junio 11, 2013

Alegrías, nunca más

18

En diciembre de 1999, sin terminar los exámenes finales de la primaria, sin poder despedirme de mis amigos del colegio, llegué a Huaraz, en el norte del país. Resultaba totalmente irónico que justo ese año, me habían enseñado las capitales de los departamentos del Perú, solo así lograba ubicarme en el plano geográfico. No entendí, y probablemente nunca llegue a entender, cómo apareció esa oferta de trabajo para mi papá y mi mamá, alguno de los buenos amigos de mi papá, seguro, debe ser, es lo más lógico, pero lo cierto es que un día ya había dejado mi habitación en la casa de Arequipa, llevando solamente lo necesario, allá nos esperaba una casa amoblada y entendí que todos los muebles se quedaban en esa casa.
Llegué una mañana soleada y fría, se veía el nevado Huascarán con toda su omnipotencia, con ese corte perfecto que da la sensación de que es la cresta de una ola a punto de formarse y que, según cuenta la historia, ese pedazo de nevado se cayó como consecuencia del terremoto en 1970, formando una avalancha, un alud que llevaba consigo rocas, barro y, obviamente, el hielo del propio nevado. El desastre dejó como cicatriz perpetua la sepultura de la ciudad de Yungay, eso me lo contaron semanas después unos niños en la puerta de ese gran camposanto que es Yungay, donde vi lo que dejó tremenda catástrofe. Me imagino que es lo primero que uno logra enterarse al llegar a Huaraz, el famoso terremoto del 70 y el alud, porque no hay persona que no se quede perpleja al ver el nevado.
Pero si algo me dejó más perplejo que el nevado y su historia, no fue que mi papá trabaje como director en un orfanato, en una “Aldea Infantil” diría claramente, sino que iba a vivir en la misma aldea, a tres kilómetros de la ciudad, con los niños abandonados. No sabía qué pensar, no sabía qué decir, no le tenía miedo a conocer gente nueva, ya tenía la experiencia de mi papá cuando trabajó en un albergue en Arequipa, pero tenía un horario de entrada y de salida, y algunas veces lo iba a visitar, tenía el mundo bifurcado, por un lado estaban los amigos del colegio y del barrio, el medio que casi todos llegan a conocer, pero por otro lado estaban los amigos del albergue, a los que visitaba cuando iba, esporádicamente, a visitar a mi papá. Esto era totalmente diferente.
Sí, recuerdo muy bien la primera vez que entré a la Aldea Infantil, un camino de pura tierra, con una escena de eucaliptos gigantes, que en la copa son estirados por el viento, de un lado por el otro, las casas de barro, las mujeres, ancianas, caminando en polleras, con ojotas de caucho, un mundo diferente y me quedaba perplejo, realmente perplejo, no concebía la idea concreta de que ahí iba a estar el tiempo que tenga que estar trabajando mi papá ahí. Por fin un portón azul daba la bienvenida a esa Aldea que era exactamente eso, una Aldea, con una habitación de casi setenta niños divididos en catorce casas, cada uno con una madre sustituta a cargo y una casa aparte que funcionaba como dirección también, donde viviríamos mi hermana, mi mamá, mi papá y yo. Así estaban las cosas y ni bien bajé del carro un niño de mi edad apareció, se llamaba Luis Calixto, Luchito le decían algunos otros que iban apareciendo, era muy alegre, aunque me comentaron que así como lo veía de alegre, cuando se amargaba, se le salía el diablo y me reía. Mi papá tuvo la certeza de presentarnos casa por casa, a cada uno de los integrantes de cada casa en compañía de este tal Luchito que era para no parar de reírse con sus ocurrencias. Y fue en una de esas casitas donde la vi por primera vez, era un año mayor que yo, así que suponía que tenía diez, quizá once si su cumpleaños era ese mismo año, aunque era un poco difícil porque ya se acababa el año, se llamaba Violetta y su hermana mayor era Paula, dos gemas perdidas en ese lugar. Era simple reconocer sus ojos caramelos en toda esa vorágine y no pude quedar más prendido de ella.
Mi problema era básico o por lo menos yo lo atribuyo a mi hermana, vi tantas telenovelas mexicanas con ella, ya que ella controlaba el control remoto, que me creí las historias de amor, entonces desde los siete años yo ya podía entender qué era todo ese asunto.
Y así fue como Violetta había llegado y a mi inocente edad, en esa aldea que quedaba a tres kilómetros de la ciudad, en medio de un bosque, al lado de un rio, todo lo que había por ver alrededor, era una escenografía de naturaleza pura y por eso jugar con mis nuevos hermanos (todos llamaban papá a mi papá y mamá a mi mamá) fue una aventura que duró los dos largos años que estuve ahí. No es difícil hacer amigos a esa edad, simplemente lo haces, no tienes ninguna barrera para conocer a alguien. Y nos perdíamos entre los árboles, cruzábamos el rio, era verano y granizaba y no parábamos de jugar. De ese lugar, aprendí a usar la creatividad, hacer cometas con papel crepé, laberintos con cartulina y billitas que conseguíamos en las ferreterías. Íbamos a la carpintería de esa aldea para robar maderas y hacer nuestras armas de batalla, cortábamos los árboles de eucaliptos y el palo lo dejábamos secando sobre el horno inmenso que había en la panadería, porque cualquiera que ha vivido en medio de un bosque sabe que las ramas de un eucalipto son demasiado húmedas y que hay que ponerlas a secar algunos días para ponerle un anzuelo y bajar corriendo al rio y pescar truchas en grupo, conversando, riéndonos todos porque hice mi grupo de amigos. Los martes corríamos a la panadería porque Don Julián hacía pan para toda la aldea y le rogábamos que nos dejara ayudarlo. Él nos enseñaba a hacer la masa, dejarla fermentar un par de horas y volver para amasar y hacer los panes para todos.  Algunas veces se daba cuenta que le robábamos algo de masa para hacer pan a escondidas y comérnoslo en ese instante, calentito, recién salido del horno. No creo que haya conocido a nadie con esa infancia sin televisión, robando frutas en las pocas haciendas que había al costado, bañándonos en el rio, tiritando de frio todos juntos compartiendo una caña de azúcar recién cortada ¿Dónde estarán los hermanos Alexander y Junior? ¿Dónde estará Michael? ¿Dónde estará Beto, mi hermano mayor José Luis que se fue al poco tiempo por cumplir la mayoría de edad? ¿Qué será de Elvis y Martín? Tantos nombres, rostros y voces vuelven a mi memoria.
Siempre tendré que reconocer que mi papá hizo un trajo excelente, organizó esa aldea que, según él, la encontró de cabeza. Ni si quiera puedo explicar bien todos los cambios que vi, pero ver cómo tantos niños e incluso las madres sustitutas sentían mucha comodidad de estar ahí, me hacía entender que mi padre era totalmente diferente, porque fue él quien hizo el gran cambio, lo sé, yo lo sé porque lo vi. Cuando él llegó encontró las cuentas financieras de cabeza, había dinero solicitado al estado para algunas renovaciones infraestructurales que nunca se hicieron, los chicos tenían enfermedades que no habían sido atendidas y no estaban bien vestidos. El almacén era un infierno, la mañana que mamá entró por primera vez, encontró ratas merodeando por ahí, entre la comida. No era difícil darse cuenta que lo anteriores directores robaban el dinero y se olvidaban de todo. Mi papá tenía la experiencia de haber trabajado en el albergue en Arequipa, entonces entendía la dinámica del funcionamiento del sistema, por eso no se le hizo tan difícil, en los primeros días ubicó los problemas y luego, poco a poco, fue arreglando cada uno de ellos. No fue raro que para la primera navidad, a las pocas semanas de haber llegado, mi papá regale bicicletas a cada uno, haya refrigeradoras y cocina a gas en cada casa, porque antes de eso, se cocinaba en briquetas, una suerte de carbón en forma de ladrillos, que dejaba el ambiente de las casas llenas de humo. Pero el trabajo más difícil para mi papá, sería ganarse a los chicos, sobre todo, a los que tenían entre quince y diecisiete años.
Mientras eso sucedía, yo espiaba a Violetta desde mi ventana, la veía corriendo, jugando con sus amigas, también. Y Don Julián me veía y se me acercaba, riéndose porque se me notaba a gritos que me gustaba más de la cuenta, no solo él lo notaba, no solo los chicos y las madres sustitutas lo notaban, mis padres también lo notaban y eso hacía comprender una sola cosa, todo el mundo lo notaba y yo era el único que no sabía que todo el mundo lo sabía. Era la primera vez que sentía eso por una chica, Violetta era mi primer amor y yo no entendía por qué me escondía al verla si lo que más quería era poder estar a su lado. No sabía por qué la espiaba tanto, desde mi ventana o desde la peña, un pedregal que estaba cerca al rio y desde ahí la observaba jugar con sus amigas.
