, la abrazaba con fuerza y acariciaba su cabello, trataba de tranquilizarla y ya más tranquila me contó lo que había sucedido.
Había salido, él, a reunirse con unos amigos de su promoción, pero terminó en la casa de Elizabeth, su amiga (¿Amiga?), y tomaron algunas copas. Fue pasando las horas y mi papá empezó a perder la noción del tiempo y del espacio. Al despiste de ella, mi papá tomó las llaves, subió al auto y se fue por la costa verde ¿Rebasando la velocidad límite? Sí ¿Por qué no? Y se dio el impacto contra el auto de la policía.
Por otro lado, desde casa, mi mamá llamaba a mi papá una y otra vez, desesperada sin saber dónde se encontraba él. Obviamente, él no le respondía y a las dos de la mañana, resignada dio la última llamada cuando por fin mi papá se dignó a contestar y le contó sobre el accidente que acababa de tener. Ella lo ayudó con todo lo necesario porque mi mamá era así, un ángel de la guardia que cuida y ayuda sin esperar nada a cambio y esta vez no fue la excepción, a pesar de lo que hizo mi papá, a pesar de que mi mamá se enteró, lo ayudó porque antes de ser esposa, era una persona que tenía la capacidad de ayudar y no iba a negarse.
Conforme iba contándome, mi expresión y mi forma de ver lo que estaba pasando, cambió. Yo conocía muy bien quién era Elizabeth, incluso la tuve en frente mío
La primera vez que vi a Elizabeth, fue un sábado en la oficina de mi papá. Ella estaba en la fotocopiadora y yo pasé, la saludé y me fui al escritorio de mi papá. De salida, mi papá la llevó a su casa y yo me aislé de la conversación. Para ese entonces mi papá era un hombre al que nunca se le veía en casa, simplemente se desaparecía los fines de semana, no hablaba con nadie en casa y su malhumor era pan de cada día.
Pero la segunda vez que supe algo de ella, fue cuando, por casualidad, encontré un mensaje en el teléfono de mi papá. Claro, para esas épocas, los problemas en casa era interminables, no me imagino como sobrevivía a ese infierno a diario, el tener que cargar con esos problemas a la universidad y escapar cuando podía de ese lugar. Eran épocas en las que papá salía mucho y no decía a dónde. Se desaparecía y volvía en la madrugada. El mensaje decía “Gonzalo- increíble que mi papá se llame igual a mí- tú no me puedes dar la estabilidad que yo estoy buscando. Necesito a alguien que pueda darme lo que yo deseo, la seguridad que anhelo en esta vida. De todas formas yo te amo.” Al terminar de leer mi papá se acercó y yo me hice el despistado.
Esa era la tercera vez que Elizabeth se pronunciaba en mi familia, como siempre, derrumbándome por completo.
Esa noche, como si fuera un huérfano o un inválido social, mis tíos nos acobijaron para pasar la navidad. Ningún regalo me hizo sentir nada especial, ni si quiera el libro que tanto había deseado. Y para cuando papá llamó para saludarme, no quise atender la llamada porque yo soy así y no veo nada de malo en tener un fragmento de dignidad en la cabeza, la suficiente como para no volverte involucrar con las personas que te tocan el orgullo. Al igual que Alejandro, yo no iba a volver a hablarle, él podía hacerlo y yo quizá le responda algo, pero nunca más volvería a hacerlo sentir tan cercan a mí y por otro lado, Mónica pagaría con creces el  haberme jodido con mi mejor amigo, de eso también estaba seguro.
La hospitalización de mi papá duró una semana, mi hermana estuvo al lado de él todos los días y en las noches, ella me contaba que no dejaba de mencionarme, de que quería verme, pero yo no quería saber nada de él, es más, estaba seguro de que no quería hablar con él nunca más en mi vida. Sentí esa traición como una de las que, hasta ahora, no logró recobrarme por completo.
Pensándolo bien, a lo mejor ese lazo tan estrecho que había tenido con mi papá, se rompí el mismo día que se rompió el vínculo que tenía con mi mamá, no con Elizabeth, ambos sabemos que no es la única, que nunca fue la única, entre gitanos no vamos a leernos las manos, yo podía oler sus mentiras. Ese lazo se rompió en una escena parecida cuando yo tenía seis o siete años.
Pero mi mamá decidió no hacerle caso a papá y por eso se dedicó por completo a sus hijos (A Érika y a mí) a entregarnos el todo por el todo, a engreírnos por completo y con mi papá, solo limitarse a cumplir sus deberes de acompañante más por cuestiones de status quo que por convicción propia. Esto trajo todos los problemas, porque mi papá empezó a sentirse replegado, a sentirse aislado, por más que yo, en las noches, me acercaba a él, empezó a protestar de una manera indirecta, pensando que yo le robaba su papel de engreído.
La decepción inconsciente que sentí por él fue tan grande, que hasta ahora me persigue, siempre encuentro un defecto en sus actitudes, en sus opiniones y por lo general, encontrarme con esos errores son el darme cuenta de que esa decepción hasta ahora me atormenta, hasta ahora me deja atónito saber que en algún momento pude haber terminado como él. No solo creo que nos separamos, creo que empecé a odiar su vida, me siento tranquilo de no haber sido un militar ¿Habría sido igual que él?
Empezaron los golpes, los odios, las diferencias y por último, la indiferencia. En mis últimos años de la secundaria, detestaba mi dedicación continua a los libros y al escribir desenfrenadamente, cosa que, en público, decía sentirse orgulloso de eso. Se enervaba al escucharme decir que yo quería estudiar literatura, e incluso, ya en mis años cuando me preparaba para ser estudiante de letras, amenazó con denunciarme para quitarme los estudios porque yo ya era mayor de edad y no quería estudiar. Para esa época, lamentablemente yo no quería ser el Ingeniero que el tanto añoraba.
Siempre se burlaba de mis opiniones, de mi posición frente a lo que opinaba, cosa que algunos tíos celebraban con admiración. Y ver que sus amigos quedaban admirados de lo que yo creía, lo que hacía y opinaba, le fastidiaba demasiado y solo tenía como recurso, darme la razón y reírse, pero en el fondo no lo quería hacer.
No sé cuánto tiempo duró las réplicas emocionales y no quiero volver a pensar en ese infierno donde lo veía a mi padre con sentimiento encontrados ¿Sería dueño de un pasado terrible? ¿Los suficientes traumas como para ser la bestia que era ahora? ME dolía sentir pena y odio por ese personaje que era mi padre y que tenía la necesidad de ir corriendo tras él para disculparlo y decirle todos los “Te amo” que nunca me atreví a decirle. Pero ese mismo hombre es el que se olvidó de su familia y no merecía ni el más mínimo respeto de mi parte ¡Qué difícil era convivir con eso! Y por eso siempre prefería la calle, los amigos, la diversión banal que tanto cubría momentáneamente los vacíos que se iban formando en mi vida. Sí, momentáneos, porque todas las noches tenía que volver a cas y enfrentarme conmigo mismo en ese sentimiento amor-odio-pena con lo que desgraciadamente me tocaba vivir.
