[El título de la siguiente entrada, refiere a la primera parte del libro "Mi planta naranja-lima" de Jose Mauro de Vasconcelos.]
Es veinticuatro de diciembre, falta algunas horas para las doce y recibir la navidad. No es que sea fanático de la navidad, pero tengo ciertas quejas con Jesús respecto a su cumpleaños.
Desde muy pequeño he sentido una especie de remordimiento al saber que recibiría regalos, un remordimiento que llenaba esa sensación de vacío (que irónico, llenar el vacío). Ver a los niños vendiendo sus juguetes para llevar algo a su casa, ayudar en las campañas y ver que muchos niños se quedan afuera con la mirada colmada de esperanza, ver a las madres vendiendo cosas de su casa, niños que no tienen regalos y mucho menos un árbol donde colocarlos.
Son las 7:25 de una navidad que solo trae nostalgia junto con regalos que prefiero no abrir. Esta navidad será un poco diferente, Nico y Piera (mis primos) están en Arequipa y eso me ha hecho recordar las navidades con la familia, en la casa de los abuelos, donde todos los primos (ocho en total) nos reuníamos, abríamos los regalos y compartíamos los juguetes, reventábamos cohetes y jugábamos en la plaza que está en frente a la casa de los abuelos.
Javier, Evert, Sebastián, Nicolás, Piera y Gabriela (Nataly y yo completamos los ocho) han tomado rumbos diferentes para esta navidad y yo la pasare postrado frente a la pantalla de la lap top, destrozando mis dedos en algún juego, tal vez póker, mirando tele o tal vez escuchando música y leyendo alguna de mis novelas pendientes, eso ya se verá, lo único que está definido es que esta navidad ya está perdida.
Con eso de reventar cohetes he recordado mis navidades acá en Lima, recuerdo que todas las navidades (vísperas) sacábamos las bicicletas con Alonso y un par de amigos mas (Eduardo y Daniel) y salíamos en busca de cohetes, después del accidente de mesa redonda empezó a escasear el producto pirotécnico. Y así nos pasábamos las primeras semanas de vacaciones, buscando pirotecnia, descubriendo nuevos huecos donde conseguir sartas, rata blanca, silbadores, etc. todo ese arsenal que nos conducía a una noche de adrenalina.
Accidentes hubo: vidrios rotos, un atentado accidental contra la iglesia y muchos polos con huecos por las chispas, pero todo eso se olvidaba, la navidad, la familia, el pasarla bien nos hacían olvidar esas pequeñas estupideces que se extrañan en momentos como este.
Siempre he vivido cerca de campañas navideñas, pero la más dolorosa fue la última.
Hacer una campaña desde adentro es un tanto más motivador, solo (únicamente) te dedicas a animar un grupo de niños, les hablas, les das panetón y leche chocolatada. Es el trabajo un poco más fácil, pero cuando estás en la puerta revisando tickets todo es diferente; niños que no pueden entras, niños que trepan por el muro de atrás con tal de recibir un regalo, niños que se quedan afuera llorando por no poder entrar ni siquiera a ver el show… en pocas palabras… niños que lloran con motivo.
Todas estas cosas han ido formando una personalidad en vísperas navideñas, han hecho que llegue a sentirme mal en cada navidad (o natividad, aun no se la diferencia, si es que existe alguna) aunque crean en Santa Claus (un héroe) la emoción nunca ha sido la misma.
A veces suelo salir a caminar, mirar las lucecitas de los adornos, los regalos, los niños pidiendo algo de ropa, las guirnaldas y todas esas emociones combinadas: las tristezas, la soledad, el abandono, la melancolía y la nostalgia... son las cosas que más siento cuando Jesús cumple un año más de vida.
"...Y mis mentiras son batallas inventadas para ganar mis propias guerras." - La Madera del Alma - Gianmarco
diciembre 24, 2008
diciembre 21, 2008
Amador González Parra
Me levando en este dormitorio viejo en el cual vivo, al final de una quinta sin salida. La brisa cruda de la ciudad me abraza entre la humedad y la soledad. El café nutre la inspiración, el lapicero agota su tinta, las hojas empiezan a llenarse de ideas e historias y las notas musicales solas empiezan a producirse de mi guitarra. Es una rutina mañanera un tanto motivadora, pero tengo que seguir el curso de la monotonía que me toca vivir, a veces es bueno seguir tus propios parámetros.