No iba a dejar de estudiar solo porque mis padres trabajaban ahí, pero mi mamá tampoco me iba a dejar estudiar en un colegio nacional con los chicos, así que cuando acabó el verano ya estaba matriculado en un nuevo colegio y tenía que empezar a forrar mis cuadernos, tomar mis bolígrafos y ponerlos en mi mochila porque ya se acercaba en lunes y todos empezábamos clases. No fue complicado que todo Huaraz sepa quién era, uno de los cargos más reconocidos en ese lugar era el de mis papás, y como Huaraz es un lugar demasiado chico, todos sabían de la llegada de los nuevos directores. Es extraño cómo funcionaba la lógica de la gente de Huaraz, un pensamiento casi obtuso, donde no hay un espacio para que pueda llegar un nuevo pensamiento, ser de Arequipa, en ese lugar, era un pecado capital, nunca supe por qué, pero para el Consejo Transitorio de Administración Regional de Ancash (el famoso CTAR Ancash) mis padres eran la peste que había llegado para robarles un lugar, no fue en vano que lleguen a fiscalizarlos casi todos los día para encontrarles un error, por suerte papá tuvo todo en regla. Y los hijos de los trabajadores del Gobierno Regional estudiaban en el colegio, entonces yo era un apestadito social en ese lugar donde también tomó su tiempo hacer amigos. Nunca me quejé, nunca me ha costado adaptarme, mi papá siempre dijo “Al lugar donde fueres, has lo que vieres” y en mi rincón del nuevo colegio, en silencio, tuve que ser paciente para hacer nuevos amigos. Aprendí a dividir mi mundo, de ocho a dos de la tarde, era el colegio, el quiosco, la cancha de futbol y los amigos con quienes jugaba trompo o canicas, y de tres hasta las ocho de la noche, era la Aldea y todo el bosque que se abría para llegar cada vez más lejos en compañía de los que se me unieran.
Y otra vez, en las mañanas antes de ir al colegio, la espiaba desde mi ventana, estaba ahí, uniformada con su media cola y una cinta guinda, el color del uniforme de su colegio, recogiendo el castaño de su cabello, era una escena de lo más ridícula porque yo había aprendido a aguantar los golpes más fuertes que me daba el bosque, las heridas en las rodillas y los codos, los cortes en los muslos, los moretones en los pectorales y lo primero que debías aprender es a caer, todo eso sumado al futbol que jugaba en el colegio, era realmente una máquina que explotaba en energía y fuerza, y no era capaz de acercarme a hablar con Violetta.
Pero hubo un momento en todo ese tiempo en el que pude hacerlo, mi hermana se encargó de hablar con la hermana de Violetta para complotar a mis espaldas y llevarme entre juegos y juegos, a un jardín que había detrás de la carpintería de la aldea, donde me encontraría con ella y tendría que suceder el milagro del amor. Y entonces ahí estaba ella y yo, nos habían llevado con puros engaños y ninguno se animaba a decir nada, yo miraba al suelo, ella miraba al suelo y cuando nuestras miradas se cruzaban de casualidad, nos sonrojábamos, nos reíamos y volvíamos a mirar al suelo. Y entonces, en un momento, volví a mirarla y sonreí tímido, ella sonrió un poco y salí disparado del lugar, corriendo a mi habitación a esconderme amargo porque nunca iba a ser capaz de soltar una palabra frente a ella, me sentía tan estúpido.
¡Pobre de mí! Don Julián me hablaba como si tuviera su edad, se sentaba a mi costado y me decía que me dé tiempo, que ya entendería de qué se trataba todo ese asunto. Pero yo lo miraba y me sentía más perdido aún y me acariciaba el cabello diciéndome “Tranquilo, Gonzalito, ya verás a lo que me refiero.”
Yo me di el tiempo, lo sé, pero creo que me di demasiado tiempo porque para las vacaciones de medio año, una mañana, mi papá me despertó y me dijo que se llevarían a Violetta y a su hermana, a un orfanato a un pueblo a siete  horas de Huaraz. La noticia me cayó como una bomba y no sabía qué hacer, cómo reaccionar, solo recuerdo haberme puesto las zapatillas y correr don de Don Julián y preguntarle donde quedaba Chiquián, ese pueblo a donde se la llevarían a Violetta y me puse a llorar, y Don Julián me abrazaba y me pedía tranquilidad, me llevó a la carpintería donde había un mapa de todo el departamento de Ancash y me señaló dónde quedaba. No recuerdo más de ese día, se supone que las subieron al bus y se las llevaron las madres de ese orfanato católico, donde, supuestamente, tendrían mejores condiciones. Era mi primer golpe al corazón, mi primera decepción amorosa, lo sentía de esa forma porque los días ya no eran los mismos si ya no la espiaba desde mi ventana, ya no la veía con su falda de uniforme, lista para ir al colegio. Maldecía a mi papá y mamá me tranquilizaba, pero yo no entendí por qué lo hicieron. No salí a jugar por varias semanas, a pesar de que mis amigos tocaban la ventana de mi habitación yo les pedía que se fueran, que no tenía ganas de nada y en el colegio ya no jugaba fútbol, en clase andaba ido, mi mente estaba en cualquier otro lado menos en los cursos. Yo supongo que poco a poco me fui reponiendo de esa angustia, supongo, porque es lo único que me quedaba, el tiempo se encargaba de devolverme a mis amigos y al bosque, tenía que volver a nadar al rio y hacer las cometas con papel crepé, a volarlas lo más alto posible. Sacar las ramas de eucalipto y pescar la trucha más grande, haciendo un trabajo sobre exigido por la corriente del rio. Saltar los muros de las Haciendas de las que robábamos frutas. Tenía que volver, era lo único que me quedaba.
Nunca supe más de Violetta, aunque me lo pregunté dos veces más el año más que me quedaba de estadía en Huaraz, la primera vez fue cuando mi papá logró un permiso para llevarnos a todos a la playa y cuando llegamos, los chicos corrieron a tomar agua de la playa y se dieron con la sorpresa de que estaba salada, yo me reía porque eso yo sí lo sabía y corrí a abrazar a mis amigos y explicarles por qué era salada. Nos divertimos tanto esa semana en Tuquillo, esa playa sin olas cerca a Huarmey, en la costa del departamento, cazamos cangrejos, encontramos caballitos de mar y aplicamos todo lo aprendido para seguir pescando. Pero en un atardecer me pregunté qué habría hecho ahí Violetta con sus amigas ¿Se hubieran divertido mucho aprendiendo a nadar? Porque casi nadie sabía hacerlo ¿Hubiera hecho un collar como todas las chicas hacían? Sí, Violetta se veía divertida, supongo que también lo hubiera hecho.
La segunda vez que volví a preguntarme por ella, fue el último día que estuvimos en la aldea, fue la primera vez que vi a mi papá llorando. El Gobierno de Fujimori había acabado, Valentín Paniagua ya había cedido ante la elección democrática y Alejandro Toledo había entrado a ser presidente, con eso, reformó desde los ministros, como cualquier movimiento lógico de la política, hasta los presidentes de cada Consejo Regional, mi papá siempre fue consciente de que trabajaba para el gobierno, las cabezas rotan en esos lugares y ante la presión política del gobierno de Toledo por meter a su gente en cualquier puesto, trataron de hallar irregularidades en el trabajo de mi papá, no las encontraron y metieron a prensa amarillista para vender patrañas en los periódicos, pero ni si quiera eso resultaba, porque mis papá había logrado ganarse el respeto de todo Huaraz, haciendo un trabajo excelente, haciendo algo que nadie había logrado hasta ese entonces, ganarse la confianza de los chicos, de los más rebeldes de ese entonces, los chico que están entre los quince y diecisiete años, logró llevar a los chicos a la playa en un pasea inolvidable de la que aún conservamos fotos, hizo torneos de fútbol entre Aldeas de todo el departamento y cualquiera que lograba leer esas noticias, sabía que era mentira y todo era un trabajo sucio del gobierno de turno.
Pero era demasiada presión política, mi papá tiene demasiado orgullo como para estar en un lugar donde no lo quieren y las cabezas del gobierno no lo querían ahí. Una semana antes de irnos nos dio la noticia y volvimos a empacar todo. Para el día en que nos fuimos, se hizo una despedida y producto del gobierno de turno, hubo apagón solo en aldea, algo realmente extraño. Entre velas mi papá dio un discurso de despedida y para no llorar, daba sorbos largos a un vaso con agua. Vi a todos mis amigos, mis nuevos hermanos, llorar porque no querían que nos vayamos y cuando subimos al carro, todos los chicos se pusieron en el portón, haciendo una barrera humana para que no nos vayamos. Todos volvimos a llorar y la despedida se prolongó un par de horas. Fue en ese momento en que me pregunté por qué nunca le pude hablar, me arrepentí de no poder haberme acercado a Violetta. Me iba a ir de ese lugar y ella no se iba a enterar nunca.
Pero aún así, no nos fuimos de Huaraz, vivimos como una especie de refugiados en un rincón de la ciudad, hasta que mi papá encuentre trabajo en algún lugar, vivimos de los ahorros escasos y algunas veces volvimos a visitarlos a escondidas. Fueron unos meses en los que creí vivir en un paréntesis, suspendido. La casa era prestada de una amiga de mi mamá, era una casa muy grande para una familia que salía de una casa amoblada por el estado y no había llevado más que ropa. Solo había una mesa pequeña en el centro de la sala-comedor y tres colchones repartidos en dos cuartos, uno en el que yo dormía junto a mi hermana. La cocina también era muy grande para una cocina eléctrica y un par de reposteros vacíos. No había sido tan feliz como en esos momentos donde demostramos que la familia, a pesar de esa angustia de no saber si mi papá volvería a trabajar, estábamos juntos, cenando alegres en esa mesa diminuta donde comer era todo un arte porque nos golpeábamos los codos y nos reíamos porque sabíamos que a donde vayamos y en donde estemos, los cuatro siempre estaríamos juntos.