Pero no le bastó estrellar el carro, hacernos quedar en ridículo, tenía que estropearnos por completo ¿La venganza indirecta para hacernos doler lo que él habría sufrido? ¡Quién sabe! Lo cierto es que esa maldita tarde tuve que ver el celular de Elizabeth en el auto de papá y cuando se lo quité de un solo tirón, vi el nombre de ella en la pantalla ¿Por qué tendría el celular de ella? Era obvio, se seguían viendo y estallé y empecé a gritar, mi mamá también entendió todo y cuando llegamos a casa, vi cómo sacó sus cosas de la casa y en ese preciso momento me daba cuenta que no tenía familia, solo podía amar y encargarme de dos mujeres, mi mamá y mi hermana, punto final, no había nadie más por quién preocuparme y entregar todo lo que tenía para dar. De repente ya tenía que asumir responsabilidades que antes me eran indiferentes y ahora entendía que solo había un hombre en la casa ¿Acaso los momentos tan cruciales hacen que uno saque lo mejor de sí mismo? ¿O es solo un instinto salvaje de supervivencia? A lo mejor lo segundo es lo más probable, quizá todo se daba de esa forma porque no quería morir ahogado en mi propia desesperación, en el terror al que siempre le había temido, no ver a mi familia junta.
Si alguien tenía que asumir el papel de fuerte, era yo y tragarme mi febrilidad, tirarla a un costado o metérmela al bolsillo y poner esa actitud de tipo duro, diciendo que todo estaba bien , que no se preocupen por mi y que en el fondo quería saltar al vacío y olvidarme de todo. Pero no, tenía que esbozar la sonrisa todas las mañanas y salir de mi habitación con una energía fulminante que hiciera entender a mi hermana y a mi mamá que aún estábamos vivos, que seguíamos juntos y sólo era cuestión de seguir adelante. Me empecé a esforzar en la universidad y procuraba quedarme en familia los fines de semana mirando películas juntos o conversando. Moví toda mi voluntad y capacidad para que nada se desmorone, es como ser un malabarista, tratando de obtener el equilibrio de algo que está a punto de desmoronarse, era todo un sacrificio humano para mí, porque en el fondo, muy en el fondo, entraba solo a mi cuarto y antes de dormir me atacaba la tristeza, todo lo que trataba de ocultar en mi día a día. Siempre dije que estábamos solos y no debíamos de estar mal por eso, porque lo único que importaba era estar con la frente en alto porque para los arequipeños el tema del orgullo es fundamental y trascendental, quien no lo tiene, no pertenece a esta casta, la cosas era muy simple.
Pero yo no contaba con las traiciones de Mónica y como no soy de acero, se agotó la fuerza, se terminó el tipo duro y ya no había energía. Se acabó el agua mansa y empecé a irme cuesta abajo, ya nada podía remediar, se me era imposible lidiar con todo junto y el mundo entero se me venía encima. Dos golpes tan fuertes me devolvieron a la realidad y entendí que era menos fuerte de lo que creía.

abril 16, 2013

Alegrías, nunca más


15

Bajé del avión y sentía cómo el sol radiaba en todo mi rostro y algunos rayos lograban filtrarse sobre mis lentes oscuros. Di un largo respiro y el aire estaba fresco, limpio. Sin duda, estaba en Arequipa, eso ni dudarlo.
Me demoré un poco en lo de mi equipaje, tomé un taxi que me llevara lo más pronto posible a Yanahuara, a la casa de mis abuelos y en el camino llamé a mi primo, Daniel, que haciendo las sumas y restas respectivas del caso, era el primo con el que tenía el vínculo más cercano y continuo en Arequipa.  Cuando lo conocí, él era muy tranquilo y yo lo suficientemente rebelde como para haber escapado de una universidad para vagar un verano entero antes de decidir lo que en realidad quería hacer con mi vida. Pero, Daniel era el tipo con más clase que había conocido en mi vida, pintaba increíble aunque nunca fue a una escuela de arte, leía, llegó a escribir para El Comercio haciendo algunos trabajos de periodismo y, sobre todo, sabía conversar y casi siempre coincidíamos en poco. Y este viaje, no iba a ser la excepción para no verlo.
Por lo general, nuestras noche eran simples, íbamos al Café y Vinos, un bar que quedaba en el segundo piso de Los Claustros de la Compañía,  donde los dueños eran muy buenos amigos de Daniel. Pedíamos una mesa y entre conversaciones que no tenían fin, desfilaban, por la mesa, interminables cafés irlandeses humeantes en la terraza del bar.
Aprendí, de él, a ser un poco más reservado, a comportarme a la altura de cada situación y nunca perder los papeles. Y, me parece, que él aprendió, de mí, a ser un poco más suelto, más atrevido y lo demostró la primera vez que fi a su casa tres años antes, cuando nos escapábamos a hurtadillas a medianoche para pegarnos una borrachera con sus amigos y amigas, algo que nunca se hubiera atrevido a hacerlo antes. Pero no nos percatamos de que hacer demasiada bulla tan cerca de la casa, despertaría a su mamá y que, al revisar nuestras habitaciones, estarían vacías y se darían cuenta de que nosotros éramos los que estábamos afuera de la casa, felices, tomando ron barato con Coca Cola. Obviamente, nos resondraron y nos mandaron a cada uno a su habitación. Pero al final, antes de cerrar mi puerta, escuché “¿Eso es lo que aprendes de Gonzalo?” y si alguna fama tenía que llevarme de esa casa, sin lugar a dudas, sería la de la mala influencia de Daniel. Al día siguiente, con toda la vergüenza de haber hecho del hijo ejemplar un malandrín, tomé el primer vuelo que me regresara a Lima.
Pero ya habían pasado tres años y, mal que mal, mis tías siempre me llamaban para fechas especiales o para, simplemente, saber cómo estaba. Eso sólo me hacía entender que tenían cierto aprecio por mí y siempre estuve agradecido por eso.
A los veinte minutos ya estaba en Yanahuara. La casa de mis abuelos era mágica, entre lo rústica y tradicional, siempre estuvo llena de misterios e historias, no en vano había pasado poco más de ochenta años sin derrumbarse. Siempre me gustó estar ahí, desde que era niño, nunca dejé de asombrarme con todo lo que podía encontrar para jugar en esa casa y mis miedo más grande a un sótano donde mis tíos se encargaron de introducirme un miedo letal contándome historias de calaveras y fantasmas.
Pagué el taxi, tomé mi maleta y bajé del carro. Entré por la puerta del callejón que quedaba en el ala derecha de la casa y que siempre estaba abierta a esas horas de la mañana, caminé veinte metros y di con el patio central, reconocí a mi primo menor jugando con unos cochecitos, pero era natural que no se acordara de mí, así que me vio con cara de susto y fue al comedor-cocina que quedaba en el jardín de la casa donde un árbol de tumbo daba la sombra necesaria. Lo seguí,  vi cómo se escondía detrás de la abuela que estaba en el comedor-cocina, la abuela le preguntó de qué se escondía y mi primo me señaló, la abuela me entregó una mirada que se formaba en sonrisa, con las pupilas dilatadas y me saludó como siempre saluda, extendiendo el “Hola” de esa forma tan arequipeña de hacer y abrazándome fuerte. A los poco segundos apareció el abuelo, curioso de saber quién había llegado y me saludó con su infaltable “¿Qué tal pues, Don Gonzalo?” también, de esa forma en como hablan en Arequipa, alargando unas vocales y acortando en otras o viceversa, lo necesario para que la primera impresión de cualquiera, diga que los arequipeños hablando cantando. Y sí, efectivamente, no haber vuelto a al lugar donde nací, es tener que reconocer esa manerita de hablar tan particular.
El sol de Arequipa irradia una energía fulminante en la ciudad y no es raro apreciar la belleza en cada detalle con tal luminosidad, el caso de mis abuelos, es su mítica casa, cuna de las travesuras de todos y cada uno de los nietos, donde siempre disfrutamos, todosla compañía y la generosidad de la abuela. Era una mujer que sonreía sin quererlo, un sombrero con el que relucíatoda su belleza y un delantal que le daba ese tono maternal. Concentraba, en su expresión, esa fuerza de una mujer luchadora y una bondad que siempre la caracterizó
Yo tenía la costumbre de sentarme en la mesa del comedor-cocina del jardín y verla preparar el almuerzo, porque era todo un espectáculo escuchar cómo tarareaba una canción y, entre tanto y tanto, te ofrecía todo lo que encontraba en su arsenal culinario.