Entre Si bemoles, Do menores, frases románticas, historias desgarradoras y demás, preparo mis nuevas canciones para tocarlas en la cantina que está en el centro de la ciudad, ahí me gano un par de centavos para sobrevivir en este mundo donde el arte es menospreciado.
Llegada la tarde, el sol da su último vistazo a la ciudad, el rojizo tiñe el cielo y las nubes, me pongo mi mejor traje, peino mi cabello, me arreglo la barba, pongo mi guitarra al hombro y salgo hacia esa vieja cantina donde he cantado desde muy temprana edad. Ahí empezó un inicio sin progresos, la desgracia ya impregnada en mi vida, la felicidad mediocre que me hace sonreir.
Camino a la cantina con la guitarra al hombro, una mano en el bolsillo y silbando esas viejas trovas. Las muchachas pasan por mi costado, las señoras bien arregladas, los viejos llenando cantinas y yo solo tengo un rumbo.
Arribando la cantina leo el cartel, entro y por última vez deslizo mi mano por mi cabeza. Pido un whisky a las rocas, lo bebo sin dudarlo, es propicio para la presentación, es motivador, ahogo los miedos.
Amo esta cantina, desde muy joven venia a ganarme unos centavos tocando para eso señores (que ya no existen) que venían a escuchar música, conversar y pasar un rato agradable, en esos tiempos todo era diferente… no estaba tan solo.
La gente me está mirando, ya he tocado canciones conocidas, esas que, cada vez que uno toca, hace que la gente se entusiasme. Entonces un acorde expande su sonido, mi voz rasposa, ronca un poco gruesa empieza a decir metáforas, versos, rimas, todo sobre aquella mujer que un día se digno a amarme tan locamente como yo lo hice con varias.
He bebido de más, canté y fue un éxito rotundo, pero bajando de ese escenario solo hice tres cosas: me arrepentí, bebí y fui a morir al final de esa quinta, a ese cuartucho lleno de sueños, promesas, amores, ilusiones que solo cruzan por esta cabeza.
Soy Amador González Parra, para mí amanecer en la ciudad bañada por la brisa, acostumbrarme a la soledad, escribir canciones y tocar mi guitarra... lo es todo.
Entre Si bemoles, Do menores, frases románticas, historias desgarradoras y demás, preparo mis nuevas canciones para tocarlas en la cantina que está en el centro de la ciudad, ahí me gano un par de centavos para sobrevivir en este mundo donde el arte es menospreciado.
Llegada la tarde, el sol da su último vistazo a la ciudad, el rojizo tiñe el cielo y las nubes, me pongo mi mejor traje, peino mi cabello, me arreglo la barba, pongo mi guitarra al hombro y salgo hacia esa vieja cantina donde he cantado desde muy temprana edad. Ahí empezó un inicio sin progresos, la desgracia ya impregnada en mi vida, la felicidad mediocre que me hace sonreir.
Camino a la cantina con la guitarra al hombro, una mano en el bolsillo y silbando esas viejas trovas. Las muchachas pasan por mi costado, las señoras bien arregladas, los viejos llenando cantinas y yo solo tengo un rumbo.
Arribando la cantina leo el cartel, entro y por última vez deslizo mi mano por mi cabeza. Pido un whisky a las rocas, lo bebo sin dudarlo, es propicio para la presentación, es motivador, ahogo los miedos.
Amo esta cantina, desde muy joven venia a ganarme unos centavos tocando para eso señores (que ya no existen) que venían a escuchar música, conversar y pasar un rato agradable, en esos tiempos todo era diferente… no estaba tan solo.
La gente me está mirando, ya he tocado canciones conocidas, esas que, cada vez que uno toca, hace que la gente se entusiasme. Entonces un acorde expande su sonido, mi voz rasposa, ronca un poco gruesa empieza a decir metáforas, versos, rimas, todo sobre aquella mujer que un día se digno a amarme tan locamente como yo lo hice con varias.
He bebido de más, canté y fue un éxito rotundo, pero bajando de ese escenario solo hice tres cosas: me arrepentí, bebí y fui a morir al final de esa quinta, a ese cuartucho lleno de sueños, promesas, amores, ilusiones que solo cruzan por esta cabeza.