mayo 27, 2013

Alegrías, nunca más

17

Lucié y Diego se conocieron en un museo de París o Madrid, no me acuerdo bien la historia, para esas épocas ella tenía un novio catalán que la tenía hasta el tuétano con sus costumbres europeas, por eso, al conocer a Diego en aquel museo, le recordó lo bien que sentía encontrarse con un peruano y recordar que allá, a miles de kilómetros, cruzando el gran charco, estaba el país, la patria de uno. Mejor aún que Diego sea Arequipeño, eso le dio más gusto y entre palabrería, entre un café y otro, y más citas para despejarse, terminaron siendo enamorados.Esa era su historia de amor. Diego había partido a Francia a trabajar por un convenio en la universidad y como le fue tan bien, la empresa terminó contratándolo y dándole una beca para que terminara su carrera en la Universidad de La Rochelle, aunque su proyecto de vida no era quedarse en Francia, se quedó el tiempo suficiente para ahorrar y regresar a Arequipa junto a su mamá, darle todo lo que ella merecía y poner un bar que le dé una vida tranquila.Era, irremediablemente, un hijo ejemplar que no tenía papá y ese era muchas veces el problema, me contaba Lucié en su nueva casa, que es difícil que un hombre haya crecido sin un modelo masculino a seguir y por eso a veces era como un niño, entonces no me sorprendió ver una planta de marihuana en su jardín y un Play Station 3 en su sala.
Lucié era mi hermana por el primer matrimonio de mi papá, nos llevábamos muy bien, siempre sentí que era la única que me entendía porque era muy loca. Me acuerdo la primera vez que la vi, ella estaba con uniforme de colegio paseándose por las calles de Arequipa, se había escapado del colegio con unas amigas y cuando mi papá la vio desde el carro, la hizo entrar y empezó a llamarle la atención, yo la veía relajada y nos presentaron, me miró con ternura y me dio un beso en la mejilla diciendo que era igualito a nuestro papá. A penas vio la oportunidad de irse a Madrid, lo hizo sin pensarlo tanto y eso me encantaba de ella, era una chica convencida de sí que se tomaba la vida de golpe, sin pensarlo y cuando toda la familia se enteró que Lucié pensaba irse a Europa, ya era muy tarde reaccionar porque ya había tomado sus maletas y estaba sentada en un avión rumbo al viejo continente. Era así, dinamita para cualquiera que la veía y me encantó que no dejara de enviarme correos, fotos con sus amigos que conocía en el barrio de Lavapiés, Tirso de Molina o Malasaña y entendí que esa beca no tenía nada que ver con que ella quería ser una gran profesional.
Siempre me sorprendió esa velocidad en la que trascurría su vida, era una mujer segura, independiente y aventurera, no le tenía miedo a nada y por eso, hacía un par de años, cuando llamé para su cumpleaños y me decían que la línea estaba suspendida, le envié un correo pidiéndole su nuevo número por si lo había cambiado, a los minutos me llamó de un número extraño y me contó que estaba en Bueno Aires, viviendo la fiebre del mundial porque todos los argentinos estaban felices de que Maradona sea el director técnico y me dijo, entre su ebriedad y alegría que me amaba, que era el segundo hombre más importante en su vida, porque el primero era nuestro papá y el tercero su novio de turno y a eso le siguió nuestras carcajadas juntas ¡Cómo amaba a esa mujer! Pensaba cuando entramos a su casa inmensa, de cinco pisos y a mí me dio todo el segundo piso, las llaves de un Toyota Auris y las llaves de la casa.
Lucié se despidió, esa noche la pasaría en casa de su mama, entré mi nueva habitación, me senté en la cama y recibí una llamada de Mónica.
-¿En verdad haz terminado conmigo?
Ni si quiera tuve que responder esa pregunta, colgué de un tiro y me recosté, Mónica lograba eso sin esforzarse mucho, ponerme de un humor terrible si lo quería, arruinarme la paciencia en un dos por tres y ella lo sabía, lo sabíamuy bien porque mi debilidad era caer en su juego de una forma estúpida, detestaba sus ganas de controlar todo de mí, o peor aún, detestaba mi forma tan infantil de terminar siendo parte de su jueguito.
¿Quería regresar conmigo? Sí, estoy seguro que ella era incapaz de darse cuenta que nuestra relación era enfermiza, casi tóxica, deteriorándonos el uno al otro, dando y devolviéndonos los golpes como una guerra de nunca acabar, donde el orgullo dictaba indiferencia, el que se ponía celoso perdía y el que daba el último golpe iba un punto arriba del otro. Éramos realmente terribles, incapaces de reconciliar nuestras barbaridades, pedirnos perdón y llevar una relación en paz ¡No! Nada que ver, incluso sacándonos celos éramos los mejores con tal de sacarnos algo de ventaja.
Traté de olvidarme del asunto, profundizar en Mónica era olvidar que estaba en Arequipa exactamente para dejar de lado eso en lo que pensaba, entonces tomé mi lap top, las llaves del auto y fui a tomar un café en el Mall a escribir. A noventa kilómetros por hora, en un par de cuadras, la ciudad solo es una fuga de mi existencia, lo sabes por la velocidad y porque todas las imágenes son fugaces. Siempre tuve esa extraña manía de pisar a fondo el acelerador cuando estaba harto de cualquier situación, sí, también tengo que aceptar que soy más emotivo de lo que creo.
Estacioné en el parqueo y entré en busca de un café, me sorprendió ver tremenda construcción y entre tienda y tienda, encontré el café y me senté a escribir un poco esa novela que podía decir lo que sentía, lo que debía contarse, contar un poco de Diana, pero sobre todo, contar lo que era Mónica en mi vida, claro, le cambiaría de nombre ¿Cómo la llamaría? ¿Alexandra? ¡Quién sabe! Esas cosas ya se me ocurrirían mientras tecleaba con más fuerza y velocidad. Y entonces.
-¿Gonzalo? ¿Eres tú?
Sí, reconocía bien esa voz, Renata, porque Arequipa solo significaba su nombre, un nombre impregnado en mi memoria y en mis labios. Di la vuelta y ahí estaba, reluciente como era de esperarse, con esa sonrisa tan hermosa, acercándose a saludarme con un saco negro y una bufanda que la hacían ver preciosa. La abracé con fuerza, había pasado un año sin verla y la invité a sentarse conmigo. Había ido con unas amigas a comprar algunas cosas y a pasear, pero ella se estaba aburriendo y me empezó a llamar la atención por no avisarle que había llegado a Arequipa, porque hace tiempo que no brindábamos como aquellos tiempos, cuando la conocí y recién teníamos catorce o quince años y cada vez que llegaba a Arequipa buscaba a mis amigos del colegio donde estudié cuando viví ahí. Exactamente fue uno de esos amigos que me la presentó y bailamos casi toda la noche y al año siguiente, cuando volví a Arequipa para las vacaciones de verano, la busqué solo y exclusivamente a ella para conversar y perdernos por las calles de Yanahuara. No sé qué había entre los dos que no queríamos separarnos en ningún momento. Ya teníamos dieciséis años y fumábamos a escondidas entre las callejuelas y nos besábamos a cada tanto, nos sentábamos en una banqueta y veíamos a los tunos cantarle a alguna novia que se casaba y nos íbamos al mirador, era de noche y la besaba una vez más, abrazados, perdiendo la paciencia de que solo estaría una semana y luego tendría que esperar un año más para verla. Tengo que aceptar que siempre me dolía dejar Arequipa, no solo porque siempre me puso sentimental alejarme de ese lugar donde quise vivir más de lo que pude, sino porque mi relación con Renata nunca podía concretarse hasta que ella vaya a Lima o yo me quede ahí para conversar como lo estábamos haciendo en ese café, y volvía a mirar ese saco y esa bufanda que le daban un aire a que el tiempo había pasado y ya no teníamos catorce o quince.
-¿Vamos por unas cervezas? – Me dijo y acepté, al rato pagaba la cuenta, tomaba la computadora e íbamos camino al estacionamiento mientras ella me ponía al día de lo que había pasado con nuestros amigos.
No sabíamos a dónde ir a tomar unas cervezas y como yo estaba en el carro, no podía tomar, así que no se nos ocurrió mejor idea que comprar dos six pack de Cusqueñas y tomarlas en el carro estacionados en la puerta de la casa de mi hermana al ritmo del único cd que estaba a la mano y que sonó durante toda la noche en medio de nuestra conversación.
Me contó de su anterior relación, que fue un desastre total, que los celos de él terminaron hartándola y rompieron con un montón de lágrimas de ella, que siempre la trató mal y para olvidar todo ella se fue a Santiago, en Chile, para un tiempo despejarse. Yo no le dije que estaba en Arequipa por los mismos motivos, solo le dije que también había terminado de una relación y me limité a no decir más.
Se terminaron las cervezas y queríamos más, me negué porque no iba a manejar con seis cervezas en la cabeza, de hecho ya estaba sobre el límite de alcohol permitido en la sangre.
-¡Vamos! No va a pasar nada.- Dijo ella riéndose.
-No pues, va contra la ley.
-No seas maricón.- Dijo desafiándome y grave error por parte de ella, eso no me va a decir a mí. No, no, no ¡Vamos! Gonzalo no soporta que lo desafíen y encendí el motor con un rugido feroz, puse primera y solté el embrague de un tirón y las llantas salieron rechinando rumbo a el mismo lugar donde habíamos comprado las primeras.
Volvimos al mismo lugar, dentro del auto para seguir la conversación, esta vez más coquetos, más dispuestos. La verdad es que no había pensado en besarla, no quería que piense que solo la buscaba para eso, pero ya estábamos avanzados y siempre era la misma atracción que terminaba por traicionarnos y nos devolvía a donde pertenecían nuestros labios, junto a los del otro. Sí, la estaba besando y me preguntaba por qué, al besar a Mónica, no sentía que entraba al paraíso.
Nos quedamos hasta las cuatro de la mañana dentro de ese Toyota Auris, en la última hora nos recostamos cada uno en su asiento, mirándonos el uno al otro con esos ojos que se miran solo un par de enamorados, ella se quejaba y se preguntaba por qué las cosas estaba como estaban, por qué yo no estaba ahí, en Arequipa para poder estar juntos de una vez por todas e intentar ser la pareja que éramos frente a todos los amigos que teníamos.
Llamó a un taxi y se fue a su casa, antes de despedirnos quedamos en hacer algo juntos ese fin de semana y le dije que no se preocupara y que me llamara cuando llegue a su casa para saber si había llegado bien.
No sé cómo metí el carro a la cochera, solo recuerdo que me llamó y nos quedamos chateando un par de horas más hasta que veía cómo amanecía Arequipa y me quedé dormido con la lap top en mis faldas.
Al día siguiente me desperté y fui a la sala a ver las noticias, pero ya era demasiado tarde y solo encontraba programas de espectáculos. Lucié llegó y me dijo que almorzaríamos juntos con mi primo Daniel, en el Café y vinos, el mismo café-bar en las mañanas era un bistrot, sí, usó la palabra bistrot y me reí, pero luego me dijo que no me riera porque François, el dueño, era francés y que ya me vaya a la ducha que ya se nos hacía tarde.
Estaba muy alegre, llamé a Renata para decirle que en la noche podíamos ir a dar una vuelta y me dijo que estaría por el Mall, así que no había problema. Salí de la ducha, mientras me vestía seguía pensando en ella y lo bien que la habíamos pasado ocho horas atrás.
Salimos con el auto directo al centro, Lucié me contaba que junto a Diego habían puesto un bar, que les iba bastante bien y que le gustaba la vida que tenía, sin muchas preocupaciones y con mucho amor. Pero si de algo estaba segura, es que no se iba a casar, siempre le había tenido un pavor exorbitante a una boda, ni si quiera ella sabía por qué, pero yo sospechaba que era porque quizá le habría dolido tanto la separación de nuestro padre con su madre ¿Cómo habría vivido eso? Si yo ya estaba hasta el cuello luchando con la misma situación que ella vivió hace veintitantos años.
Me olvidé del asunto y estacionamos el auto en una playa, salimos y el sol seguía radiante, caminábamos abrazados, nadie podía confundirnos como enamorados, no solo porque no la abrazaba por la cintura, si no porque todo los que nos conoce, deduce al instante que somos hermanos porque dicen que somos idénticos, pero yo solo sé que tenemos el mismo faz. La besaba en la frente de tanto en tanto y ella se pegaba más a mí.
Llegamos a los Claustros de la Compañía, al segundo piso donde quedaba el café-bar-restaurante, a veces solo restaurante o a veces solo café-bar, dependiendo de la hora y los clientes. Daniel ya estaba ahí, se alegró de vernos tan contentos y cariñosos. Pedimos todos lo mismo, pollo al romero con ensalada española y de entrada algo que tenía prosciutto y albahaca. El almuerzo se prolongo muchas horas hasta que ellos se ponían a brindar con unos pisco sour y yo me moría de envidia porque yo era el chofer de ese día. Nos reímos todo el tiempo, contando las anécdotas que ya habíamos olvidado y recordando a todos los primos, tíos y familiares que teníamos en común, brindando de nuevo y yo solo con vaso de agua porque, me repetían a cada rato, tú eres el chofer pues Gonzalo y la risa general hasta de Françoise, el dueño del café-bar-restaurante, que era muy amigo de Daniel.
Salimos de ahí cuando ya era las seis o siete, me despedí de Daniel, en unas noches volaba a New York, a visitar a la familia de su papá que, irónicamente, también se había separado de su mamá ¿Coincidencia de que nosotros tres, tengamos básicamente el mismo problema en diferentes etapas? A lo mejor, no sé, no soy de los que cree en el destino o en los signos del zodiaco, y en esas épocas tampoco creía que había un Dios, esa palabra que se me hacía tan lejana o tan grande para mí, como si solo fuera un eco de lo que dicen los demás a lo lejos y yo, junto a mis problemas, estuviera en otra órbita, otro mundo donde Dios no era una solución a todo.
Llegamos a la casa y Diego estaba con un amigo suyo en la sala, jugando Play Station, Lucié se sorprendió porque se suponía que Diego estaba en Cuzco y no iba a llegar tan pronto, pero la sorpresa fue grata porque Diego era un tipo genial y mejor aún su amigo de dreads hasta la cintura, lástima que solo me quedé un rato porque Renata me esperaba en el Mall. Me sorprendió enterarme que el carro era de Diego, pensé que era de Lucié, pero Diego me dijo que no me preocupara, que él había tenido un par de accidentes y que ya no le gustaba movilizarse en el auto, que solo lo tenía por si había una emergencia, que normalmente se movía en taxi, Lucié me decía que sí, que no me haga problemas, pero que tampoco haga tonterías. Entonces volví al carro y fui en busca de Renata.