El abuelo, en cambio, es una persona diferente, pero no por eso deja de ser espectacular. Sabe todo de todo y ama sostener una conversación interesante. Es arquitecto, pero siempre me gustó decir que es un artista plástico porque eso es lo que es a ciencia cierta, un hombre capaz de hacer magia con las manos, tiene una exposición de sus cuadros que recolectó un centro financiero en Arequipa, él fue quien hizo el escudo de Arequipa en el aeropuerto y otros trabajos que se exponen en la catedral o en cualquier otro centro histórico cultura. Siempre me presta libros que termina regalándomelos porque le gusta llegar a Lima y reconocer en mi librero, los libros que me regaló. Lo sé muy bien porque vi cómo se emocionó cuando halló el poemario de César Atahualpa Yupanqui  que le hizo a Arequipa, toda una joya milenaria en mi librero.
Almorcé con los abuelos, mintiendo de que en casa todo estaba bien, que todo seguía igual que siempre y no creo que no hice mal en mentir ¿Qué hubiera sido decirle la verdad? Era destrozarlos, decirles que hubo una separación, que todos nos sentíamos mal. No, los abuelos ya no estaban para escuchar esas noticias, pero no solo era por eso que no quería contárselos, era porque regresar a Arequipa, en cuestión de segundos me llenó de esperanza de que todo volvería a estar bien, un pequeño presentimiento me lo dijo, una intuición que había perdido al abandonar a mi familia por mis problemas personales, por ser muy egoísta.
Terminamos de almorzar y en la tarde me encontré con Daniel, fuimos a visitar a mis tías que me saludaron con mucho cariño y también tuve que mentir diciendo que todo estaba bastante bien. Por suerte solo era un saludo casual, con Daniel fuimos al mismo café-bar de siempre a conversar.
-Terminé con Mónica.- dije en un ataque de sinceridad.- No sé si hice bien, pero me parece que está destrozada.
-¿Y tú cómo te sientes?- dijo Daniel, dándole un sorbo largo al irlandés.
Recordé que terminé de un modo abrupto, antes de viajar fui a su casa y le dijo que tenía algo importante que decirle. Salimos a un parque y se lo dije sin anestesia, las cosas no funcionaban, no valía la pena continuar porque yo estaba hecho un desastre emocional y no era el momento para tener que cargar con una relación. Lloró mucho y me pidió que no lo haga, porque ella me quería y que podemos superar todo juntos. Pero, no, Mónica, no iba dar mi brazo a torcer. Me dolió también, y sin embargo, era lo mejor.
-La verdad no lo sé, estoy tan acostumbrado a todo de ella, pero no es justo que yo sea tan… tan desgraciado.
-Dime, Gonzalo ¿Por qué fueron enamorados?
-Supongo que es lo que debíamos de ser, no sé, sin serlo ya lo éramos.
-No, Gonzalo, no tenías derecho. No la amas, no lo quieres lo necesario como para respetarla como se debe. Y mira lo que has hecho, no solo ella terminó mal.
No era la primera vez que me lo decían, Jorge me dijo lo mismo y hasta alguna amiga de Mónica también. Cambiamos de tema, ambos sabíamos que esa conversación no era lo principal. Sin duda, Daniel era el único primo con el que congeniaba de esa manera.
No nos quedamos hasta tarde como creíamos que lo haríamos, solo dos tazas y nos despedimos. Mis abuelos tenían una regla estricta con la hora de llegar a casa, tomar el té y dormir.
Como cada visita que hacía a Arequipa, siempre voy al Club Internacional a nadar un par de horas a la piscina. Entonces, como dormí temprano, me desperté temprano. Desayuné algo ligero con los abuelos, me alisté y al rato ya estaba camino rumbo al Club.
La recta de la calle Cuesta del Ángel bordea los dos parques que hay en Yanahuara, cruzando el colegio Champagnat, la pequeña Iglesia y, lógicamente, el famoso mirador de Yanahuara. El camino de la calle da a una bajada tosca que, después, mientras me voy perdiendo por esas callejuelas catetas, picanterías y las casas de sillar, da, de nuevo a otra bajada menos tosca esta vez que hace ver toda la imponencia de la casa de los Ricketts, esta es la última bajada para llegar a un paraíso de árboles esbeltos, viejos y frondosos casi toda la temporada, que dan la bienvenida al Club Internacional. La belleza de ese camino, podría resumir lo que es Arequipa, una ciudad elegante, criolla, mística y clásica. Pero con la personalidad de un paraíso abierto a cualquiera.
Entré al club y me dirigí a la piscina donde me esperaban unas horas de nadar y mucha vitalidad. Al abrir la puerta, una chica me miró y sonriendo dijo “Dale, pasa” entre coquetería y yo le pedí uqe, por favor, ella lo haga primero. Me agradeció sin perder la sonrisa y yo me contenté por esa simpatía que irradiaba.
Nadé dos horas, la piscina estaba casi vacía, lo cual, también, me daba la suficiente libertad para bucear de tanto en tanto y para cuando salí de la piscina, volví a ver a la chica de la puerta sentada en la tribuna central tomando una botella de agua. Me volvió a sonreír y me acerqué con un poco de miedo, me pareció reconocer que era mayor que yo.
-¿Y cómo te llamas?
-Galy ¿Y tú?
Y si algo sabía de ese viaje, es que Arequipa solo sería un punto de pasada, mi primer paradero a una aventura que la presentía, que sabía que me iba a llevar lo más lejos posible, y todo esto lo iba pensando una semana después, cuando me vi manejando la camioneta de Galy a ciento cincuenta kilómetros por hora, saliendo de Arequipa para darnos una escapada de fin de semana a Cuzco.
Tenía veintisiete años, una carrera de contabilidad que le daba el gusto de viajar continuamente y una forma tan adulta de ser que me sacaba de mis cabales, en definitiva, la vida que mis padres hubieran querido para mí y ella se reía exactamente de eso, de lo irónico que funcionaba mi vida en relación a la suya, porque ella estudió sin pensarlo tanto y terminó la carrera en un abrir y cerrar de ojos y ahora trabajaba, viviendo en aeropuertos y quizá pro eso trataba de escapar con un veinteañero primerizo que todo lo veía una escapada de las porquerías que le tocaba vivir.
Me parece saber por qué nos llevábamos tan bien, yo era el joven irresponsable y ella la mujer sensata por lo que yo recurría a ella para que, entre conversaciones, me devuelva los pies a la tierra y yo la divierta contándole mis historias.
Llegamos a un hotel cerca a la Plaza de Armas, dormimos juntos para recuperar horas de sueño y a las horas fuimos a almorzar a un restaurante. Existe un café bellísimo El Ayllu, la magia de tomar un café o alguna infusión en un lugar impecable, de esos que, cuando te sientas cerca a la ventana, ves un Cuzco rutinario, ese encanto de poder ver como Cuzco de desenvuelve por sí sola, su gente y los turistas transforman a la ciudad en una gama de tierra de viajeros donde no importa de dónde vengas, solo importa lo que deseas hacer.
No fuimos a Machu Picchu, ni museos, y menos a recorridos culturales ¿Para qué? Si ambos ya conocíamos ese Cuzco de portada de revista turística. Nosotros ya no queríamos conocer más, queríamos tener recuerdos impregnados en esa ciudad, nada más.