Soy Amador González Parra, para mí amanecer en la ciudad bañada por la brisa, acostumbrarme a la soledad, escribir canciones y tocar mi guitarra... lo es todo.
diciembre 01, 2008
Buen padre--Mal hijo
¿Ya te había escrito alguna carta? Creo que sí y la verdad es que hoy si fueron suficientes motivos para hacerte una carta. Una carta mas que se pierde entre un par de hojas mas, una carta que tiene un propósito y un destino que no existe.
Ha sido una de las más largas noches de mi vida entre el whisky, ron y un vino (que tal patada al cerebro) entre miedos, teorías, mentiras e ideologías.
Haz sido un padre perfecto no escuchado, un maestro sin pizarra, un sabio poco entendido o quizás un artista incomprendido.
Eres más parecido a mí de lo que crees, creo que somos tan parecidos, tan parecidos, que no lo parecemos. Me pregunto si tu también escribes… ¿tú también escribes?
Hemos hablado de muchas cosas tus anécdotas, las mías, tus chistes, mis tonteras, del viejo… ¿Por qué me duele tanto hablar de él? Hasta ahora no entiendo bien porque, pero si él estuviera acá (con nosotros) todo sería diferente, sabes a lo que me refiero… ¿Sabes a lo que me refiero?
¿Por qué la vida es tan injusta? Tú no merecías tener un hijo como yo, yo no merezco un padre como tú, tan grande, tan sabio, tan callado…te admiro aunque me cueste admitirlo, te amoooo aunque me cuesta decirlo.
Ambos cambiamos mucho, no sé si lo notaste en algún momento, pero de estar echados en una cama, abrazados y mirando tele, a vivir cada uno con su mundo sin hablar, notablemente algo cambio, pero creo que ambos estamos perdidos.
No lo sé, pero comenzamos esa noche con una copa, con rock and roll en los parlantes, confesiones que poco a poco emanaban nuestras experiencias. Creo que hablamos de más, a veces es mejor el silencio y tú lo sabes mejor que yo. Si no lo sabes no te preocupes, mucho alcohol suelta poco a poco el paladar y ese es mi problema.
Pasaban las horas, el alcohol se nos subía a la cabeza, ¿Cuánto bebimos? Yo tampoco lo sé, lo cierto es que terminamos mal, la resaca destrozando nuestras cabezas, risas exageradas, lágrimas, juego de palabras, cosas que no debimos hacerlas ¿Lo recuerdas?
Pero después viene otra vez la rutina (como rutina), se nos pasa el alcohol de la cabeza, el lunes es marcado por el reloj, los deberes, los derechos, los buenos actos, etc. Otra vez somos lo que todo este tiempo hemos sido, una especie de enemigos crueles capaces de arriesgar todo con el fin de hacer daño el uno al otro.
Y en todo ese pasillo oscuro, hay un ligero rayito de luz, son los teléfonos destrozando el tiempo, hablamos en un auricular y somos bueno amigos de nuevo, hablamos con paz en los labios, con tranquilidad y alegría.
Hemos cambiando, y junto a nosotros los demás y ya no queda más que despertar en las mañanas y olvidarnos de que vivimos en la misma casa.
Ha sido una de las más largas noches de mi vida entre el whisky, ron y un vino (que tal patada al cerebro) entre miedos, teorías, mentiras e ideologías.
Haz sido un padre perfecto no escuchado, un maestro sin pizarra, un sabio poco entendido o quizás un artista incomprendido.
Eres más parecido a mí de lo que crees, creo que somos tan parecidos, tan parecidos, que no lo parecemos. Me pregunto si tu también escribes… ¿tú también escribes?
Hemos hablado de muchas cosas tus anécdotas, las mías, tus chistes, mis tonteras, del viejo… ¿Por qué me duele tanto hablar de él? Hasta ahora no entiendo bien porque, pero si él estuviera acá (con nosotros) todo sería diferente, sabes a lo que me refiero… ¿Sabes a lo que me refiero?
¿Por qué la vida es tan injusta? Tú no merecías tener un hijo como yo, yo no merezco un padre como tú, tan grande, tan sabio, tan callado…te admiro aunque me cueste admitirlo, te amoooo aunque me cuesta decirlo.