Me estaba esperando en el Mall y me dijo que podíamos ir a visitar a los Renzos, unos amigos que tenían el mismo nombre y que eran como hermanos, siempre juntos de arriba para abajo, desde el colegio ¿Cuál “Desde el colegio”? dirían ellos, desde la cuna. Los sacamos de sus casas y nos fuimos a la plaza de Yanahuara, frente al mirador a fumar y conversar un poco, lo suficiente para que me inviten a una fiesta en el bar que había puesto una amiga en común. No sabría decir si realmente disfrutaban de mi compañía, yo podría jurar y re jurar que sí, porque cuando estaba en Arequipa salía con ellos junto a otros amigos y a veces se unía Renata, también. Me dejaban saludos por mi cumpleaños en mi correo y a veces me preguntaban cuando iría para salir a celebrar. Sí, no habría por qué dudar, tenía buenos amigos y me gustaba que sepan que entre Renata y yo había algo, que no era raro que la abrace por la cintura cuando estábamos los cuatro conversando y ella me tome de la mano.
Nos despedimos y fui a dejar a Renata y en el camino me pregunté que estaría haciendo mi primo mayor, ese loco de la familia, por parte de mi mamá que se atrevió a estudiar filosofía, le di unas llamadas y me dijo que estaba en su bar, en Santa Catalina, que vaya porque había un concierto. Busqué un estacionamiento y ubiqué el lugar muy rápido. Entré y me encontré con mi primo y sus amigos. El bar se llamaba “La Nona Loca” Y era como esos bares que hay en el centro de Lima, donde hay conciertos, una barra y mesas. Entré y me pasaron la voz, tocaba el vocalista de No Recomendable al que luego me lo presentaron y se animó a tomar un par de tragos con nosotros y se reían de mí porque tiritaba de frio a pesar de que traía una polera debajo de la casaca y una bufanda.
-Tomate otro trago, hermano, para que te calientes.- Me decía mi primo y yo le hacía caso.
Si hay algo que uno debe de saber por cultura etílica, es que nunca, repito: nunca, se toma en altura, la misma cantidad que tomas en Lima, no sé si es ciencia exacta, pero las copas te pasan de vueltas en menos del tiempo que vas calculando  y yo no sé en qué momento estaba colorado, con los ojos adormecidos, sonriendo porque estaba un poco mal, todos se reían y yo los acompañaba ¿Qué otra cosa podía hacer?
En un momento ya éramos cuatro en la barra, sentados y mi primo al otro lado, sirviendo más tragos para los invitados especiales de la noche. Y en otro momento ya estábamos cerrando el bar y entrábamos a un taxi con un rumbo al que no conocía, me olvidé del Auris, me olvidé de llamar a mi hermana y ya estábamos entrando a un burdel, compramos más cervezas y solo recuerdo espasmos, es como si todo hubiera sido un sueño, yo hablaba mucho, el espectáculo de las diferentes chicas estaba a mi costado y se nos acercaban otras tantas a conversar con nosotros y yo seguía hablando, de libros, películas y de la novela que pensaba escribir, una novela muy personal. Mi primo me dijo que estaba loco, que no se puede escribir con tanta realidad, que eso es peligroso, que terminaría comprometiendo a muchas personas y alejando a otras personas de mí. Debí haber estado muy ebrio para contarlo todo sin ningún prejuicio en mi cabeza, generalmente el alcohol ocasionaba ese irremediable efecto colateral, hablar de todo sin un solo pelo en la lengua ¿Era la mejor parte de mí que estaba tan acostumbrado a las medias verdades? No sé qué tanto tiempo estuvimos ahí, cuando salí, ya había salido el sol y empecé a vomitar en un poste, mi primo se reía y me pedía tranquilidad, que me iba a dejar en mi casa y entonces recordé que no tenía el carro, que estaba en el centro de la ciudad. Me di por muerto entonces recién me tranquilicé, porque las cosas no podían estar peor, ya que mi hermana tampoco sabía mi paradero.
Llegué a la casa en condiciones deplorables, subir la escalera fue un infierno y volví a vomitar en el baño del segundo piso, sentía todo ese desastre que dura el infierno que es vomitar, las arcadas en el estómago, los ojos llorosos, ese sabor amargo que se queda en el paladar y solo volví a mi habitación y me acosté con lo que tenía puesto, jurando, como tantas veces lo hice, que no volvería a tomar hasta perder el control.
A la mañana siguiente me desperté con un dolor de cabeza endemoniado, el mundo me seguía dando vueltas y mi ropa apestaba a la perdición de la noche anterior. Tenía un sentimiento de culpa terrible y ni si quiera quería ver a mi hermana y menos a Diego, me iban a matar y justo la noche anterior Lucié me dijo que no haga tonterías, como si presagiara lo que iba a venir, todo estaba bonito, por lo menos para ellos había sido responsable, aunque no sabían que había estado con Renata tomando en el Auris, que lo había manejado un poco mareado y como loco, haciendo rechinar las llantas, peor aún que de pura amargura reventaba el tacómetro acelerando hasta noventa kilómetros por hora en una callecita. Pero justo cuando Lucié me advirtió, hice tremenda estupidez.
Tenía sed, hambre y ganas de bañarme, pero en ese estado no podía mover ni un dedo, el simple hecho de mover la cabeza para acomodarme en la almohada, me daba dolor de cabeza y nauseas, como si quisiera vomitar de nuevo. Entonces entró Lucié a mi habitación y yo ya creí que me iba a botar de su casa como un perro, mi corazón latía a mil por hora porque todos sabemos cómo es Lucié cuando realmente se amarga. Pero no, para mi sorpresa se acercó y besó mi frente, me dijo buenos días y qué quería desayunar. Lo que sea, dije sin pensarlo y luego agregó que mi primo la había llamado, le dijo que habíamos estado tomando y que el carro lo iba a dejar en una playa para no ocasionar ningún problema y luego volvió a besarme diciéndome que le gustaba que fuera tan responsable, que era lo mejor que podía hacer. Sí, era mi día de suerte.
Levantarme me costó tres horas más y de desayuno me dieron un almuerzo entero por la hora y porque sospechaban que con esa resaca estaría dispuesto a comerme un elefante entero sin titubear. Me acabé una Coca-Cola de tres litros entera y ya me sentía mejor. Diego apareció y me dijo que había traído el auto, me agradeció por haberlo cuidado tan bien y me felicitó porque era un chico responsable, me entregó las llaves de nuevo y yo asentí con la cabeza diciendo gracias, que no se preocupara. Pero de algo estaba seguro, no iba a volver a tocar ese carro.
Toda la tarde me la pasé tirado en el quinto piso, donde tenían una suerte de terraza con vista a toda Arequipa y, por supuesto, al volcán Misti, estaba escuchando música, acabándome las gaseosas y botellas de agua que encontraba en el refrigerador hasta que Mónica apareció de nuevo.
-Gonzalo ¿Qué tal?
-Bien, todo bien.- No sé con qué voz lo dije, a lo mejor dije todo normal, pero Mónica tenía una capacidad admirable de deducir todo por y empezó la guerra de nuevo.
-¿Es en serio que has salido anoche? Seguro te la has pegado con tus amigos de Arequipa y has conocido a un montón de chicas y has hecho de las tuyas ¿Crees que no te conozco? ¿Crees que me vas a engañar? Eres un idiota, Gonzalo, ya sé por qué querías terminar conmigo, porque quieres estar libre para darte la vida de soltero que tanto te gusta…
No sé en qué terminó todo, sólo colgué el teléfono y subí el volumen al iPod para seguir escuchando el álbum Radiolina de Manu Chao. Al rato otra vez el celular y ya estaba a punto de gritar porque pensé que era Mónica, pero era Renata, haciéndome recordar que en la noche era la fiesta en el bar Qochamama, que quedaba en San Francisco, apunté la dirección y le dije que llegaría tarde, porque estaría en el bar de mi hermana un rato conversando con ella y su enamorado.
Vi el cómo el sol se dormía por un lado, apagándose y dándole un color morado al volcán, un espectáculo inigualable que iba saboreando con un cigarro en los labios. Me pregunté cómo hubiera sido mi vida si me hubiera quedado a vivir en Arequipa, es decir, si nunca hubiera viajado demasiado con mi familia ¿Habría conocido a Renata? ¿Habría despertado mi vocación a las letras? ¿Habrían ocurrido los mismos problemas de ahora? Daba vueltas en mi cabeza.
Cuando el frio empezó a golpear, volví a mi habitación a vestirme para ir al Qochamama, me pareció gracioso el nombre, habría que ir para saber cómo era ese bar del que tanto me hablaron la última vez que estuve con Renata y los Renzos, pero primero daría una pasada por el bar de mi hermana que tenía un nombre seductor “Deja  Vu” donde podías tomar unas cervezas, unos tragos preparados, fumar de una narguila o hookah, como quieran llamarlo, y también fumar unos cigarrillos traídos de la India que tenían un sabor bastante agradable, todo eso al ritmo de canciones perfectas para conversar, el bar estaba perfecto. Sólo me pedí un par de cervezas mientras fumaba mis infaltables Marlboro rojo y seguía conversando con el tipo de dreads hasta la cintura, que me contaba que viajaba tirando dedo desde hace tres años por todo Sudamérica y que había conocido a Diego en Camaná, la muy concurrida playa Arequipeña.
Entonces sonó mi celular y era un Renzo, me dijo que ya vaya, que todos estaban esperándome, así que cogí mi casaca, recogí mis cigarrillos y le dije a Lucié que estaría ahí, a un par de cuadras con unos amigos. Me dijo que todo estaba bien, que no se preocupaba porque sabía que yo era un chico responsable. Me fui dando una carcajada irónica.
Llegué al famoso Qochamama, la verdad es que era un encanto de bar, era parecido al Mochileros de Barranco, o por lo menos tenía ese aire, muy diferente al Café y Vinos, que más se parecía a la Posada del Ángel, también en Barranco. Fue genial encontrarme con todos mis amigos que me conoces desde los seis años ¡Cómo había pasado el tiempo! Se repetía la frase cada vez que chocábamos las copas y Renata me besaba una vez más. Era una escena de película, lo que realmente cualquiera podría ansiar toda su vida, una chica a la que quieres mucho, delante de tus amigos divirtiéndote, pero todo era una burbuja temporal, en unos días ya no estaría en Arequipa y despedirme de ella sería arrancarme el corazón en silencio.
En un momento Renata y yo salimos a tomar aire, una excusa típica para estar solos, abrazarnos y decirnos lo mucho que nos queremos. Me preguntó qué es lo que pasaba, no entendía por qué siempre volvíamos a lo mismo sabiendo que al final era peor para nosotros porque despedirnos nos costaba mucho y ella se ponía muy triste y yo sentía morir, peor aún si eso iba a suceder al día siguiente. Solo me quedé en silencio, no iba a mentirle, la abracé y dije que no me gustaba que las cosas fueran así, hizo un puchero y la besé en la frente, le dije que la quería, lo dije de corazón porque en verdad eso sentía, me dijo que también me quería y me palmeó el trasero y nos reímos juntos, nos volvimos a besar.
Regresamos al bar y la diversión estaba en su máximo esplendor, todos bailaban y seguíamos brindado por lo que sea, ya nada importaba. De esa noche hay varias fotos, de algunos abrazados, de las chicas bailando y uno que otro que terminaron ebrios. Pero hay una foto que guardo hasta ahora, la de ella y yo besándonos en medio de la multitud, el resto sigue en lo suyo, pero nosotros dos somos la escena principal de esa foto.
La fiesta duró hasta las tres de la mañana y luego un Renzo nos invitó a su casa a hacer el After-Party, solo un grupo pequeño iría a esa terraza donde vimos el amanecer de Arequipa y yo ya sabía que en unas horas regresaba a Lima, que tendría que pasar un año para volver a ver a Renata otra vez, a menos que ella vaya a Lima. La dejé en su casa y el mismo taxi me devolvió a la casa de mi hermana, cuando llegué no pude dormir, me la pasé pensando en Renata.
A la mañana siguiente hice mi maleta en una hora y Diego me llevó al aeropuerto en el Toyota Auris, me reí en el camino porque recordaba todo lo fuera de lugar que fue tener ese carro a mis disposición y él se creía que me reía de sus bromas, Lucié se despidió de mí en su casa, tenía que almorzar con su mamá, así que no tenía mucho tiempo y cuando llegué al Aeropuerto, Renata me estaba esperando para despedirse. Diego nos dejó solo y me prometió cuidar de Lucié, porque le dije que la quería demasiado y quería que haya alguien que me de la seguridad. Renata se sorprendió al escuchar eso de mí y cuando se fue me preguntó si ese no era el carro que yo tenía y nos reímos porque nos acordamos de la primera noche que nos encontramos en el café del Mall y nos fuimos a tomar unas cervezas a ese carro.
No paramos de decirnos que nos íbamos a extrañar, que nos queríamos mucho y, naturalmente, no dejábamos de besarnos a cada tanto. Compré un par de revistas para el camino y un periódico para informarme qué había estado sucediendo mientras yo iba tocando fondo de las formas más deplorables. Renata me entregó una carta y me dijo que tenía que irse. Ella lloraba y yo trataba de explicarle que no era el fin del mundo, que las cosas se iban a dar como se tengan que dar, pero igual no podíamos perder el vínculo, ella aceptaba lo que le decía con la cabeza y llorando un poco menos, limpiándose las lágrimas con mi casaca.
Subí al avión y partí casi al instante, vi a Renata hacerme adiós desde el aeropuerto y me puse triste, porque recordaba esa frase de Joaquín Sabina que decía que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver y creo que entendía mucho de esa frase o por lo menos lo entendía a mi manera, la manera que me hacía romperme la cabeza, incapaz de alejar la imagen de ella fumando conmigo una noche, cuando teníamos quince o catorce, besándonos en el mirador de Yanahuara, con las luces dicroicas en el piso iluminando nuestros rostros, haciendo una escena perfecta de un cuento de hadas.
Leí y releí su carta en todo el viaje que duraba un poco más de una hora. Entré a esa Lima de cielo gris, ensimismada, con un frio diferente, con un aire diferente por respirar. La aerolínea tuvo problemas para que bajemos del avión porque todas las mangas estaban ocupadas y mientras solucionaban eso, cogí el periódico y leí una noticia sobre un caso de violación de unos niños del orfanato de Huaraz, en el norte del país, una noticia que me iba a devolver al pasado, a reencontrarme con un fantasma que iba a devolverme algo que yo mismo había perdido.