Por eso desde la primera noche, en el hotel nos alistamos para ir a alguna discoteca a bailar o a un bar a conversar, lo que fuera. Solo queríamos estar juntos, inmortalizar ese viaje como lo que era, la huida de dos locos, la huida de nuestros pasados. Todas las noches llegábamos al hotel ebrios al filo de la madrugada, muertos de risa a recostarnos en nuestra habitación matrimonial tres plazas y media, baño privado y servicio a la habitación las veinticuatro horas, cortesía de la empresa en que Galy trabajaba. Por su puesto, hacíamos el amor, sin dejar de reír, porque eso era nuestra relación, una locura de la que solo nos quedaba reírnos mientras duraba, antes de que el final, que tanto se acercaba, nos devolviera a la realidad de un solo golpe.
Nunca le pregunté si tenía enamorado o pareja, era la mejor forma de llevar las cosas. A veces ella se desaparecía por una hora o un poco más a hacer llamadas de trabajo y aunque dudaba, no la cuestionaba. Yo ya estaba soltero y en esos momentos llamaba a mi primo Daniel o al buen amigo Jorge, ambos eran versiones distintas de la consciencia de debería de tener y no tenía.
-¿Veintisiete años?- dijo Daniel, casi escandalizado.
-Lo sé, pero al estoy pasando bien.
-Bueno, ya ve como lo sobrellevas, pero solo ten en cuenta algo, A esa edad las mujeres buscando algo totalmente diferente a lo que tu buscas, créeme, ya no están para perder el tiempo.
Me quedé pensando unos segundos y di en que guardaba mucha lógica lo que me decía Daniel.
-Bueno – dije cambiando de tema- solo te llamaba para contarte que volveré a Arequipa en unos días, Lucié me dijo que puedo quedarme en la casa de ella y su enamorado. Te llamo en cuanto llegue.
-Disfrútalo mientras dure, maricón.- dijo y colgó. Yo solté una carcajada larga porque el vínculo entre mi primo y yo era un maltrato machista continuo donde el que se pica, obviamente, pierde.
Volví a pensar en lo que dijo, Galy no estaba para perder el tiempo y a pesar de eso, ella nunca me hizo sentir incómodo. Me sentía muy querido por ella y yo correspondía ese cariño. Se había comportado tan linda, ella, en cada momento, me despertaba con un beso en la mañana y saltaba a la ducha, cuando a mí me costaba despertarme, yo mismo me tenía que sobre exigir el despertarme para que no vea que era tan flojo, prendía la televisión y ponía hasta cinco alarmas consecutivas en el celular. Y luego ella llegaba, en toalla, con el cabello mojado a echarme gotitas en la cara “Ya levántate, dormilón” me decía muy cariñosa.
Organizaba el día como quería, yo iba a donde ella me decía que tenía que ir, simplemente me dejaba llevar por toda esa ola de energía.
Pero el último día fue diferente, a decir verdad, la última noche. No salimos a bailar o a perdernos entre los bares, saltando de uno a otro. Buscamos unos libros, almorzamos en el mismo hotel y caminamos juntos a esperar qué nos deparaba la tarde soleada de Cuzco. Para la noche llegamos abrazados con unas bolsas de compras y entramos a la habitación. Hicimos el amor más lento, más suave, una despedida perfecta. No dormimos en toda la noche y volvíamos a hacerlo una vez más y otra vez más, pero estas veces sin reír, como estábamos acostumbrados.
Antes de dormir la abracé, mientras me regalaba su espalda perfecta y fue que cometí el error más grande, hablar con mucha confianza a alguien que conocía apenas una semana.
-¿Está todo bien?- pregunté mientras mis manos rozaban su pecho desnudo.
-Sí, todo bien.
-Dime lo que desees, con confianza.
-Descansa, Gonzalo, mañana viajamos hasta Arequipa.
-Yo te diré lo que pienso.- Y empecé a irme de boca, como siempre yo, callaba cuando debía de decir y hablaba de más, mucho más, yéndome hasta el codo, cuando debería de estar bien callado. Lógico, solo tenía un paradero fijo el que siga hablando, arruinar todo. – A lo mejor tú buscas otra cosa, otro tipo de compromiso que yo no te puedo dar, tú sabes, a los veintisiete hasta yo tendría otro enfoque de lo que busco en una relación – para colmo, tenía que mentir y hacer algo de trabajo altruista poniéndome en su posición para hacerme el comprensible.- verás, eres una mujer increíble y tú mereces algo mejor que un chico que no sabe bien lo que hace escapando de todo lo que lo aturde. Te lo digo porque es posible que encuentres a alguien y yo no quiero ser un freno para ti. Solo quiero que sepas que también quiero que seas feliz- pensándolo bien, nunca fui tan buen actor como siempre creí que era.
Esperaba la compasión, como si por arte de magia Galy se abriera por completo y entienda que siendo más joven que ella, solo eso significaba una aventurilla. Pero siendo más lógico, Galy tenía veintisiete, era obvio que sabía lo que éramos y no iba a ponerse a discutir con un niño lo que ella ya tenía que saber a esa edad. No era un compromiso, naturalmente, yo lo sabía, pero a lo mejor no estaba seguro de que ella lo entendiera así, es por eso que lo hice, para cerciorarme de que todo esté bajo control. Pero el tiro salió por la culata por no saber que ella también entendía y ponerme a dar explicaciones que estaba tan acostumbrado a dar a chicas de mi edad que eran todo lo opuesto a esta mujer hecha y derecha que tenía en frente mío.
-Gonzalo, no hables más, solo duerme.- me calló y yo, entre sorprendido y sin entender, volví a mi almohada comprendiendo todo eso que debí de comprender antes de abrir la boca.
Como era de esperarse, el regreso a Arequipa fue un infierno de silencio que duró, cuento menos, doce horas. Galy no me miró a los ojos ni siquiera cuando paramos a comer.
Llegamos a Arequipa y estacioné la camioneta en la casa de Lucié, mi hermana por el primer matrimonio de mi papá, quise decir algo porque sentí que ya nada podía estar peor. Pero, lo pensé bien y entendí que era mejor solo despedirme como nos dijimos adiós en aquella piscina que nos conocimos, besándonos en la ducha de mujeres, diciéndome “llámame”.
Nunca más la volví a ver.


abril 02, 2013

Alegrías, nunca más

14


Pero ¿Qué es lo que había pasado, exactamente, entre Mónica y Alejandro? Yo solo había escuchado rumores. Pero fue Mónica quién me dijo la verdad.
Una mañana me desperté sudando frio, asustado y temblando. Debieron de haber sido las cinco o seis de la mañana y sentí que había tenido el sueño más real.
Estaba caminando de la mano con Mónica ¿En Barranco? ¿Acaso Miraflores? ¿Por La Molina? Las calles se confundían unas con otras y de momentos todo estaba salpicado por espasmos, risas ligeras que se confundían con rumores que no lograba identificar. Me preguntaba si todo estaba rondando en el ambiente o todo sucedía dentro de mi cabeza. Estaba realmente confundido.
Mónica, a mi costado, caminaba cabizbaja, en silencio mientras yo miraba a un lado y otro, buscando el origen de las vibraciones que sucumbían mi cabeza. Nunca la había notado tan triste.
Entonces me mira fijo y está llorando ¿Por qué? No entendía nada y me abraza con fuerza, el barullo general sigue incomodándome como un vértigo continuo que debo soportar. Quiero decirle algo a Mónica, que todo va a estar bien, que yo la voy a cuidar porque la noto muy débil. Quiero abrazarla y acogerla en mi pecho hasta que se calme. Pero no puedo, no puedo articular nada. Existe un divorcio entre mi cuerpo y mi mente, una autonomía indiferente y solo soy un espectador en primera persona de aquel cuerpo que, empiezo a entender, no me pertenece.