Ambos cambiamos mucho, no sé si lo notaste en algún momento, pero de estar echados en una cama, abrazados y mirando tele, a vivir cada uno con su mundo sin hablar, notablemente algo cambio, pero creo que ambos estamos perdidos.
No lo sé, pero comenzamos esa noche con una copa, con rock and roll en los parlantes, confesiones que poco a poco emanaban nuestras experiencias. Creo que hablamos de más, a veces es mejor el silencio y tú lo sabes mejor que yo. Si no lo sabes no te preocupes, mucho alcohol suelta poco a poco el paladar y ese es mi problema.
Pasaban las horas, el alcohol se nos subía a la cabeza, ¿Cuánto bebimos? Yo tampoco lo sé, lo cierto es que terminamos mal, la resaca destrozando nuestras cabezas, risas exageradas, lágrimas, juego de palabras, cosas que no debimos hacerlas ¿Lo recuerdas?
Pero después viene otra vez la rutina (como rutina), se nos pasa el alcohol de la cabeza, el lunes es marcado por el reloj, los deberes, los derechos, los buenos actos, etc. Otra vez somos lo que todo este tiempo hemos sido, una especie de enemigos crueles capaces de arriesgar todo con el fin de hacer daño el uno al otro.
Y en todo ese pasillo oscuro, hay un ligero rayito de luz, son los teléfonos destrozando el tiempo, hablamos en un auricular y somos bueno amigos de nuevo, hablamos con paz en los labios, con tranquilidad y alegría.
Hemos cambiando, y junto a nosotros los demás y ya no queda más que despertar en las mañanas y olvidarnos de que vivimos en la misma casa.
noviembre 18, 2008
Date with "the golden girl"
No entré a clases, me la pase fumando, escuchando música y conversando con Anderson y Omar. Entre coca-colas, cigarros, risas y comentarios, sonó mi celular, un sonido raro, fue un sonido que no escucho con mucha frecuencia de ese aparatito blanco. Entonces cogí el celular, y lei: “date with the golden girl”
No lo podía creer, tan rápido había pasado un año desde ese pacto. Y recordé lo que paso hace un año, que según mi diario, el episodio es narrado de esta manera.
18 de noviembre de 2007:
Fuimos al café que siempre voy, pedimos algo para beber, fuimos al segundo piso y nos sentamos en la mesa de la esquina. Conversamos como nunca, es tan genial cuando ríe. Hablamos sobre qué pasará con nosotros cuando acaba esto, “el cole”, le dije que quería ser escritor, que una novela estaría bien, así no sea un éxito total, me conformaría trabajando en un diario y ganado lo necesario para vivir en un cuartito y haciendo lo que más me gusta, escribir. Me dijo que le gustaría estudiar algo con letras, derecho le parece buena idea, y que también está averiguando sobre esa carrera nueva: “administración de negocios internacionales”, -Es muy tocada esa carrera- logré decirle después.
Entre café, risas, conversaciones y miradas, quedamos en volver a vernos el próximo año a la misma hora, mismo lugar, solo nosotros dos, así pase lo que pase, ambos aceptamos, espero que logremos cumplirlo.
Luego del café, fuimos caminando a mi casa, ella hacia un comentario sobre nuestras manos (¿Por qué no me gusta caminar de la mano con nadie? Me pregunté) le terminé explicando que no era muy cómodo para mí, ella se puso seria.
Acá en casa miramos tele, luego me quede dormido en el mueble (¿Ya dije que me encanta que juegue con mi cabello?). Luego me desperté y ella tenía que irse.
Me olvidé del asunto, me hice el desinteresado, seguí mi rumbo universitario entre los salones y se lo conté a Anderson.
- No vayas huevón, mejor préstame dinero.
Sabio consejo y se lo presté, como andaba (ando) con todo este rollo de la bohemia en la cabeza no dudé en hacerlo. Fuimos por algo de comer, y entre conversaciones y conversaciones el asunto de la “cita” ya se había desaparecido por completo.
Regreso a la universidad fuimos al bosque, nos tiramos al pasto, Omar se puso a dormir, cogí un cigarro y Anderson me siguió la rutina. Volví a preguntarle.
- No vayas huevón, todas las “ex” se vuelven perras- me dijo, y yo no pude contener la risa.
Terminé mi labor universitario y caminé al paradero.