mayo 19, 2013

Alegrías, nunca más

16


He pensado mucho en el día en que papá se fue de casa, demasiado diría yo o peor aún, seguido. Incluso algunas veces he tenido pesadillas con ese día tan trascendental, es como si todo se hubiera dividido en un antes y después de su partida, no solo como un hecho catatónico en mi vida, en la de mi hermana o mi mamá, que nos dejó sin piso, suspendidos, sin tener el tiempo necesario para entender qué pasaba, sino como un remezón en nuestras personalidades que cambiarían por completo. Tampoco se me hizo raro que papá se vaya de la casa, es como si presagiara el destino de mi familia, pero como uno nunca sabe cuándo exactamente sucederán estas cosas, me sorprendió la velocidad en cómo se dio todo.
Fue esa navidad la que me hizo entender todo lo mal que estaban las cosas en casa. Yo solo tenía un motivo profundo para ser indiferente en mi hogar, había decidido que no quería que me afecte nada. Y ahí llegó el día en que te das cuenta que ya no puedes seguir viviendo de espaldas con la realidad.
Amanecí en la casa de Jorge, después de haber estado en una fiesta. Fue la llamada de Romina el primer empujón.
-Hola ¿Gonzalo?-Escuché al otro lado del auricular.
-Romina ¿Qué pasó?
-¿Cómo está tu papá?- Me dijo algo preocupada. Cosa que me extrañó.
-Supongo que bien, en la casa.
-¿No te enteraste no?
-¿Qué pasó?-Dije algo alarmado
Me contó que había tenido un accidente, la noticia me cayó como bomba y no sabía si las nauseas que empecé a sentir eran producto del alcohol o de la gravedad de las cosas cómo imaginaba.
Colgué algo desesperado y miré a Jorge.
-¿Todo bien?-Me preguntó y sospecho que ya sabía por mis reacciones que no se trataba de algo bueno.
-Es papá, acaba de tener un accidente.
Salimos de su casa y el sol nos dio el primer impacto entendiendo que ya empezaba el verano. Era un veinticuatro de diciembre normal, la gente salía de sus casas, tomaba taxis y se movilizaba porque iba a esperar navidad esa noche y yo trataba de buscar alguna lógica absoluta a lo que estaba pasando ¿Qué accidente pudo haber tenido? A lo mejor ninguno tan grave como me estaba imaginando, quizá solo algo leve, muy probable que, por su afición al orden, se haya cortado, caído o quién sabe, ya me enteraría cuando llegue a casa.
Me convencí de eso y se lo conté a Jorge, él me dio la razón y seguimos con el camino a encontrar un taxi que me devolviera, lo más pronto posible a mi casa a ayudar con todos los preparativos navideños una cena exquisita, un árbol lleno de regalos, puras mentiras como si fuéramos realmente una familia funcional. A pesar de mi trato indiferente y limitado con la familia, siempre fui un fiel creyente en el núcleo de la sociedad, me fascina esa idea de una mesa familiar enorme con tíos, tías, abuelos, abuelas, primos, primas, hermanos y hermanas, todos reunidos en una suerte de carnaval, la bulla de los niños, las conversaciones entre los adultos y la música de fondo, todos sonriendo para las fotos familiares.
Cuando bajé del taxi, antes de entrar a casa, contesté la llamada de mi tío.
-¿Gonzalo?- Era la segunda vez que sentía ese tono al hablarme, ese tono tristón que amortiza una mala noticia.- Estoy con tu papá, tuvo un accidente, chocó un auto de la policía, pero todo está bien, está conmigo en el hospital y le están haciendo exámenes.- Sentí un escalofrío en la espalda, mi mente se nubló por un momento y solo aceptaba todo lo que escuchaba. Trataba de asimilar todo lo que entendía, mi papá había chocado, estaba en el hospital y por suerte todo estaba bien ¿Qué había pasado?  La respuesta me dejaría peor de lo que creí.
Entré a casa, estaba cansado y como no había nadie, me recosté en mi cama. Me quedé pensando un largo rato en el vínculo que tenía con mi papá, en nuestra distancia y en el momento en que nunca supe que se había roto un lazo.
Cuando era niño y me preguntaban qué era lo que quería hacer de grande, siempre respondía que iba a ser exactamente como mi papá, la vocación militar. Siempre lo admiraba, no miento, de pequeño siempre esperaba a que el llegara para contarle cómo me había ido en el colegio, para mirar juntos televisión, lo que sea con tal de estar junto a mi superhéroe ¡Cómo habían cambiado las cosas! ¿En qué momento se rompió ese lazo? ¿En qué momento me empecé a decepcionar? Me quedé dormido sin respuesta alguna.
Después de algunas horas me desperté y mamá recién había llegado, me sorprendí cuando la vi tranquila haciendo llamadas y tomando apuntes, todo giraba en torno al accidente, lo que el seguro cubriría o no y cómo se encontraba mi papá en la clínica. Después de un rato, ella entró a mi habitación y empezamos a conversar, le pregunté qué había sucedido y se echó a llorar, la abrazaba con fuerza y acariciaba su cabello, trataba de tranquilizarla y ya más tranquila me contó lo que había sucedido.
Había salido, él, a reunirse con unos amigos de su promoción, pero terminó en la casa de Elizabeth, su amiga (¿Amiga?), y tomaron algunas copas. Fue pasando las horas y mi papá empezó a perder la noción del tiempo y del espacio. Al despiste de ella, mi papá tomó las llaves, subió al auto y se fue por la costa verde ¿Rebasando la velocidad límite? Sí ¿Por qué no? Y se dio el impacto contra el auto de la policía.
Por otro lado, desde casa, mi mamá llamaba a mi papá una y otra vez, desesperada sin saber dónde se encontraba él. Obviamente, él no le respondía y a las dos de la mañana, resignada dio la última llamada cuando por fin mi papá se dignó a contestar y le contó sobre el accidente que acababa de tener. Ella lo ayudó con todo lo necesario porque mi mamá era así, un ángel de la guardia que cuida y ayuda sin esperar nada a cambio y esta vez no fue la excepción, a pesar de lo que hizo mi papá, a pesar de que mi mamá se enteró, lo ayudó porque antes de ser esposa, era una persona que tenía la capacidad de ayudar y no iba a negarse.
Conforme iba contándome, mi expresión y mi forma de ver lo que estaba pasando, cambió. Yo conocía muy bien quién era Elizabeth, incluso la tuve en frente mío
La primera vez que vi a Elizabeth, fue un sábado en la oficina de mi papá. Ella estaba en la fotocopiadora y yo pasé, la saludé y me fui al escritorio de mi papá. De salida, mi papá la llevó a su casa y yo me aislé de la conversación. Para ese entonces mi papá era un hombre al que nunca se le veía en casa, simplemente se desaparecía los fines de semana, no hablaba con nadie en casa y su malhumor era pan de cada día.
Pero la segunda vez que supe algo de ella, fue cuando, por casualidad, encontré un mensaje en el teléfono de mi papá. Claro, para esas épocas, los problemas en casa era interminables, no me imagino como sobrevivía a ese infierno a diario, el tener que cargar con esos problemas a la universidad y escapar cuando podía de ese lugar. Eran épocas en las que papá salía mucho y no decía a dónde. Se desaparecía y volvía en la madrugada. El mensaje decía “Gonzalo- increíble que mi papá se llame igual a mí- tú no me puedes dar la estabilidad que yo estoy buscando. Necesito a alguien que pueda darme lo que yo deseo, la seguridad que anhelo en esta vida. De todas formas yo te amo.” Al terminar de leer mi papá se acercó y yo me hice el despistado.
Esa era la tercera vez que Elizabeth se pronunciaba en mi familia, como siempre, derrumbándome por completo.
Esa noche, como si fuera un huérfano o un inválido social, mis tíos nos acobijaron para pasar la navidad. Ningún regalo me hizo sentir nada especial, ni si quiera el libro que tanto había deseado. Y para cuando papá llamó para saludarme, no quise atender la llamada porque yo soy así y no veo nada de malo en tener un fragmento de dignidad en la cabeza, la suficiente como para no volverte involucrar con las personas que te tocan el orgullo. Al igual que Alejandro, yo no iba a volver a hablarle, él podía hacerlo y yo quizá le responda algo, pero nunca más volvería a hacerlo sentir tan cercan a mí y por otro lado, Mónica pagaría con creces el  haberme jodido con mi mejor amigo, de eso también estaba seguro.
La hospitalización de mi papá duró una semana, mi hermana estuvo al lado de él todos los días y en las noches, ella me contaba que no dejaba de mencionarme, de que quería verme, pero yo no quería saber nada de él, es más, estaba seguro de que no quería hablar con él nunca más en mi vida. Sentí esa traición como una de las que, hasta ahora, no logró recobrarme por completo.
Pensándolo bien, a lo mejor ese lazo tan estrecho que había tenido con mi papá, se rompí el mismo día que se rompió el vínculo que tenía con mi mamá, no con Elizabeth, ambos sabemos que no es la única, que nunca fue la única, entre gitanos no vamos a leernos las manos, yo podía oler sus mentiras. Ese lazo se rompió en una escena parecida cuando yo tenía seis o siete años.
Pero mi mamá decidió no hacerle caso a papá y por eso se dedicó por completo a sus hijos (A Érika y a mí) a entregarnos el todo por el todo, a engreírnos por completo y con mi papá, solo limitarse a cumplir sus deberes de acompañante más por cuestiones de status quo que por convicción propia. Esto trajo todos los problemas, porque mi papá empezó a sentirse replegado, a sentirse aislado, por más que yo, en las noches, me acercaba a él, empezó a protestar de una manera indirecta, pensando que yo le robaba su papel de engreído.
La decepción inconsciente que sentí por él fue tan grande, que hasta ahora me persigue, siempre encuentro un defecto en sus actitudes, en sus opiniones y por lo general, encontrarme con esos errores son el darme cuenta de que esa decepción hasta ahora me atormenta, hasta ahora me deja atónito saber que en algún momento pude haber terminado como él. No solo creo que nos separamos, creo que empecé a odiar su vida, me siento tranquilo de no haber sido un militar ¿Habría sido igual que él?
Empezaron los golpes, los odios, las diferencias y por último, la indiferencia. En mis últimos años de la secundaria, detestaba mi dedicación continua a los libros y al escribir desenfrenadamente, cosa que, en público, decía sentirse orgulloso de eso. Se enervaba al escucharme decir que yo quería estudiar literatura, e incluso, ya en mis años cuando me preparaba para ser estudiante de letras, amenazó con denunciarme para quitarme los estudios porque yo ya era mayor de edad y no quería estudiar. Para esa época, lamentablemente yo no quería ser el Ingeniero que el tanto añoraba.
Siempre se burlaba de mis opiniones, de mi posición frente a lo que opinaba, cosa que algunos tíos celebraban con admiración. Y ver que sus amigos quedaban admirados de lo que yo creía, lo que hacía y opinaba, le fastidiaba demasiado y solo tenía como recurso, darme la razón y reírse, pero en el fondo no lo quería hacer.
No sé cuánto tiempo duró las réplicas emocionales y no quiero volver a pensar en ese infierno donde lo veía a mi padre con sentimiento encontrados ¿Sería dueño de un pasado terrible? ¿Los suficientes traumas como para ser la bestia que era ahora? ME dolía sentir pena y odio por ese personaje que era mi padre y que tenía la necesidad de ir corriendo tras él para disculparlo y decirle todos los “Te amo” que nunca me atreví a decirle. Pero ese mismo hombre es el que se olvidó de su familia y no merecía ni el más mínimo respeto de mi parte ¡Qué difícil era convivir con eso! Y por eso siempre prefería la calle, los amigos, la diversión banal que tanto cubría momentáneamente los vacíos que se iban formando en mi vida. Sí, momentáneos, porque todas las noches tenía que volver a cas y enfrentarme conmigo mismo en ese sentimiento amor-odio-pena con lo que desgraciadamente me tocaba vivir.
Pero no le bastó estrellar el carro, hacernos quedar en ridículo, tenía que estropearnos por completo ¿La venganza indirecta para hacernos doler lo que él habría sufrido? ¡Quién sabe! Lo cierto es que esa maldita tarde tuve que ver el celular de Elizabeth en el auto de papá y cuando se lo quité de un solo tirón, vi el nombre de ella en la pantalla ¿Por qué tendría el celular de ella? Era obvio, se seguían viendo y estallé y empecé a gritar, mi mamá también entendió todo y cuando llegamos a casa, vi cómo sacó sus cosas de la casa y en ese preciso momento me daba cuenta que no tenía familia, solo podía amar y encargarme de dos mujeres, mi mamá y mi hermana, punto final, no había nadie más por quién preocuparme y entregar todo lo que tenía para dar. De repente ya tenía que asumir responsabilidades que antes me eran indiferentes y ahora entendía que solo había un hombre en la casa ¿Acaso los momentos tan cruciales hacen que uno saque lo mejor de sí mismo? ¿O es solo un instinto salvaje de supervivencia? A lo mejor lo segundo es lo más probable, quizá todo se daba de esa forma porque no quería morir ahogado en mi propia desesperación, en el terror al que siempre le había temido, no ver a mi familia junta.
Si alguien tenía que asumir el papel de fuerte, era yo y tragarme mi febrilidad, tirarla a un costado o metérmela al bolsillo y poner esa actitud de tipo duro, diciendo que todo estaba bien , que no se preocupen por mi y que en el fondo quería saltar al vacío y olvidarme de todo. Pero no, tenía que esbozar la sonrisa todas las mañanas y salir de mi habitación con una energía fulminante que hiciera entender a mi hermana y a mi mamá que aún estábamos vivos, que seguíamos juntos y sólo era cuestión de seguir adelante. Me empecé a esforzar en la universidad y procuraba quedarme en familia los fines de semana mirando películas juntos o conversando. Moví toda mi voluntad y capacidad para que nada se desmorone, es como ser un malabarista, tratando de obtener el equilibrio de algo que está a punto de desmoronarse, era todo un sacrificio humano para mí, porque en el fondo, muy en el fondo, entraba solo a mi cuarto y antes de dormir me atacaba la tristeza, todo lo que trataba de ocultar en mi día a día. Siempre dije que estábamos solos y no debíamos de estar mal por eso, porque lo único que importaba era estar con la frente en alto porque para los arequipeños el tema del orgullo es fundamental y trascendental, quien no lo tiene, no pertenece a esta casta, la cosas era muy simple.
Pero yo no contaba con las traiciones de Mónica y como no soy de acero, se agotó la fuerza, se terminó el tipo duro y ya no había energía. Se acabó el agua mansa y empecé a irme cuesta abajo, ya nada podía remediar, se me era imposible lidiar con todo junto y el mundo entero se me venía encima. Dos golpes tan fuertes me devolvieron a la realidad y entendí que era menos fuerte de lo que creía.