-Lo extraño- Ha dicho Mónica.
-Olvídate de él, ya debe de estar con otra- Digo riendo y me desespero, porque, en definitiva, yo no diría eso, ni en el peor de lo casos.
¿Qué clase de desgraciado sería capaz de decir esto que acabo de pronunciar contra mi voluntad? Y ahora me acerco a Mónica y ella me mira. Estamos muy de cerca y percibo la mirada crítica que se mezcla con el tono tosco del entorno, sobre exigido.
Y la estoy besando, y ella me besa con fuerza, entre sus lágrimas que no dejan de caer, su legua se sumerge en mi boca que la recibe y también la acaricio con mi propia lengua. La tomo de la cintura para seguir besándola con más fuerza y la llevo a la pared y ella se deja llevar. Sí, Mónica, pienso, yo voy a estar a tu lado y velar por tu seguridad. Porque eres mi enamorada y yo me voy a encargar de ti. No llores, por favor.
Un gato negro pasa y nos separamos. No vuelve a mirarme y veo una ventana en la que puedo lograr reconocerme. Me toma un par de segundos salir de la perplejidad de la escena que veo. Soy Alejandro, sonriendo, sonriendo sin parar. Y entiendo que esa sonrisa que veo en el reflejo es la misma sonrisa que esbozaría Alejandro al saber que había cobrado su vil venganza.
Me desperté sudando frio y no volví a conciliar el sueño. Era tan temprano que sabía que no podría llamar a Mónica porque lo único que debía de hacer en ese caso era sacarme la duda de una vez por todas. Porque todo parece lógico, Alejandro solo sería capaz de una sola cosa cuando vio a María Fernanda besándome en la banqueta de Barranco. Cobrar venganza.
Y sería fácil de adivinar su blanco, la estocada letal. Mónica era mi único punto débil, y no asumo la debilidad en parte mía, sino que, estoy seguro, Alejandro entendería la debilidad como Mónica y su facilidad para caer rendida en lo labio de cualquier otro.
No me extrañaba que Alejandro en algún momento haría eso, hasta lo sentía lo más natural por todo lo que fue haciendo a lo largo de nuestra amistad. Las cosas que le contó a Eliana cuando rompimos y las mentiras que inventó a Rosa para que nuestra relación acabara.
Lo conocí en el colegio, era el más majadero del salón, nunca estaba tranquilo y nos hicimos buenos amigos por esa facilidad que tengo de atraer a las malas amistades. Aunque nuestra amistad iba a ser inevitable, la tutora apresuró el vínculo sentándolo a mi costado y en la última fila. Desde entonces, éramos los francotiradores desde esa posición, planeábamos cada desmadre que de tan solo pensar en las consecuencias nos doblábamos de la risa. Ya era la primera semana a mi costado y ya teníamos los nuevos apodos a cada profesor. Siempre éramos así, llegábamos bien peinaditos al colegio en primero de secundaria y a los tres minutos de habernos marcado la asistencia en la agenda (si es que no llegábamos tarde) la camisa afuera, el cabello revuelto, colorados de la risa y con las pupilas dilatas, extasiados de haber hecho dibujos terribles en las carpetas, en los baños de mujeres o varones, no teníamos límites.
Destrozamos mochilas de compañeros, hicimos resbalar a un profesor, robamos dulces de Doña Emilia la encargada del quiosco, le pegamos chicle al cabello de una amiga, jugábamos a quién escupía más lejos y con mayor acierto. Él era el campeón, era capaz de mandar un gargajo en el ojo a tres metros, lo digo porque lo demostró cuando el sobón de Orlando quería acusarnos por haberle metido su mochila en el inodoro y tirar de la cadena. Alejandro lo miró y blanco exacto.
Ya en cuarto de secundaria nos escapábamos a fumar a Miraflores, a escondidas porque nuestras caras aparentaban menor edad a la que en realidad teníamos. A veces él llamaba a algunas amigas que nos acompañaban y entre bromas y bromas armábamos parejitas de fin de semana. Así éramos, muy unidos, se encargó de presentarme a todas sus amigas para elegir con quien saldría y con quién no. Y, en el salón, donde a pesar de que no nos sentaron juntos, ni atrás. Sacamos a Orlando a patadas y lo mandamos a primera filar para sentarnos juntos pegado a la ventana hablando de chicas.
Semanas antes de acabar el colegio, ya nos tranquilizamos y yo estuve con enamorada, que por cierto él se encargó de presentármela y para hacer parejitas, como de costumbre, él se buscó a una chica para ser un cuarteto con el que andaríamos juntos todo el verano antes de entrar a la universidad.
Fue el mejor verano de mi vida, desde el año nuevo hasta el inicio de clases, estaba al lado de mi novia de arriba abajo, Alejandro era un poco más informal, pero con Mili nos acompañaban a Miraflores a tomar un café, a caminar por el malecón, ir al cine o matar el rato a los videojuegos. Y cuando dejábamos a las chicas a sus casas, íbamos al billar que frecuentábamos desde que estábamos en cuarto de secundaria. Pedíamos unas cervezas y jugábamos tranquilos, sin las ganas de alocarnos como cuando estábamos en el colegio, donde ya se nos hubiera ocurrido ir a buscar a Andrea que vivía cerca al billar y que la saque a su prima también para hacer parejitas como en los buenos tiempos. No, ya no, ahora solo disfrutábamos del calor nocturno del verano limeño,  que nos dejaba caminar fumando con sandalias, bermudas y polos con cuello abierto.
Pensándolo bien, creo que Alejandro era mi extensión de personalidad, yo sabía que él era capaz de hacer más locuras, no por mandado, puede que por llamar la atención, pero porque simplemente era un desvergonzado. Y mi mente se llenaba de cada idea realmente macabra que contársela a Alejandro para que ponga en marcha todo, era sentirme tranquilo de expresar todo lo que ideaba mi cabeza degenerada. Entonces éramos la pareja perfecta, el autor intelectual y el criminal.
No faltaron las chicas a las que, ambos, les robamos besos a la volada y en vez de amargarnos el uno con el otro, nos reímos porque nos sentíamos lo suficientemente hermanos como para hacernos problemas. Incluso en una fiesta en mi casa, mientras abordaba a una chica en mi habitación, pensé en que a Alejandro, quizá, le faltaba preservativos, abrí mi cajón, saqué un preservativo y fui a la otra habitación donde lo encontré desnudando a una chica. Me miró y me dijo que no lo jodiera, carajo, que si necesitaba hablar con él, lo podríamos hacer en otro momento. La desconocida ni se inmutó y yo no pedí perdón, le tiré el preservativo a Alejandro y le dije “Por si las moscas.” Cerré la puerta y escuché un gracias a lo lejos y yo volví a lo mio en con esa chica en mi habitación. A la mañana siguiente despertamos en mi sala, viendo televisión fumando marihuana con las desconocidas que, por cierto, nunca más volvimos a saber de ellas.
Pero si algo debo de haberme dado cuenta y dejar pasar por alto, es que en el fondo, siempre sentí un poco de envidia de su parte. Era en las épocas en que tenía una familia muy funcional, se sentía un buen clima hogareño, tenía una novia que era amada por mis padres, estaba en una universidad importante, hasta había sacado licencia de conducir y algunas veces me daban el carro. En su casa también me quería su mamá, su papá un par de veces nos dio el Tercel blanco que lo bautizamos como “El parrandero” lo íbamos a correr al sur y yo batía mis records de velocidad, algo a lo que él no se atrevía.