Caminaba y pensaba, me daba cuenta que no podía olvidarme bien del asunto. Paré el carro, subí y fui a mi casa.
Llegué y todo estaba igual, la severa confusión de si ir o no al café, de enfrentarme a ella o no, de saber si anda bien o no, todo eso se mezclaba en una suerte de masa confusa en mi cabeza, era obvio no podía olvidar de que mañana (19 de noviembre) iba a ser su cumple, y que un día como hoy hicimos un pacto, un pacto el cual yo no estaba dispuesto a romperlo. Me puse mi polera y salí sin dudarlo una vez más.
Caminaba, rumbo al café, pensando en qué decirle, un “hola, ¿Qué tal?” no bastaría, y tampoco el estar quince minutos con ella y salir poniendo una excusa tonta sería buena idea. Tenía que asumirlo con gallardía, y seguí pensando en lo que podría decirle cuando este frente a ella.
-El dinero putamare’- Pensé, había recordado que todo se lo había prestado a Anderson, estaba sin un clavo en la billetera, así que, como esperando un milagro, abrí mi billetera y inspeccione al revés y derecho todos los rincones donde podría haber un billete. Carnets vencidos, tarjetas expiradas, un carnet universitario, mi boleta militar (-ya tengo que canjearla- recordé), el carnet para entrar a la universidad, una tarjeta de “Cine Planet” vencidasa hace miles de años, una factura y un dibujito que hice en clase, pero nada de dinero, –Eres un imbécil- me lo repetí una y mil veces más.
Misio y amargo, me olvide de que “NO TENIA DINERO” (nada importante), aparte, Eliana nunca gozó tanto de tomar café, a decir verdad ella lo detestaba, pero ¿si ha cambiado y se ha vuelto una bebedora de café empedernida?, ¿Qué puedo hacer ¡dios míoooo!? Caminaba más confundido que nunca, así que decidí prender un cigarro, me cuestionaba si era una buena idea prenderlo (ya que era el último) ¿Qué pasaría si llego y ella aún no llega?, me la pasaría sentado, por lo menos fumar en un café sería menos tonto que llegar y no hacer nada. Pero si no lo fumo ahora, lo fumaría en el café, ¿Y si Eliana ya dejó de fumar? ¿Me lo apagaría?… (¿Por qué me pongo en situaciones tan tontas?)
A un par de cuadras de llegar al café, miré mi celular (4:17) estaba llegando tarde, pero ¿Cuál era el problema?, ella siempre llegaba tarde a nuestras citas (TARDIIIIIIIIIISIMO) y que ahora yo llegue a las cuatro y cuarto no sería ningún problema, total, yo todo el tiempo la esperaba mucho, creo que ahora le tocaba a ella. Pero si llego tarde estaré en un dilema, una situación un tanto ridícula porque si ella no está en el café es porque tal vez ya se fue, seguro que se aburrió de tanto esperarme y se fue, o tal vez todavía no llegaba y tendría que esperarla un poco más, pero si ya se había ido a ¿A quién esperaba entonces? (¿Por qué no puedo caminar pensando como una persona normal?, ¿Por qué siempre me pregunto estupideces?)
Entonces ya estaba a una cuadra del café, y todo ese rollo seguía en mi cabeza.
Crucé la pista
"Por aquí ya estuve, te largas a reír
En tus comisuras
Nenaa...¡dame un zoom!"
Abrí la puerta del café con la cancion en los audífonos, subí al segundo piso… mis ojos no pudieron creerlo.
espero que tengas un feliz cumpleaños sin cafe :)
No lo podía creer, tan rápido había pasado un año desde ese pacto. Y recordé lo que paso hace un año, que según mi diario, el episodio es narrado de esta manera.
18 de noviembre de 2007:
Fuimos al café que siempre voy, pedimos algo para beber, fuimos al segundo piso y nos sentamos en la mesa de la esquina. Conversamos como nunca, es tan genial cuando ríe. Hablamos sobre qué pasará con nosotros cuando acaba esto, “el cole”, le dije que quería ser escritor, que una novela estaría bien, así no sea un éxito total, me conformaría trabajando en un diario y ganado lo necesario para vivir en un cuartito y haciendo lo que más me gusta, escribir. Me dijo que le gustaría estudiar algo con letras, derecho le parece buena idea, y que también está averiguando sobre esa carrera nueva: “administración de negocios internacionales”, -Es muy tocada esa carrera- logré decirle después.