abril 16, 2013

Alegrías, nunca más


15

Bajé del avión y sentía cómo el sol radiaba en todo mi rostro y algunos rayos lograban filtrarse sobre mis lentes oscuros. Di un largo respiro y el aire estaba fresco, limpio. Sin duda, estaba en Arequipa, eso ni dudarlo.
Me demoré un poco en lo de mi equipaje, tomé un taxi que me llevara lo más pronto posible a Yanahuara, a la casa de mis abuelos y en el camino llamé a mi primo, Daniel, que haciendo las sumas y restas respectivas del caso, era el primo con el que tenía el vínculo más cercano y continuo en Arequipa.  Cuando lo conocí, él era muy tranquilo y yo lo suficientemente rebelde como para haber escapado de una universidad para vagar un verano entero antes de decidir lo que en realidad quería hacer con mi vida. Pero, Daniel era el tipo con más clase que había conocido en mi vida, pintaba increíble aunque nunca fue a una escuela de arte, leía, llegó a escribir para El Comercio haciendo algunos trabajos de periodismo y, sobre todo, sabía conversar y casi siempre coincidíamos en poco. Y este viaje, no iba a ser la excepción para no verlo.
Por lo general, nuestras noche eran simples, íbamos al Café y Vinos, un bar que quedaba en el segundo piso de Los Claustros de la Compañía,  donde los dueños eran muy buenos amigos de Daniel. Pedíamos una mesa y entre conversaciones que no tenían fin, desfilaban, por la mesa, interminables cafés irlandeses humeantes en la terraza del bar.
Aprendí, de él, a ser un poco más reservado, a comportarme a la altura de cada situación y nunca perder los papeles. Y, me parece, que él aprendió, de mí, a ser un poco más suelto, más atrevido y lo demostró la primera vez que fi a su casa tres años antes, cuando nos escapábamos a hurtadillas a medianoche para pegarnos una borrachera con sus amigos y amigas, algo que nunca se hubiera atrevido a hacerlo antes. Pero no nos percatamos de que hacer demasiada bulla tan cerca de la casa, despertaría a su mamá y que, al revisar nuestras habitaciones, estarían vacías y se darían cuenta de que nosotros éramos los que estábamos afuera de la casa, felices, tomando ron barato con Coca Cola. Obviamente, nos resondraron y nos mandaron a cada uno a su habitación. Pero al final, antes de cerrar mi puerta, escuché “¿Eso es lo que aprendes de Gonzalo?” y si alguna fama tenía que llevarme de esa casa, sin lugar a dudas, sería la de la mala influencia de Daniel. Al día siguiente, con toda la vergüenza de haber hecho del hijo ejemplar un malandrín, tomé el primer vuelo que me regresara a Lima.
Pero ya habían pasado tres años y, mal que mal, mis tías siempre me llamaban para fechas especiales o para, simplemente, saber cómo estaba. Eso sólo me hacía entender que tenían cierto aprecio por mí y siempre estuve agradecido por eso.
A los veinte minutos ya estaba en Yanahuara. La casa de mis abuelos era mágica, entre lo rústica y tradicional, siempre estuvo llena de misterios e historias, no en vano había pasado poco más de ochenta años sin derrumbarse. Siempre me gustó estar ahí, desde que era niño, nunca dejé de asombrarme con todo lo que podía encontrar para jugar en esa casa y mis miedo más grande a un sótano donde mis tíos se encargaron de introducirme un miedo letal contándome historias de calaveras y fantasmas.
Pagué el taxi, tomé mi maleta y bajé del carro. Entré por la puerta del callejón que quedaba en el ala derecha de la casa y que siempre estaba abierta a esas horas de la mañana, caminé veinte metros y di con el patio central, reconocí a mi primo menor jugando con unos cochecitos, pero era natural que no se acordara de mí, así que me vio con cara de susto y fue al comedor-cocina que quedaba en el jardín de la casa donde un árbol de tumbo daba la sombra necesaria. Lo seguí,  vi cómo se escondía detrás de la abuela que estaba en el comedor-cocina, la abuela le preguntó de qué se escondía y mi primo me señaló, la abuela me entregó una mirada que se formaba en sonrisa, con las pupilas dilatadas y me saludó como siempre saluda, extendiendo el “Hola” de esa forma tan arequipeña de hacer y abrazándome fuerte. A los poco segundos apareció el abuelo, curioso de saber quién había llegado y me saludó con su infaltable “¿Qué tal pues, Don Gonzalo?” también, de esa forma en como hablan en Arequipa, alargando unas vocales y acortando en otras o viceversa, lo necesario para que la primera impresión de cualquiera, diga que los arequipeños hablando cantando. Y sí, efectivamente, no haber vuelto a al lugar donde nací, es tener que reconocer esa manerita de hablar tan particular.
El sol de Arequipa irradia una energía fulminante en la ciudad y no es raro apreciar la belleza en cada detalle con tal luminosidad, el caso de mis abuelos, es su mítica casa, cuna de las travesuras de todos y cada uno de los nietos, donde siempre disfrutamos, todosla compañía y la generosidad de la abuela. Era una mujer que sonreía sin quererlo, un sombrero con el que relucíatoda su belleza y un delantal que le daba ese tono maternal. Concentraba, en su expresión, esa fuerza de una mujer luchadora y una bondad que siempre la caracterizó
Yo tenía la costumbre de sentarme en la mesa del comedor-cocina del jardín y verla preparar el almuerzo, porque era todo un espectáculo escuchar cómo tarareaba una canción y, entre tanto y tanto, te ofrecía todo lo que encontraba en su arsenal culinario.
El abuelo, en cambio, es una persona diferente, pero no por eso deja de ser espectacular. Sabe todo de todo y ama sostener una conversación interesante. Es arquitecto, pero siempre me gustó decir que es un artista plástico porque eso es lo que es a ciencia cierta, un hombre capaz de hacer magia con las manos, tiene una exposición de sus cuadros que recolectó un centro financiero en Arequipa, él fue quien hizo el escudo de Arequipa en el aeropuerto y otros trabajos que se exponen en la catedral o en cualquier otro centro histórico cultura. Siempre me presta libros que termina regalándomelos porque le gusta llegar a Lima y reconocer en mi librero, los libros que me regaló. Lo sé muy bien porque vi cómo se emocionó cuando halló el poemario de César Atahualpa Yupanqui  que le hizo a Arequipa, toda una joya milenaria en mi librero.
Almorcé con los abuelos, mintiendo de que en casa todo estaba bien, que todo seguía igual que siempre y no creo que no hice mal en mentir ¿Qué hubiera sido decirle la verdad? Era destrozarlos, decirles que hubo una separación, que todos nos sentíamos mal. No, los abuelos ya no estaban para escuchar esas noticias, pero no solo era por eso que no quería contárselos, era porque regresar a Arequipa, en cuestión de segundos me llenó de esperanza de que todo volvería a estar bien, un pequeño presentimiento me lo dijo, una intuición que había perdido al abandonar a mi familia por mis problemas personales, por ser muy egoísta.
Terminamos de almorzar y en la tarde me encontré con Daniel, fuimos a visitar a mis tías que me saludaron con mucho cariño y también tuve que mentir diciendo que todo estaba bastante bien. Por suerte solo era un saludo casual, con Daniel fuimos al mismo café-bar de siempre a conversar.
-Terminé con Mónica.- dije en un ataque de sinceridad.- No sé si hice bien, pero me parece que está destrozada.
-¿Y tú cómo te sientes?- dijo Daniel, dándole un sorbo largo al irlandés.
Recordé que terminé de un modo abrupto, antes de viajar fui a su casa y le dijo que tenía algo importante que decirle. Salimos a un parque y se lo dije sin anestesia, las cosas no funcionaban, no valía la pena continuar porque yo estaba hecho un desastre emocional y no era el momento para tener que cargar con una relación. Lloró mucho y me pidió que no lo haga, porque ella me quería y que podemos superar todo juntos. Pero, no, Mónica, no iba dar mi brazo a torcer. Me dolió también, y sin embargo, era lo mejor.
-La verdad no lo sé, estoy tan acostumbrado a todo de ella, pero no es justo que yo sea tan… tan desgraciado.
-Dime, Gonzalo ¿Por qué fueron enamorados?
-Supongo que es lo que debíamos de ser, no sé, sin serlo ya lo éramos.
-No, Gonzalo, no tenías derecho. No la amas, no lo quieres lo necesario como para respetarla como se debe. Y mira lo que has hecho, no solo ella terminó mal.
No era la primera vez que me lo decían, Jorge me dijo lo mismo y hasta alguna amiga de Mónica también. Cambiamos de tema, ambos sabíamos que esa conversación no era lo principal. Sin duda, Daniel era el único primo con el que congeniaba de esa manera.
No nos quedamos hasta tarde como creíamos que lo haríamos, solo dos tazas y nos despedimos. Mis abuelos tenían una regla estricta con la hora de llegar a casa, tomar el té y dormir.
Como cada visita que hacía a Arequipa, siempre voy al Club Internacional a nadar un par de horas a la piscina. Entonces, como dormí temprano, me desperté temprano. Desayuné algo ligero con los abuelos, me alisté y al rato ya estaba camino rumbo al Club.