Las chicas se acercaban con un poco más de confianza porque se me hacía fácil pintar un mundo de colores en cinco minutos y de hecho, la tarde que conocimos a un grupo de amigas de Alejandro, yo me pasé toda la tarde y noche rodeado de esas tres chicas que me escuchaban, hipnotizadas, de lo que hablaba.  En una borrachera de perros que nos dimos en su casa, después de regresar del burdel, me miró un poco amargo y me dijo que yo tenía algo que él no podía, yo sabía enamorar y que el solo sabía coquetear.  Y era cierto.
Mónica me mandó un mensaje de buenos días y la llamé al instante.
-Buenos días, amor ¿Cómo estás?
-Lo sé todo, no me vengas con estupideces y dime lo que pasó con Alejandro.
Me costó dos horas seguidas de un bombardeo de patrañas que inventé para que ella lo aceptara. Me estaba jugándolas todas, a lo mejor me equivocaba, pero mi instinto me decía que no estaba errando y era el mismo instinto el que Alejandro tenía para sospechar cuando muchas veces, yo era más desenfrenado que él.
Después de esa guerra de mentiras y artificios para que Mónica diga la verdad, por fin lo confesó.
Colgué el teléfono y lo tiré contra la pared y vi como estallaba mientras unas lágrimas volvían a salir una vez más. Me tiré en mi cama y empecé a llorar con todas mis fuerzas, no tenía noción ni del tiempo, ni del espacio, solo lloraba porque era lo que se suponía que debía de hacer, no solo por Mónica, me preguntaba si yo también era el culpable de que papá se haya ido de la casa, si yo alejé a mi mamá, si yo era el culpable de que mi hermana se sienta tan mal por la separación. Pero lloraba, sobre todo porque me daba cuenta que mi hermana tenía a su enamorado, mi mamá a su hermana, ambas sabían a quién recurrir, pero ahora yo realmente estaba solo, perdido y sin saber qué hacer. Lloraba porque por primera vez sentía lo que es la soledad, porque a Jorge no le iba a contar todo, no ahora, suficiente con los problemas que él tenía que cargar.
No sé cuánto tiempo lloré, me amargué y cuánto tiempo me quedé dormido. Pero cuando me desperté solo atiné a una idea. Esto, todo esto,  debo de escribirlo, no para vengarme de nada ¿Acaso me vengaría contando mis porquerías y mis vergüenzas? Si no porque es un ajuste de cuentas conmigo mismo, porque me lo debo, porque ya era hora de sacarme esa máscara de tipo duro que me asienta tan bien y que no lo soy. Porque debería de entender que Mónica nunca me hizo sufrir por amor, o cualquier cosa parecida, si no porque me dio una punzada letal en el orgullo y después de las lagrimas que solté con tanta fuerza, con tanta gana, respiraba más hondo y más tranquilo, sentía una serenidad recorrer por mi cuerpo, desde el estómago hasta filtrarse por todo mi cuerpo y llegar a la cabeza.
Encendí mi computadora y empecé a escribir que nunca se me cruzó por la cabeza haber lidiado con el engaño y con toda la impotencia. Iba a contar desde la conversación que tuve con Jorge en ese bar y el regreso de Diana. Iba a contarlo sin alguna barrera, sin algún límite.
Y escribí, sin parar, hasta que dio la noche. 

marzo 19, 2013

Alegrías, nunca más


13

-No vayas a esa fiesta, por favor. – me pidió Diana esa sábado por la tarde.
-Pero es un viejo amigo, no puedo hacerle eso. – dije un poco extrañado.
Diana nunca había sido una de esas personas que te dice lo que debes o no hacer, nunca iba a negarme amistades o peor aún, nunca me negaría estar con mis buenos amigos una noche.
-Tengo un raro presentimiento, por favor, créeme.
Pero todo estaba claro, no iba a hacerle caso, sobre todo porque esas fiestas, después de la locura, llegaban las conversaciones que mantenía con Jorge.
Me despedí con un beso en la mejilla de Diana, aquella tarde solo caminamos por Barranco, curioseando entre bares y cafés, entrando a tienditas extrañas y finalmente, caminando cerca al mar. Su compañía era fácil de sostener y divertida de llevar con las conversaciones que no dejaba de sorprenderme. Sabía mucho de cine y teatro, me recomendaba tanas películas que terminaba por olvidarlo todo y a veces debía de llamarla para recordar los títulos y los directores que tanto repetía con exaltación. Diana era así, una metralleta para conversar, se emocionaba con lo que decía y una señal importante de saberlo era cuando conversaba levantando la mirada con una sonrisa de niña y gesticulando más de la cuenta. Sabía todo lo que debía de saber como para opinar quiénes podrían ganar el premio de la academia.
Llegué a mi casa a las ocho de la noche, listo para ducharme y cambiarme para ir a la fiesta. No me demoraría demasiado, escoger ropa no es difícil para mí, así que me daba tiempo para avanzar y encontrarme con Jorge.
Cuando salí del colegio, no pensé en volver a verle la cara a nadie, y eso, hasta cierto punto, me alegraba. No porque no me caía nadie o por ser un inadaptado social, lo que pasa es que siempre fui un apátrida a dónde iba, estuve en siete colegios en toda mi vida colegial, lo suficiente como para no terminar de involucrar demasiada amistad con nadie, pero lo suficiente como para vivir el relajo que comprendía el colegio.
El mejor grado fue cuarto de secundaria, antes de eso yo era un adolescente que montaba una patineta, que escuchaba la música que estaba de moda y jugaba fútbol todas las tardes en el parque que estaba cerca de casa. Pero en cuarto de secundaria llegó un profesor nuevo de Literatura, un profesor diferente entre todos los demás. Traía el cabello más largo de lo que debía y llevaba tan bien el curso, que dejaba a todo el salón hipnotizado cuando contaba las novelas de los escritores de las vanguardias que íbamos estudiando. Fue él quien, un día después de clases, nos quedamos conversando y me recomendó que leyera Demian de Herman Hesse y fue el gran cambio. Cada vez que alguien me pregunta en qué momento empecé a leer y a estar en este mundo, siempre lo atribuyo a ese libro, a tal punto que podría marcar mi vida en un antes y un después de leer a Herman Hesse.
Con Demian, luego llegó Sobre las ruedas y, finalmente, El lobo estepario. Libros que me dejaban desvelados y que leía con intensidad. Luego yo solo descubrí a Julio Ramón Ribeyro que me acompañó con el descubrimiento del Rock & Roll clásico.
Y ha sido una buena costumbre el leer en clases que poco o nada me importaban como Química, Álgebra o Trigonometría, quizá Física y Aritmética también. Pero en el curso que definitivamente iba preparado para leer por dos horas, era Biología.
Despertar la Literatura en mí, fue por fin hallarme dentro de un grupo, aunque en ese momento me sentía más solo que de costumbre. Por fin sentí lo que debía hacer, a lo que debería dedicarme. En el momento inesperado, encontré mi vocación. El problema fue que no supe moverme bien, lo suficiente como para cometer errores en mis elecciones.
Digo que fue hallarme en un grupo, ya que en quinto de secundaria conocí a Jorge porque encontré versos que él escribía en la última hoja de su cuaderno y empezó el vínculo que nunca se ha roto, escuchamos Fito Páez y él leía a Neruda y yo a Ribeyro. A los pocos días fue Yngrid quien me presentó a Alfredo Bryce y a Soda Stereo. Me sentía cómodo en algo que debía hacer.
El tutor me dijo que no tenía nada que ver con mis notas, pero tenía que ver con mi coeficiente intelectual, el que esté en el primer salón de estudios, porque realmente en ese salón era cola de León, y, en cambio, en el segundo yo era cabeza de ratón. Bueno, no cabeza, quizá cuello y con suerte, quizá, cadera.