Entre café, risas, conversaciones y miradas, quedamos en volver a vernos el próximo año a la misma hora, mismo lugar, solo nosotros dos, así pase lo que pase, ambos aceptamos, espero que logremos cumplirlo.
Luego del café, fuimos caminando a mi casa, ella hacia un comentario sobre nuestras manos (¿Por qué no me gusta caminar de la mano con nadie? Me pregunté) le terminé explicando que no era muy cómodo para mí, ella se puso seria.
Acá en casa miramos tele, luego me quede dormido en el mueble (¿Ya dije que me encanta que juegue con mi cabello?). Luego me desperté y ella tenía que irse.
(Diario escrito desde enero del 2007 hasta abril del 2008)
Me quedé en silencio, empecé a dudar en si ir o no, aún era temprano para las cuatro de la tarde, pero ¿Debería de ir?Me olvidé del asunto, me hice el desinteresado, seguí mi rumbo universitario entre los salones y se lo conté a Anderson.
- No vayas huevón, mejor préstame dinero.
Sabio consejo y se lo presté, como andaba (ando) con todo este rollo de la bohemia en la cabeza no dudé en hacerlo. Fuimos por algo de comer, y entre conversaciones y conversaciones el asunto de la “cita” ya se había desaparecido por completo.
Regreso a la universidad fuimos al bosque, nos tiramos al pasto, Omar se puso a dormir, cogí un cigarro y Anderson me siguió la rutina. Volví a preguntarle.
- No vayas huevón, todas las “ex” se vuelven perras- me dijo, y yo no pude contener la risa.
Terminé mi labor universitario y caminé al paradero.
Caminaba y pensaba, me daba cuenta que no podía olvidarme bien del asunto. Paré el carro, subí y fui a mi casa.
Llegué y todo estaba igual, la severa confusión de si ir o no al café, de enfrentarme a ella o no, de saber si anda bien o no, todo eso se mezclaba en una suerte de masa confusa en mi cabeza, era obvio no podía olvidar de que mañana (19 de noviembre) iba a ser su cumple, y que un día como hoy hicimos un pacto, un pacto el cual yo no estaba dispuesto a romperlo. Me puse mi polera y salí sin dudarlo una vez más.
Caminaba, rumbo al café, pensando en qué decirle, un “hola, ¿Qué tal?” no bastaría, y tampoco el estar quince minutos con ella y salir poniendo una excusa tonta sería buena idea. Tenía que asumirlo con gallardía, y seguí pensando en lo que podría decirle cuando este frente a ella.
-El dinero putamare’- Pensé, había recordado que todo se lo había prestado a Anderson, estaba sin un clavo en la billetera, así que, como esperando un milagro, abrí mi billetera y inspeccione al revés y derecho todos los rincones donde podría haber un billete. Carnets vencidos, tarjetas expiradas, un carnet universitario, mi boleta militar (-ya tengo que canjearla- recordé), el carnet para entrar a la universidad, una tarjeta de “Cine Planet” vencidasa hace miles de años, una factura y un dibujito que hice en clase, pero nada de dinero, –Eres un imbécil- me lo repetí una y mil veces más.
Misio y amargo, me olvide de que “NO TENIA DINERO” (nada importante), aparte, Eliana nunca gozó tanto de tomar café, a decir verdad ella lo detestaba, pero ¿si ha cambiado y se ha vuelto una bebedora de café empedernida?, ¿Qué puedo hacer ¡dios míoooo!? Caminaba más confundido que nunca, así que decidí prender un cigarro, me cuestionaba si era una buena idea prenderlo (ya que era el último) ¿Qué pasaría si llego y ella aún no llega?, me la pasaría sentado, por lo menos fumar en un café sería menos tonto que llegar y no hacer nada. Pero si no lo fumo ahora, lo fumaría en el café, ¿Y si Eliana ya dejó de fumar? ¿Me lo apagaría?… (¿Por qué me pongo en situaciones tan tontas?)