La recta de la calle Cuesta del Ángel bordea los dos parques que hay en Yanahuara, cruzando el colegio Champagnat, la pequeña Iglesia y, lógicamente, el famoso mirador de Yanahuara. El camino de la calle da a una bajada tosca que, después, mientras me voy perdiendo por esas callejuelas catetas, picanterías y las casas de sillar, da, de nuevo a otra bajada menos tosca esta vez que hace ver toda la imponencia de la casa de los Ricketts, esta es la última bajada para llegar a un paraíso de árboles esbeltos, viejos y frondosos casi toda la temporada, que dan la bienvenida al Club Internacional. La belleza de ese camino, podría resumir lo que es Arequipa, una ciudad elegante, criolla, mística y clásica. Pero con la personalidad de un paraíso abierto a cualquiera.
Entré al club y me dirigí a la piscina donde me esperaban unas horas de nadar y mucha vitalidad. Al abrir la puerta, una chica me miró y sonriendo dijo “Dale, pasa” entre coquetería y yo le pedí uqe, por favor, ella lo haga primero. Me agradeció sin perder la sonrisa y yo me contenté por esa simpatía que irradiaba.
Nadé dos horas, la piscina estaba casi vacía, lo cual, también, me daba la suficiente libertad para bucear de tanto en tanto y para cuando salí de la piscina, volví a ver a la chica de la puerta sentada en la tribuna central tomando una botella de agua. Me volvió a sonreír y me acerqué con un poco de miedo, me pareció reconocer que era mayor que yo.
-¿Y cómo te llamas?
-Galy ¿Y tú?
Y si algo sabía de ese viaje, es que Arequipa solo sería un punto de pasada, mi primer paradero a una aventura que la presentía, que sabía que me iba a llevar lo más lejos posible, y todo esto lo iba pensando una semana después, cuando me vi manejando la camioneta de Galy a ciento cincuenta kilómetros por hora, saliendo de Arequipa para darnos una escapada de fin de semana a Cuzco.
Tenía veintisiete años, una carrera de contabilidad que le daba el gusto de viajar continuamente y una forma tan adulta de ser que me sacaba de mis cabales, en definitiva, la vida que mis padres hubieran querido para mí y ella se reía exactamente de eso, de lo irónico que funcionaba mi vida en relación a la suya, porque ella estudió sin pensarlo tanto y terminó la carrera en un abrir y cerrar de ojos y ahora trabajaba, viviendo en aeropuertos y quizá pro eso trataba de escapar con un veinteañero primerizo que todo lo veía una escapada de las porquerías que le tocaba vivir.
Me parece saber por qué nos llevábamos tan bien, yo era el joven irresponsable y ella la mujer sensata por lo que yo recurría a ella para que, entre conversaciones, me devuelva los pies a la tierra y yo la divierta contándole mis historias.
Llegamos a un hotel cerca a la Plaza de Armas, dormimos juntos para recuperar horas de sueño y a las horas fuimos a almorzar a un restaurante. Existe un café bellísimo El Ayllu, la magia de tomar un café o alguna infusión en un lugar impecable, de esos que, cuando te sientas cerca a la ventana, ves un Cuzco rutinario, ese encanto de poder ver como Cuzco de desenvuelve por sí sola, su gente y los turistas transforman a la ciudad en una gama de tierra de viajeros donde no importa de dónde vengas, solo importa lo que deseas hacer.
No fuimos a Machu Picchu, ni museos, y menos a recorridos culturales ¿Para qué? Si ambos ya conocíamos ese Cuzco de portada de revista turística. Nosotros ya no queríamos conocer más, queríamos tener recuerdos impregnados en esa ciudad, nada más.
Por eso desde la primera noche, en el hotel nos alistamos para ir a alguna discoteca a bailar o a un bar a conversar, lo que fuera. Solo queríamos estar juntos, inmortalizar ese viaje como lo que era, la huida de dos locos, la huida de nuestros pasados. Todas las noches llegábamos al hotel ebrios al filo de la madrugada, muertos de risa a recostarnos en nuestra habitación matrimonial tres plazas y media, baño privado y servicio a la habitación las veinticuatro horas, cortesía de la empresa en que Galy trabajaba. Por su puesto, hacíamos el amor, sin dejar de reír, porque eso era nuestra relación, una locura de la que solo nos quedaba reírnos mientras duraba, antes de que el final, que tanto se acercaba, nos devolviera a la realidad de un solo golpe.
Nunca le pregunté si tenía enamorado o pareja, era la mejor forma de llevar las cosas. A veces ella se desaparecía por una hora o un poco más a hacer llamadas de trabajo y aunque dudaba, no la cuestionaba. Yo ya estaba soltero y en esos momentos llamaba a mi primo Daniel o al buen amigo Jorge, ambos eran versiones distintas de la consciencia de debería de tener y no tenía.
-¿Veintisiete años?- dijo Daniel, casi escandalizado.
-Lo sé, pero al estoy pasando bien.
-Bueno, ya ve como lo sobrellevas, pero solo ten en cuenta algo, A esa edad las mujeres buscando algo totalmente diferente a lo que tu buscas, créeme, ya no están para perder el tiempo.
Me quedé pensando unos segundos y di en que guardaba mucha lógica lo que me decía Daniel.
-Bueno – dije cambiando de tema- solo te llamaba para contarte que volveré a Arequipa en unos días, Lucié me dijo que puedo quedarme en la casa de ella y su enamorado. Te llamo en cuanto llegue.
-Disfrútalo mientras dure, maricón.- dijo y colgó. Yo solté una carcajada larga porque el vínculo entre mi primo y yo era un maltrato machista continuo donde el que se pica, obviamente, pierde.
Volví a pensar en lo que dijo, Galy no estaba para perder el tiempo y a pesar de eso, ella nunca me hizo sentir incómodo. Me sentía muy querido por ella y yo correspondía ese cariño. Se había comportado tan linda, ella, en cada momento, me despertaba con un beso en la mañana y saltaba a la ducha, cuando a mí me costaba despertarme, yo mismo me tenía que sobre exigir el despertarme para que no vea que era tan flojo, prendía la televisión y ponía hasta cinco alarmas consecutivas en el celular. Y luego ella llegaba, en toalla, con el cabello mojado a echarme gotitas en la cara “Ya levántate, dormilón” me decía muy cariñosa.
Organizaba el día como quería, yo iba a donde ella me decía que tenía que ir, simplemente me dejaba llevar por toda esa ola de energía.
Pero el último día fue diferente, a decir verdad, la última noche. No salimos a bailar o a perdernos entre los bares, saltando de uno a otro. Buscamos unos libros, almorzamos en el mismo hotel y caminamos juntos a esperar qué nos deparaba la tarde soleada de Cuzco. Para la noche llegamos abrazados con unas bolsas de compras y entramos a la habitación. Hicimos el amor más lento, más suave, una despedida perfecta. No dormimos en toda la noche y volvíamos a hacerlo una vez más y otra vez más, pero estas veces sin reír, como estábamos acostumbrados.
Antes de dormir la abracé, mientras me regalaba su espalda perfecta y fue que cometí el error más grande, hablar con mucha confianza a alguien que conocía apenas una semana.
-¿Está todo bien?- pregunté mientras mis manos rozaban su pecho desnudo.
-Sí, todo bien.
-Dime lo que desees, con confianza.
-Descansa, Gonzalo, mañana viajamos hasta Arequipa.
-Yo te diré lo que pienso.- Y empecé a irme de boca, como siempre yo, callaba cuando debía de decir y hablaba de más, mucho más, yéndome hasta el codo, cuando debería de estar bien callado. Lógico, solo tenía un paradero fijo el que siga hablando, arruinar todo. – A lo mejor tú buscas otra cosa, otro tipo de compromiso que yo no te puedo dar, tú sabes, a los veintisiete hasta yo tendría otro enfoque de lo que busco en una relación – para colmo, tenía que mentir y hacer algo de trabajo altruista poniéndome en su posición para hacerme el comprensible.- verás, eres una mujer increíble y tú mereces algo mejor que un chico que no sabe bien lo que hace escapando de todo lo que lo aturde. Te lo digo porque es posible que encuentres a alguien y yo no quiero ser un freno para ti. Solo quiero que sepas que también quiero que seas feliz- pensándolo bien, nunca fui tan buen actor como siempre creí que era.
Esperaba la compasión, como si por arte de magia Galy se abriera por completo y entienda que siendo más joven que ella, solo eso significaba una aventurilla. Pero siendo más lógico, Galy tenía veintisiete, era obvio que sabía lo que éramos y no iba a ponerse a discutir con un niño lo que ella ya tenía que saber a esa edad. No era un compromiso, naturalmente, yo lo sabía, pero a lo mejor no estaba seguro de que ella lo entendiera así, es por eso que lo hice, para cerciorarme de que todo esté bajo control. Pero el tiro salió por la culata por no saber que ella también entendía y ponerme a dar explicaciones que estaba tan acostumbrado a dar a chicas de mi edad que eran todo lo opuesto a esta mujer hecha y derecha que tenía en frente mío.
-Gonzalo, no hables más, solo duerme.- me calló y yo, entre sorprendido y sin entender, volví a mi almohada comprendiendo todo eso que debí de comprender antes de abrir la boca.
Como era de esperarse, el regreso a Arequipa fue un infierno de silencio que duró, cuento menos, doce horas. Galy no me miró a los ojos ni siquiera cuando paramos a comer.
Llegamos a Arequipa y estacioné la camioneta en la casa de Lucié, mi hermana por el primer matrimonio de mi papá, quise decir algo porque sentí que ya nada podía estar peor. Pero, lo pensé bien y entendí que era mejor solo despedirme como nos dijimos adiós en aquella piscina que nos conocimos, besándonos en la ducha de mujeres, diciéndome “llámame”.
Nunca más la volví a ver.