Cuarto de secundaria también fue empezar a fumar a escondidas con el uniforme y en las reuniones salir al patio para que nadie nos viera. En ese momento le dabamos rienda suelta a conversar de lo que leíamos, de las películas que habíamos visto y las nuevas canciones que debíamos escuchar.
Jorge me unió a sus amigos, Freddy, Renzo, Diego y Ruben, con los cuales conformamos un sexteto inseparable. Todos los días de clase, a todas las horas, nos sentábamos los seis juntos, en carpetas de dos en dos y esperábamos el despiste del profesor para bromear o reírnos más de la cuenta.
Era por eso que debía de asistir a esa reunión, porque vería al resto del grupo con el que teníamos una fecha exacta para reunirnos, el cumpleaños de Freddy, que abría su casa para hacer una fiesta a todo dar. Su mamá, que con el tiempo sería una consejera para el resto del grupo, nos dejaba divertirnos en su casa. Incluso nos dejaba dormir ahí y a la mañana siguiente nos despertaba con café y un desayuno que no solo eran buenos para el cuerpo y la resaca, era la tertulia matutina para reconstruir los hechos de la noche anterior.
Llegué a la casa de Jorge, donde deberíamos encontrarnos todos y a quemarropa me preguntó.
-¿Sabe Mónica que Diana ha vuelto?
-No. – respondí, nervioso.
-Deberías de tener cuidado, no sé cuál es tu afán por meterte en problemas, pero de verdad deberías de elegir entre una de las dos. No me digas nada, porque sería tonto de tu parte que me digas que con Diana solo son amigos. Te conozco hace cinco años y en verdad también me preocupó verte mal por Mónica, pero ya déjate de tonteras ¿Ok? Es hora de que tomes las riendas de lo que piensas hacer. Diana y Mónica son diferentes, pero no le puedes hacer esto a ambas, tienes que escoger.
Toda la conversación se sostuvo tras esa última frase, yo no les podía hacer eso y era obvio tener que escoger, pero mi cabeza ya andaba hecha todo un tumulto.
A la media hora apareció el resto del grupo, de par en par, con lo que terminamos cambiando de conversación y poniéndonos al día. Es raro cómo trabajan las amistades largas y duraderas, sobre todo el hecho de reencontrarse después de varios años, donde vuelves a ver al grupo que te acompañó en la travesía del colegio. Lo divertido de la funcionalidad de las personas es que mientras pasan los minutos de las conversaciones, recuerdas que el que te caía mal, aún conserva esos pequeños detalles que detestabas de ese compañero. Recuerdas que, el más gracioso, aún conserva esa chispa que te entretenía con las ocurrencias en un momento aburrido de la clase. Esos pequeños fragmentos de la personalidad, que se asoman y te recuerdan las características de ellos, es lo que hace el vínculo más humano de la amistad, es un reflejo fugaz de un instante junto a ellos en el que te puedes reconocer.
A la hora llegamos a la casa de Freddy y la celebración estaba en todo su esplendor. La música a todo volumen, las parejas bailando, algunos conocidos esparcidos por un rincón u otro, la mesa llena de una variedad incalculable de tragos y nosotros éramos los reyes de la fiesta. Saludamos a la mamá de Freddy que, como si fuéramos hijos pródigos, nos recibía con alegría después de ausentarnos varios meses. Freddy era un buen amigo, diría yo que el más cuerdo entre los demás, su condición de hermano mayor irremediablemente lo volvió un tipo muy responsable a muy temprana edad. Siempre estuvo cerca al grupo, pero su presencia era la de una fantasma, era como si siempre estuviera, pero no estuviera. No ponía objeción a las ideas locas que poníamos para divertirnos, por el contrarío, se reía y daba rienda suelta a los disparates. Muy contrario a Diego, que era un poco más emotivo y romántico, lo he considerado mi hermano mayor desde que lo conocí por el simple hecho de que siempre me cuidó cuando desde que entré al colegio. Me llamaba para jugar fútbol junto a los demás y me presentaba a las faldas más simpáticas que se paseaban por los pasillos y los salones. Lo admiré desde que lo vi, su forma tan rígida de estudiar, su disciplina exasperante para atender la clase, tomar apuntes, repasar y hacer las tareas como si fuera algo tan simple y que a mí me daba flojera de tan solo pensarlo. En el fondo y en silencio, quizá lo envidiaba, pero fue un amigo tan generoso que ambos nos volvimos buenos amigos. Renzo y Rubén eran como el agua y el aceite a primera estancia, pero eran más amigos de lo que aparentaban no ser. Aún los recuerdo molestándose en el salón, Renzo fastidiándolo sin parar y Rubén teniendo una correa modesta riéndose, también, sin hacer ningún gesto de desagrado. Renzo era tan viril como el mismo lo podía decir, jugó de arquero para la división de menores de Club Universitario, desde ese momento hizo fibra su estructura muscular y yo lo sé muy bien porque una vez, entre bromas, un puñete me dejó sangrando. Renzo nunca iba a decir no si tenía que agarrase a trompadas con alguien, dentro de sus cabales, no estar en una pelea, era lo peor y exactamente por una pelea, fue que lo expulsaron de su anterior colegio y terminó entrando al nuestro. Rubén era más tranquilo, muy despreocupado, pero exageradamente inteligente, llevar el ser despistado e inteligente era una fórmula que la sabía llevar muy bien. Todos en el grupo predecíamos un futuro brillante, ya que acabaría la secundaria con quince años y sin dudarlo dos veces ingresó a ingeniería. La imagen que tengo grabada de Ruben, es la de él tosiendo gravemente tras sus primeros cigarrillos que compartía conmigo saliendo del instituto donde estudiábamos inglés.
Conversamos de todo, como era de esperar Freddy había cambiado de novia por cuarta vez, Diego se había ilusionado de una flaca que, por lo que nos contaban otros amigos, no era muy recomendable y, obviamente, Renzo seguía molestando a Rubén.
Toda la noche estuve cargada de risas, de recuerdos y de brindis consecutivos por los viejos tiempos, por el reencuentro, porque cada uno iba construyendo, a su modo, su propio futuro en lo que realmente le gustaba.
Y entonces apareció Claudia deslumbrado a toda la fiesta con su sonrisa coqueta. Todos me pasaban la voz “Ahí está, Gonzalo ¿No te acuerdas?” y sí, si algo debía de acordarme de Claudia, era de su forma agresiva de besar, destrozándome los labios inferiores de una forma tan sensual que terminaba revoloteándome los pantalones. Fue un par de años antes cuando Mónica estaba en Miami. Fue en una reunión de verano, de las que acostumbra a hacer Freddy para todos aquellos que, como yo, detesta las tardes en el sur. Esa noche bailamos, no hablamos y terminamos recostados en el sofá de la sala besándonos hasta quedar excitados por lo que queríamos que pase y no podía pasar.
Y ahí estaba ahora, sentada a mi costado, pidiéndome encendedor y preguntándome cómo me había estado yendo, que ya le habían contado que yo tenía enamorada y por favor, sírveme un poco más de whisky Gonzalito, que yo también estoy saliendo con un chico. Era como diez años mayor que ella, todos me contaban que se la veía llegando a su casa en una camioneta y que había estado muy desaparecida  ¿Entonces a qué había venido a la fiesta?
-Para verte pues, Gonzalo, no te hagas el loco, hermano. – Me decía Diego terminando su cerveza.