A un par de cuadras de llegar al café, miré mi celular (4:17) estaba llegando tarde, pero ¿Cuál era el problema?, ella siempre llegaba tarde a nuestras citas (TARDIIIIIIIIIISIMO) y que ahora yo llegue a las cuatro y cuarto no sería ningún problema, total, yo todo el tiempo la esperaba mucho, creo que ahora le tocaba a ella. Pero si llego tarde estaré en un dilema, una situación un tanto ridícula porque si ella no está en el café es porque tal vez ya se fue, seguro que se aburrió de tanto esperarme y se fue, o tal vez todavía no llegaba y tendría que esperarla un poco más, pero si ya se había ido a ¿A quién esperaba entonces? (¿Por qué no puedo caminar pensando como una persona normal?, ¿Por qué siempre me pregunto estupideces?)
Entonces ya estaba a una cuadra del café, y todo ese rollo seguía en mi cabeza.
Crucé la pista
"Por aquí ya estuve, te largas a reír
En tus comisuras
Nenaa...¡dame un zoom!"
Abrí la puerta del café con la cancion en los audífonos, subí al segundo piso… mis ojos no pudieron creerlo.
espero que tengas un feliz cumpleaños sin cafe :)
noviembre 12, 2008
“… No debería de contarlo, y sin embargo…”
¿Sabía que llegaría a este punto? Desayunos vacíos, almuerzos devastados, las noches que no terminan y madrugadas que son escoltadas entre tabaco y la cafeína. Tirando mis días al vacío, viviendo como un muerto, muriendo como un vivo, en una crisis que me sofoca y llega al punto de terminar con mis pensamientos.
Los mensajes de texto que me provocan, el celular que no deja de timbrar son síntomas de un encuentro deseado, pero yo soy así, fiel y traicionero.
Y aún sigo sobreviviendo a los días fortuitos que me tocan vivir, porque soy desdichado y miserable cuando habitas en mi espacio, y feliz cuando no estás.
Mis vicios destacan cada día más, viviendo en el fondo del abismo y a veces suelo salir a caminar.
Las luces de la calle alumbran la acera, los autos pasan a velocidad, la noche invade poco a poco la ciudad, una ligera brisa baña la vereda, yo estoy fumando. ¿A dónde voy? No lo sé, sigo el curso de las cosas, me dejo llevar por ese instinto humano poco instruido, una bestia irracional vagando por las calles. Y continuo caminando entre el invierno, la noche, el humo que sale de mi boca y se expande por el aire.
¿Qué hora es?, ¿Por qué sigo acá?, ¿No debería estar en casa? Es absurdo preguntarlo, porque yo tampoco lo sabré responder, lo cierto es que tengo que olvidar lo absurdo que es tener que contestar el teléfono, tener que ir a verte, tener que enfrentarme a tus caprichos, verte besar a otro y yo no poder hacer nada.
Hoy me siento frente a una pantalla, y cuento estas cosas sin poner tu nombre y mucho menos poner alguna característica que te delate.
Tú lees estas líneas, y es suficiente.
Los mensajes de texto que me provocan, el celular que no deja de timbrar son síntomas de un encuentro deseado, pero yo soy así, fiel y traicionero.
Y aún sigo sobreviviendo a los días fortuitos que me tocan vivir, porque soy desdichado y miserable cuando habitas en mi espacio, y feliz cuando no estás.
Mis vicios destacan cada día más, viviendo en el fondo del abismo y a veces suelo salir a caminar.
Las luces de la calle alumbran la acera, los autos pasan a velocidad, la noche invade poco a poco la ciudad, una ligera brisa baña la vereda, yo estoy fumando. ¿A dónde voy? No lo sé, sigo el curso de las cosas, me dejo llevar por ese instinto humano poco instruido, una bestia irracional vagando por las calles. Y continuo caminando entre el invierno, la noche, el humo que sale de mi boca y se expande por el aire.
¿Qué hora es?, ¿Por qué sigo acá?, ¿No debería estar en casa? Es absurdo preguntarlo, porque yo tampoco lo sabré responder, lo cierto es que tengo que olvidar lo absurdo que es tener que contestar el teléfono, tener que ir a verte, tener que enfrentarme a tus caprichos, verte besar a otro y yo no poder hacer nada.
Hoy me siento frente a una pantalla, y cuento estas cosas sin poner tu nombre y mucho menos poner alguna característica que te delate.
Tú lees estas líneas, y es suficiente.
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