abril 02, 2013

Alegrías, nunca más

14


Pero ¿Qué es lo que había pasado, exactamente, entre Mónica y Alejandro? Yo solo había escuchado rumores. Pero fue Mónica quién me dijo la verdad.
Una mañana me desperté sudando frio, asustado y temblando. Debieron de haber sido las cinco o seis de la mañana y sentí que había tenido el sueño más real.
Estaba caminando de la mano con Mónica ¿En Barranco? ¿Acaso Miraflores? ¿Por La Molina? Las calles se confundían unas con otras y de momentos todo estaba salpicado por espasmos, risas ligeras que se confundían con rumores que no lograba identificar. Me preguntaba si todo estaba rondando en el ambiente o todo sucedía dentro de mi cabeza. Estaba realmente confundido.
Mónica, a mi costado, caminaba cabizbaja, en silencio mientras yo miraba a un lado y otro, buscando el origen de las vibraciones que sucumbían mi cabeza. Nunca la había notado tan triste.
Entonces me mira fijo y está llorando ¿Por qué? No entendía nada y me abraza con fuerza, el barullo general sigue incomodándome como un vértigo continuo que debo soportar. Quiero decirle algo a Mónica, que todo va a estar bien, que yo la voy a cuidar porque la noto muy débil. Quiero abrazarla y acogerla en mi pecho hasta que se calme. Pero no puedo, no puedo articular nada. Existe un divorcio entre mi cuerpo y mi mente, una autonomía indiferente y solo soy un espectador en primera persona de aquel cuerpo que, empiezo a entender, no me pertenece.
-Lo extraño- Ha dicho Mónica.
-Olvídate de él, ya debe de estar con otra- Digo riendo y me desespero, porque, en definitiva, yo no diría eso, ni en el peor de lo casos.
¿Qué clase de desgraciado sería capaz de decir esto que acabo de pronunciar contra mi voluntad? Y ahora me acerco a Mónica y ella me mira. Estamos muy de cerca y percibo la mirada crítica que se mezcla con el tono tosco del entorno, sobre exigido.
Y la estoy besando, y ella me besa con fuerza, entre sus lágrimas que no dejan de caer, su legua se sumerge en mi boca que la recibe y también la acaricio con mi propia lengua. La tomo de la cintura para seguir besándola con más fuerza y la llevo a la pared y ella se deja llevar. Sí, Mónica, pienso, yo voy a estar a tu lado y velar por tu seguridad. Porque eres mi enamorada y yo me voy a encargar de ti. No llores, por favor.
Un gato negro pasa y nos separamos. No vuelve a mirarme y veo una ventana en la que puedo lograr reconocerme. Me toma un par de segundos salir de la perplejidad de la escena que veo. Soy Alejandro, sonriendo, sonriendo sin parar. Y entiendo que esa sonrisa que veo en el reflejo es la misma sonrisa que esbozaría Alejandro al saber que había cobrado su vil venganza.
Me desperté sudando frio y no volví a conciliar el sueño. Era tan temprano que sabía que no podría llamar a Mónica porque lo único que debía de hacer en ese caso era sacarme la duda de una vez por todas. Porque todo parece lógico, Alejandro solo sería capaz de una sola cosa cuando vio a María Fernanda besándome en la banqueta de Barranco. Cobrar venganza.
Y sería fácil de adivinar su blanco, la estocada letal. Mónica era mi único punto débil, y no asumo la debilidad en parte mía, sino que, estoy seguro, Alejandro entendería la debilidad como Mónica y su facilidad para caer rendida en lo labio de cualquier otro.
No me extrañaba que Alejandro en algún momento haría eso, hasta lo sentía lo más natural por todo lo que fue haciendo a lo largo de nuestra amistad. Las cosas que le contó a Eliana cuando rompimos y las mentiras que inventó a Rosa para que nuestra relación acabara.
Lo conocí en el colegio, era el más majadero del salón, nunca estaba tranquilo y nos hicimos buenos amigos por esa facilidad que tengo de atraer a las malas amistades. Aunque nuestra amistad iba a ser inevitable, la tutora apresuró el vínculo sentándolo a mi costado y en la última fila. Desde entonces, éramos los francotiradores desde esa posición, planeábamos cada desmadre que de tan solo pensar en las consecuencias nos doblábamos de la risa. Ya era la primera semana a mi costado y ya teníamos los nuevos apodos a cada profesor. Siempre éramos así, llegábamos bien peinaditos al colegio en primero de secundaria y a los tres minutos de habernos marcado la asistencia en la agenda (si es que no llegábamos tarde) la camisa afuera, el cabello revuelto, colorados de la risa y con las pupilas dilatas, extasiados de haber hecho dibujos terribles en las carpetas, en los baños de mujeres o varones, no teníamos límites.
Destrozamos mochilas de compañeros, hicimos resbalar a un profesor, robamos dulces de Doña Emilia la encargada del quiosco, le pegamos chicle al cabello de una amiga, jugábamos a quién escupía más lejos y con mayor acierto. Él era el campeón, era capaz de mandar un gargajo en el ojo a tres metros, lo digo porque lo demostró cuando el sobón de Orlando quería acusarnos por haberle metido su mochila en el inodoro y tirar de la cadena. Alejandro lo miró y blanco exacto.
Ya en cuarto de secundaria nos escapábamos a fumar a Miraflores, a escondidas porque nuestras caras aparentaban menor edad a la que en realidad teníamos. A veces él llamaba a algunas amigas que nos acompañaban y entre bromas y bromas armábamos parejitas de fin de semana. Así éramos, muy unidos, se encargó de presentarme a todas sus amigas para elegir con quien saldría y con quién no. Y, en el salón, donde a pesar de que no nos sentaron juntos, ni atrás. Sacamos a Orlando a patadas y lo mandamos a primera filar para sentarnos juntos pegado a la ventana hablando de chicas.
Semanas antes de acabar el colegio, ya nos tranquilizamos y yo estuve con enamorada, que por cierto él se encargó de presentármela y para hacer parejitas, como de costumbre, él se buscó a una chica para ser un cuarteto con el que andaríamos juntos todo el verano antes de entrar a la universidad.
Fue el mejor verano de mi vida, desde el año nuevo hasta el inicio de clases, estaba al lado de mi novia de arriba abajo, Alejandro era un poco más informal, pero con Mili nos acompañaban a Miraflores a tomar un café, a caminar por el malecón, ir al cine o matar el rato a los videojuegos. Y cuando dejábamos a las chicas a sus casas, íbamos al billar que frecuentábamos desde que estábamos en cuarto de secundaria. Pedíamos unas cervezas y jugábamos tranquilos, sin las ganas de alocarnos como cuando estábamos en el colegio, donde ya se nos hubiera ocurrido ir a buscar a Andrea que vivía cerca al billar y que la saque a su prima también para hacer parejitas como en los buenos tiempos. No, ya no, ahora solo disfrutábamos del calor nocturno del verano limeño,  que nos dejaba caminar fumando con sandalias, bermudas y polos con cuello abierto.
Pensándolo bien, creo que Alejandro era mi extensión de personalidad, yo sabía que él era capaz de hacer más locuras, no por mandado, puede que por llamar la atención, pero porque simplemente era un desvergonzado. Y mi mente se llenaba de cada idea realmente macabra que contársela a Alejandro para que ponga en marcha todo, era sentirme tranquilo de expresar todo lo que ideaba mi cabeza degenerada. Entonces éramos la pareja perfecta, el autor intelectual y el criminal.
No faltaron las chicas a las que, ambos, les robamos besos a la volada y en vez de amargarnos el uno con el otro, nos reímos porque nos sentíamos lo suficientemente hermanos como para hacernos problemas. Incluso en una fiesta en mi casa, mientras abordaba a una chica en mi habitación, pensé en que a Alejandro, quizá, le faltaba preservativos, abrí mi cajón, saqué un preservativo y fui a la otra habitación donde lo encontré desnudando a una chica. Me miró y me dijo que no lo jodiera, carajo, que si necesitaba hablar con él, lo podríamos hacer en otro momento. La desconocida ni se inmutó y yo no pedí perdón, le tiré el preservativo a Alejandro y le dije “Por si las moscas.” Cerré la puerta y escuché un gracias a lo lejos y yo volví a lo mio en con esa chica en mi habitación. A la mañana siguiente despertamos en mi sala, viendo televisión fumando marihuana con las desconocidas que, por cierto, nunca más volvimos a saber de ellas.
Pero si algo debo de haberme dado cuenta y dejar pasar por alto, es que en el fondo, siempre sentí un poco de envidia de su parte. Era en las épocas en que tenía una familia muy funcional, se sentía un buen clima hogareño, tenía una novia que era amada por mis padres, estaba en una universidad importante, hasta había sacado licencia de conducir y algunas veces me daban el carro. En su casa también me quería su mamá, su papá un par de veces nos dio el Tercel blanco que lo bautizamos como “El parrandero” lo íbamos a correr al sur y yo batía mis records de velocidad, algo a lo que él no se atrevía.
Las chicas se acercaban con un poco más de confianza porque se me hacía fácil pintar un mundo de colores en cinco minutos y de hecho, la tarde que conocimos a un grupo de amigas de Alejandro, yo me pasé toda la tarde y noche rodeado de esas tres chicas que me escuchaban, hipnotizadas, de lo que hablaba.  En una borrachera de perros que nos dimos en su casa, después de regresar del burdel, me miró un poco amargo y me dijo que yo tenía algo que él no podía, yo sabía enamorar y que el solo sabía coquetear.  Y era cierto.
Mónica me mandó un mensaje de buenos días y la llamé al instante.
-Buenos días, amor ¿Cómo estás?
-Lo sé todo, no me vengas con estupideces y dime lo que pasó con Alejandro.
Me costó dos horas seguidas de un bombardeo de patrañas que inventé para que ella lo aceptara. Me estaba jugándolas todas, a lo mejor me equivocaba, pero mi instinto me decía que no estaba errando y era el mismo instinto el que Alejandro tenía para sospechar cuando muchas veces, yo era más desenfrenado que él.
Después de esa guerra de mentiras y artificios para que Mónica diga la verdad, por fin lo confesó.
Colgué el teléfono y lo tiré contra la pared y vi como estallaba mientras unas lágrimas volvían a salir una vez más. Me tiré en mi cama y empecé a llorar con todas mis fuerzas, no tenía noción ni del tiempo, ni del espacio, solo lloraba porque era lo que se suponía que debía de hacer, no solo por Mónica, me preguntaba si yo también era el culpable de que papá se haya ido de la casa, si yo alejé a mi mamá, si yo era el culpable de que mi hermana se sienta tan mal por la separación. Pero lloraba, sobre todo porque me daba cuenta que mi hermana tenía a su enamorado, mi mamá a su hermana, ambas sabían a quién recurrir, pero ahora yo realmente estaba solo, perdido y sin saber qué hacer. Lloraba porque por primera vez sentía lo que es la soledad, porque a Jorge no le iba a contar todo, no ahora, suficiente con los problemas que él tenía que cargar.
No sé cuánto tiempo lloré, me amargué y cuánto tiempo me quedé dormido. Pero cuando me desperté solo atiné a una idea. Esto, todo esto,  debo de escribirlo, no para vengarme de nada ¿Acaso me vengaría contando mis porquerías y mis vergüenzas? Si no porque es un ajuste de cuentas conmigo mismo, porque me lo debo, porque ya era hora de sacarme esa máscara de tipo duro que me asienta tan bien y que no lo soy. Porque debería de entender que Mónica nunca me hizo sufrir por amor, o cualquier cosa parecida, si no porque me dio una punzada letal en el orgullo y después de las lagrimas que solté con tanta fuerza, con tanta gana, respiraba más hondo y más tranquilo, sentía una serenidad recorrer por mi cuerpo, desde el estómago hasta filtrarse por todo mi cuerpo y llegar a la cabeza.
Encendí mi computadora y empecé a escribir que nunca se me cruzó por la cabeza haber lidiado con el engaño y con toda la impotencia. Iba a contar desde la conversación que tuve con Jorge en ese bar y el regreso de Diana. Iba a contarlo sin alguna barrera, sin algún límite.
Y escribí, sin parar, hasta que dio la noche.