Y esa respuesta no estaba tan lejos de la realidad, quizá entre bromas Diego me estaba diciendo algo que había notado. Pero lo que no notaba, es que en verdad con Claudia, no iba a conversar más de cinco minutos. Así que nos dedicamos a llenar nuestros vasos con whisky o vodka, pero nadie recordó en qué momento ya estábamos tomando tequila y saltando en medio de la fiesta. En un momento nos miramos, sonrientes y nos quedamos algo pensativos ¿Qué podía decir en ese momento? Nada, porque ni siquiera se me ocurría decir nada cuando estábamos muy sobrios, porque Claudia siempre tuvo esa personalidad muy impactante, segura, es de esas personas que hacen temblar el piso y la actitud tan fuerte que todo el mundo voltea a verla cuando entraba a cualquier fiesta. Me abalancé a besarla con todo y ella también empezó a besarme. Todo el mundo estaba mirando esa escena que si bien seria  de lo más romántica, ninguno de los dos lo veía así.
-Vamos a otro lado. – Le dije.
-No. – Me dijo cortante y se fue al baño.
Yo ya estaba con los tragos en la cabeza y la seguí sin pensar en nada. En el trayecto Jorge me detuvo.
-¿Qué haces, imbécil? – Lo hizo casi empujándome.
Me miró con una desaprobación increíble y yo no le hice caso. Esquivé la mirada y fui detrás de Claudia y cuando salió del baño le cerré el paso la tomé de la cintura y la devolví adentro.
-¿Qué haces? – Dijo algo molesta, casi gritando y volví a besarla, pero esta vez me volvió a apartar.
-¿Qué sucede? – Le dije algo confundido.
-Mira Gonzalo, está mal, yo tengo enamorado y tú tienes enamorada.
-¿Y qué? ¿Acaso no te gusto? – Lo dije casi gritando, al borde de la histeria. La verdad solo me amargaba por una sola cosa, porque Claudia me recordaba toda esa actitud de Romina.
-Sí, me gustas, pero no está bien.
Fue suficiente, salí tirando la puerta con todas mis fuerzas y me fui a servir una copa más. Lo encontré a Diego y me preguntó qué tal me había ido con Claudia.
-Jodido y ¿Sabes qué? Que se joda también ¿Cómo se llama esa chica? – le dije señalando a una chica que de lejos parecía simpática.
-¿Te la presento?
No recuerdo cómo se llamaba y mi cabeza estaba tan fuera de sitio con lo que había pasado que ella pensó que era un idiota cuando por quinta vez le decía “¿Y qué estudias?” y ella se cansó de decirme que estudiaba derecho.
Pero la saqué a bailar y ella aceptó, y de repente, en medio del fulgor que significaba bailar con esta chica, Claudia me miro con una rabia tremenda, todos en la fiesta lo notaron y cuando volví a mirar a Diego, me hizo la señal y gesticulaba diciendo “¿Ya viste?”
Pero Claudia no era solo una mirada de rabia, Claudia era de armas tomar y efectivamente, me tomo del brazo y me devolvió al baño y empezó a besarme y besarme el cuello también. Ambos terminamos lo que teníamos pendiente en ese baño y cuando salimos, ya casi todos habían desaparecido. Claudia no hizo ningún gesto de vergüenza, es más, ni siquiera miró a ninguno de mis amigos. Yo me sorprendí cuando vi a Santiago con todos los demás, sentado, brindando y conversando. No lo había visto llegar y me emocioné porque Santiago fue un buen amigo del colegio y quizá ¿Por qué no? En un momento el mejor que tenía. Así que lo saludé con mucha efusividad y de forma apurada porque debía de acompañar a Claudia a que tomara un taxi.
No hablamos en el camino, se despidió como me saludó, algo coqueta y desinteresada. No debíamos de intercambiar números, ambos conocíamos nuestra posición.
Volví a la casa de Freddy fumando tranquilo, Mónica me había llamado antes de todo y luego me llamó de otro número diciéndome que se le había perdido su celular y que ya hablaríamos después, lo cual me daba mucha tranquilidad.
Entré y volví a abrazar a Santiago, un vaso con whisky para mí apareció como por arte de magia en mi mano y empezamos a recordar todo de nuevo. Solo quedábamos el sexteto de siempre y Santiago.
-¿Alguien sabe algo de Alejandro? – Dijo Santiago y se me erizó el cuerpo. Volví a pensar en Mónica y Alejandro, otra vez las nauseas volvieron a mí.
Por suerte nadie respondió, y yo no quería opinar nada, ya bastante era que tener que cargar con esa traición como para querer compartirla. No, ni hablar, no iba a contar nada para luego ponerme triste y hacer el ridículo. Todo el grupo sabía algo, yo no me enamoraba tan fácil, yo no sufría por ninguna mujer y yo no rendía cuentas a nadie. Pero fue el mismo Santiago que soltó la frase que puso en duda todo el mito que había detrás de mí.
-¿Es cierto lo que dicen, Gonzalo? Por ahí escuché que se besó con tu enamorada.
-¿Qué hablas? Idiota ¿Quién te ha dicho eso?
-¡Cálmate! No pasa nada Santiago. Aparte ¿Cuál es el problema? Es solo una flaca, no debes de ponerte tan agresivo por una tontería.
Y no aguanté, me paré, lo tomé de las solapas y lo mandé al piso de un solo empujón. Me arrojé contra él y empecé a darle de a puños en la cara. Uno, dos, tres y sentía su cabeza dar un golpe seco contra el suelo, cuatro, cinco y estaba seguro que no iba a parar y veía como le había reventado la ceja en un tirón y me acordaba que Santiago era uno de mis mejores amigos en el colegio ¡Santiaguito! Con quien caminábamos juntos con un par de Coca Colas rumbo a nuestras casas, porque vivíamos relativamente cerca y porque yo lo escuchaba cómo me hablaba de esa chica que tanto le gustaba. Seis, siete y sentí a todo el mundo acercarse y separarme de Santiago.
Jorge me trataba de tranquilizar mientras me ponían hielo en el puño y Santiago era atendido en el baño. Cuando salió me miró a los ojos y me dijo:
-Vete a la mierda, Gonzalo, eres un pobre huevón.
Me paré, lo miré a los ojos y escupí al suelo, noté que también estaba sangrando en el labio por uno de los golpes que él también me mandó.
-No sabes de lo que hablas. – Dije, tomé mi casaca y me fui de la fiesta al filo de la madrugada. Pero lo que no podía negar era que, efectivamente, Santiago no se equivocaba y lo que se voceaba de mí por ahí era cierto, Alejandro había besado a mi enamorada.
Llegué a casa y entré al baño a enjuagarme la boca, aún sentía la sangre en mi paladar. Cuando me miré después de secarme la cara vi mi cuello lleno de marcas “¡Puta madre!” Dije y pensé en que Claudia lo había hecho, me había dejado esos chupetones a propósito para que mi enamorada lo viera y lo echara a perder todo, pero no me preocupaba por eso, no en ese momento, ya vería qué excusa le diría a Mónica, por el momento solo Santiago estaba en mi cabeza ¿Cómo pude reaccionar como un animal?
Me costó más trabajo que de costumbre quedarme dormido.
Cuando llegó el lunes, fui a la casa de Mónica y no iba a ocultar las marcas, hacerlo significaría aceptar que ocultaba algo, así que respondería en el caso de que se diera cuenta. Para mi mala suerte, sí, se dio cuenta y le dije que me había intoxicado, que iba a ir al médico a hacerme ver. Me creyó y camino a la universidad tomó un poco de su base y me empezó a maquillar las marcas que Claudia había dejado en mi cuello.
-Que no se note, Gonzalo, está horrible.- Me dijo y me dio un beso.
-Gracias. – Dije algo avergonzado.
-Mañana te vas de viaje ¿No? Creo que ya no nos veremos, espero que te vaya bien, te amo.- Dijo y volvió a besarme.